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Escrito por Administrador   
Miércoles, 01 de Julio de 2009 15:49

“Señor, he aquí, el que amas, está enfermo” Se encontraba el Señor en Jerusalén, cuando Marta y María – dos jóvenes residentes en Betania, mandaron a avisarle que Lázaro, hermano de ambas y amigo de Jesús, estaba enfermo. A pesar de la urgencia del recado, permaneció aún, el Divino Amigo dos días en donde estaba, no obstante amar intensamente a los amigos de Betania.

No era pequeña la distancia entre Jerusalén y la aldea, por lo que, cuando Jesús allí llegó, Lázaro ya estaba muerto y sepultado, según lo relata el Evangelio. No tenemos como objetivo formular consideraciones doctrinarias sobre la muerte y resurrección del amigo del Señor, en su aspecto biológico, aunque disponga el Espiritismo de explicación, clara y lógica para el suceso en sí mismo. Es nuestro deseo referirnos, exclusiva y simplemente, a las tres principales frases proferidas por Jesús, (lo que será hecho en los capítulos siguientes), en los cuales encontraremos preciosas e instructivas conclusiones ligadas al complejo problema del despertar espiritual del hombre.

Meditando sobre tales frases, verificaremos que la persona “adormecida” o “muerta”, para la Verdad Trascendente tendrá, como Lázaro, que despertar erguirse y caminar bajo la influencia de factores sutiles y variados. Factores que dependen inclusive, de la interferencia directa o indirecta de terceros. El despertar es gradual y se condiciona al funcionamiento, ecuánime y perfecto, de las leyes naturales que rigen la evolución. Nadie despertará instantáneamente. Ninguno se levanta, de un momento para otro, del túmulo de la ignorancia al santuario del conocimiento. Nadie da un salto desde la cueva del egoísmo para la catedral de la abnegación. Ninguno, después de levantarse, conseguirá desfajarse con facilidad, sin el concurso de amigos y benefactores, sean ellos encarnados o desencarnados.

Hay siempre alguien, intercediendo por nosotros, a la manera de Marta y María, que se apresuran a enviar mensajeros al Cristo, a fin de que pudiese Lázaro ser restituido a la dinámica de la vida. El Maestro, escuchando el pedido, compareció a la humilde aldea de Betania. Atendiendo al afligido llamado de las jóvenes, que lloraban al hermano muerto, pronunció las tres frases que, según la elucidación espirita, indican el lento despertar del Espíritu para las bellezas de la Inmortalidad.

“Quitad la Piedra.”
“Lázaro, ven afuera.”
“Desatadle y dejadle ir.”

Extraído del libro "Estudiando el evangelio a la luz del espiritismo"
Martins Peralva