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Escrito por Administrador   
Domingo, 19 de Julio de 2009 16:45

El capítulo 32, de “El Libro de los Médiums”, se titula “Vocabulario Espírita”, y sugiere la siguiente definición: - Médium – (Del latín médium, medio, intermediario). Persona que puede servir de intermediario entre los Espíritus y los hombres.

Revelando el cuidado y el extraordinario poder de síntesis que Kardec siempre demuestra, esa definición es un primor de claridad. Vemos, por ella, que el médium es una persona, esto es, un ser encarnado, sujeto por consiguiente, a las imperfecciones y llagas que nos afligen a todos y, por tanto, tan propenso a la caída como cualquiera de nosotros, o tal vez más aun, porque su capacidad de sintonizarse con los desencarnados lo expone a un grado más elevado de influenciación. Sabemos, por otro lado, del aprendizaje Espírita, que la mediumnidad, lejos de ser la señal de nuestra grandeza espiritual, es, lo contrario, o indicio de obstinadas imperfecciones. Representa, por cierto, una facultad, una capacidad concedida por los poderes que nos asisten, más no en el sentido humano, como si el médium fuese colocado por encima de los viles mortales, como seres de elegidos. Es, antes, un peso, un peligro, un instrumento con el cuál el médium puede trabajar, para sembrar y plantar, para coger más tarde, o herirse una vez más, con la mala utilización de los talentos sobre los cuales nos hablan los Evangelios.

El médium fue realmente distinguido con el recurso de la mediumnidad, para producir más, para apresurar o abreviar el rescate de sus faltas pasadas, no se trata de un ser aureolado por el don divino, más depositario de ese don, que le es concedido en confianza, para uso adecuado. En resumen: el médium se vale de una aptitud que no hace de él un privilegiado, en el sentido de colocarlo, en la escala de los valores, por encima de sus compañeros desprovistos de esas facultades. Cuanto más amplias y variadas son las facultades, más expuesto estará al asedio de los compañeros invisibles que se oponen a su esfuerzo evolutivo. En cierta forma, eso es válido para todos nosotros, mas aquellos que disponen de facultades mediúmnicas están como si hubiesen traspasado su mundo interior a seres desconocidos e invisibles, que pueden ser buenos y amigos, como también pueden ser antiguos e inflexibles desafectos o compañías de crímenes hediondos. Eso me hace recordar un film que vi hace algún tiempo.

El joven héroe, por el esfuerzo de un trabajador social comprensivo, que acreditaba en la capacidad evolutiva del ser humano, obtuvo libertad condicional. Estuvo algunos años en la prisión, en virtud de la práctica de asaltos audaces, bien planeados y, naturalmente, muy rentables financieramente. Fue el líder de su grupo, el cerebro de la organización, el planeador eficiente y hábil que fácilmente sometió a todos los demás a su voluntad. Al salir de la prisión desea olvidar el pasado tenebroso, encuentra el amor en la prisión de una joven, y se dedica al trabajo humilde, de baja remuneración, mas honesto. Es en esa fase de reconstrucción íntima y esfuerzo regenerativo, que los antiguos compañeros lo encuentran. Comienza el acoso, el asedio, con propuestas, amenazas, y la dulce cantinela del éxito material. Todo es tentado para apartarlo del camino de la recuperación. Cualquier ardid sirve, cualquier presión, envolvimiento u oferta. Vale todo. Sus ex-compañeros de crimen desean su vuelta al grupo, a los placeres, a las locuras, a la irresponsabilidad. La semejanza con la situación del médium es impresionante. Sus compañeros no se conforman y, de las tinieblas donde se esconden lo buscan incesantemente.

Eso es particularmente agudo cuando la mediumnidad comienza a aparecer. Los primeros manifestantes son, casi siempre, atormentados seres del mundo de los dolores, obsesores impíos, verdugos que no desean escapar la presa por las puertas del trabajo regenerador. Entonces, son asociados de otros tiempos, que por muchos siglos planearon y ejecutaron juntos crímenes innominables. El médium, más que aquellos que no disponen de la facultad, es un ser en libertad condicional. Cabe a él probar que ya es capaz de hacer buen uso de ella. La tarea no es fácil, porque, como todos nosotros, trae en sí el llamamiento del pasado, las “conquistas” para el error, las cicatrices, mal curadas, de fallos dolorosos, el peso específico, que lo arrastra hacia abajo, intentando impedir que él se escape, como un pequeño globo, para el azul infinito de la liberación espiritual. Más que cualquiera de nosotros, él precisa estar vigilante, atento, ligado a un buen grupo de trabajo, consultando libros doctrinarios de confianza, observando sus propias facultades, corrigiendo, mejorando, modificando, eliminando, acrecentando. Nada de pánico, por tanto. El hecho de ser él una persona dotada de antenas psíquicas, que lo ponen en relación con el mundo espiritual, desee él o no, no quiere decir que él este a la merced de los compañeros desvariados de las sombras, a no ser que el mismo deje caer sus guardias.

