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Exaltación de las madres PDF Imprimir E-mail
Psicografia
Escrito por Administrador   
Jueves, 25 de Junio de 2009 16:07

Exaltación de las madres que se inmaculan cumpliendo con su deber. Sentida comunicación de Isabel de Valois (tercera esposa de Felipe 11)

Para abrir la sesión se pronuncian sentidas plegarias, y a continuación, el guía del grupo, Dr. Demeure, se posesiona del médium y dice:

Habréis notado la elevación que toma el alma cuando pronunciáis palabras que exaltan el sentimiento, hacen brotar la ilusión y la alegría en el alma, ayudando a que la fe sincera y profunda se manifieste con mayor amplitud, extasiándoos y meditando sobre la maravillosa obra del Creador. Cuando eleváis plegarias bien sentidas y dirigidas, que salen de lo más profundo de vuestra alma, regadas con los sentimientos sinceros de vuestro corazón y santificadas con la bondad de vuestros pensamientos, os eleváis tan fuertemente que parece que tocáis la felicidad celestial, y vuestro corazón se abre de par en par para que el alma aspire los efluvios benditos de las regiones donde moran los espíritus puros.

Habréis comprobado que la plegaria os santifica, os saca del caos moral y profundo de la vida, de los sinsabores, de las lágrimas, de los dolores; que hace al hombre mejorarse por muy perverso que sea, porque al pensar en lo Superior, recapacita y comprueba que su proceder no es noble ni su bondad tan amplia como debe ser para identificarse con los mandatos de Dios.

¡Benditas sean las plegarias que llegan a las regiones elevadas de los cielos, donde todo es amor, luz y maravillas, impregnándose las almas, momentáneamente de ellas, y adquiriendo nuevos bríos para continuar la lucha en esa vida de preocupaciones, dolor y lágrimas! Plegaria, amor, virtud, abnegación y sacrificio son los grandes atributos que Dios da al alma para proseguir su camino en pos de su grandeza. Los que tenemos la difícil tarea de ser guías vuestros, de vivir cons­tantemente con vuestros dolores; los que tenemos la obligación ineludible de enjugar las lágrimas, de amortiguar el dolor, de alentar el sentimiento, de hacer que la vibración de vuestra alma sea más fructífera en todos vuestros actos, tenemos también la obligación de dirigir unas sencillas y breves palabras a las que también amamos con toda nuestra alma y toda nuestra efusión espiritual: a las hermanas que asiduamente vienen a nuestras reuniones, que con su corazón abierto oyen nuestras pobres palabras, que creen firmemente en Dios, en Su amor y en Su justicia, haciéndose así más dignas, más sublimes y más firmes en su fe.

A vosotras voy a dirigir unas palabras con todo mi cariño, con todo mi amor y con todo el sentimiento, deseándoos la gran felicidad que el Padre quiere para todos Sus hijos. No importa el motivo, no importa la intención, tampoco importa la manera de expresarlas; lo que importa es la buena voluntad con que se os dicen y el recuerdo que ellas llevan consigo. Hoy celebráis la festividad de la Inmaculada o Día de la Madre. La inmaculada fue una mujer santa, virtuosa, que se inmaculó a sí misma como madre, como esposa y como mujer. La Inmaculada se inmaculó como os inmaculáis todas vosotras cuando cumplís firmemente con vuestro de­ber, cuando adoráis los pétalos de las rosas, que son vuestros hijos; cuando os pincháis cumpliendo el cometido digno de madres y esposas, y cuando os santificáis con la cruz de vuestro dolor y del dolor de los demás que hacéis vuestro. Inmaculada es la mujer en todos sus actos, porque pone ese senti­miento fino, sutil, dulce y tan bello y hermoso como fue el de la Virgen María, que con su dolor purificó, santificó y puso la corona a todas las madres y a todas las mujeres que saben serlo y que hacen la cruz diaria­mente en la frente del hijo, sabiendo que ellas la llevan muy pesada en su sentimiento y en su dolor. Sois todas inmaculadas porque al ser madres habéis cumplido con la Ley de la procreación, que es el acto más sublime que puede realizar el ser en la Tierra: facilitar la llegada de espíritus que vienen con una misión, no sabiendo cuál será ni cuándo habrán de realizarla. Durante su desarrollo en vuestras entrañas le comunicáis el senti­miento y el amor que sentís con vuestros pensamientos, vuestras ilusiones y vuestras esperanzas...

