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La depresión en la visión espirita |
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Se estima que la depresión incide en cerca del 14% de la población, o sea, tenemos en Brasil cerca de 21 millones de deprimidos. Ella afecta a todo ser, cargando una serie de desequilibrios orgánicos, sobre todo, comprometiendo la calidad de vida, volviendo a la criatura infeliz y con caída de su rendimiento personal.
André Luiz cita en sus obras que los estados de la mente son proyectados sobre el cuerpo a través de los bióforos que son unidades de fuerza psicosomáticas, que se localizan en las mitocondrias. La mente transmite sus estados felices o infelices a todas las células de nuestro organismo, a través de los bióforos. Ella funciona bien como un sol irradiando calor y luz, equilibrio y armonizando todas las células de nuestro organismo, o bien como tempestades, generando rayos y chispas destructoras que desequilibran al ser. Según Emmanuel, la depresión interfiere en la mitosis (división) celular, contribuyendo para la aparición del cáncer y de otras dolencias inmunológicas, sobre todo la deficiencia inmunitaria facilitando las infecciones. En la depresión existe una perdida de energía vital en el organismo, en un proceso de falta de vitalidad. El individuo pierde energía por dos mecanismos principales:
• 1º) Pierde sintonía con la Fuente Divina de Energía Vital: el individuo no armándose como debe, con sentimientos de auto-estima baja, aparta de sí mismo, de su naturaleza divina, el hilo de unión con la fuente inagotable del Amor Divino. Más allá de eso, el individuo al encerrarse en sus problemas y sus amarguras, crea un ambiente vibratorio negativo, que dificulta el acceso de la espiritualidad Mayor en su beneficio.
• 2º) Gasto Energético Improductivo: el individuo al contrario de utilizar su potencial energético para desenvolver potencialidades evolutivas, viviendo intensamente las experiencias y los desafíos que la vida le presenta, desperdicia energía en los sentimientos de auto-compasión, tristeza y las tentaciones. Sufre y no evoluciona.
CAUSAS PRINCIPALES
La depresión está frecuentemente asociada a dos sentimientos básicos: la tristeza y culpa degenerada de remordimiento. Cuando por algún motivo infringimos la ley natural, al tomar conciencia del error cometido, tenemos dos caminos a seguir:
• 1-Error>Conciencia>Arrepentimiento>Tristeza>Reparación • 2-Error> Conciencia>Culpa-remordimiento (idea fija)>Depresión
El primer camino es medio natural de nuestro perfeccionamiento. Una vez que se toma conciencia de nuestras imperfecciones y errores cometidos, emprendemos el proceso de regeneración a través de lecciones reparadoras. De otra manera, si al contrario no nos motivamos a recuperarnos, nosotros nos abatiremos, con sentimiento de desamparo, de auto-castigo, y permanecemos atados al pasado de errores, con ideas fijas y auto-obsesivas, nosotros estaremos caminando para el estado de depresión, que es improductivo en el sentido de nuestra evolución.
Otra condición que nos lleva a la depresión es citada por el espíritu de François de Geneve en el Evangelio Según el Espiritismo, cap. Ítem 5 (La Melancolía), donde relata que una de las causas de la tristeza que se apodera de nuestros corazones haciendo que hallemos la vida amarga es cuando el Espíritu aspira a la libertad y la felicidad de la vida espiritual, pero, viéndose preso al cuerpo, se frustra, cae en la cobardía y transmite para el cuerpo apatía y abatimiento, sintiéndose infeliz.
Para François Geneve entonces, la causa inicial es esta ansia frustrada de felicidades, libertad deseada por el espíritu encarnado, crecido por las tribulaciones de la vida con sus dificultades de relación interpersonal, intensificada por las influencias negativas de espíritus encarnados y desencarnados. Otro factor que está determinando esta incidencia alarmante de depresión en nuestros días es el aislamiento, la inseguridad y el miedo que están acometiendo las personas en la sociedad contemporánea. Absorbido por los valores imperantes como el consumismo, la búsqueda del placer inmediato, la competitividad, la necesidad de no perder, de ser el mejor, de no fallar, el hombre se está apartando de sí y de su naturaleza. Adopta entonces una máscara (persona), que utiliza para representar un “papel” en la sociedad. Y, en esta vivencia neurótica, él deja de desenvolver sus potencialidades, no se abre, ni expone sus emociones, pues estas demuestran que de hecho él es. Enclaustrado, cerrado en este caparazón de orgullo y egoísmo, él se aísla y se siente solo. Soledad, no en el sentido de estar solo, sino de sentirse solo. Más de lo que es sentirse solo es la insatisfacción de la persona con la vida y consigo mismo.
