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Para
completar esta obra y dar fe de todo cuanto en ella se relata como un
hecho y enseñanza cierta, dirigida a la redención del Espíritu; redención
compensada y rectificada por medio de la ley natural de causa y efecto, a
continuación hacemos una cita sobre un acontecimiento histórico. Hecho
acontecido en Alemania, en el año 1.939:
¡Septiembre de 1939!
Un rastrillo de fuego partía
de Alemania incentivado por Adolfo Hitler y momentáneamente ignorado por
el resto del mundo. Simulado por las flores y gritos de entusiasmo, el
“Führer” entraba en Austria, después de la caída de Schusning, mientras el
pueblo adoraba al nuevo ídolo por medio de banderitas con los colores de
ambos países. Rápidamente, la preocupación alcanzó a los demás países
europeos, pues el dictador alemán comenzaba a mostrar sus garras al
invadir a Checoslovaquia. Meses después masacraba a Polonia, bajo
pretextos de que sus súbditos crearon problemas en el corredor de Dantzig.
Francia e Inglaterra, despertaron de su censurable mutismo, dejando
sucumbir a la desamparada Polonia, en una calculada operación, para
después declarar la guerra a Alemania, dado que peligraban sus intereses
comerciales en Europa. Pero, lo hicieron bastante tarde, pues la
“Luftanza” arrasó el sur de Francia e Hitler atravesó la inexpugnable
“Línea Maginot”, demostrando lo obsoleto de su eficacia, ante la
agresividad de la aviación. Enseguida, casi demolió Coventri y más tarde
sangraba a los ingleses en las playas de Dunquerque, pereciendo millares
de soldados.
Hombres, mujeres y toda la
juventud alemana deliraban de entusiasmo, ante las victorias aplastadoras
del Führer, inconscientes de que la euforia belicosa sembraba tristes
acontecimientos kármicos para el futuro, puesto que más tarde los aliados
arrasarían las ciudades y tendrían que sufrir la humillación en el “muro
de la vergüenza”, impuesta por los rusos.
Megalomaníaco y bárbaro del
siglo XX, Adolfo Hitler demolía la cultura del pueblo alemán, mandando
incendiar las obras de renombrados sabios germánicos, aniquilando la
ciencia, la filosofía y el arte levantado hasta esos días por verdaderos
genios. Enseguida impuso a la juventud influenciada por el nazismo su
biblia “Mein Kampf”, escrita en sus momentos de histeria y paranoia,
cuando estaba encarcelado en Munich, después del fracasado “puch”. Caminó
a paso de ganso junto a la torre de Eiffel, en París, reventando de
orgullo y vanidad; recorrió los inmensos territorios devastados por sus
“panzers” y fue aclamado por millares de banderitas y gritos jubilosos de
sus coterráneos, que deliraban de entusiasmo. Adolfo Hitler volvió a
repetir la vieja historia de los facinerosos del pasado, como David,
Gengis Kan, Atila, Tamerlán, Aníbal, Alejandro y otros flagelos de la
humanidad.
Pero, la Ley es inflexible y
correcta, pues todos pagaron con la misma moneda. Berlín fue demolida,
millones de casas destruidas, fábricas arrasadas e inutilizadas y, por
ende, todos los servicios públicos. Millones de alemanes pasaron a vivir
en las calles, subterráneos y debajo de los puentes, que mal conseguían
arrancar de la tierra los tubérculos y hierbas para no morir de hambre.
Los aliados, en su fiebre de venganza, no dejaron un metro cuadrado sano
de las ciudades alemanas. Desapareció Berlín y casi desapareció del mapa
Hamburgo, Colonia y Bremen. La dirección de las tinieblas, deliraban de
alegría por su diabólico dominio de la Tierra, a través de los genios del
mal, encabezado por Hitler y seguido por Himmler, Goering,
Goebbels, Josef
Kramer, Mengel, Fichmann, J. Streicher, Ernest
Kaltenbrunner, Hans Franck y
otros de orden secundario. Aspiraban a controlar las futuras encarnaciones
a fin de plagar la Tierra con vicios, violencias y poderes egocéntricos.
Además, se habían reforzado la guardia de las sombras con la estulticia de
Mussolini, adherido a los nazistas y humillando a Italia, formando el eje
Roma-Tokio- Berlín.