Él contara siempre con la protección cariñosa y atenta de sus guías, de aquellos que están interesados en su progreso espiritual. Procure mantener un buen clima mental. Estudie, lea, viva con simplicidad, vigile sus sentimientos, como cualquier uno de nosotros. Participe de la lucha diaria, enfrente los problemas de la existencia: profesionales, familiares, sociales, humanos, en fin. No le faltarán recursos, asistencia, informaciones y, por encima de todo, trabajo mediúmnico, que es de la esencia misma de su compromiso. No tema, mas no sea temerario. No deje de estudiar sus facultades, mas no se envanezca de lo que aprendió ni de los recursos que consiguió desenvolver. En la hora de la tarea, es un simple trabajador, como cualquier otro: ni mejor, ni peor, ni inferior, ni superior. Los dirigentes de grupos deben combatir sin treguas el “protagonismo” de algunos médiums; el buen combate, es claro, de que nos habla Pablo, sin rencores, sin humillaciones, sin prepotencia. Es común, en los grupos mediúmnicos, darse destaque indebido al médium que recibe, por ejemplo, al orientador desencarnado, para las palabras de esclarecimiento y las directrices generales. Lo ideal sería que los orientadores se alternasen, utilizándose de los demás médiums, más ellos no están interesados en preservar nuestras ridículas susceptibilidades y vanidades. Si el médium que los recibe se siente envanecido, trate de corregirse; si los médiums que no lo reciben quedan encelados, el problema es de cada uno. La experiencia con los Espíritus nos enseña que ellos son compasivos, amorosos, pacientes, tolerantes y serenos, mas son también firmes y rigurosos, cuándo es necesario. Eso está ampliamente documentado en la Codificación, pues ni aún a Kardec dejaron ellos de decir lo que era necesario de decir, a veces con inesperada severidad.

-¿Por qué Dios ha permitido que los Espíritus puedan tomar el camino del mal? – pregunta Kardec, según “El Libro de los Espíritus”, cuestión 123. Y ellos responden:

- ¿Cómo osáis pedir a Dios cuentas de sus actos? ¿supones poder penetrarle los designios?. Podéis, todavía, decir lo siguiente: La sabiduría de Dios está en la libertad de escoger que Él deja a cada uno, por cuanto, así, cada uno tiene el mérito de sus obras.

¡Y el interlocutor era Kardec! ¿Por qué razón andar con “paños calientes” con nosotros, meros aprendices primarios de una verdad que transciende, en muchos aspectos, a nuestra comprensión?

Así, no que se espere que los benefactores espirituales tomen precauciones especiales para preservarnos el orgullo y la vanidad. No cuidaremos, en este libro, de la formación o del desenvolvimiento del médium. El asunto es demasiado complejo para un tratamiento sumario y huye a los objetivos de nuestras especulaciones aquí. Hay obras que cuidan del problema, mas es preciso no olvidarse que el punto de partida de cualquier trabajo, en ese sentido, es “El Libro de los Médiums, de Allan Kardec. Es posible, entre tanto, que las tareas del grupo mediúmnico vengan, en transcurrir del tiempo, a revelar la existencia de otros médiums en potencia. No es necesario, en este caso, colocar a la persona en cuarentena, ni desligarla del grupo. Que ella se mantenga junto a los compañeros, en la posición que siempre ocupó y aguarde a su vez.

Los benefactores espirituales sabrán como conducir el trabajo necesario, proveyendo ocasionales indicaciones e instrucciones, hasta que la mediumnidad naciente comience a brotar y pueda ser utilizada. El dirigente humano acompaña atentamente el trabajo, ayudando al compañero, o compañera, en las lides iniciales de su empresa. Los fenómenos comenzarán espaciados e indecisos: rápidas videncias, clariaudiencia, tal vez intuiciones, impulsos de decir o escribir algo. Cuando estos pequeños fenómenos ocurrieran, el componente del equipo debe comunicarse, tan pronto le sea posible, con el dirigente, sin interrumpir los trabajos en curso, a no ser por motivos imperiosos; de preferencia, con todo, después de cerrada la sesión. Nada de precipitación, de excitaciones, de fantasías, de euforia, ni de temores.

