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Caso XXV PDF Imprimir E-mail
Ernesto Bozzano
Escrito por Administrador   
Domingo, 01 de Noviembre de 2009 18:10

Fue primeramente publicado en Light (1818, p. 5) – Un redactor de esa publicación espírita londinense, amigo del Señor Tom Terriss, hijo del actor dramático William Terriss, asesinado en 1817, escribe:

En la misma noche del asesinato, la señora Terriss estaba sentada en el salón de su pequeño hotel en Belford Park y tenía, sobre las rodillas, un pequeño foxterrier llamado Davie, que dormía. Sus hijos, William y Tom, estaban con ella. El reloj marcaba las siete y veinte cuando, de repente, sin que nada lo pudiese hacer prever, el perro saltó al suelo y empezó a tirarse de aquí para allá, gruñendo, ladrando, enseñando los dientes y mordiendo, en un extraordinario estado de cólera y de terror. Esa insólita actitud del animal causó profunda impresión a la señora Terriss, que permaneció afectada durante el resto de la noche. Pues bien, las siete y veinte de la noche fue exactamente la hora en que el actor dramático William Terriss cayó asesinado.

Su hijo Tom refirió así lo sucedido: yo jugaba una partida de ajedrez con mi hermano William y el perro dormía sobre las rodillas de nuestra madre, cuando repentinamente él nos asustó, saltando al suelo, corriendo de un lado para otro, furioso y agitado, enseñando los dientes y mordiendo el vacío.

Nuestra madre, espantada, exclamó: ¿Qué pasó? ¿Qué es lo que él está viendo? Ella estaba convencida de que la ira del animal estaba dirigida contra un enemigo invisible. Mi hermano y yo nos esforzamos por calmarlo, aunque estuviésemos asimismo bastante sorprendidos y perplejos con la actitud inexplicable de un perro generalmente tranquilo y de dócil temperamento.

Considerando que el episodio en cuestión es de naturaleza imposible de comprobar, sería inútil extenderse en comentarios especiales, limitándome entonces a observar que el hecho de la correspondencia perfecta de la hora en que tuvo lugar el asesinato con la mímica furiosamente agresiva del animal, conduce irresistiblemente a pensar que él haya tenido realmente la visión subjetiva de la escena dramática en la cual su dueño sucumbía y, en consecuencia, intentó defenderlo, lanzándose contra el agresor.

Ernesto Bozzano
Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"