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Cuando observamos las horas que el presente nos revela, en su intrincada colcha de desafíos, carencias, luchas y miserias de todos los tipos, nos sentimos irremediablemente atraídos por la Augusta expresión de la Esperanza que se materializa en la figura de Jesús. El Celeste Amigo de los afligidos, que vino para asistir a los pobres, a los desilusionados, a los enfermos, simboliza hasta hoy la Luz que visitó los abismos donde los seres humanos, entregados a sí mismos, habían creado un sistema de vida que los dilaceraba, rodeados de leyes religiosas severas que no hacían otra cosa que matar la esencia de la Esperanza original, obtenida en la victoria sobre el cautiverio egipcio y en la larga jornada de auto superación que representó el regreso del pueblo hebreo a su tierra ancestral. Recordemos rápidamente esos pasajes.
Vamos a imaginarnos que a los pies de la Montaña Sagrada, conocida hoy como Monte Sinaí, se encontraba un pueblo que había presenciado todos los grandes hechos mediúmnicos realizados por las Fuerzas Divinas a través de su enviado, Moisés, lo cual justificaría una devoción ciega y fanática de sus integrantes a ese gran líder libertador, usado por Javhé como eficaz instrumento.
Las diversas demostraciones de poder, gracias a las cuales, finalmente, el Faraón había autorizado la partida del pueblo, ya serían suficientes para hacernos aceptar la subordinación creyente y respetuosa de los miembros de la familia hebrea. La conquista de la libertad, después de siglos de esclavitud, el arrepentimiento del Faraón, la salvación ante el mar; con la apertura del paso por el cual escaparon del ejército, la masa de agua que se cierra sobre los soldados que venían a atar otra vez los grilletes de la cárcel, fueron, indiscutiblemente y a los ojos de todos, majestuosas intervenciones de un Poder Superior, como si Manos Invisibles demostrasen el Inconmensurable Vigor, suficiente para aplacar todas las dudas o debilidades de la fe y de henchir a las almas creyentes de gratitud y respeto por el Creador.
El maná que el cielo enviaba para alimentar al pueblo en plena caminata áspera del desierto, las fuentes de agua abiertas por la fuerza de las oraciones de su anciano líder, los diversos hechos tenidos como milagrosa demostración del poder de Dios interviniendo a beneficio de las necesidades del pueblo escogido, son suficientes como para convencer al más intransigente escéptico y al más astuto oponente. No obstante, después de haber sido presenciadas por la nación hebrea todas estas grandezas espirituales, tan pronto se aparta su líder en busca de la Montaña Sagrada, donde habría de recibir la Ley Divina, he aquí que el mismo pueblo, impaciente y miedoso, se olvida de las glorias divinas y se lanza a la saña degradante del culto dorado, de la idolatría politeísta, del vicioso ritual exterior tan del agrado de los que, ya en aquella época, preferían lo que se tiene ante los ojos a aquello que se debe cultivar en lo íntimo del alma. Y no titubearon en organizarse, recogiendo oro de todos los adornos y joyas que cargaban para moldear con ellos el famoso becerro, símbolo de las creencias egipcias asimiladas durante la esclavitud, lanzándose a las orgías festivas con las cuales sus vicios y debilidades se complacían en la reviviscencia de las viejas conductas.
En Egipto: el cautiverio, el trabajo duro, más la vida negligente en las costumbres, los numerosos dioses que luchaban, la confusión de creencias y la falta de un derrotero seguro. En la libertad: el Dios único, que salva del tirano, que abre el mar, que envía alimento, que suple y abastece con manantiales, que muestra el camino pero que, educando para una nueva era, exige fidelidad de alma y disciplina de Espíritu. He aquí que, en medio de la fiesta, aquel que se juzgaba muerto regresa de la cumbre de la montaña y encuentra al pueblo entregado al festín del cuerpo. A pesar de ser libres en la materia, continuaban siendo esclavos en el alma de las antiguas creencias egipcias, de sus ceremonias y placeres. ¿Por cuánto tiempo valoraron las Obras Divinas que les garantizaron la libertad, la vida y la continuidad de su raza? ¡Pasado el encantamiento y lleno el estómago, Dios que esperase! Así, a pesar de tratarse de un pueblo muy religioso, los hebreos de los tiempos primitivos crearon infinidad de atajos y confusas interpretaciones para poder burlar la sencillez de la clara orientación contenida en el Decálogo.
