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"Ha
muerto en Belgoroff (Rusia) un mendigo de ciento cincuenta años, cuya vida
novelesca e interesante tiene episodios realmente fantásticos. Este
hombre, llamado Andrés Basisikoff, comenzó a mendigar desde los quince
años. Primero se hizo el manco, después el sordo, luego el cojo, más tarde
el ciego, y desde los sesenta años en adelante hacía un sordomudo casi
perfecto.
"Pues bien, por virtud de tales engaños, el bueno de Andrés Basisikoff
consiguió reunir una fortuna de varios miles de rublos, con la cual
adquirió tres posadas que puso a nombre de uno de sus hijos, sin perjuicio
de seguir pidiendo como cualquier pelele. Pasaba de una ciudad a otra,
adquiría una casa y un carro y hacía entrega de ello a sus hijos. Y luego
echaba a andar a otra provincia, donde proseguía su vida de pordiosero
<afortunado>.
"Ha muerto, como decimos, a los ciento cincuenta años; deja a sus ocho
hijos un caudal, entre fincas y dinero, de dos millones de rublos".
* * *
El suelto que antecede a estas líneas me llamó muchísimo
la atención cuando lo leí, y exclamé con espanto: ¡qué expiación tan
larga, ciento cincuenta años!
¿Qué historia tendrá este Espíritu? Debe ser muy accidentada, y tiene que
haber pecado mucho para merecer tantos años de tortura, porque hay que
confesar que la vida pesar cuando se cumplen doce lustros; a los 60 años,
por muy vigoroso que sea el organismo, comienza a decaer, múltiples
dolencias anuncian la vejez, las ilusiones juveniles, semejantes a las
flores de un día, se han marchitado, se han deshojado, y sólo queda de
ellas un melancólico recuerdo, y a veces se siente recordando las
lamentaciones de Campoamor: "Penar tanto por tan poco..." que la vida sin
ilusiones, no tiene encantos, no tiene atractivos, es una enfermedad
lenta, sin grandes crisis, pero enfermedad al fin; presintiendo que el
mendigo ruso debería tener una triste historia, pregunté al guía de mis
trabajos literarios si estaba yo en lo cierto al creer que su larga
peregrinación en la Tierra era un castigo de sus anteriores culpas, y el
Espíritu me dijo así:
"El presente siempre es el corolario del pasado, como el porvenir lo es
del presente. La vida es una serie de acontecimientos enlazados
estrechamente entre sí; la vida es una madeja sin cabos sueltos, sus
hebras nunca se rompen por enredada que esté la madeja, sus nudos no
necesitan que se haga con ellas lo que hizo Alejandro con el nudo que
ataba el yugo o lanza del carro de Gordio, que cortó con su espada; y son
de tal naturaleza los nudos de la madeja de la vida, que aunque la
violencia quiera romperlos y al parecer los llegue a romper, hay unos
hilos invisibles tan resistentes, que éstos no se rompen, ni la muerte
consigue romperlos, y el Espíritu de grado o por fuerza va saldando sus
cuentas en innumerables encarnaciones, no valiendo ser sabio y ser
considerado como una verdadera notabilidad en el mundo científico, si a su
ciencia no se ha unido el sentimiento y el estricto cumplimiento del
deber. El grande entre los grandes vuelve a la Tierra y, como
compensación, a cada uno se le da el premio según sus obras.
"El que ha vivido últimamente mintiendo y simulando defectos físicos ha
brillado en ese mundo hace muchos siglos, cuando el florecimiento de
Grecia, y allí, entre aquella pléyade de hombres ilustres, descollaba él,
el materialista Ataúlfo, el que buscaba el secreto de la prolongación de
la vida, el que detestaba la muerte y más que a la muerte a la vejez, el
que decía que era humillante y vergonzoso dejarse dominar por el
decaimiento físico, que la inteligencia debía servir para buscar remedios
heroicos que vencieron en la lucha a la debilidad orgánica, que el hombre
no debía resignarse a morir como morían los irracionales inmolados ante
los dioses, y Ataúlfo, que era maestro en muchas ciencias, se dedicó con
sus discípulos a buscar medicinas tónicas que vigorizaran los cuerpos
debilitados por el peso de los años. Él (sin comprenderlo entonces) soñaba
con la vida eterna, quería vivir muchos siglos, y como no comprendía que
pudiera vivir el Espíritu desligado de su cuerpo, todo su empeño fue
fortalecer su organismo, y compuso diversos específicos para renacer como
él decía. Sus estudios y sus experimentos causaron muchas víctimas,
sacrificó a muchos seres inocentes, tiernos niños y hermosas jóvenes,
porque el viejo necesitaba beber contadas gotas de sangre de una virgen,
mezclada dicha sangre con una pequeña cantidad de polvos humanos, o sean
huesos de niño pulverizados. Cometió en aquella existencia muchos
crímenes, pero los cometió sin gran responsabilidad para él, porque no
mataba por el gusto de matar, no se complacía en la agonía de las
víctimas, les evitaba el sufrimiento y sólo quería encontrar el medio de
vivir luengos siglos, pues según su teoría, si los hombres conseguían
vivir muchos siglos, adquiriendo continuamente nuevos conocimientos, la
Tierra sería un paraíso, porque cada hombre la embellecería con sus
inventos y con sus descubrimientos incesantes. Él soñaba, repito, con la
verdad de la vida; él no se conformaba con ver morir a un sabio en lo más
florido de su edad; él lamentaba las energías que se perdían, las
iniciativas que se paralizaban, y a todo trance quería luchar con la
muerte; amaba la vida con verdadera idolatría, y llegó a ser muy viejo, no
por los brevajes que tomó, sino por las medidas higiénicas a que se sujetó
al llegar a la edad madura. Fue un modelo de continencia, reguló de un
modo admirable sus horas de trabajo, de reposo absoluto y de meditación.
