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La humildad PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Administrador   
Domingo, 26 de Octubre de 2008 12:10

Humildad: proveniente de la expresión latina humus -cuyo significado era "originario de la tierra"-, se trata de una de las más importantes virtudes evangélicas, de cuyo desarrollo y vivencia dependerá el acceso del hombre a los misterios sublimes del espíritu.

A diferencia de las interpretaciones medievales, cuya religiosidad enaltecía la actitud de voluntaria abyección, de desprecio de sí mismo, en el mundo antiguo la humildad era entendida como ausencia de espíritu de competición y de vanagloria, como es el sentido principal del término, usado por primera vez por San Pablo en la Epístola a los Filipenses, capítulo 11, valiéndose del modelo del Cristo que vino, por la encarnación, hasta el hombre. Probablemente viene de ahí el vínculo de la idea básica a la noción del humus de la tierra A consecuencia de la visión medieval, el concepto de auto- depreciación como sinónimo de humildad, llevó al ser humano a adoptar comportamientos basados en una depauperación física, un descuido de sí mismo, y una demostración exterior de pobreza, como indicador de la existencia de una virtud íntima. Tal vez motivado por esa tendencia, Emmanuel Kant establece una distinción entre la Humildad a la que denomina Humildad Moral y otra a la que llama Humildad Espuria.

La Humildad Moral, en el decir del filósofo alemán, correspondería al sentimiento de la pequeñez de nuestro valor, comparado con la Ley. Y la otra, la Humildad Espuria representaría la "pretensión de adquirir un valor moral oculto, a través de la renuncia a cualquier valor moral de sí mismo". Lo que equivaldría a una pretensión de superar a los otros, rebajándose a sí mismo, lo que representa una ambición opuesta al deber para con los otros. Y lo que es más grave, según la visión kantiana, sería que el individuo se sirva de ese medio para obtener el favor de otros -fuese de hombres o de Dios mismo- lo que correspondería a una hipocresía o adulación. De cualquier manera, dejando de lado las cuestiones filosóficas y sus interminables discusiones, regresemos a la idea primitiva, reflejada en el significado de humildad ligado a la expresión humus, proveniente de la tierra.

Una vez entendida por el prisma espiritual, la jornada del alma es el constante esfuerzo de superación de sus limitaciones. Cuando Jesús se refiere al estado de sencillez e inocencia para conquistar el Reino del Cielo colocando a un niño como paradigma, estipula que por más que los hombres hayan crecido y se hayan transformado física y mentalmente en personas aparentemente capaces, jamás deben permitirse pensar que son tan importantes hasta el punto de perder la sencillez, espontaneidad o inocencia de un niño.

Entre las cosas importantes que los hombres buscan en la vida, se encuentran los esfuerzos para el establecimiento de un nivel cultural e intelectual, que lo realce ante sus semejantes. Y todas las veces que los hombres logran alcanzar cierto estatus social, cultural, material, etc., se crean mecanismos para demostrar tales conquistas, sea con uso de títulos que le anteceden al nombre (Dr., Phd, Exrno., Lic., Ing., etc.), sea con la adopción de joyas o vestimentas especiales que realcen su condición (trajes, corbatas, sombreros, guantes, cigarreras, anillos, broches, prendas, etc.), sea con la adquisición de bienes inmuebles que, por su exhibición, testimonian superioridad material en las convenciones de nuestra sociedad, tales como autos importados, objetos tecnológicamente refinados, estilográficas o relojes muy costosos.

