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Recojo el siguiente suceso en un interesante artículo de la señora Elisabeth D’Esperance, publicado por Light en su número de 22 de octubre de 1904, página 511:
Una única vez me ocurrió algo semejante, en una prueba personal de la presencia, en espíritu, de un animal que yo había conocido muy bien en vida. Se trataba de un foxterrier, gran favorito de mi familia que, a consecuencia de la partida de su dueño, había sido dado a uno de sus admiradores que vivía a un centenar de millas de nuestra casa. Un año más tarde, cuando yo entraba, cierta mañana, en el comedor, vi, con gran asombro mío, a la pequeña Morna que corría saltando alrededor del cuarto y parecía presa de enorme alegría. Saltaba, saltaba siempre, ya metiéndose bajo la mesa, ya introduciéndose bajo las sillas, tal como tenía costumbre de hacer en sus momentos de excitación y alegría, después de una ausencia más o menos prolongada de la casa.
Saqué naturalmente la conclusión de que el nuevo dueño de Morna la había llevado a nuestra casa o, cuando menos, que la perrita había logrado ella sola encontrar el camino de su antigua casa. Interrogué al respecto a varios miembros de nuestra familia, pero nadie sabía nada, de forma que me pareció un deber buscarla por todas partes e incluso llamar por su nombre, pero Morna no apareció. Me dijeron entonces que yo debía haber soñado o haber sido víctima de alguna alucinación, y después de esto el incidente quedó olvidado.
Varios meses, un año quizás, transcurrió antes de que tuviésemos ocasión de encontrarnos con el nuevo dueño de Morna, al cual pedimos noticias de ella. Nos contó que Morna había muerto a consecuencia de las heridas recibidas durante una lucha con un perro muy grande. Pues bien, por lo que pude verificar, la lucha se había producido por las mismas fechas o muy poco tiempo antes del día en que yo la había visto (en espíritu) correr, saltar, girar en torno a la sala de su antigua morada.
Esta narración recuerda la última consideración que hice respecto del ejemplo anterior, o sea, que en el caso de las criaturas humanas, se podría a veces suponer que no se trata precisamente de una alucinación telepática reproduciendo la forma del agente, antes bien del propio espíritu del agente que, tan pronto se ha liberado de los lazos de la materia, volvió al medio en que había vivido, buscando señalar su presencia a sus familiares. Ahora bien, aunque se no se trate de una criatura humana, sino de una perrita, es preciso reconocer que la manera de comportarse del fantasma, corriendo y saltando en el cuarto, presa de un acceso de alegría, tal como tenía costumbre de hacer la perrita viva, después de una prolongada ausencia, sugiera irresistiblemente la idea de la presencia espiritual del animal muerto.
Y aquí, a fin de prevenir cualquier objeción posible relativa a esta suposición, que podría parecer a primera vista gratuita o audaz, recuerdo que, en la introducción de esta obra, ya prevenía a mis lectores de que narraría, en momento oportuno, algunos buenos ejemplos de apariciones post mórtem de formas de animales identificados, que fueron percibidas, ya colectivamente por varias personas, ya sucesivamente por diversos perceptores que ignoraban, recíprocamente, la experiencia de los demás. Se extrae de esto que, estos hechos, absolutamente conformes a lo que se produjo en las apariciones post mórtem de espíritus humanos, justifican y confirman la suposición que acabo de exponer.
Ernesto Bozzano Extraído del libro "¿Tienen alma los animales?"
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