También os inmaculáis cuando acariciás a esos hijos tan bellos y divinos que Dios os ha dado para que vosotras los miméis, los beséis, los adoréis y, al mirarlos, les comuniquéis el fuego de vuestra pasión, de vuestro sentimiento y de vuestro amor por ellos. Esos amores son como luceros de vuestra alma, y lo mismo que los luceros de los cielos alumbran en la oscuridad, vosotras alumbráis a vuestros hijos en los sen­deros tortuosos de la vida. Inmaculada es la Virgen, inmaculada es la rosa. Los pétalos de la rosa se marchitan; a vosotras os marchita el dolor cuando sois madres. Las espinas de la rosa hacen sangrar; las espinas de dolor que os causa la vida, la humanidad, las ingratitudes, os hieren el alma y os hacen sangrar. Pero el alma es tan resignada y tan sincera en la mujer inmaculada, que el dolor lo transforma en alegría, cambia lágrimas por bienestar y risas, ansiedad por esperanza, ingratitudes por amor y, en una palabra, cambia la vida penosa, ingrata y triste por la alegría y el amor que siente por sus hijos y que comunica a todos cuantos componen el hogar.

Rezar, pedir, elevar el pensamiento al cielo y percibiréis los efluvios de vuestra compañera, vuestra hermana María, que por doquier pide por vosotras, que os protege, os ayuda y en los trances difíciles y dolorosos os acompaña en vuestro pesar para llevárselo Ella más puro, porque el sufrimiento, cuando se tiene y se sobrelleva con resignación, es también puro. Ahora se os va a comunicar una hermana que pide, por caridad, ser oída. Dejemos unos momentos de espera.

-Transcurridos éstos, una nueva entidad se interna y dice:

-Habiendo hecho una súplica al Padre y a este hermano que tenéis por Guía, quiere Dios bendito que mi alma se expansione unos momentos, dirigiéndome a vosotras y a todos vosotros, porque cuando el alma nece­sita franquearse, precisa luz, expansión y describir lo que en su trayectoria penó, lo que sufrió y lo que con su dolor consiguió. Al hacerlo así experi­menta un bienestar tan grande, una satisfacción tan inmensa, que parece que el alma se abre para dejar salir el gozo que produce una comunicación con los encarnados. Fui madre también en la tierra. El poder que yo tenía estaba siempre al unísono con el dolor, las lágrimas y las vejaciones. Aunque mi imperio era muy grande, más grandes eran los raudales de mis lágrimas. Era llamada señora», pero madre olvidada, ultrajada, relegada al olvido y en todo momento teniendo que mostrar a los demás la risa hipócrita de la que ríe sabiendo que está sufriendo.

Era muy adulada y muy desgraciada. La sociedad falsa, el orgullo intolerable, la intriga y todo lo que el protocolo y la altivez de los hombres tienen, se ensañaban en mí. Mi poder verdadero era la paciencia y la humildad. Aunque era poderosa, mi verdadero poder era la virtud y la tranquilidad de alma; mi espíritu sufría y callaba, anhelando ser mejor y lo conseguía con resignación, con silencio y con cariño hacia quien tanta frialdad me manifestaba. Sí, hermanas, fui madre, pero fríamente, porque el amor del esposo, el cariño del padre no estaba presente; solamente hipocresía, frialdad, indi­ferencia... Vosotras sabéis que, según la madre siente, según la madre piensa y según se desarrolla la vida en su alma y en su corazón, eso mismo inyecta al ser que lleva en sus entrañas. No importa que los demás no nos respeten, no importa que no sepan la santidad que constituye ese estado y la pureza de alma que implica en nosotras esta situación, porque durante él el alma afina el sentimiento y la sensibilidad.

