|
En
una de las oraciones que rezan los católicos romanos llaman a este mundo
valle de lágrimas, y creo que es la mejor definición que se puede hacer de
esta penitenciaría del Universo, porque en realidad, no hay un solo Ser
que pueda vanagloriarse de decir: ¡soy feliz en toda la acepción de la
palabra!
La mayoría de los potentados suelen sufrir enfermedades incurables; hay
millonarios en los Estados Unidos que sólo pueden alimentarse con copas de
leche en muy corta cantidad; otros no pueden dormir porque se ahogan y
tienen millones de renta que no les proporcionan el menor goce, con lo que
descienden hasta los más pobres; si algunos son fuertes y robustos carecen
de los más indispensable para sostener sus fuerzas vitales, viéndoselos
decaer como lámpara que se apaga en el lleno de su juventud; por
consiguiente, la felicidad es una nube de humo que se deshace al menor
soplo de viento huracanado de la vida, como se deshace la niebla a los
primeros rayos del sol; mas en medio de tantos dolores, los hay de
distintos grados: los hay soportables y los hay irresistibles.
Hablando hace pocos días con una amiga ésta me decía lo siguiente:
-Hace algún tiempo que fui a un depósito de aguas y allí encontré una
familia que nunca olvidaré. Era un matrimonio, los dos jóvenes, amables y
simpáticos, sus semblantes irradiaban alegría; los dos se amaban con ese
amor primero que se asemeja a un árbol florido que espera ser más tarde
hermoso racimo de sazonados frutos; se unieron por amor, únicamente por
amor. Él era un modestísimo empleado, ella una humilde costurera; se
vieron y se amaron, se amaron y se unieron, y al unirse, al recibir la
bendición, él pensó en la llegada de su primer hijo, y ella, contemplando
a un niño Jesús, pidió a Dios tener un hijo tan hermoso como aquella
figura angelical. Un año después, la enamorada pareja se sintió dominada
por la más viva y amorosa ansiedad. A fuerza de economías habían comprado
todo lo necesario para vestir a un recién nacido: camisitas de batista con
preciosos encajes, vestiditos blancos con finos bordados, gorritas
lindísimas, todo lo más bello, todo lo más delicado les parecía poco para
el niño que debía llegar pidiendo besos con sus sonrisas. Al fin llegó el
momento supremo. Áurea sintió los agudos dolores precursores del laborioso
alumbramiento y dio a luz un niño; quiso verlo inmediatamente y su esposo
y las personas que lo rodeaban, mustios y callados, parecían que no la
comprendían, se miraban unos a otros y cuchicheaban, hasta que Áurea gritó
alarmadísima:
- Pero qué, ¿no me oyen?, quiero abrazar a mi hijo... ¿está muerto
quizás?...
- No, contestó el esposo, pero....
- ¿Pero qué? ¿Qué sucede?
- ¡Que el niño no tiene brazos... ni piernas!...
- Así estará más tiempo en mis brazos, -contestó Áurea, abrazando a su
hijo con delirante afán.
El niño era precioso, blanco como la nieve, con ojos azules, cabello rubio
muy abundante, sus grandes ojos tenían una mirada muy expresiva; cuando yo
conocí al niño tendría ocho o diez meses y estaba hermosísimo; su madre
estaba loca con él y su padre lo mismo; pero este último, cuando su esposa
no podía oírle, decía con profunda amargura: ¡tanto como yo deseaba un
hijo... y ha venido sin brazos ni piernas!...
- ¡Qué injusto es Dios!.... Si mi hijo fuera rico, pero ¡sí yo soy tan
pobre!
- Créeme Amalia, aquel niño vive en mi memoria, ¿qué habrá sido? ¿Qué
papel habrá representado en la historia?
- Yo lo preguntaré, amiga mía, porque tu relato me ha impresionado
muchísimo y, efectivamente, de noche y de día pienso en el niño que tanto
deberá sufrir si llega a ser hombre, ¡no tener ni brazos ni piernas!...
¡Qué horror! Y probablemente será un ser de gran inteligencia, querrá
volar con su pensamiento y no tiene más remedio que permanecer en la más
dolorosa inacción. ¡Dios mío! ¡Dios mío!..., no es vana curiosidad la que
me guía, pero deseo saber si es posible el porqué de tan terrible
expiación.