Éste, compuesto por diez mandamientos que, observados cuidadosamente, traen dieciocho negativas, eran reglas de contención para el Espíritu irresponsable e inmaduro. No obstante, poco interesados en la disciplina que la observancia del Decálogo señalaba en el contenido divino de sus exhortaciones, acabó olvidado o sustituido por casuísticas del ritual religioso, por costumbres basadas en la interpretación de los sacerdotes o de los más influyentes, considerándose que, en aquella época al igual que hoy, la influencia que más penetraba en el espíritu de las masas era la proveniente del poder económico o político, y no el fruto de la ejemplificación moralizadora, por encima de cualquier otra que se le interpusiese. Tan cierto es esto, que en el capítulo VII de “El Evangelio según el Espiritismo” en su punto 12, tercer párrafo, encontramos la siguiente afirmativa del Espíritu Adolfo, Obispo de Argel: “¿Por qué tenéis en tan gran estima lo que brilla y encanta a la vista, antes de lo que toca al corazón? ¿Por qué el vicio de la opulencia es el objeto de vuestras adulaciones, cuando sólo tenéis una mirada de desdén por el verdadero mérito en la oscuridad? Cuando un rico pervertido, perdido de cuerpo y alma, se presenta en alguna parte, se le abren todas las puertas, todas las miradas son para él, mientras que se desdeña conceder un saludo de protección al hombre de bien que vive de su trabajo.
Cuando la consideración que se concede a las personas es medida por el peso del oro que poseen o por el nombre que ostentan, ¿qué interés pueden tener ellas de corregirse de sus defectos? (…) “es que el orgullo es indulgente con todo el que le adula…” Contra ese estado de cosas, cuya hipocresía y paradoja no eran identificadas por la mayoría de sus miembros, pobres y miserables luchadores por el pan, donde se establece Jesús, amando a los más sencillos, atendiendo a todos, trabajando en día sábado, comiendo sin lavarse las manos, viviendo de manera natural y libre, exponiendo con su lógica y su afecto, la gran contradicción en la que vivían los hombres de su tiempo. “¿El sábado fue hecho para el hombre o el hombre fue hecho para el sábado?” “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” “Vine para atender a los enfermos y no a los sanos.” “Aquel que quiera ser el mayor, sea el servidor de todos.” “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?” Y usando su pedagogía superior, a través de las actitudes amorosas y constantemente presente en la vida de los sufridores, Jesús iba infundiendo esperanza a todos aquellos seres condenados por los hombres al “Valle de los Inmundos”, al mismo tiempo que iba desconcertando a todos los que se consideraban “autoridades espirituales”, hombres de importancia y saber.
Sus seguidores se encantaban con sus palabras y con los innumerables “milagros”, representados por las curaciones, por la multiplicación de los panes y de los peces, por la caminata sobre las aguas, por la transfiguración de la materia. Incluso, no faltó, la acción positiva del Cristo en traer de regreso a la conciencia despierta a varios seres que una misteriosa y desconocida enfermedad hubiera hecho asumir la apariencia de muerte, dando a sus cuerpos todas las características de cadáveres ante sus llorosos parientes. Afirma Jesús, educando para el futuro, que no estaban muertos, sino durmiendo. Jesús vive y nos enseña conceptos de un Dios superior al de Moisés. El antiguo Javhé despótico y orgulloso cede lugar al Padre de Misericordia y Bondad.
El que admitía la venganza como expresión de su Justicia le cede espacio al que enseña a perdonar todas las ofensas. Los discípulos se encantan y se asombran. Se sienten en presencia de un Ser especial. Participan en sus hechos, ven los fenómenos, comen del pan multiplicado que alimentó a la multitud de hambrientos. Traen enfermos que son curados, abogan por la causa de sufridores que se restablecen, hacen planes para el glorioso futuro, llegando incluso a disputar entre sí la primacía de –en ausencia del Maestro– presentarse uno de ellos como su sucesor. Estaban preparados y ambicionaban la Gloria humana. Pero, ¿acaso se encontraban preparados para dar los testimonios necesarios? Veamos: Va Jesús al Getsemaní, preparándose para los sacrificios supremos a los que sería llamado, buscando la sintonía directa con el Padre. Lleva consigo a los discípulos más próximos y les pide que vigilen, o sea, que estén en alerta mientras él ora a Dios. Se aparta a una pequeña distancia para las oraciones con las cuales se coloca en las manos del Creador y, regresando, encuentra a los seguidores, a los cuales había solicitado vigilancia, entorpecidos en profundo sueño. Y eso ocurre, no una sola vez, sino tres veces seguidas.