En un grupo bien orientado, todas las potencialidades serán debidamente estudiadas y aprovechadas, cuando sea posible y necesario. La mediumnidad que mejor se presta a los trabajos de desobsesión es la psicofonía, o de incorporación. El dialogo con el desencarnado, es de la propia esencia de la tarea, y difícilmente la palabra hablada, directa y viva, podría ser sustituida, sin perdida considerable de la eficacia del proceso. En casos extremos, podrá ser utilizada la psicografía: el esclarecedor hablaría y el Espíritu respondería por escrito, más la experiencia revela que nada sustituye a la palabra hablada, en ese tipo de trabajo. Con ella, sentimos con mayor facilidad las reacciones que se procesan en el manifestante, su personalidad, sus manías, su estado de irritación o de serenidad, sus ironías, sus vacilaciones, su sinceridad, sus emociones. No quiere eso decir que el grupo deba reunir solo médiums de incorporación. Los benefactores espirituales tendrán mejores oportunidades de desenvolver sus tareas por nuestro intermedio, cuándo dispusieran de más amplia variedad de facultades, operando a través de la videncia de uno, de la clariaudiencia de otro, de la intuición de un tercero, o hasta utilizándose, en trabajos especiales que también discutiremos, de la facultad, que tienen otros, de exteriorizar ectoplasma, o sea, de la mediumnidad de efectos físicos. Tal variedad de facultades es particularmente deseable cuando el esclarecedor no fuera dotado de mediumnidad ostensiva, como videncia, o audiencia. En ese caso, los médiums presentes serán, a veces, los encargados de auxiliarlo con pequeñas y discretas observaciones y recomendaciones recibidas de los benefactores, en cuando el se halla adoctrinando. Eso debe ser hecho con mucha sutileza y de manera breve y resumida.

Como la psicografía es la mediumnidad más indicada para ese tipo de tarea, André Luiz nos ofrece, en su ya citado “Desobsesión”, un valioso decálogo de recomendaciones y sugestiones. Mismo que el lector disponga de un ejemplar, que vale la pena reproducir aquí el texto. André considera tales cuidados “esenciales al éxito y a la seguridad de la actividad” atribuida a los médiums. Es aconsejable, pues, a los médiums psicofónicos:

• Desenvolvimiento de la autocrítica.
• Aceptación de los propios errores, en el trabajo mediúmnico, para que se les depure la capacidad de transmisión.
• Reconocimiento de que él médium es responsable por las comunicaciones que transmite.
• Abstención de susceptibilidades ante indicaciones de los esclarecedores o de los compañeros, aprovechando observaciones y avisos para mejorarse en servicio.
• Fijación en un sólo grupo, evitando las inconveniencias del compromiso de desobsesión en varios equipos al mismo tiempo.
• Dominio completo sobre si mismo, para aceptar o no la influencia de los Espíritus desencarnados, inclusive reprimir todas las expresiones y palabras obscenas o injuriosas, que esa o aquella entidad quiera pronunciar por su intermedio.
• Interés real en la mejoría de las propias condiciones de sentimiento y cultura.
• Defensa permanente contra adulación y elogios, por cuanto sepa agradecer el estimulo y la amistad de cuantos le incentiven el corazón al cumplimiento del deber.
• Discernimiento natural de la cualidad de los Espíritus que les procuran las facultades, sea por las impresiones de su presencia, lenguaje, fluidos magnéticos, sea por su conducta general.
• Uso del vestuario que le sea más cómodo para la tarea, alejando, con todo, los objetos que acostumbren traer unidos al cuerpo, como son relojes, pluma estilográfica, lentes y joyas.