Sin embargo, no sucedió como
habían previsto los magos de las sombras, predestinando la Tierra para los
hombres viriles y el cielo para los ángeles afeminados. Los Estados
Unidos, dentro de su proverbial cálculo utilitario, cuando comprobaron que
tendría elevados perjuicios para el futuro, entraron en la contienda, para
evitar el dominio de Hitler en los mercados europeos y asiáticos. Ante el
desgraciado ataque a Rusia, a pesar del conocido error cometido
anteriormente por Napoleón, Hitler comenzó a debilitar sus fuerzas
guerreras y jamás pudo volver a recuperarlas y menos luchar en dos vastos
frentes a la vez. Mal sabía, que él no dejaba de ser un “detonador
psíquico” del karma colectivo de millones de seres endeudados desde los
tiempos de David, pues vanidosamente confundió el permiso provisorio de lo
Alto, con su genio y poder invencibles. Ignoraba, que en su ficha kármica
archivada en el Espacio, estaba señalada la fecha del 30 de Abril de 1945
en que terminaría sus días, abatido en su orgullo y poder destructor, bajo
el arma homicida de una automática “walther”, mientras Eva Braun, esposa
de última hora, caía al suelo bajo los efectos de una píldora de cianuro.
Mientras tanto, para los
“Señores del Karma”, lo más importante era el clima belicoso activado por
Hitler, en donde deberían rescatar sus culpas pasadas millones de
guerreros, malvados y feroces criminales. Esos culpables de otrora verían
sus propias casas quemadas o arrasadas. La familia asesinada o las esposas
e hijas deshonradas. Sus hijos aplastados contra el muro o masacrados a
punta de bayoneta. Los parientes fusilados o torturados, a causa de una
mala siembra de sus pasados pecaminosos. La ley seleccionó cuidadosamente
a los culpables y los colocó dentro de Alemania y de los países que serían
invadidos por el nazismo, a fin de sufrir el choque de retorno en medio de
sus colectividades judías, diezmadas en los incendios mortificantes de los
“ghettos” y por otro lado, figurando como soldados, que eran aniquilados
en los frentes de batallas de Francia, Polonia y Rusia.
Rápidamente, movido por un
excesivo odio racial, incontenido desde su juventud, Hitler resolvió dar
solución al “problema de los judíos”, autorizando su muerte en masa y de
cualquier forma. Adolf Eichmann mató a más de seis millones de judíos en
los hornos crematorios, fusilamientos y ejecuciones, además de los que
murieron de hambre en los campos de concentración. Los vagones para el
transporte de animales, iban cargados al máximo, de infelices judíos en la
más degradante promiscuidad, después de haberlos capturado en los países
invadidos. La carga humana llegaba a los campos de concentración de
Ravensburg, Dachau, Auschwitz, Belsen, Buchenwald y Vilingen, totalmente
deteriorada y en estado calamitoso. Los hornos crematorios, pantanos y
fosas comunes eran insuficientes para eliminar tantos millones de
víctimas, que bajo el nuevo traje material, renacidos como judíos, en el
siglo XX, rescataban sus culpas de sus masacres cometidas en aquel
pecaminoso pasado. Millares de mujeres y comandantes de los campos de
concentración, llegaron al máximo de su odio racial haciendo curtir la
piel de esos infelices hebreos para adornar joyeros, tapas de libros y
cajas de perfumes. Cuando la actividad criminal del nazismo contra los
judíos era más intensa, allá por el año 1942, apareció una violenta
epidemia “hepatointestinal” en la zona rural de
Alemania.
Los niños morían en grandes
cantidades. Los médicos estaban seriamente preocupados para combatir la
arrasadora epidemia, pues tal situación había comenzado a irritar a Hitler.
Finalmente obtuvieron su permiso para hacer experiencias en vivo sobre las
criaturas judías, con la esperanza de conseguir la vacuna deseada. En un
sólo día fueron sometidos a tratamiento, más de 500 niños en el campo de
concentración de Auschwitz, se escogió a 31 de ellos para efectuarles las
terribles experiencias de vivisección bajo el control de los médicos
Heinrich y Brumenwald a fin de encontrar el salvador antídoto. Eran niños
de diversos tipos, variaban de edad y sexo, reacción sanguínea,
resistencia vital y comportamiento nervioso. Algunos eran perfectamente
sanos y fuertes, otros débiles y enfermizos, era el material humano que
mejor se les ocurría para tales ensayos. Aterradas ante la imposibilidad
de huir de esas cruentas pruebas, las infelices victimas fueron amarradas
por los enfermeros nazistas en las mesas de los laboratorios y debidamente
amordazadas para impedirles sus gritos desgarradores. Día a día eran
sometidas a las inimaginables pruebas. Las intervenciones quirúrgicas,
deshidrataciones, transfusiones de sangre contaminada, pruebas de ácidos y
corrosivos, biopsias, obliteración de la función nerviosa y circulatoria,
además de la desnutrición o superalimentación infectada, que producía
serios síntomas de gravedad en la región abdominal. Fueron sometidos a la
inoculación del material patógeno de todas las especies. Les fue extraído
el líquido raquídeo, linfático y sanguíneo. Tres días más tarde habían
muerto 23 de ellos en medio de estertores y pústulas corrosivas, con sus
carnes hechas jirones y los ojos desorbitados por el dolor. Los médicos y
enfermeros vigilaban atentamente las modificaciones anatomofisiológicas.