Mientras de un lado sus discípulos duermen en el césped, en vez de velar, otro discípulo, que lo seguía desde el comienzo, trata de conducir un contingente que lo va a detener, imaginando ingenuamente, cooperar con la eclosión del movimiento revolucionario. Ciertamente seducido por las tentaciones del mundo, Judas se había dejado envolver por la trama de los sacerdotes de Sanedrín –aquellos hombres “sabios”, “autoridades espirituales”, “representantes del conocimiento superior”, “ungidos de Dios”. Judas también está profundamente adormecido, pero, de otra manera. Simón, uno de los que dormía en el huerto, después de haber proclamado a los cuatro vientos que nunca traicionaría a Jesús, ve su falsedad desmentida por la amarga realidad de los hechos, no mucho tiempo después cuando, por tres veces, niega conocer a su querido Maestro. Los demás discípulos huyen o se esconden. Jesús enfrenta el sacrificio final, no sólo bajo el peso de la cruz que carga sin ayuda, de los golpes que recibe sin reclamar, de los escupitajos de muchos que habían sido curados por Él, en aquellos mismos callejones de Jerusalén, mas también en la atmósfera de soledad que marca los pasos de todos los renovadores de la Humanidad.
Gestos silenciosos y heroicos del Mesías, confrontando palabras maliciosas, tramas subrepticias, conspiraciones y negocios espurios. Muere entre dos ladrones, siendo desafiado por uno de ellos a probar que se trataba del Hijo de Dios. Pero, tal y como había sido prometido, resurge para mostrar la impotencia de las cruces que matan el cuerpo, de las sentencias inicuas que hieren a los inocentes, así como a la transitoriedad de los juicios humanos con respecto a la Verdad. En su retorno a la convivencia de los antiguos amigos y seguidores encuentra a un Tomás humillado por la conciencia culpable. No obstante, Jesús viene para fortificarlo en la fe. Tomás no cree en la posibilidad del resurgimiento prometido por Jesús, aun cuando son los propios discípulos que lo habían visto quienes le relatan su visita en medio de ellos. Y ocho días después de haber dicho que sólo creería si colocase las manos en las llagas del Maestro, y he aquí que Jesús le aparece nuevamente y lo llama para realizar la tan deseada prueba. Humillado ante sus propias palabras, Tomás le responde: “¡Señor mío y Dios mío!” A lo que Jesús contesta: “¿Creíste, porque me viste? Bienaventurados los que no vieron y creyeron.” La conciencia de la propia cobardía empequeñece a un Simón, a quien Jesús convoca para transformarse en uno de los más dedicados servidores de su causa. “Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a los discípulos, después de haber resucitado entre los muertos. Después de haber comido, pregunta Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Él le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Él le dijo: Apacienta a mis corderos. Volvió a preguntarle por segunda vez: Simón, hijo de Jonás ¿me amas? Él le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Pastorea a mis ovejas.
Por tercera vez, Jesús le preguntó: Simón, hijo de Jonás ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese por tercera vez: ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tú sabes todas las cosas, tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta a mis ovejas.” En el mismo tenor, Pedro tuvo tres oportunidades para afirmar su lealtad por Jesús y él lo negó, el Cristo indaga igualmente tres veces para que reafirme su amor y se disponga a trabajar por la causa de los afligidos, amparando a sus seguidores. Confronta la conciencia de las autoridades de su tiempo, que hacen de todo para desacreditar y perseguir su mensaje. Engendran, los hombres “santos” del Sanedrín, un Saulo de Tarso para extirpar la amenaza del Bien con las fuerzas de la tortura y Jesús lo transforma en Pablo, su paladín de la fe. Hechos y más hechos se suceden hasta que, por fin, la fuerza de sus ejemplificaciones llega al centro del poder romano, adoptada la fe cristiana como religión del Imperio. Entonces, la astucia de los que se oponían e intentaban destruir el Cristo, por la persecución y por la fuerza, altera su táctica. En vez de combatirla, se alía con ella, se interpone y penetra sus filas para, como antes, en la ley mosaica, defraudar el contenido de su mensaje e intentar amoldarlo a los intereses mundanos.