* * *

Las personas que lidian con médiums, que trabajan junto a ellos, que desempeñan, en fin, cualquier actividad paralela con ellos, no deben olvidarse de que esos compañeros de siembra son criaturas dotadas de cierto grado de exaltación de la sensibilidad. O por otra parte: son médiums exactamente por que tienen la sensibilidad más aguda que el común de los hombres y de las mujeres. En el suceso de esa particularidad que, en el fondo, es de la propia esencia de la mediumnidad, son más susceptibles, más sensibles también a la critica, a la aptitud antifraterna, a la palabra agresiva, a la reprimenda, tanto cuanto al elogió y a la adulación, a que se refiere André Luiz. Es preciso, pues, tener atención especial con los médiums, en aquello que diga respecto a su condición peculiar de sensibilidad. Intentaremos esclarecer, tanto cuanto sea posible, este asunto extremadamente delicado y complejo. Evidentemente, el médium no debe y no puede ser endiosado, por que eso expondría, a él y al grupo, a imprevisibles y desastrosas consecuencias.

En breve, estaría recibiendo “mensajes” directos de Dios... No vamos, con todo, a caer en el otro extremo, de someter al médium a un régimen disciplinario inadecuado, dictado por la prepotencia y por la arbitrariedad, en nombre del buen orden de los trabajos. Médium disciplinado es una cosa, médium inhibido es otra. Es preciso que el dirigente de los trabajos tenga el suficiente buen sentido para distinguir hasta donde llega la disciplina, que precisa ser preservada, y donde comienza el rigor dictatorial que lleve al médium al pánico o a la rebeldía. El médium no es ni la “estrella” del grupo, su pontífice máximo, ni el esclavo encadenado a los caprichos de los imprudentes que, en nombre de la disciplina y del orden, imponen condiciones inaceptables al ejercicio de las facultades mediúmnicas. La mediumnidad es un mecanismo extremadamente delicado y susceptible, que debe ser tratado con atención, cuidado y cariño. En el grupo en que predomine legítimo sentimiento de afección, y comprensión entre sus diversos componente, difícilmente surgirán problemas de esa naturaleza, mas es preciso estar atento para que tales cuestiones no vengan a perturbar la tarea. El dirigente deberá tratar al médium con todo cariño y atención, procurando ayudarlo en la solución de los problemas que surgieran en el ejercicio de su facultad, dándole apoyo y consejos, donde y cuando sea necesario. Debe serle grato por su contribución al grupo, sin, entre tanto, distinguirlo con ningún favor especial.

El médium equilibrado y disciplinado sabe que nada debe esperar de diferente, exclusivo o extraordinario. Es apenas uno de los componentes del grupo, nada más, y como tal, acreedor de la misma estima y respeto debidos a los demás compañeros. Es, también como los demás, merecedor de una palabra de estímulo y gratitud, por una tarea particularmente difícil, exhaustiva y bien realizada. No cuesta a quién por derecho, una expresión de agradecimiento y una palmada afectuosa en el hombro, que deberá estimular su responsabilidad y no su vanidad. Hay manifestaciones difíciles, dolorosas, que dejan residuos vibratorios perturbadores. En casos así, el médium no debe ser abandonado a su suerte, con los dolores y los cansancios resultantes. Si el dirigente no puede socorrerlo con un pase restaurador, designe a alguien en el grupo para hacerlo, más dígale una breve palabra de cariño o hágale un gesto de solidaridad, para que el médium sienta el apoyo y la comprensión por su ardua tarea. El lector deberá notar, a lo largo de este libro, que algunos puntos son repetidos en diferentes contextos. Es que tales asuntos se presentan muy íntimamente interligados, a la semejanza de los hilos de colores que hacen el dibujo de un tapete, y que desaparecen aquí, para reaparecer allí, con nuevo énfasis. Uno de esos puntos es la relación entre los componentes del grupo, sea entre los encarnados, sea entre estos y los desencarnados. Repetiremos aquí uno de ellos. Es el de la relación del médium con el esclarecedor. Para que el trabajo se desenvuelva con seguridad y eficacia, esa relación precisa ser impecable. Intentemos explicar lo que significa, en este caso, ese adjetivo algo pomposo. Más allá de su sentido etimológico – incapaz de pecar, no sujeto a pecar – impecable quiere decir perfecto, correcto, sin mácula o defecto.