* * *
“Por el fruto conoceréis el árbol, dijo Jesús, por
consiguiente, a todo ser que veáis cargado de cadenas desde el momento de
nacer, podéis deducir, sin la menor duda, que de todo lo que le falte hizo
mal uso en sus encarnaciones anteriores. ¿Que no tiene piernas? Señal que
cuando las tuvo le sirvieron para hacer todo el daño que pudo; quizá fue
un espía que corrió afanoso detrás de algunos infelices para acusarles de
crímenes que no cometieron y con sus declaraciones hizo abortar
transcendentales conspiraciones, que al ser descubiertas antes de tiempo
produjeron innumerables víctimas. Tal vez corrió para precipitar en un
abismo a seres indefensos que le estorbaban para realizar inicuos planes;
al que le faltan las piernas tiene que haberlas empleado en atormentar a
sus enemigos, tiene que haber sido el azote de cuantos le han rodeado;
carecer de miembros tan necesarios pone de manifiesto una crueldad sin
límites, un ensañamiento en hacer el mal imposible de describir, unos
instintos tan perversos que atestiguan el placer de hacer el mal por el
mal mismo. ¡Ay de aquél que nace sin piernas!...
“¿Que no tiene brazos? Quizá sus manos que tan útiles son a la especie
humana, para hacer con ellas obra de titanes y labores delicadísimas, las
empleó para firmar sentencias de muerte que llevaron al patíbulo
innumerables víctimas, inocentes en su mayoría. Tal vez gozó apretando los
tornillos de horrible potros de tormento, arrancando confesiones de
infelices acusados, enloquecidos por el dolor; ¡quién sabe si escribió
calumnias horribles que destruyeron la tranquilidad y el cariño de
familias dichosas! ¡Se puede hacer tanto daño con las manos!...; con ellas
se acerca la mecha a materias inflamables y se produce el devorador
incendio; con ellas el fuerte estrangula al débil, con ellas se abofetea y
se convierte en fiera al hombre más pacífico y más honrado, con ellas se
destruye el trabajo de muchas generaciones. Son los auxiliares del hombre,
quien con sus manos produce maravillas o aniquila cuanto existe. Cuando se
viene a la Tierra sin manos, ¡cuánto daño se habrá hecho con ellas!
“No hay necesidad de particularizar la historia de éste ni de aquél; todos
los que ingresan a la Tierra sin un cuerpo robusto y bien equilibrado, son
penados condenados a cadena perpetua que vienen a cumplir su condena,
porque no hay apelación ante la sentencia que uno mismo firma en el
transcurso de su vida. No hay jueces implacables que nieguen el indulto a
los arrepentidos criminales, no hay más juez que la conciencia del hombre;
podrá éste embriagarse con fáciles triunfos de sus delitos; podrá no tener
oídos para escuchar las maldiciones de sus víctimas; podrá cerrar los ojos
para no ver los cuadros de desolación que él ha producido; podrá
estacionarse millones de siglos, pero llega un día que, a pesar suyo, se
despierta y entonces ve, oye, reconoce su pequeñez y él mismo se llama a
juicio y pronuncia su sentencia, sentencia inapelable, sentencia que se
cumple hora por hora, día por día, sin que exima del tormento ni un
segundo, porque todo está sujeto a leyes fijas e inmutables.
“No lo dudéis; los criminales de ayer son los tullidos de hoy, los ciegos,
los mudos, los idiotas, los que carecen de piernas, los que no tienen
manos, los que padecen hambre y sed y son perseguidos por la justicia.
“Tenéis un refrán que dice: "No te fíes del lisiado por la mano de Dios";
la idea está muy mal expresada, pero en su fondo hay una gran verdad. Si
bien se mira, veréis que la mayoría de esos desgraciados revelan en su
semblante la degradación de su Espíritu; la diestra de Dios no ha impreso
la ferocidad en su rostro; es el cúmulo de sus delitos, son sus malos y
perversos instintos los que han endurecido las líneas de su faz, y para
esos penados guardad toda vuestra compasión, guiadles por el mejor camino,
haced por ellos cuanto haríais por vuestros hijos, porque son los más
necesitados, los más afligidos, porque en medio de la mayor abundancia no
hay para ellos agua en la fuente, trigo en los campos, frutos en los
árboles, calor en el hogar de la familia; son los judíos errantes de la
leyenda, andan siempre sin encontrar una piedra donde sentarse. ¡Qué malo
es ser malo! Adiós”.
* * *
¡Qué bien dice el Espíritu! ¡Si por el fruto se conoce el
árbol, qué malo es ser malo!
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Hechos que prueban"
|