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Odisea espiritual de un multimillonario PDF Imprimir E-mail
Psicografia
Escrito por Administrador   
Jueves, 11 de Marzo de 2010 16:18

Odisea espiritual de un multimillonario que no cumplió con la ley.

-Queridos hermanos: Nos ha hecho un ruego, con mucho interés, un hermano para que le diéramos fluidos suficientes para poderse comunicar con vosotros. Espera vuestro permiso.

-Con mucho gusto le oiremos.

-Buenas noches, hermanos. No tengo dicción, talento ni experiencia; por ello perdonar mis faltas de expresión. Por el procedimiento bendito de la mediumnidad sé que me podéis oír y toda esta pléyade de espíritus que están aquí con vosotros. Siempre hemos y habéis oído decir que hay que cumplir la Ley. La lo Ley abarca todo: el sentimiento, la predicación, la humildad, la caridad, el amor, la enseñanza, la sincronización del cerebro con el alma para la misión de los pensamientos; en fin, todo lo que constituye la actividad y progreso de los seres.

Todos, cuando cumplimos la Ley interpretándola justamente en todas nuestras decisiones, nunca nos engaña y siempre nos protege. Momentos se aproximan muy significativos, que hemos de estar todos bien puestos en el sitio que nos corresponde espiritualmente; momentos tan solemnes que son muy pocos los que se celebran en el transcurso de los siglos, y vosotros vais a poder contemplar uno de ellos.

Por eso siempre los hermanos que tanto os aman, deseando vuestro bien y vuestro progreso, os recomiendan que no faltéis a la Ley. Esos sabios que creen que no se puede enseñar más de lo poco que ellos saben están muy equivocados y se apartan de la Ley. Hay que dar paso a la ciencia moderna y a los horizontes sublimes y bellos que la acompañan. Hay que dejar a un lado el enfatuamiento de los sabios, salvo honrosas excepciones, y que los conceptos se modifiquen como está man­dado por el Sumo Hacedor. Pero, en fin, vamos a lo nuestro: yo soy un espíritu ignorante, pero muy creyente de mi responsabilidad. A mí me ocurren cosas que a veces me confunden y me hacen obtuso a toda comprensión. No me explico cómo me ocurren estos hechos.

Os los voy a exponer: Sin saber cómo ni con qué fuerza voy dirigido, frecuento los hospitales. Voy con un deseo ferviente de hacer el bien, de curar si me es posible y de quitar dolores a aquellos enfermos que sufren en esas casas del dolor. De pronto se produce una metamorfosis en mí. Hay un cambio radi­cal que, lejos de curar, atraigo todos esos dolores y sufrimientos y siento una fuerza irresistible que me dice: "Tú eres el culpable". Muchas veces quisiera confundirme con la nada porque aquellos dolores, sufrimientos y lágrimas los siento en mí como si yo fuera el responsable de todos ellos. Otras veces me llevan a esas casas donde recogen a los ancianos. Voy igualmente con la intención de animarles y de Instruirles pensamientos que olviden su tristeza y el envejecimiento de los años y resulta todo lo contrario: me siento envejecido, enfermo, con limitaciones, vejez sin re­medio, decrepitud..., y sale de allí mi alma ofuscada sin haber conse­guido ningún bien y habiendo captado toda la tristeza y abandono de los que van a dar pronto cuenta a Dios.

A veces me llevan a casas humildes donde hay escasez de pan, de calor, de amor, de limpieza, donde la discordia y los vicios abundan, donde no hay higiene ni en el cuerpo ni en el alma. Entro con los mismos propósitos y salgo con las mismas consecuencias: soy uno de ellos, misera­ble, sin espiritualidad que me eleve, sin pensamientos que me dulcifi­quen ni amor que me santifique. Soy un ente sin recursos espirituales y sin sentimientos. En ocasiones me introducen en los sanatorios donde moran los que han perdido la razón porque su mente se halla atrofiada, donde discursean cosas inverosímiles y realizan actos incongruentes. Al verlos, mi deseo es poderles volver a la razón, a la normalidad, ofreciéndoles mi compañía y mis consejos y resulta que yo me vuelvo otro alienado más, con más incongruencias y actos agresivos en todas mis manifestaciones.

-Hermano, ¿en ningún caso te han llevado a otros lugares donde el amor preside todos los actos, la armonía reina, se piensa en Dios y se eleva el pensamiento? -se le pregunta.

-Lo he querido, pero aún no ha llegado la hora de que lo merezca. Este relato mío comprendo que no tiene nada de agradable, pero os lo expongo para que os sirva de ejemplo a vosotros y a las venideras encarnaciones. Por eso he empezado a hablar de la Ley. Todo esto que me ocurre es la consecuencia de una falta de cumplimiento de la Ley. Nunca olvidéis vosotros cumplir la ley, ni el deseo de un moribundo, cuando éste sea justo y lleno de amor a sus hermanos. Tampoco dejéis de cumplir lo que pidierais al escoger la encarnación. No dejéis de realizar las cosas que proyectéis buenas y el mal que pase por vuestro pensa­miento no lo ejecutéis, que así también se cumple la Ley. Por no haber cumplido yo esa Ley padezco esta penosa vida espiritual. No sé en qué forma y cuándo terminará, pero, en cambio, Dios me da la suficiente inteligencia para comprender que estoy pagando justamente una falta muy grande que he cometido y ese conocimiento y esa fe que El me da me fortalece y me da ánimos para seguir padeciendo los sufrimientos que os he relatado. ¿Y sabéis por qué sufro tan justamente esos dolores, infortunios y escenas tan terribles para mí?

-Sí, lo deseamos saber.

-Mi última encarnación fue en América. No importan las fechas ni la localidad para referiros mi último paso por la tierra. Fui huérfano de padre y madre. Un hermano de mi padre me recogió de pequeño. Era soltero. Me dio educación, me consideró como un hijo suyo y así llegué a la mayor edad y me hice jurisconsulto. Mi tío era inmensamente rico. Tenía explo­taciones petrolíferas y los millones de dólares los contaba por centenares. Antes de morir me llamó en sus últimos momentos y me dijo:

-Hijo mío, en el nombre de Dios, lego en ti toda mi fortuna porque tengo fe ciega de que cumplirás todos mis deseos. Estos son: para ti y para que lleves una vida grandiosa te dejo 50 millones de dólares; y para que visites hospitales, casas de pobreza, trabajadores en paro, etc., te dejo el resto de mi fabulosa fortuna. Reparte con justicia este dinero, dota de los mejores elementos a los hospitales, remedia calamidades, dolores y necesidades.

Actuando así puedes dejar tu nombre y el mío grabado con letras de oro. Empecé a cumplir lo encargado por mi difunto tío, pero pronto dejé de hacerlo. En orgías, juergas, invirtiendo en grandes empresas comer­ciales, sin orden ni concierto, tiraba el dinero a manos llenas. Todo era vicio, deshonor y desamparo de Dios. No fui bueno. Se llevó Dios mi alma y la tierra mi cuerpo. Ahí tenéis el porqué de todo lo que sufro. Que Dios os bendiga.

Extraído del libro “Desde la otra vida”