No obstante, ninguno de estos símbolos es capaz de demostrar la esencia y las virtudes de su alma, mas, al contrario, por el carácter ostensivo con que muchas veces son exhibidos, son indicadores del orgullo, de la vanidad, de la insensatez próxima a la locura de aquel que se transformó en un museo de diplomas, de ropas lujosas, de objetos dorados, tan sólo para intentar mostrar a otros algo de sí mismo que no debería estar expuesto a no ser cuando las contingencias de la vida así lo exigiesen, como es el caso del ejercicio de alguna profesión, cuyo título puede indicar, apenas, la capacitación oficial de aquel que lo utiliza. Entretanto, ¿serán honestos, buenos, correctos, humanos, todos los que tienen sus nombres adornados por los títulos que conquistaron? En todos estos casos, la realidad cruda de la vida terrenal, ha sido esa que dirige los egos humanos para esa lucha desesperada de títulos y apariencias, conocimientos y pretensiones, lo que distancia cada vez más a los hombres que se conducen así, de la verdadera noción de la que no pasamos todos, legos y doctores, de simples humus -hijos de la tierra. Y la realidad del envoltorio físico perecible, como nos explica la Doctrina Espírita, se incumbirá de igualar, bajo el mismo tradicional "siete palmos de tierra" los cuerpos de los doctos al lado de los cuerpos de aquellos que jamás tuvieron ningún título para ostentar. De ello, mucha gente puede imaginar que lo mejor, entonces, sería que nos condujésemos como los hombres religiosos medievales que se ponían en condiciones miserables de vida, sucios, sin higiene, negándose a las concesiones de mejoría del mundo, para que resplandeciese su humildad. Nuevamente, somos llevados a ese raciocinio por el mismo error de entendimiento que nuestro propio orgullo propicia.

Si existe orgullo en desear aparentar una condición superior, a través de las diversas artimañas o símbolos de realce que hemos creado para tal finalidad, existe orgullo también en adoptar a propósito una postura exterior de miseria, de descuido, de falta de aseo para demostrar, con ella, que somos de los que se colocan materialmente por debajo de otros -queriendo decir con eso que, espiritualmente, somos superiores-por ser más humildes.

La humildad no se exhibe de ninguna forma. Y si pudiésemos profundizar aún más su concepto, diríamos que la humildad no se conoce a sí misma. Así, la persona que entienda que apenas es un hijo de la tierra, lejos de dejarse encantar con los artificios de la moda a través de los cuales su carácter mezquino y vanidoso se manifestaría, cantando el canto grotesco de los orgullosos, percibirá que la cultura es una conquista hija de un esfuerzo lícito, mas cuyo verdadero valor es el de demostrar cuán poco sabíamos y cuán poco continuamos sin saber aún. Por ese motivo, no está preocupada en demostrar ser más que el otro y colocarse constantemente en competición con aquellos que le disputan el mismo pedazo de suelo, mas, por el contrario, estará empeñada en ser siempre mejor para que, aprendiendo con todos los que se crucen en su caminos, pueda combatir la inmensa ignorancia que cargamos dentro de nuestro espíritu inmaduro y sin preparación para los altos vuelos evolutivos, usando la curiosidad sana y del verdadero deseo de aprender con todo y con todos. Cualquier gran artífice, científico, médico, investigador, descubridor, navegante o inventor del siglo XVI que, ciertamente, mucho se vanaglorió de su superioridad intelectual, sabía mucho menos de lo que sabe un graduando en nuestro mundo actual. Y cualquiera de los doctores en las diversas áreas de la vida de ahora, será visto como un tonto sin preparación cuando, dentro de algunas décadas, todo aquello que pensaba conocer profundamente y de lo que tanto se enorgullecía se hubiera tornado entonces chatarra del conocimiento, de la misma forma que aconteció con los antiguos faroleros después de que se inventara la luz eléctrica o de los eficientes bibliotecarios de algunas décadas atrás, después de que la computadora vino a simplificar todas las cosas.

Por ese motivo Jesús advierte a sus seguidores, que deberían caminar sin que el crecimiento los envenenase con presunciones que los apartasen del verdadero camino. Y la Doctrina Espírita, reviviendo las enseñanzas del Cristo en su Pureza, realza la cuestión de la necesidad no de rebajarnos a un nivel infrahumano, de no sentirnos indignos de nosotros mismos, de no vivir de manera que mostremos una virtud que nos envanece por presumir que somos mejores que los demás. Como la que Pablo menciona a los Filipenses, el Cristo apunta a la necesidad de que seamos puros de corazón, sencillos de alma, compañeros entusiastas del progreso de todos, sin competiciones, sin disputas, sin sentirnos menores de los que realizan cosas diferentes de las que hacemos, sin que produzcamos algo para que nuestras conductas y productos puedan confundir a otros con señales de nuestra supuesta superioridad.

