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Escrito por Administrador   
Martes, 10 de Febrero de 2009 16:35

Veintiséis Maneras de Identificar un Mensaje proveniente de un Buen Espíritu

Sea usted espírita o no, probablemente, ya se habrá visto en alguna situación determinada en la que alguien le trasmitió algún "mensaje", recibido por algún médium, adivino o "sensitivo", en el que usted era el destinatario principal. Es muy probable, también , que usted conozca a personas que andan por allí consultando y recibiendo instrucciones de espíritus, con la intención de obtener soluciones rápidas a sus problemas o aflicciones. También es posible que exista aquel vecino suyo que "recibe" tal o cual entidad y "trabaja" en su propia casa. Pues bien, seguramente debe haberse quedado con la duda, sin saber discernir el contenido de esos mensajes.

¿Habría provenido de algún espíritu ? Y si así fuera ..., por lo menos, ¿tendría ese espíritu una índole moral superior capaz de merecer su confianza?

Si llevamos esta cuestión al campo estrictamente psíquico, al de la influencia espiritual, a la que todos estamos sujetos y que ocurre de manera inconscientemente en la rutina de nuestras vidas, podremos observar la naturaleza de nuestras propias elucubraciones mentales.

¿Qué estamos pensando? ¿Sea lo que fuere, será algo digno de alguien preocupado con la autoeducación espiritual ? Podemos encontrar las respuestas para las dudas mediúmnicas en la Obra de Allan Kardec.

El codificador del Espiritismo, Allan Kardec, en su Obra "El libro de los Médiums", dejó todo esto muy bien explicado y, para los estudiosos de la Doctrina, los que hablamos aquí no es ninguna novedad. Pero, para quien está llegando ahora y para los que se interesen en recapitular lo aprendido, aquí van 26 maneras de identificar si una comunicación proviene de un espíritu superior o no:

1. No hay otro criterio para discernir el valor de los espíritus sino el uso del sentido común.

2. Los espíritus se conocen por su lenguaje y por sus consejos, o sea, por los sentimientos que inspiran y los consejos que dan.

3. Una vez que admitamos que los buenos espíritus sólo pueden decir y hacer el bien, consecuentemente todo aquello que fuera malo, indudablemente no podrá provenir de un buen espíritu.

4. El lenguaje de los espíritus superiores es siempre digno, noble y elevado, sin la mixtura de trivialidades. Dicen todo con simplicidad y modestia, no se engalanan jamás, no exhiben su saber ni su posición ante los otros. El lenguaje de los espíritus inferiores o vulgares tiene siempre algún reflejo de las pasiones humanas. Toda expresión que indique bajeza, presunción, arrogancia, fanfarronería, acrimonia, es indicio característico de inferioridad, o de fraude si el espíritu se presenta bajo un nombre respetable y venerado.

5. No es por la forma material, ni por la corrección del estilo que se juzga a un espíritu, pero sí por el sondeo de lo íntimo, escudriñando sus palabras, pensándolas fríamente, con madurez y sin prejuicios. Todo aquello que se desvíe de la lógica, de la razón o de la sabiduría, sin lugar a dudas delata el origen de la entidad , cualquiera sea el nombre con que la misma se vista.

6. El lenguaje de los espíritus elevados es siempre idéntico, si no lo es en la forma, por lo menos en cuanto al fondo. No son contradictorios.

7. Los buenos espíritus no dicen sino aquello que saben, se callan o confiesan su ignorancia sobre lo que no saben. Los malos hablan de todo, con seguridad, sin preocuparse por la verdad. Toda herejía científica notoria, todo principio que choque al sentido común, muestra claramente el fraude si el espíritu se dice esclarecido.

8. Es fácil reconocer a los espíritus livianos por la facilidad con que predicen el futuro y precisan hechos materiales que no nos es dado a conocer. Los buenos espíritus pueden hacer presentir las cosas futuras sólo cuando ese conocimiento fuera útil, pero jamás precisarán fechas: todo anuncio de acontecimientos con época fijada es indicio de una mistificación.

9. Los espíritus elevados se expresan de manera simple, sin la ornamentación en el uso del lenguaje. Su estilo es conciso, sin que por ello se excluya la poesía de ideas, conteniendo siempre expresiones inteligibles y al alcance de todos, sin exigir esfuerzo para ser comprendidos. Tienen el arte de decir muchas cosas con pocas palabras, porque cada palabra tiene su importancia. Los espíritus inferiores, o falsos sabios, esconden bajo la presunción y el énfasis de las palabras el vacío de sus pensamientos. Su lenguaje, frecuentemente, es pretencioso, ridículo, u oscuro, con el objeto de querer parecer profundo, sin que realmente lo sea.

10. Los buenos espíritus jamás ordenan: no se imponen, aconsejan y, si no se los escucha, se retiran. Los malos son imperiosos, dan órdenes, quieren ser obedecidos y permanecen de todas maneras. Todo espíritu que trate de imponerse, delata su origen. Son exclusivos y absolutos en sus opiniones, y pretenden tener, sólo ellos, el privilegio de la verdad. Exigen una creencia ciega y no apelan a la razón porque saben que la razón los desenmascaría.

11. Los buenos espíritus no lisonjean. Aprueban cuando se hace el bien, pero siempre con reservas. Los malos dan elogios exagerados, estimulan el orgullo y la vanidad, dejando de lado a la humildad, y procuran exaltar la importancia personal de aquellos a quienes desean captar.