La misma trayectoria de la Ley Mosaica, salida del Decálogo y adulterada por las disposiciones farisaicas y sacerdotales. Previendo tales dificultades, Jesús promete al Consolador para los tiempos en que la mente más lúcida podría discernir con mayor facilidad. Pasan dieciocho siglos, en esta santa paciencia que construye sin violentar. Llega Kardec, y nuevos rumbos iluminan el panorama de la Filosofía, de la Ciencia y de la comprensión moral, de un Cristianismo que estaba momificado por las fórmulas y por los rituales, por los Concilios y disposiciones dogmáticas. Es la continuidad de la vieja contienda entre los ideales superiores del Espíritu y los intereses personales contrariados por ese Jesús que, si les servía mucho y muy bien como un símbolo colgado en la Cruz, era “persona no grata”, si como en el pasado, volviese a la vida carnal. Sin embargo, la diferencia era que ahora, sus opositores más furibundos estarían entre aquellos que se decían sus propios representantes. Pero la mente de aquel período ya está más madura para el pensamiento libre, y el Espiritismo se impone por la fuerza de las cosas y de los buenos ejemplos, que hacen revivir el Cristianismo de los tiempos apostólicos. En todas partes el viento de renovación sacude el paisaje.
En Brasil, la figura augusta del Médico de los Pobres encuentra la fuente cristalina que le sacia el ansia del sentir y del saber: Bezerra de Menezes conoce el Espiritismo, a través de la lectura de “El Libro de los Espíritus”. Se renueva el cristiano-católico de tradiciones familiares en el cristiano-espírita de testimonios personales. El Cristianismo de diecinueve siglos ya se había olvidado de aquel Jesús que comía con las prostitutas y los miserables, que tocaba las llagas abiertas, que lloraba junto a los que sufrían, que tenía compasión por el dolor, principalmente por estar junto a él. Había transformado a Jesús en una estatua, en el simbolismo ancestral de un icono religioso, bajo cuya sombra se realizaban ceremonias imponentes en templos fastuosos, negocios lucrativos, conquistas violentas, dominaciones escabrosas. Ese Jesús que Bezerra reencuentra era quien amenazaba los intereses personales, aquel que, bajo el apodo de rebelde hizo temblar al Sanedrín y a los “hombres santos”, incluso sin poseer ningún arma que no fuese el sentimiento sincero y la bondad en el corazón. Allá está el médico Adolfo Bezerra de Menezes, dispuesto para el servicio a ese Jesús sencillo y generoso, tan carente de hombres que acepten ser sus representantes.
Como médico, se hizo servidor de todos, mientras la mayoría de los profesionales de la medicina de todos los tiempos se empeñan en ser servidos por todos. Se empobreció y pasó privaciones, mientras la mayoría de su clase profesional continúa negándose, en su abrumadora mayoría, a atender a quien no le puede pagar. Amó e hizo de su consulta el libro de la Esperanza, donde Jesús escribía, por su intermedio, donde María de Nazaret dejaba brillar las gotas cristalinas de su compasión por los que sufrían, distribuyendo medicamentos y prescripciones, leche y pan, esperanza y paz. Compartió con los demás lo poco que poseía, dejando un rastro de luz después de que pasó por la Tierra. Todos podremos excusarnos de seguir el Decálogo, alegando que es muy antiguo o que no es otra cosa más que la leyenda de un pueblo. Todos podremos permitirnos dudar de la luminosa personalidad del Mesías, alegando no haberlo conocido personalmente o creyendo que no existen pruebas cabales e ineludibles de su existencia, como si sus exhortaciones morales ya no bastasen para comprender que lo que enseñó era diametralmente diferente de todo lo que los propios hombres de su tiempo podrían saber o concebir. No obstante, Bezerra es un hombre de nuestra época, un ser cuya descendencia tal vez se pueda encontrar en la fila de algún establecimiento público de alguna ciudad brasileña. De su herencia de bondad se pueden oír testimonios vivos de personas que, de una manera o de otra, pudieron sentir a Jesús a través de las obras de sus manos humanas.