La motivación que debe estar enraizada en nuestras actitudes, aunque no sean comprendidas por los que están siempre anhelando ser presidentes, dirigentes, o para imponerse a la admiración ajena o conquistar un enaltecimiento o lisonja con la que alimenten su propio ego, es aquella de que hagamos, con sinceridad lo mejor que podamos y aún así, repetir: somos siervos inútiles, porque apenas cumplimos con nuestro deber. O aun, acordándonos de la respuesta de David cuando fue escogido por el dios de su pueblo para ser Rey que, postrándose, exclamó:

"Nada hice para merecer esto. Todas mis realizaciones, fueron, enteramente, tus acciones". Por tanto, humildad no es olvidarnos de nosotros mismos, ni abandonarnos a la miseria y a la suciedad, ni colocarnos como los últimos de los últimos.

Humildad es la virtud de aquel que sabe lo que es, que no se dejó influir por banales conceptos de superioridad, que no perdió la condición sincera de hermano de todos, aunque haya conquistado por esfuerzo honrado ciertos valores transitorios de la vida humana.

Humilde es aquel que, habiéndose elevado a las cimas de la vida no se olvidó de que no pasa de ser barro pobre, de que debe buscar siempre mejorarse, de que no es poseedor de toda la verdad y de que, por eso, necesitará mucho de cada uno de los que están a su lado. De esa manera, el sentimiento verdadero de humildad hace que aquel que lo ostenta no dispense de la cooperación de nadie por pensar que es superior, y en vez de desear hacerse mayor o mejor de los que lo rodean, busca todo para lograr que éstos se tornen mejores que él mismo, y se califiquen para poder ejercer todas las tareas sin miedo de que lo superen. La humildad requiere del ser que la cultive, ese entusiasmo por el progreso de sus semejantes, esa ausencia de sentimiento de corporativismo que hace privilegiados a aquellos que están en mi partido contra aquellos otros que se encuentren, eventualmente, alejados de mí.

Tener la convicción de que todos somos apenas humus, hará de nosotros personas que, aunque tengamos responsabilidades administrativas, directivas, corporativas, empresariales, políticas, gubernamentales, familiares, domésticas, profesionales, no abrigaremos ninguna fantasía de ser más importantes o insuperables, de ser plenipotenciarios de la sabiduría; por el contrario, debemos aprender con todos los seres pues ya habremos percibido que nunca sabremos de qué medios el Creador del Universo, el Verdadero y Único Sabio, se valdrá para revelarnos sus secretos e iniciarnos en la comprensión de las cosas superiores del espíritu. Así, que entendamos la realidad de la esencia y acordémonos de que si pensamos en ser espiritas y a consecuencia de ello, deseamos corresponder a la enseñanza de Jesús, dejemos un poco las tribunas, los congresos, las publicaciones intelectuales, caminos muy instructivos y buenos y vayamos hacia aquellos a quien Jesús atendía personal y directamente, sintiendo que, tanto ellos como nosotros, somos apenas, hijos de la tierra, igualmente carentes del afecto de hermanos.

Si las actividades del intelecto son buenas e importantes, las actividades del afecto personal dirigidas a los que sufren son ESENCIALES. Y lejos de cualquier prurito de sapiencia o de cualquier intento de ofender a quien quiera que sea, pensemos en sí nosotros mismos, dentro de nuestros autos lujosos, de nuestras ropas costosas, de nuestros títulos académicos, de esa fantasiosa importancia que nos atribuimos, aun creyéndonos espiritas, estaríamos dispuestos a despedir nuestras vanidades y "lavar los pies" -quiere decir- SERVIR a aquellos que nos sirven, con la pureza y la sinceridad fraterna con que Jesús lo hizo...

André Luiz de Andrade Ruiz