12. Los espíritus superiores están por encima de las puerilidades de la forma y de todas las cosas. Sólo los espíritus vulgares pueden dar importancia a detalles mezquinos, incompatibles con las ideas verdaderamente elevadas. Toda prescripción meticulosa dada por parte de un espíritu que toma un nombre importante es una señal cierta de inferioridad y de fraude.

13. Desconfía de los espíritus que toman nombres bizarros y ridículos con el objeto de imponerse a la credulidad. Sería verdaderamente absurdo tomarlos en serio.

14. Desconfía también de los espíritus que se presentan muy fácilmente con nombres extremadamente venerados y no acepten sus palabras sino con la mayor reserva. En este caso es indispensable un severo control, porque, frecuentemente, es un máscara que toman para hacer creer a los médiums que tienen pretendidas relaciones íntimas con espíritus excepcionales. Por ese medio halagan la vanidad del médium y de ella se aprovechan para inducirlo, constantemente, a determinaciones lamentables o ridículas.

15. Los buenos espíritus son muy escrupulosos sobre las actitudes que pueden aconsejar. En todos los casos, no aconsejan jamás si tener un objetivo serio y eminentemente útil. Deben considerarse sospechosos todos los consejos que no tuvieran ese carácter, o no estuviesen de acuerdo con la razón. También es necesario reflexionar con madurez sobre todo consejo recibido, para no correr el riesgo de exponerse a mistificaciones desagradables.

16. Los buenos espíritus también pueden ser reconocidos por su prudente reserva respecto a todas las cosas que pueden comprometer. Les repugna revelar el mal. Los espíritus livianos o malévolos se complacen en resaltar el mal. Mientras lo buenos procuran suavizar los errores y pregonar la indulgencia, los malos los exageran y esparcen la cizaña por medio de insinuaciones pérfidas.

17. Los buenos espíritus prescriben únicamente el bien. Toda máxima, todo consejo que no esté estrictamente conforme con la pura caridad evangélica, no puede ser obra de los buenos espíritus.

18. Los buenos espíritus no aconsejan sino cosas perfectamente racionales. Toda recomendación que se aparte de la recta línea, del sentido común o de las leyes inmutables de la naturaleza, revela indudablemente a un espíritu limitado y, consecuentemente, poco digno de confianza.

19. Los espíritus malos o simplemente imperfectos también se delatan por las señales que producen sobre el médium y ante las cuales nadie podría ser engañado. Su acción sobre el sensitivo es algunas veces violenta, provocando en él movimientos bruscos y sacudidos, una agitación febril y convulsiva, que se choca con la calma y la dulzura de los buenos espíritus.

20. Los espíritus imperfectos, frecuentemente, aprovechan los medios de comunicación que están a su disposición para dar pérfidos consejos. Excitan la desconfianza y la animosidad contra aquellos que le son antipáticos. El objeto de sus acciones se centra particularmente sobre aquellos que podrían desenmascarar sus imposturas. Los hombres débiles son generalmente el blanco, sobre los que actúan para inducirlos al mal. Emplean, sucesivamente, los sofismas, los sarcasmos, las injurias y hasta señales materiales de poder oculto para lograr convencer mejor, procurando desviarlos de la senda de la verdad.

21. Los espíritus de aquellos hombres, que en la Tierra tuvieron mientras vivían alguna preocupación única, ya sea material o moral, si no se hallan liberados de la influencia de la materia, todavía se encuentran bajo el imperio de las ideas terrestres, cargando consigo una parte de los preconceptos, predilecciones y aún hasta de manías que tenían en este mundo. Esto hace que sean fácilmente reconocibles a través de su lenguaje.

22. Los conocimientos con los cuales ciertos espíritus se adornan, y que denotan una especie de ostentación, no son una señal de su superioridad. La verdadera prueba de superioridad moral sólo es la pureza inalterable de los sentimientos morales.

23. No basta interrogar a un espíritu para conocer la verdad. También es necesario que sepamos a quien nos dirigimos, porque los espíritus inferiores, ignorantes ellos mismos, tratan con frivolidad las cuestiones más serias. Tampoco basta que un espíritu haya tenido un gran nombre en la Tierra, para tener, en el mundo espírita, la soberana ciencia. Sólo la virtud puede, purificarlo, aproximarlo a Dios y desenvolver sus conocimientos.

24. En el nivel de los espíritus superiores, el gracejo, frecuentemente, es fino y picante, pero jamás trivial. Entre los espíritus gracejeadores que no son groseros, la sátira mordaz es siempre muy oportuna.

25. Estudiando con cuidado el carácter de los espíritus que se presentan, sobre todo desde el punto de vista moral, se reconocerá su naturaleza y el grado de confianza que se le puede conceder. El buen sentido no nos engañará.

26. Para juzgar a los espíritus, así como para juzgar a los hombres, es necesario saber primero juzgarse a sí mismo. Infelizmente, hay muchas personas que toman su opinión personal como la medida exclusiva para lo bueno y lo malo, para la verdad o falsedad. Todo lo que contradiga su manera de ver , sus ideas , o el sistema que concibieron y adoptaron, es malo ante sus ojos. A tales personas, evidentemente, les falta la primera cualidad para una justa apreciación: la rectitud del juicio. Pero generalmente esto ni siquiera lo sospechan. Es un defecto que muy frecuentemente eludimos. Tomando en cuenta estas consideraciones y manteniéndolas en nuestra mente, nos será sumamente fácil discernir sobre la calidad de nuestros propios pensamientos y también nos servirá para ser precavidos ante tanta charlatanería que enturbia la esencia esclarecedora del Espiritismo.