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En las ruidosas campañas contra el Espiritismo, no raro surgen aquellos que acusan a los desencarnados de varios modos. ¿Por qué motivo los Espíritus no descubren los secretos ocultos de la Naturaleza, atenuando las dificultades que rodean la existencia del hombre? ¿Por qué no escriben libros técnicos avanzados, solucionando los problemas de la Ciencia y de la Industria? ¿Cómo no ofrecen recursos para la cura de la malatía o del cáncer? Regresando a las escalas más bajas en el pentagrama de las preguntas puramente intelectuales, encontramos criaturas preguntándonos por qué no indicamos el lugar donde se halla el bolso perdido de la señora M., o qué razón nos lleva al desinterés por la búsqueda del preciado anillo, olvidado en el tranvía por el señor S. Desconociendo la bondad de Dios, el Dador Anónimo del Universo, los escritores orgullosos afirman que todas las conquistas de la cultura humana son debidas al pensamiento de los vivos, como si sus declaraciones se destinasen a herir la supuesta vanidad de los muertos, para que vengan a disputar con los hombres en la adquisición de miserables glorias efímeras.
Hay que considerar, no obstante, que si los desencarnados asumiesen en la Tierra el papel de orientadores tangibles de la evolución, en el descubrimiento de utilidades nuevas, esos mismos escritores se rebelarían contra ellos, tachándolos de infractores de la ley de la libertad, e invasores del sembrado ajeno. Pero estén tranquilos nuestros amigos del mundo físico, porque nadie con bastante esclarecimiento, en nuestro plano, se siente autorizado a interferir directamente en las edificaciones que competen a los misioneros, estudiosos y trabajadores de la Tierra.
La esfera que ahora habitamos, si ofrece bastante luz a nuestra mente, también ofrece innumerables problemas, que hemos de resolver atendiendo a nuestras necesidades para la vida eterna. La muerte del cuerpo no se hace acompañar de estacionamiento, en el cual estaríamos obligados a contemplar a los desencarnados, ni de las delicias del cielo o las torturas del infierno. Somos compelidos por ella a nuevos caminos de ascensión, donde lo infinito nos deslumbra. La materia diferenciada nos invita a trabajar en fascinantes enigmas, la evolución presenta otros aspectos y la universalidad nos conduce a maravillosos inventos de felicidad y paz. El campo de las luchas renovadas no nos da pie para la interferencia indebida en la labor encomendada al hombre de carne, y, aunque las oportunidades nos permitiesen colaboración de esa naturaleza, no sería lícito sustraer a la criatura humana la facultad de orientación propia en el descubrimiento de sí misma. Si la miseria y la enfermedad fuesen eliminadas de una vez, posiblemente el orgullo y la vanidad consolidarían su imperio en la existencia terrestre, encerrando a los habitantes del Planeta en grosera corteza de egoísmo por innumerables milenios, aparte de cerrarles la perspectiva del panorama universal.
En cuanto al servicio de los inventos y descubrimientos, la esfera invisible, atendiendo a los superiores designios de Dios, presta concurso fraternal e indirecto a las realizaciones terrenas, pero no impone innovaciones espectaculares al cuadro evolutivo de las criaturas. Y, hablando de ingenios de que la civilización se enriquece cada vez más, es imprescindible considerar que el hombre no puede quejarse en lo que respecta a las edificaciones que le fueron autorizadas por la Providencia Divina, importando observar cómo las utiliza. Dios ha permitido que la criatura humana recibiese la embarcación a velas: se organizó entonces la piratería del pasado; le dio el navío a vapor y se armaron verdaderas ciudades flotantes, que atacan a las colectividades ribereñas sin aviso previo; le confirió el Señor el descubrimiento de la materia explosiva, para que las montañas de piedra calzasen la residencia de los hijos de la Tierra y a fin de que las manos humanas colaborasen en la estructuración de una superficie planetaria más acogedora y más bella.
Sin embargo, de esa conquista preciosa se hizo la bomba destructiva que deja caer la lluvia de muerte sobre hogares y hospitales inocentes. Concedió el Altísimo al mundo necesitado el tractor y el automóvil; sin embargo, muy pronto los tomaban como modelo para la fabricación de tanques arrasadores que talan hasta las más humildes hierbas del campo. Autorizó el Padre la entrega del teléfono sin hilo a las naciones, aisladas unas de otras, a fin de que aprendiesen la fraternidad legítima; pero ese recurso es aprovechado para la expedición de siniestros mensajes de muerte a submarinos criminales, que atacan a mujeres y niños que viajan por mar. Mandó el Divino Dador que el avión fuese entregado a los pueblos terrestres, facilitando el intercambio entre las diversas regiones del Globo e incentivando la solidaridad mundial; en cambio, la máquina del aire fue con-vertida en el pájaro del exterminio, hiriendo y deformando, matando y destruyendo.
¿Qué hizo el hombre del progreso científico que el Señor confirió a la Tierra, si salió de la caverna de la edad de la piedra hacia los palacios griegos y los anfiteatros romanos, hacia los castillos medievales y los rascacielos modernos, regresando, ahora, apresuradamente, a la caverna de hormigón de los abrigos antiaéreos? No formulamos la pregunta como quien está atacado de pesimismo crónico. Creemos sinceramente en el mundo mejor, en la fraternidad legítima y en la paz restaurada. Queremos responder tan solo a los inquiridores ociosos que indagan, sarcásticos, sobre la actuación de los espíritus desencarnados, en el círculo de los inventos y descubrimientos que la Tierra ha venido recibiendo en exceso de la bondad de Dios, habiendo pagado mal la confianza celeste; y añado, que si yo fuese alguien con bastante autoridad, rogaría al Altísimo que interrumpiese el don de nuevos ingenios al hombre terrestre al menos durante mil años sucesivos, hasta que éste reconsidere su vieja actitud de menosprecio a los bienes divinos, progresando debidamente hacia la verdadera comprensión de la luz espiritual.
Por el espíritu Hermano x
Médium Francisco Cándido Xavier Extraído del libro "Lázaro redivivo"
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