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165. Después de la Filosofía Existencial nacida de la angustia y de la soledad del teólogo danés Kierkegaard, estalló en el mundo convalesciente de las primeras explosiones atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la espantosa novedad de la Muerte de Dios. Imitando al loco Nietzsche, teólogos jóvenes y de formación universitaria, europeos y norteamericanos, hicieron el comunicado fúnebre al mundo: “Dios murió.”
Como nadie fue invitado al entierro ni se anotó el acontecimiento en ningún registró funerario de los archivos civiles del mundo, se creyó que todo no pasaba de ser una alucinación. Mas dichos teólogos insistieron con una serie de libros desbordantes de erudición y cultura, lo cual perturbó a muchos de los creyentes en Dios. Para tranquilizar a los intranquilizados, los teólogos agoreros siguieron el viejo concepto: “A rey muerto, rey puesto.”, y colocaron a Jesús de Nazaret, el Cristo, provisionalmente en el Trono del Imperio Cósmico: “Ahora,” - decían con la euforia de herederos ambiciosos ante el Cadáver Sagrado - “ahora tenemos que instalar el Cristianismo ateo a la espera del Nuevo Dios que debe surgir.”
166. No se trata de juego ni de chiste, sino de una cosa sumamente seria, pues como decían nuestros abuelos: “Con Dios no se juega.” Pero los libros de los teólogos cortadores de mortajas no convencieron a nadie, a no ser a ellos mismos. Es fácil comprender que hubo un engaño. Lo que había muerto no era Dios, que jamás podrá ser enterrado en el cementerio en ruinas de los dioses mitológicos. Quien en verdad agonizaba lentamente sustentada por millones de los beneficiarios de los religiosos profesionales, era la generosa y sabihondísima señora llamada Teología, (pretenciosa dama de certezas absolutas e irrevocables, que a pesar de que ya estaba en estado de coma, todavía continúa resistiendo las impías tentativas de la muerte.) Pero la mayoría de los otros teólogos se vieron en dificultades y sólo algunos se adhirieron a la extraña idea de la muerte de Dios. Temían que tal hecho sería una hecatombe mundial, sobre todo para ellos que quedarían huérfanos y sin ninguna herencia, pues, sólo Dios les había prometido un pedacito de su Reino. Jesús Cristo, heredero directo e hijo consanguíneo de Dios, no tuvo conocimiento del asunto y no asumió el Trono del Universo. La situación se tornó caótica y las disputas de los herederos acabaron reduciendo la espantosa novedad a una discusión violenta de neuróticos en guerra. Andan por ahí los libros de los teólogos de la conspiración deicida, leídos por ellos mismos y algunos curiosos retardatarios, pues sólo ellos entienden lo que escribieron, si es que verdaderamente lo entienden. Son libros tejidos con tesis de filigranas brillantes y sofismas escurridizos como las de Bizancio en su hora final. Nos dan la impresión del juego de abalorios de la civilización utópica de Herman Hessse, donde la superficie helada de un lago alpino de vez en cuando congelaba a un teólogo.
167. No nos interesan esa lamentaciones de plañideras alrededor de un hipotético cenotafio, túmulo vacío construido después de la guerra, sobre terreno impuro de osamentas sin sepultura. Esta hora no es de muerte, sino de resurrección. Cumpliendo la promesa del Cristo, su enseñanza pura resucita de las criptas de envejecidas catedrales y anuncia por todas partes la nueva Alborada de la Verdad. William Hamilton, Thomas Altizer, Paul van Brune, Gabriel Vahamtaan, y todo la banda necrófila de la Muerte de Dios no han conseguido hasta ahora decir más que esto: Que Dios murió en nuestro siglo y que eso es un episodio histórico. Mas ¿dónde están las pruebas históricas de esa muerte ideológica y alógica? Solamente el loco Nietzsche, del que ellos heredaron su locura, oyó los silenciosos golpes de la pala del enterrador abriendo la sepultura, y ese loco era un iluso. Si los teólogos continúan enseñando sus mustias teologías, los místicos destilando sus óleos sagrados, los sacerdotes cobrando más caro por sus sacramentos, el populacho arrastrándose de rodillas por las viejas escalinatas de las iglesias, judíos y cristianos manteniendo sus cultos por todas partes, es porque ni siquiera el Dios de la Biblia ha dejado de existir. Si no ocurrió la muerte física de Dios, ni ocurre su muerte metafísica, si en la mente de los intelectuales y en la fe popular Dios continúa imperando, es evidente que la pandilla necrófila está delirando.