Cuando el sentimiento es puro, el amor se va abriendo camino paso a paso y hace que la fe inunde nuestro corazón, y ante esta verdad tan poderosa deberían incli­narse los falsos y los hipócritas. Era señora, como os he dicho antes, para las cosas de Estado, pero no para nada más serio. En la intimidad matrimonial, en ese ambiente, en esa confianza que santifica el hogar cuando se conocen y se aman, en esa intimidad yo no figuraba. Mi vida transcurría muy tristemente. Las damas de mi servicio lloraban con mis lágrimas. Yo pedía a Dios resignación. Mi esposo, fríamente, me visitaba, no como se visita a la esposa, a la compañera, a la madre, sino como se entrevista protocolariamente a la mujer que la sociedad, con sus leyes, ha hecho que sea esposa de quien no sabe ser marido, ni sabe ser padre. Fui esposa causa. Acariciaba a las hijas de mis entrañas con tanto amor y tanta abnega­ción que no quería para ellas honores, no quería nada más que su bienestar, que no lloraran, que no sufrieran, porque al sufrir nuestros hijos, bien sabéis que sufrimos nosotras más que ellos. Yo veía en mis hijas un consuelo bendito que me había mandado Dios.

La alegría de sus pensa­mientos eran rosas perfumadas que, besadas por el sol y regadas por el rocío de la mañana, se miraban en mis ojos para yo deleitarme mirándome en los de ellas. ¡Pero, hermanas de mi alma, pronto el protocolo me arrancó aquellos pedazos de mi alma! La falsedad, la intriga y, so pretexto de su educación, se las llevaron. ¡Qué educación más antihumana! ¡Cómo se contravienen las leyes de Dios por los poderosos! ¿Poderosos de qué? El poder lo da la santidad, lo da el buen sentimiento, la grandeza de suya porque tenía que serlo y fui madre por la misma alma, la bondad de corazón, la caridad y la abnegación, pero no los proto­colos inútiles de que se rodean las testas coronadas para justificar lo injustificable. Ante tanta injusticia y ensañamiento mi corazón se fue secando y, a medida que se secaba, mi alma se fortalecía con la resignación de la santa que recibe el martirio porque sabe que cuando Dios lo permite es necesario para su progreso y regeneración. Y siempre que llega esta fecha en que las madres y todas las mujeres santificamos a la Inmaculada María, pido mucho por las madres que sufren, oro por ellas, veo que el sacrificio que yo hice, en ellas ha sido bien recompensado. Suplico a la Virgen Santísima por todas vosotras, pido todo lo que haya que pedir para que en alguna parte encuentre eco mi plegaria y alivio para las que sufren como sufrí yo.

He comprobado, hermanas queridas, que la misericordia de Dios siem­pre está presente en los dolores y en las lágrimas, y que cuando sufrimos con resignación y entereza nos acercamos más a la santidad; que la bon dad y la rectitud de sentimientos siempre son recompensados y que Dios siempre nos está dando la mano y enviándonos espíritus buenos que nos ayudan y nos libran de muchos sufrimientos que los demás tratan de proporcionarnos. Ser vosotras también valerosas y resignadas. Pedir siempre, que se os dará más y mejor. Y tener en todo momento compasión de esas madres tristes y desgraciadas que llenas de poder ficticio, rodeadas de lujos, de palacios, de falsedades y de hipocresía, tienen que mostrarse felices; de esas madres que, llevando coronas en la Tierra, están verdaderamente coronadas con el martirio y, como el Divino Jesús, aguijoneadas con las espinas de esas coronas. Que Dios os bendiga y nos bendiga a todas; que cuando marchéis por los caminos difíciles de la vida piséis con cuidado; que las que todavía no sois madres, llevéis en la frente el tesoro bendito de vuestra pureza y en vuestro corazón la linterna mágica de la virtud, pureza de la juventud. Abrir el alma como la rosa abre sus pétalos a la luz, abrir el corazón a todo lo que es bueno, perfecto y elevado, para que tengáis preparado el sentimiento y la vocación a la maternidad, que es el medio bendito, gracias al cual los seres pueden encarnar para purificarse con el sacrificio y elevarse con las pruebas solicitadas. Abrazar la pureza como abrazáis a vuestros hijos, abrazar el destino con valentía, con amor, abnegación y virtud, porque haciéndolo así alcanzaréis, como yo, el favor y la bendición del Todopoderoso.

Amaos todos como nos ama el Maestro. Benditos de El seamos todos.

Isabel De Volois

Jaén, 8 de diciembre de 1963 (Día de la Madre) m. p.
Extraído del libro "Desde la otra Vida"