Él entreveía los raudales de la vida eterna, sospechaba que había una
fuerza superior a todo, pero esa fuerza no era de su agrado; él quería ser
grande por sí solo, era la personificación del orgullo, quería debérselo
todo a su propio esfuerzo, y cuando se desprendió de su cuerpo,
completamente inservible por el enorme peso de los años, su asombro no
tuvo límites, y se quedó tan aturdido al ver lo que nunca había soñado, la
vida del Espíritu desligado del cuerpo, que si se puede emplear la frase,
Ataúlfo enloqueció al encontrar la eternidad con distintas leyes de las
que él conocía.
"El orgulloso sabio ¡qué pequeño se vio!... cuando comprendió que los
siglos eran mucho menos que segundos en el reloj del tiempo, él, que había
cometido tantos asesinatos para prolongar la vida algunos años, se
encontraba lleno de vida sin necesidad de aquel cuerpo cuya conservación
le había hecho cometer tantos atropellos.
"Pronto volvió a la Tierra ansioso de nuevos descubrimientos, y llegó a
penetrar victorioso en el templo de la gloria por sus inventos y
descubrimientos encaminados todos ellos a prolongar la vida del hombre sin
dolores, sin pérdida de fuerzas, aunque ya no empleó los medios anteriores
de inmolar niños y vírgenes en aras de la ciencia, echó mano de otros que
causaron la ruina de muchas familias, porque se apoderó de la riqueza de
muchos para emprender largos viajes, prometiendo pingües ganancias que
nunca llegó a satisfacer, porque se olvidaba muy fácilmente de sus
favorecedores; su orgullo le cegaba y creía que aún les hacía un gran
favor despojándoles de sus bienes para buscar una verdad científica,
asociándoles en cierto modo a sus gloriosas empresas.
"Llegó a ser muy sabio, dio la vuelta a ese mundo cuando los viajes era un
cúmulo de imposibles y dificilísimos de vencer, pero su corazón estaba
seco, las dulzuras del amor le eran totalmente desconocidas; llegó un día
que sintió frío en el alma, se encontró en el Espacio muy solo con toda su
ciencia, escuchó las amonestaciones de su guía y al fin se convenció que
sabiduría sin amor es como una fuente sin agua, como un árbol cuya copa
llega al cielo y no da sombra, ni fruto; reconoció la grandeza de Dios, y
con afán vivísimo de igualar su bondad a su ciencia, dio comienzo a una
serie de existencias expiatorias, muriendo muchas veces sacrificado en
edad temprana. Él, que a tantos inocentes sacrificó, últimamente quiso
permanecer en la Tierra todo el tiempo posible en la humillación, ya que
antes le cegó su orgullo, y se creyó más grande que toda la humanidad y al
mismo tiempo ha devuelto una mínima parte de lo por él usurpado, porque
cuando él pedía, no era para vivir cómodamente, sino para que vivieron sus
hijos, a los cuales había despojado de sus riquezas en otro tiempo por
satisfacer sus caprichos y su vanidad. El sabio de ayer, el que tanto se
cuidó de la lozanía del cuerpo, en su última existencia le sirvió su
organismo de mentir, para engañar, para sacar fruto de una defectuosidad
aparente. ¡A cuántas consideraciones se presta el distinto uso que ha
hecho de su cuerpo el gran sabio de ayer! ¡Razón tenías al creer que en el
Espíritu del mendigo había una larga historia! ¡A cuántos precipicios
conduce la ciencia sin el amor! Adiós."
* * *
¡De cuánta enseñanza es la anterior comunicación!...Ya
dijo Victor Hugo que sin amor se apagaría el sol, y yo digo que el que no
ama no vive.
Extraído del libro "Hechos que prueban"
Amalia Domingo Soler
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