El individuo en esa situación necesita cercarse de personas y de cosas para quedar bien, pues, desconoce que él se basta por el potencial divino que tiene. La soledad es consecuencia de su inseguridad, de su inmadurez psicológica. En los primeros años de vida, el niño en cuanto es frágil e inseguro, es natural que tenga necesidad de que las personas vivan en función de ellas, dándoles atención y protección.
Es la fase del egocentrismo, predominantemente receptiva. Con su madurez, comienza a crear una buena imagen de sí, volviéndose más seguro, y a partir de entonces, pasa a darse, a envolverse y a participar más del mundo. Lo que ocurre es que ciertas personas, por algún motivo, tienen dificultades en este proceso de madurez afectiva, manteniéndose esencialmente receptivas y no participativas, exigiendo cariño, respeto y atención, sin preocuparse de la misma forma con los otros. Haciéndose víctima, pobre castigado, sin responsabilizarse por sí. Consiguen su equilibrio a costa de las conquistas exteriores. La primera frustración que se encuentra, no la toleran, pues expone sus debilidades y esto motiva un cuadro de depresión.
En algunos idiomas, enfermedad y vacío tienen la misma traducción. La enfermedad sería transcurríente de un vacío de sentimientos que genera depresión y enferma al ser.
Un individuo cuando pierde la capacidad de amarse, cuando la autoestima está debilitada, pasa a tener dificultades de amar al semejante, pues el sentimiento de amor, de generosidad para con el prójimo, es un sentir de dentro para afuera. Este sentimiento de amor al prójimo, nada más es una extensión de nuestro amor, de nuestra sintonía con el Dios interior que nosotros tenemos en nosotros.
La persona que tiene dificultades en esta composición de amarse a sí y, por consecuencia, amar al prójimo, deja de recibir el amor y la simpatía del otro, y no consigue entrar en sintonía con la fuente sublime inagotable del Amor Divino. Nosotros limitamos aquello que recibimos de Dios, en la medida de cuanto donamos al prójimo. Quien ama mucho, mucho recibe. Quien poco ama, poco recibe. Ese alejamiento de sí, y por consiguiente de Dios, genera tristeza, el vacío, la depresión y la enfermedad.
TRATAMIENTO
La depresión es un síntoma que nos dice que no estamos amándonos como deberíamos. El camino para salir de ella es llenar este vacío con la recuperación de la auto-estima y del amor en todos los sentidos. Primero, procurando conocernos y analizarnos, con la intención de descubrirnos, sin juzgarnos, sin castigarnos o culparnos. Y después, aceptándonos como somos, con todas nuestras limitaciones, pero sabiendo que tenemos toda potencialidad divina dentro de nosotros, esperando para desvelarse como simiente de luz. Esto nada más es lo que desenvuelve la fe en sí y en el Creador, sentimiento este que transforma y que nos liga directamente a Dios.
Una persona consciente de su riqueza interior pasa a tener seguridad y fe en sus potencialidades infinitas, comenzando a gustarse y creer en sí, amándose y a partir de entonces, sintiendo necesidad de expandir este sentimiento a todo y todos. Comienza así a despertarse para los verdaderos valores de la vida espiritual, transformando una persona feliz y sonriente, pues donde existe seriedad, hay algo equivocado0; la seriedad está unida al ser enfermo. Sonría y sea feliz amando y sirviendo siempre.