168. Mas este episodio sirve para ilustrar la esquizofrenia catatónica de este siglo extraño en que oscilamos entre la paranoia y el sadismo, con huracanes de obsesiones individuales y colectivas, que barren la faz contaminada del planeta. A cada instante los vendabales arrancan a los hombres del suelo y los lanzan al aire en piruetas alucinantes. Los espíritas, que conocen el problema de la obsesión y saben que no son los montajes escénicos del exorcismo, sino la lógica persuasiva de la adoctrinación evangélica el remedio cierto y eficaz para ese suceso, precisan más que nunca, reafirmarse en las obras de Kardec para no ser también volteados patas arriba en el aire. Muchos ya se dejaron llevar por las ráfagas de la negligencia, cayendo en el ridículo y llegando incluso hasta la profanación de la doctrina. Otros aceptaron y propagan, con la terquedad característica de la fascinación, obras y doctrinas absurdas, repletas de la malicia de las tinieblas, engañando a criaturas ingenuas con la falsa importancia de sus posiciones en instituciones doctrinarias o con el falso brillo de títulos universitarios. Otros se encastillan en su arrogancia de pseudosabios, pretendiendo superar la doctrina con libros enfangados con el lodo oscuro de los regiones del umbral. Es increíble como todas esas estupideces se apoderan por doquier de las personas desprevenidas, formando los quistes de mistificación que minan el movimiento doctrinario.
169. Si hasta fuera del campo doctrinario y entre personas de innegable cultura y brillo intelectual surgen locuras como esa de la Muerte de Dios y de la creación del Cristianismo Ateo, nos podemos imaginar a qué estamos expuestos en el Espiritismo, donde sólo la advertencia del Cristo: “Vigila y ora.” puede librarnos de caídas desastrosas. Mas no basta vigilar montado en las cabalgaduras de la presunción y de la vanidad, porque el enemigo no ataca de frente, sino que se insinúa sutilmente en nuestra intimidad, excitando el virus de la vanidad e infestándonos por dentro. Desde ese momento, pensamos con las ideas de él y aceptamos su colaboración, cuando no sus órdenes, con la ingenuidad con que los defensores de Troya aceptaron el caballo de madera como regalo de los griegos. Pedro capituló por miedo en la hora del testimonio. Por vanidad, ignorancia e intereses secundarios muchos espíritas están capitulando en esta hora decisiva. Nuestra vigilancia ha de ser interna, sobre nosotros mismos, sobre nuestra fauna interior que el enemigo utiliza contra nosotros. Si los teólogos necrófilos fueron capaces de aceptar la sugestión de la muerte de Dios sin importarles caer en el ridículo, ¿qué razonamiento podrían utilizar los espíritas para rechazar la sugestión de desfigurar los textos doctrinarios con la supuesta finalidad de actualizarlos, si creen prestar de ese modo un enorme servicio a la doctrina? Las sugestiones de las tinieblas son así: nos hablan del deber, para lanzarnos a la traición. Caemos fácilmente porque no vigilamos y no oramos. El orgullo y la ambición substituyen en nosotros a las palabras humildes de la recomendación del Maestro. Y después reclamamos de los Espíritus Superiores el auxilio que nos faltó en la hora crucial, como si ya no debiéramos estar desde hace mucho tiempo preparados para enfrentar esa hora.
170. Si los teólogos realmente comprendiesen a Dios y los Espíritas conociesen de hecho su doctrina, las entidades sombrías no encontrarían en sus corazones iluminados por el amor ni un punto oscuro donde ocultarse. No somos traicionados, nos traicionamos nosotros mismos. La traición no viene de la maldad, brota de nuestra mente desviada y de nuestro corazón orgulloso. Si no comprendemos eso a cabalidad estaremos siempre expuestos a los vientos malignos. La fidelidad al bien tiene un precio que pagamos poco a poco con las moneditas tintineantes del diario vivir, al rechazar los soplos de vanidad que intentan encender la hoguera de la deserción. Un elogio discreto que nos agrada, una palabra de estímulo, que nos reconforta, un gesto de cortesía que nos conmueve, una ingenua carta de saludo, un abrazo de fingida gratitud, son, con muchas otras cosas, las monedas que caen no como el óbolo de la viuda, sino como las monedas envenenadas de las cambistas. Al sonido de esa música sutil crece en nosotros la mandrágora del orgullo, la flor roja y peligrosa de los filtros mágicos. Creemos en nuestra grandeza con euforia, para más tarde caer en nuestra insignificancia con desesperación.
171. ¿Por qué motivo Dios, si tuviese que morir, habría de escoger el siglo XX de nuestra Era Cristiana? ¿Acaso, para morir cristiano, El que es el Señor del Cristo? ¿Por qué razón los Espíritas tenían que escoger nuestro siglo para revisar y corregir a Kardec, justamente cuando las Ciencias, la Filosofía, la Religión y toda la Cultura Humana están comprobando el acierto absoluto de Kardec y siguiendo su esquema de investigación realmente siempre victorioso? La respuesta a esas dos preguntas es una sola: Porque es en las horas de entusiasmo, de victoria, de renovaciones en marcha, cuando estamos desprevenidos y confiados en nosotros mismos, convencidos de que todo va bien y de que (éste es el motivo de la caída) llegó el momento en que nuestros esfuerzos serán reconocidos y nos pondrán en la frente la corona de laurel que nos negaron. No es la hora del Cristo, ni la de la Doctrina, sino la hora nuestra, personal, la que nos fascina.
