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Francisco Cândido Xavier
Escrito por Administrador   
Sábado, 18 de Agosto de 2012 16:23

Conozco tus males, amigo mío, y reconozco la oportunidad de tus consideraciones. Después de la aparición de la sublime luz de la fe en tu alma, la paz te parece un mito distante. ―Mi corazón ha ganado fe — aseveras — pero ha perdido la tranquilidad. La charla inteligente de preciosos amigos no enciende en tu espíritu el interés de otro tiempo. Si hablan de economía, te acuerdas del servicio inmenso de Jesús en el sector del reparto de los bienes terrestres; si comentan la política, recuerdas el programa de Cristo en las actividades del amor al prójimo. Cuando la Ciencia, el Arte y la Literatura no sintonizan con tus aspiraciones presentes, doloroso tedio invade tu corazón. Toleras las conversaciones sin participar en ellas y a menudo te cuesta mucho esfuerzo acompañar los comentarios de la vida y del mundo en el círculo de los parientes, a quienes debes el tesoro de los júbilos familiares.

La espiritualidad superior es, ahora, tu preocupación dominante. En muchas ocasiones, te asemejas al hombre del viejo cuento de la niñez, perdido en una gruta oscura y salvaje, buscando acceso al oxígeno leve del campo. Antiguamente, el mundo materializado fascinaba tus ojos. Era preciso correr en busca de la conquista de conocimientos y ventajas, instalar la personalidad en la galería de la evidencia social y política y adaptarse a las dominaciones del momento, a fin de atender a los imperativos de la existencia terrestre. Pero después… Una luz fuerte acaparó tu mente en el camino.

Deslumbrado al principio, te parecía que era una lámpara festiva más, en el castillo de las sensaciones; sin embargo, poco a poco has reconocido que no se trataba de una claridad como las demás. Como has tratado siempre los problemas de la vida alimentando el firme deseo de acertar, ha encontrado la luz elevados recursos en tu sinceridad, y ha penetrado en tu país interior despacito, iluminando tu conciencia. Desde entonces, ha nacido un nuevo entendimiento en tu alma. Se han transformado los paisajes internos y externos. Muchos cuadros que te parecían grandiosos se han vuelto insignificantes. Situaciones envidiables que en otra época seducían tu corazón, constituyen hoy zonas oscuras de las cuales huyes naturalmente amedrentado. Los provechos se han convertido en peligros, los logros en responsabilidades y muchas ganancias que te parecían indispensables en la lista de adquisiciones del mundo, representan ahora para ti derrotas y pérdidas, que es preciso evitar en beneficio de tu propia felicidad. ¡Desajustado! ¡Desajustado!

Tu pensamiento repite esa definición todos los días y tus viejos afectos renuevan la misma observación. En balde buscan en tus gestos, actitudes y palabras, el hombre que un día fuiste. Algunos afirman que la vejez prematura se ha adueñado de tus días, exclaman otros que la experiencia religiosa te ha embotado el raciocinio. Tú mismo, en momentos de prueba más áspera, te esfuerzas inútilmente por volver al pasado. Sin embargo, ya no es posible el camino de regreso. La verdad domina la fantasía y te ves compelido a permanecer en la misma posición de desplazamiento espiritual. ¡Desajustado! ¡Desajustado!

Desde hace algunos siglos, existe en el mundo la llamada legión de los hombres ―marginados. Se trata de judíos alemanes, en las sociedades germánicas; anglohindúes, en círculos hindúes; mestizos en el África Portuguesa y en la Isla de Java. Se sienten desplazados, ansiosos, insatisfechos… Les llaman ―sin patria, viajando hacia un puerto que jamás encontrarán. Se exasperan y sufren, sin medicina que cure su llaga interior. Uno de ellos, Stefan Zweig, sensibilidad extraordinaria al servicio de la inteligencia, aburrido de ficheros y pasaportes, angustiado por su condición de peregrino internacional, prefirió el suicidio, menospreciando los dones de Dios. Sin embargo, amigo mío, su sufrimiento era peor. Su desajuste más grave. No había patrias terrenas que pudiesen satisfacer su ideal, porque la fe había conferido a su corazón la ciudadanía del mundo.

Sufriría por el brasileño como por el javanés; meditaría en el dolor común, allá donde ese dolor apareciese. Se había desprendido de los lazos humanos, aunque permaneciese dentro de ellos según la expresión física. Era un prisionero liberto que conservaba los grilletes por amor al deber. La sangre que corría por sus venas se había modificado. Pertenecía al organismo de la Humanidad. Y por eso su angustia interior había sobrepasado la aflicción de los que disputan una patria terrestre, delimitada por puentes, árboles, ríos o cercas de alambre. Ansiaba su corazón una esfera más alta, donde pudiese pulsar al ritmo de la comprensión universal. Para ti, tampoco hay otro remedio en la Tierra más que seguir adelante, procurando mantener en tu espíritu la bendición de la divina serenidad. Y cuando el desaliento acose desde lejos tu corazón, acuérdate de la súplica de Jesús, en favor de sus amados continuadores.

En el capítulo diecisiete del Evangelio de Juan, el Maestro exclama: ―No sois del mundo, como yo tampoco lo soy. No ignoraba que su lección desplazaría la mente de los discípulos, reajustaría los valores de la existencia en cada uno de ellos ante la revelación de la eternidad y les aportaría profunda renovación interior. Comprendía Jesús que ese trabajo es básico y esencial en la edificación del Reino de Dios, y reconociendo que necesitaba esclarecer a los aprendices de manera inequívoca, Él mismo tomó la posición marginal. Ni en el Cielo, donde no podría descansar aún, ni en la Tierra, donde no lograría identificarse con la mayoría de los mortales, sino en la cruz, en la situación de Marginado Divino, invitando a las criaturas al monte de la Resurrección.

Es evidente, pues, que el Cristo preveía ese desajuste temporal y espera que el cooperador fiel de su obra tome la cruz que le pertenezca y siga sus pasos, hacia la vida inmortal.

Por el espíritu Hermano x

Médium Francisco Cándido Xavier
Extraído del libro "Lázaro redivivo"