La terapia contra la depresión se basa en el amar y en el servir, desenvolviéndose en trabajos útiles y en el servicio del bien. Sea en el trabajo profesional, en el trabajo de ocio, o en el trabajo de servir al prójimo, el individuo se ocupa, ejercita el amor, y deja de envolverse con las lamentaciones, pues la infelicidad hace su nido en lo oscuro de los sentimientos de cada uno. Difícilmente conoceremos a un deprimido, entre aquellos que trabajan al servicio del bien.
Para dar este amor, no basta solamente hacer obras de caridad, tenemos que volvernos caritativos; antes de hacer el bien tenemos que ser buenos. Dar pan, regalo, pero junto colocar una buena dosis de afecto y cariño. Ser por encima de todo generosos, que es la caridad con afecto. Las personas están con hambre de amor, de calor humano, un hombro amigo, un abrazo, amparo y una palabra de cariño. A veces, con una simple sonrisa, un buen día, una mirada afectuosa, nosotros estamos donando energía y transmitiendo vida.
El hombre alcanzó un enorme progreso intelectual, satisfaciendo sus necesidades materiales con los avances tecnológicos. Sin embargo, aun se depara con enormes dificultades en la convivencia fraterna con su semejante. Estamos cada vez más próximos uno de los otros a través de los medios de comunicación y, no obstante, más apartados emocionalmente. Ahora, el hombre está sintiendo la necesidad primordial de desarrollar la afectividad, de desarrollarse, amar y sentir a su semejante.
Tenemos que resucitar y liberar al niño que está olvidado dentro de nosotros. Para rescatar a este niño que adormece en nosotros, es necesario que veamos el mundo de forma positiva y optimista. Nuestro niño interior, generalmente se encuentra retraído y oprimido, porque la vida nos presenta de forma desagradable; aun no vivimos de forma natural, espontánea y esto genera ansiedad y sufrimiento. Como el niño es movido por el placer, él se recoge y no se manifiesta.
El niño no se juzga, no se castiga. Él apenas vive el hoy, el ahora, integrado perfectamente en Dios y en la naturaleza. “Dejad venir a mí a los niños porque el reino de los cielos es de quien los asemejan” – con estas palabras quiso Jesús decir que tenemos que ser puros, auténticos, integrados con nuestra naturaleza divina, sin fugas o máscaras, para alcanzar nuestra naturaleza divina, sin fugas o máscaras, para alcanzar nuestra evolución espiritual.
Tener actitudes simples, como lidiar con animales, jugar con niños, actividades creativas como la pintura, tocar un instrumento, hacer pequeñas tareas domésticas, cocinar, mantener una conversación amena, contar un caso, ver una buena película, escuchar una música, cantar, sonreír, oír con atención, mirar con ternura, tocar a las personas, abrazar, hacer un elogio sincero, curtir la naturaleza, admirar la puesta de sol, etc. Estas son tareas que mucho le ayudará a reencontrar el equilibrio y la armonía interior.
Mantener siempre el buen humor. Aquel que tiene en el ideal de servir una meta de vida, será siempre una persona feliz. En la vida lo que más importa es el amor y el bien querer de las personas, vivir sus emociones; no dejarse afectar por cosas pequeñas. Muchas veces nos dejamos abatir por problemas, que si miramos con ojos de Espíritus Eternos de paso por la Tierra, no valoraremos. Sustituir sentimientos de auto-piedad por vibraciones en favor de los que sufren. Si miramos con atención e interés a nuestro alrededor, veremos que existen personas con problemas mucho peores que el nuestro para pedir socorro. Procurar practicar actividades físicas regulares, como un paseo, un deporte, una afición. La mente parada comienza a crear pensamientos negativos, que se asemejan a basura amontonada dentro de nuestra casa. Con estas actividades, usted estará desviando su mente de estos pensamientos deletéreos.
Volverse emprendedor, dinámico, creando ideas nuevas y constructivas en beneficio del semejante, con motivación para realizarlas, junto al grupo o la comunidad que pertenece. No se quede estacionado esperando que las cosas ocurran en su favor. Haga a favor del prójimo y no se sorprenda si usted fuera el más beneficiado. Lecturas edificantes, una conversación con un amigo, un terapeuta o un orientador espiritual, ayuda a usted a ver el problema por otro ángulo.