Médium y esclarecedor deben estimarse y respetarse. Estima sin servilismo y sin fanatismo; respeto sin temores y sin reservas íntimas. En cuanto la relación médium-esclarecedor es imperfecta o sufre estremecimientos más serios, se pone en riesgo la calidad del trabajo mediúmnico. La razón es simple y obvia: al incorporarse, el Espíritu manifestante viene a trabajar con los elementos o instrumental que encuentra en el médium. Si existe allí alguna reserva con relación al esclarecedor, o peor aun, alguna hostilidad más declarada, es normal que su tarea negativa será bastante facilitada, de la misma forma que un médium más culto proporciona mejores recursos para una manifestación de tenor más instruido o un médium de temperamento más violento ofrece condiciones más propicias a manifestaciones más violentas. Por la misma razón, si existe entre médium y esclarecedor un vínculo más fuerte de afecto, el Espíritu agresivo queda algo contenido, y aunque agreda al esclarecedor con palabras o gestos, no consigue hacer todo cuanto deseaba. Muchos son los que se quejan de eso, durante sus manifestaciones, exactamente por qué no logran dar salida a sus impulsos e intenciones, porque las vibraciones afectivas entre médium y esclarecedor enfrían inevitablemente tales impulsos.

Es preciso aún considerar que si el médium realiza ese trabajo de impregnación fluídica en el periespíritu del manifestante, este también trae una carga, a veces pesada y agresiva, que actúa enérgicamente sobre el periespíritu del médium, habiendo, por tanto, cierta “contaminación” mutua, para la cual el médium debe atentar con toda su vigilancia, pues, de lo contrario, el Espíritu lo dominaría y haría con él lo que desease, como lamentablemente acontece con frecuencia. Esa contaminación, aunque transitoria, es demostrada, sin ninguna duda, en las reacciones preliminares y posteriores del médium, o sea, cuándo aún se halla consciente en el cuerpo y después que lo recupera. Con frecuencia nuestros médiums declaran que, al sentir la aproximación del Espíritu manifestante, experimentan tal o cuál sensación: fuerza, odio, tristeza, angustia o amor, paz, serenidad. De la misma forma, los residuos vibratorios que permanecen en la intimidad del periespíritu del médium, tras la desincorporación, son bastante conocidos, siendo necesario, casi siempre, cuándo son desagradables y agresivos, dispersarlos por medio de pases, a fin de que el médium se reponga. Cuándo, por el contrario, se trata de un Espíritu pacificador y bondadoso, el médium despierta, como acostumbro a decir, “en estado de gracia”, feliz, armonizado, conmovido, a veces, hasta las lágrimas.

* * *

Una insistente palabra final para el médium: estudie, lea, haga preguntas, discuta los diferentes aspectos y problemas de la mediumnidad, con quien demuestre tener experiencia. “El Libro de los Médiums” debe ser lectura y relectura constantes. Hay siempre aspectos e informaciones que a una o dos pasadas dejamos escapar. Manténgase unido a las cinco obras de la Codificación, a los libros de André Luiz, que desenvuelven, de manera tan amplia, no sólo aspectos científicos de la mediumnidad, como trabajos desenvueltos en el mundo espiritual: “Mecanismos de la Mediumnidad”, “Entre la Tierra y el Cielo”, “Misioneros de la Luz”, “En los Dominios de la Mediumnidad”, “Liberación”, “Desobsesión”, o también, “Estudiando la Mediumnidad”, de Martíns Peralva, “En el País de las Sombras”, de Madame d´Esperance, “Memorias de un Suicida”, de Camilo Cándido Botelho, “Dramas de la Obsesión”, del Dr. Bezerra de Menezes, “En los Bastidores de la Obsesión”, de Manoel Philomeno de Miranda.

La literatura es amplia y no hay aun limites visibles en este vasto campo. El médium, tanto cuanto todos nosotros, que lidiamos con la comunicación entre los dos mundos, precisa estar bien cierto de que es aun muy poco lo que sabemos sobre esa notable facultad humana. Toda la humildad y todo el respeto ante ella aun serán pocos. Además, solamente podemos estudiar la mediumnidad asistiéndola en acción, observándola con atención, anotando sus peculiaridades, discutiendo sus innumerables facetas con los compañeros que constituyen el equipo de trabajo, leyendo las enseñanzas de aquellos que, antes de nosotros, ya se han dedicado a sus misterios y grandeza. Nadie precisa estudiarla más, y con mayor respeto y cariño, que el propio médium, porque es a través de él que se abre la puerta por la cual dialogamos, mundos abajo, con los compañeros que se hallan encadenados a las más negras y tormentosas pasiones y sufrimientos, y, mundos encima, de donde recibimos rayos de luz que, a través de un pequeño rectángulo, ilumina, por algunos momentos, de tiempo en tiempo, los ambientes de media luz en que vivimos.

Hermínio C Miranda

Extraído del libro "Dialogo con las sombras"