El dedicado Médico de los Pobres, el apóstol de bien, ese servidor de la Humanidad nos legó una primorosa definición de cómo él entendía lo que significaba ser MÉDICO: “Un médico no tiene derecho de terminar una comida, ni de escoger hora, ni de preguntar si es lejos o cerca, cuando un afligido le toca en la puerta. Aquel que no acude por estar con visitas, por haber trabajado mucho y hallarse fatigado, o por ser media noche, malo el camino o el clima, quedar lejos o en casuchas; aquel que sobre todo pide un automóvil a quien no tiene ni siquiera con qué pagar los medicamentos, o que dice a quien le llora en la puerta que se busque a otro galeno –ESE NO ES MÉDICO– es un negociante de la Medicina, que trabaja para recoger el capital y los intereses de los gastos de formación. Ese es un desgraciado, que manda para otro al ángel de la caridad que le vino a hacer una visita y le traía la única retribución que podía saciar la sed de riqueza de su espíritu, la única que jamás se perderá en los vaivenes de la vida.” Alma superior que enfrentó el pesado fardo de amar sin ser comprendido, de donar sin guardar nada para sí, de sepultar a sus propios hijos mientras salvaba los hijos ajenos, de ejemplificar con su vida las enseñanzas que Jesús le susurraba al pensamiento exuberante y al sentimiento maduro, VIVIÓ ENTRE NOSOTROS y dejó marcas físicas de su existencia que aún hoy pueden ser encontradas por cualquiera que lo desee. Fue ese Bezerra; no una leyenda, una noticia fugaz, una historia que se cuenta de generación en generación.
Espíritu activo, iluminó la Tierra cuando estuvo encarnado y, como Entidad laboriosa, continúa encendiendo antorchas en la oscuridad de los afligidos. Nos relatan varios biógrafos de Francisco Cándido Xavier un emocionante hecho ocurrido en el Plano Espiritual, el cual el propio médium había sido llevado a presenciar, en espíritu. Cuenta Chico que en la fecha en que se cumplía cincuenta años de la desencarnación del Dr. Bezerra de Menezes, él fue llevado a asistir a un espectáculo maravilloso en la vida espiritual. En un enorme salón se reunían más de mil espíritus de médicos, y centenares de entidades de sublime elevación. Allí se encontraba Veneranda y otros espíritus de orden Superior. El ambiente era de fiesta y el salón decorado con los recursos de la Espiritualidad Mayor. Todos sonreían. De repente, se rasgó o se abrió la cortina del Infinito y, nimbado de luz, atravesó la cortina el Espíritu de Bezerra de Menezes. Fue recibido con alegría. Veneranda se adelantó, lo besó fraternalmente y le informó que todos estaban allí para conmemorar el cincuentenario de su tarea espiritual junto a los enfermos del mundo, después de su última desencarnación. En palabras dulces y emocionadas, el Espíritu Veneranda le revela la alegría de todos, las bendiciones de los amigos y de los necesitados que tuvieron la felicidad de encontrarse con la Paz y la Esperanza y, al final, le dice: –Bezerra, usted recibió hoy de la Espiritualidad Superior, la autorización para elevarse a zonas superiores del Espíritu, no necesitando más reencarnarse en la Tierra o de permanecer trabajando en ella, inclusive como espíritu. ¡Así, pues, se liberó del peso de la materia y nosotros, llenos de felicidad lo saludamos! El ambiente de aquel inmenso salón espiritual era de profunda y cautivadora emoción. Luces de lo Alto iluminaban los corazones hermanados en aquel acto de reconocimiento que se le prestaba al Médico de los Pobres. Bezerra, poco acostumbrado a hablar de sí mismo, lloraba de agradecimiento.