La oración es un recurso indispensable en el proceso de recuperación. A través de ella establecemos sintonía con la Espiritualidad Mayor, facilitando el camino para que nos inspiren y revitalicen nuestras energías.
No nacemos para sufrir. La voluntad de Dios es nuestra alegría y nuestra felicidad. Si sufrimos es por nuestra causa. Nuestros problemas y nuestras dificultades deben ser interpretados como instrumentos para nuestra evolución.
Nunca debemos deprimirnos o rebelarnos contra ellos. El mejor aprendizaje,
es aquel que cogemos de nuestra propia vida.
Lo que importa es saber que los problemas que enfrentamos en la vida sólo surgen cuando ya tenemos condiciones de solucionarlos. Como dice el Maestro Jesús: “El Padre no coloca fardos pesados en hombros débiles”. De este modo, nos quedamos más fuertes al saber que tenemos todas las condiciones interiores, para enfrentar las dificultades que la vida nos presenta.
Tener conciencia, que por encima de todo, es tener un Dios mayor que vela por nosotros y que nunca nos abandona. Confiar en Jesús y seguir su ejemplo de vida: “¡Yo soy el Buen Pastor; tened buen ánimo; no se turbe vuestro corazón; venid a mí vosotros que andáis fatigados, cansados y oprimidos, y Yo os aliviaré!”
SUICIDIO
Una de las causas de suicidio es cuando el individuo se encuentra impotente y débil para enfrentar sus dificultades. Él se juzga inferior, incapaz, víctima de la sociedad, despreciando la fuerza que tiene. Ahí los problemas pasan a una dimensión mucho mayor, y él se ve imposibilitado para resolverlos.
Según esta línea de razonamiento, no existe persona “débil” al punto de no soportar un problema, que él juzga, de cierta forma, demasiado para sí. Lo que de hecho ocurre es que esta criatura no tuvo fuerzas para movilizar su voluntad propia para enfrentar aquel desafío. Prefirió huir, creyendo poderse liberar de aquella situación. Sólo que no lo va a conseguir, pues la muerte es apenas un cambio de estado. La persona continúa siendo la misma, con los mismos sentimientos y los mismos problemas. Lo más grave es que el suicida acarrea daños a su periespíritu. Cuando vuelva a reencarnar, más allá de enfrentar los viejos problemas aun no solucionados, tendrá añadido la necesidad de reajustar su lesión periespiritual. Debemos tener la voluntad firme de eliminar el mal invasor de la depresión, y varios caminos pueden ser recorridos: tratamiento médicos (a veces necesario), trabajo espiritual incluyendo la desobsesión, agua fluidificada, pases magnéticos, trabajo benéfico, cambio de actitud mental, etc.
Después de iniciado el proceso de recuperación es necesario que nos volvamos vigilantes, pues es muy común la mejora cíclica, con altos y bajos. “Vigilad y orad”. Es importante aprovechar los periodos de mejora para emprender trabajos edificantes en el bien, consolidando las conquistas efectuadas.
Una cosa fundamental que debemos tener conciencia es que nadie y nada tiene la capacidad de hacernos infelices si no queremos. El centro de gravedad de nuestro equilibrio psico-emocional tiene que estar localizado dentro de nosotros y no en las cosas exteriores.
No se debe condicionar su felicidad a algo que ocurra o esperar que alguien lo haga feliz. Estando con su centro de equilibrio estable, amándose y aceptándose como es, usted pasa a vivir el ahora y aceptar a las personas y las circunstancias como ellas son. Además de esto, pasamos a ver las cualidades del otro y no sus defectos, pues, generalmente vemos al otro como un reflejo de nuestro estado íntimo. No acepte la invitación para sufrir, que venga de otra persona o de usted para usted mismo. Protéjase. Emita pensamientos buenos. Nada puede dañar a aquel que alcanzó el amor, la paz, la armonía interior y sobre todo la Fe en Dios.
BIBLIOGRAFIA: http://www.nenossolar.com.br/ciencias/ciencia.html
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