172. Veamos la triste figura de esos teólogos, filósofos, historiadores de la Cultura, exégetas de la Palabra de Dios, que de repente, decepcionados con las atrocidades de los hombres (que siempre fueron atroces) proclaman en oraciones brillantes y libros falaces el absurdo de la Muerte de Dios, que no consiguen explicar ni justificar por más que escriban. Charles Bent nos da una información valiosa: William Hamilton fue presentado como una especie de Billy Graham con respecto a la Muerte de Dios. En una de sus prédicas en Sáo Paulo el famoso Billy, que arrebata multitudes, respondió lo siguiente, con la mayor liviandad, a la pregunta de un asistente: “El Espiritismo es obra del demonio.” La gloria de Hamilton se define en este episodio. Hamilton es el nuevo Billy, no se precisa decir nada más. Y Bent considera que es, tal vez, el más inteligible de los expositores del problema de la Muerte de Dios. Sobre el cadáver supuesto de Dios los borricos de la hecatombe divina se disputan la túnica de Cristo. Es evidente la llama de la vanidad que arde en la frágil carne de los hombres. Si el Espiritismo, que cumple la promesa del Consolador en la Tierra, es obra del diablo, ¿qué será, entonces, esa obra de demagogia y sofisma que pretende renovar la concepción cristiana de Dios con la práctica de Brutus, dándole puñaladas a Dios por entre sus costillas?
173.Los hombres se envuelven en sus propias palabras, como la abejas domesticadas en la barba del apicultor. Los sofistas griegos probaban con hábiles argumentos las afirmaciones contradictorias, para demostrar que la verdad no pasaba de ser un juego de palabras. Mas entre ellos estaba Sócrates, protegido por su demonio, su espíritu amigo, que de repente comenzó a preguntar a los sofistas: ¿Qué es eso? Todos los sofismas se deshacían como castillos de arena, cuando Sócrates pedía la definición de los conceptos. Sí, porque él había descubierto que la verdad estaba en los conceptos y no en las palabras. Cuando Billy y Hamilton se pregunten a sí mismos qué es lo que están diciendo, tendrán la verdad; pero, mientras continúen jugando con palabras ante las multitudes de badulaques y fanáticos, no pasarán de sofistas modernos que se engañan a sí mismos como engañan a los otros. El mal más amenazador de nuestra civilización es el desarrollo excesivo de la mente oral. El abuso de ese proceso mental envileció el mundo de las palabras. Viene de lejos ese mal, desde los judíos charlatanes que asombraban a los romanos con sus interminables querellas, el matraquear aturdidor de los clérigos medievales, las trapazas doradas de los bizantinos y la demagogia burguesa que produjo el Terror en Francia y se esparció por el mundo con el chacharear político y religioso que estalló en matanzas innominables en la boca de Hitler, de Mussolini y sus quintas columnas genocidas. Después de las explosiones atómicas de Nagasaki y Hiroshima y de la escalada norteamericana en Vietnam, no debería de causar admiración el asesinato del mismo Dios, pues, quien odia la Creación tiene que odiar también al Creador.
174. En el medio espírita los habladores llaman la atención, como en todas partes, pues, los espíritas son seres humanos contagiados, como toda la especie, por el mal de la verborragia. Ha sido difícil convencer al pueblo ingenuo de que los grandes habladores no pasan de ser mistificadores. Hablan en actitudes teatrales, con los ojos cerrados para convencer a los zopencos de que están siendo inspirados por elevadas entidades espirituales, cuando en verdad repiten palabrejas memorizadas o simplemente desvarían los mecanismos repetitivos de su mente oral.
175. Este es un problema grave en un medio por el que se interesa una doctrina lógica, profundamente conceptual, pero donde la insensatez de la palabrería funciona como tóxico mental, encubriendo y evitando la Verdad. Precisamos de expositores de la doctrina conscientes de su responsabilidad y no sólo interesados en fascinar a las masas. No tenemos ni debemos tener tribunos elocuentes en nuestras asambleas, sino estudiosos de la doctrina que procuren transmitir sus principios racionales a los adeptos poco acostumbrados a razonar. No hay lugar para sofistas en un movimiento que busca únicamente la Verdad, que no está en los sofismas y sí en la limpidez de los conceptos. También los espíritas participan en la conspiración de la Muerte de Dios cuando dan apoyo y estímulo criminal a los palabreros inveterados.
Herculano Pires Extraído del libro "El gran desconocido"
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