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(Visual-colectivo, con diferencia de percepciones) – Consta en los Annales des Sciences Psychiques (1911).
El Sr. M.G. Llewellyn, conocido escritor inglés, empieza por prevenir a los lectores de que él no es espírita y nada sabe sobre espiritismo, al igual que nunca leyó libros o revistas que tratasen de tales temas hasta estos últimos tiempos. Tan solo le fue asegurado, por diferentes vías, que él es un sensitivo. Después de estas premisas, prosigue así:
Cierta noche, que no olvidaré nunca, estaba en mi estado normal de salud y muy tranquilo; ya había cenado como de costumbre y me había acostado poco después, hallándome en ese dulce estado de espíritu que constituye la somnolencia. El cuarto estaba inmerso en la más completa oscuridad, pues había apagado la luz eléctrica, además de cerrar las amplias y espesas cortinas que cubrían siempre las dos grandes ventanas.
Mi gatito, que dormía siempre en mi cama, allí se hallaba como de costumbre y resonaba tranquilamente. Mientras permanecía así, con los ojos semicerrados, percibí, apareciendo súbitamente en lo alto de la pared a la derecha (el lado para el que yo estaba vuelto), un largo rastro de luz, de un azul claro y encantador.
Se movía en dirección a la ventana de la derecha y yo lo observaba fascinado. Es extraño – pensaba yo. ¡Nunca vi el claro de luna entrar de esta manera cuando estas cortinas están cerradas y, además, es un azul que no es el de la luna y se mueve de un modo tan bizarro! ¿Qué puede ser esto? Pero naturalmente debe ser el claro de luna y quizá haya nubes que pasen bajo la luna. La luz, de un azul que nunca había visto antes y que nunca más he visto después, continuaba entrando por el cuarto, siempre del mismo lado, cerca del techo, y yo miraba estúpidamente a lo alto de la puerta, sobre la cual pendía un pesado repostero rojo, ¡como si la luz hubiese podido atravesar una muralla! Finalmente, salté de la cama al suelo, abrí las cortinas y miré por la ventana. Mis ojos espantados no encontraron sino una oscuridad impenetrable.
¡Nada de luna, nada de estrellas, ni tampoco la menor claridad! No podía ver la carretera, ni la hilera de árboles que había en ella, nada. Las farolas de las calles se apagaban temprano en la localidad donde vivo, y las tinieblas eran absolutas. ¿Podría ser alguien con una linterna o un proyector?, me preguntaba, aún espantado al volver para la cama. No estaba enteramente tranquilo y no se me había ocurrido todavía la idea de que en todo esto había algo de sobrenatural. Mientras yo torturaba así mi cerebro, el gato saltaba de repente para fuera de la cama, con el pelo erizado y los ojos brillantes y, de un salto, corría hacia la puerta, donde empezó a arañar furiosamente el repostero, siempre soltando los más espantosos maullidos que jamás he visto en un animal.
Yo estaba bastante espantado, pero aún así no pensaba en nada de sobrenatural. Solo pensaba que el gato se hubiese vuelto chiflado de repente. Este nuevo acontecimiento me hizo olvidar completamente la luz azul. Sufría de tal modo viendo el terror del pobre animal que lo tomé en brazos y procuré calmarlo. Todo trémulo, el gatito se cobijó contra mí, ocultando la cabeza y demostrando ser presa del más intenso pavor. Lo acaricié y logré calmarlo un tanto, poco a poco, pero, con gran espanto mío, él se mantenía en un lado de la cama, mirando con miedo, ojos brillando y pelo erizado. Yo no veía nada, y pese a ello estoy absolutamente convencido de que el gatito percibía alguna cosa, aunque nada pudiese quebrantar mi convicción. Sintiéndose seguro en mis brazos, ahora que el choque del horrible espectáculo – cualquiera que fuese – había pasado, el pobre Fluff estiraba el pescuezo y miraba hacia abajo, a la alfombra, siguiendo los movimientos del enemigo, como si éste, invisible para mí, anduviese a lo largo del lecho, volviéndose delante del lavabo.
La cosa – lo que quiera que fuese – estaba en el suelo y no hacía ninguna tentativa de subir a la cama. Si aquello se aproximase a nosotros, estoy seguro de que Fluff moriría de miedo inmediatamente. Miré en torno a mí, en la dirección de la mirada del gato, pero ¡no vi nada en la alfombra! No resta duda de que no debo olvidar que he visto la luz azul cuando el animal dormía. Se podría suponer que mi miedo respecto de la luz fue transmitido al gato, pero hasta entonces yo no había tenido ningún miedo, pensando incluso que se trataba de alguna cosa natural. En todo caso, lo que mi gato vio debía ser una forma bien horrible, porque Fluff era el más tranquilo, el más cariñoso animalillo que jamás conocí. Durante bastante tiempo creímos que él se había quedado mudo, pues nunca más volvieron a escucharse sus maullidos.
Respecto de esta interesante narración, me apresuro a hacer observar que el extraordinario pavor manifestado por el gato no debe necesariamente llevarnos a creer que él haya visto algo terrible. Numerosos ejemplos atestiguan que los animales son tomados de un pavor irresistible en presencia de cualquier forma espiritual, aunque sea enteramente angelical. Lo que determina su terror es la intuición instintiva de que se hallan en presencia de un fenómeno supra normal. En cuanto al otro fenómeno de la luminosidad errante que el señor Llewellyn había anteriormente observado, sirve para apoyar la génesis supra normal de la manifestación percibida por el animal y demuestra, en efecto, que durante aquella noche y en aquel lugar, se produjeron realmente manifestaciones supra normales, de las cuales un gato y su dueño fueron espectadores de manera diferente. Ya he dicho que esa diferencia de percepciones, muy frecuentes en las manifestaciones supra normales, se explica por las idiosincrasias especiales de los perceptores, en virtud de las cuales, una misma manifestación supra normal puede no afectar bajo forma visual a la mente de una persona, pero serle parcialmente transmisible bajo la forma auditiva, táctil, olfativa, emocional.
Estos son, en efecto, modos diferentes bajo los cuales puede transformarse, indiferentemente, el mismo impulso telepático-espírita que, para pasar de la subconsciencia a la conciencia, solo puede seguir la vía de menor resistencia trazada por las idiosincrasias sensoriales propias a cada uno de los perceptores. Todo esto se liga a las manifestaciones supra normales percibidas colectivamente mediante sentidos diferentes, pero el mismo fenómeno puede producirse con las manifestaciones supra normales percibidas colectivamente a través de un mismo sentido, como sucedió en el caso relatado por el señor Llewellyn. Y esas diferencias en la forma de la percepción de un fenómeno son bastante frecuentes en las manifestaciones metapsíquicas.
Recuerdo que, en el transcurso de las sesiones con William Stainton Moses, ocurría frecuentemente que, en el lugar en que el médium percibía una entidad espiritual, los testigos veían una columna luminosa y, a veces, una simple banda luminosa errando por la pared, bastantes veces coloreada de azul, como en caso que acabo de citar. Este caso puede entonces explicarse perfectamente de la misma manera, suponiendo que el animal haya percibido una forma espiritual allí donde su dueño solo percibió un trazo errante azulado.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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