En un momento determinado, tomó las manos de Veneranda y, besándoselas, le dijo: –“Querida Madre de todos nosotros, ampáranos en nuestras flaquezas. Sé que no merezco las alegrías de esta hora y sería una ingratitud nuestra rechazar las posibilidades que lo Alto nos reserva. A pesar de todo, le pido que me permita permanecer junto a los hermanos que sufren en la Tierra por dos siglos más, en compañía de estos médicos amigos que son nuestros hijos espirituales. ¡Permítame regresar para servir!” Con las manos unidas, arrodillado, Bezerra imploró la bendición del servicio en la Tierra por amor a aquellos que permanecen en la sombra. Chico nos cuenta emocionado, que el espíritu luminoso de Celina, la emisaria de María Santísima, que estaba siempre sustentando a Bezerra en sus luchas, se ausentó del ambiente con la rogativa que él le acababa de hacer, dirigiéndose a los planos superiores para hacer llegar su petición a los Espíritus dirigentes de los destinos humanos. Para sorpresa de todos los que se encontraban en el salón, poco tiempo después comenzaron a ser escritas en letras doradas que flotaban en lo alto del salón, donde se encontraban los protagonistas la frase: TU PETICIÓN FUE CONCEDIDA POR AMOR A TU AMOR. Y desde aquel primero de abril de 1950, continúa Bezerra actuando a favor de todos los hermanos de humanidad, cuando muy bien, podría estar desde hace 59 años, disfrutando de novedosas experiencias en algún orbe más elevado y ennoblecido y menos áspero que la Tierra. “Yo no vine para curar a los sanos… vine para curar a los enfermos…” “Aquel que quiera ser el mayor, sea el servidor de todos…” Justísimo el homenaje que se hace a tan abnegado Espíritu en este “Anuario Espírita 2009”. Sin embargo, vale la pena que nos preguntemos a nosotros mismos y a todos los que conociendo la faena incansable del Cristo y de Espíritus como Bezerra, y que creemos en sus ejemplos, ¿dónde están nuestros frutos? Conocemos a Bezerra y nos olvidamos del servicio a los que sufren, perdiéndonos en discusiones teóricas sobre la medicina. ¿Dónde están los médicos cristianos y cristianos-espíritas que le siguen los pasos de manera espontánea y verdadera? No nos caben dudas de que existen, aquí o allí, excelentes representantes de ese cristianismo puro, medicando y salvando vidas.
No obstante, se multiplican las facultades de Medicina y escasean los que hacen un sacerdocio de ellas… prefiriendo transformarla en un negocio. ¿Dónde están los millares de médicos que como Bezerra de Menezes, podrían ser sus verdaderos sucesores, no en palabras o certámenes intelectuales, sino al calor de la aflicción de los que mueren en las calles, en el consultorio sencillo y en la dedicación a los ideales vividos? ¿Será que ya hicimos todo lo que está a nuestro alcance? ¿No podremos fructificar más, como igualmente lo hicieron los iluminados sacerdotes de la medicina: Napoleón Laureano y José Gregorio Hernández? ¿Dónde están sus seguidores fieles? Adoramos a Jesús e invocamos su nombre y su poder todos los días y cada veinticuatro horas nos beneficiamos con sus lecciones de bondad. No obstante, ¿por qué nos negamos a servir a nuestros semejantes? Homenajeamos al Divino Maestro, pero, ¿por qué nuestras calles están llenas de personas que viven en la más dura de las miserias, los asilos repletos de ancianos abandonados y generalmente mal atendidos, los orfanatos colmados de niños olvidados sus padres? ¿Por qué la riqueza creció tres veces en los últimos sesenta años y la pobreza aumentó siete veces en el mismo período de tiempo? ¿Por qué no nos conmueve la imagen de mendigos y hermanos carentes que se pelean con gigantescas ratas y buitres sobre los depósitos de basura de nuestras ricas ciudades, en busca de comida? Hablamos de sus curaciones y nos negamos a atender enfermos, a extender nuestras manos sobre sus cabezas sucias, y a tocar sus vestidos malolientes. Reverenciamos sus actos de amor junto a los desesperados, pero nos encerramos en grandes cónclaves de controversias acerca de la teoría, donde cada cual pretende darse mayor realce o más importancia que los otros.
Aprendemos con Moisés y el Decálogo a “Amar a Dios” sobre todas las cosas. Sabemos que no debemos codiciar las cosas del prójimo. Pero, entonces, ¿por qué inventamos ese mundo de competiciones y duelos por riquezas y valores materiales? ¿Por qué lo aceptamos en sus reglas de disputas interminables y deseamos siempre ser mejores que nuestro vecino, tomando los primeros lugares y buscando siempre tomar ventaja en todo? ¿Qué decir entonces, del no matarás; del no hurtaréis, del no prestaréis falso testimonio (mentir), del no desearéis la mujer del prójimo, del no cometeréis adulterio? Tuvimos a Bezerra que, de regreso a la Patria Espiritual, subió al Monte… Tuvimos a Jesús que, de regreso a la Patria Espiritual, subió al Monte… Tuvimos a Moisés que, de regreso a la Patria Espiritual, subió al Monte… Si tuvimos tantos nobles ejemplos no debemos descuidar el ejercicio del bien constante, los esfuerzos por adquirir la perfección y el Amor a Dios, recordando la sentencia de Jesús en Mateo 7:21. “No todo el que me dice ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino aquel que hace la voluntad del Padre que está en todas partes”.
André Luiz de Andrade Ruiz
ANUARIO ESPÍRITA 2009
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