Analizaban los trabajos sobre las vías emuntorias, las reacciones
endocrinas, nerviosas y sanguíneas y el comportamiento de las vitaminas en
las pruebas de resistencia vital. Era la más cruel de las actividades para
conservarlos vivos pero a su vez enfermándolos.
La enfermedad que se estaba
investigando era del tipo del cólera, cuyo bacilo, Koch había descubierto
en el año 1883, en Alejandría, pues los médicos nazistas también
comprobaron que su localización estaba en los intestinos y era sumamente
contagioso. Después de 21 días de experiencias tenebrosas, sólo quedaba
uno de los 31 cobayos humanos. Era un niño de once años, verdadero trapo
vivo, sumido en el más inconcebible de los dolores, cuyos cabellos negros
se habían emblanquecido y la fisonomía infantil se había vuelto simiesca,
una especie de anciano precoz. Su resistencia orgánica había sorprendido a
los médicos alemanes, pues se mostraba consciente en su rigidez tormentosa
y postura contraída por los calambres nerviosos. Sus ojos estaban
completamente secos y su boca vertía una espuma sanguinolenta a través de
la mordaza. El cuerpo estaba agujereado por una docena de agujas
hipodérmicas, que le daban sueros, líquidos nutritivos, preparados
infecciosos vitalizantes, sangre y hormonas, haciendo vibrar los tubos de
goma en aquel horripilante experimento. Parte de los intestinos del niño
se encontraba en un frasco de vidrio con suero de Ringer templado,
sometido a riguroso examen, puesto que había sido tratado por varios
médicos, que hacían todo lo que mejor se les ocurría para descubrir el
terrible flagelo que diezmaba a los niños alemanes. En fin, gracias a su
heroica resistencia los médicos citados anteriormente encontraron la
vacuna ambicionada para salvar a los alemancitos afectados por la
devastadora epidemia. Conforme se comprobó después de la guerra, las
mismas vacunas sirvieron para la misma enfermedad en millares de niños en
la región coreana e indochina.
Después de terminar con su
objetivo siniestro y terapéutico, Heinrich miró al judío y ordenó sacarle
la mordaza. Aunque su corazón estaba endurecido por la rigidez nazista,
hizo un gesto furtivo de conmiseración al observar detenidamente la
fisonomía simiesca del niño, que 21 días antes era pletórico de salud.
Hizo una seña a uno de los enfermeros y le entregó una píldora para que se
la diera a tomar. La infeliz criatura aflojó la rigidez de la musculatura
fisonómica, se movió con dificultad, bajo estremecimientos nerviosos.
Entonces Isaac, el niño judío víctima de esa cruel vivisección, tumbó su
cabeza a la izquierda y expiró por la acción letal del cianuro de potasio.
El enfermero alemán, un verdadero monstruo con aspecto de enorme gorila se
movió inquieto, e insensiblemente exclamó: –¡Murió!
Heinrich y los otros médicos
al servicio de Hitler, curtidos por las bárbaras experimentaciones a fin
de proteger a la superior raza Aria, miraron largamente al niño que había
resistido 21 días, sin alivio de ninguna especie. A pesar de la
indiferencia que demostraba, el médico no dejaba de admirar la proeza
demostrada por aquel infeliz ser de la creación y dirigiéndose al
enfermero indolente y de aspecto brutal, le volvió a preguntar:
–¿Estás seguro que murió? Sin
embargo salvó la vida de millares de niños, dado que las vacunas se
salieron de su cuerpo ya están siendo aplicadas a los niños de nuestro
querido pueblo.
Y retirando las tuberías de
goma ensangrentadas, señaló al infeliz cobayo humano, agregando:
–¡Qué vitalidad y resistencia
admirables! ¡Cuánto nos ayudó! ¡Es un cuerpo sacrificado para la salvación
de otros millares de cuerpos!
El médico antes de salir del
laboratorio, como si estuviera afectado por un extraño remordimiento, le
dijo seriamente a su brutal asistente:
–¡Entiérrenlo! ¡Denle buena
sepultura, se la ganó!
Transcurrió cierto tiempo del
calendario humano, cuando Isaac abrió los ojos en el mundo espiritual. Se
estremeció, horrorizado, sentía en su boca la mordaza y el gusto
característico de la sangre que le fluía desde la garganta, debido a la
ruptura de los vasos. Al comienzo, le extrañó una claridad azul celeste,
muy confortadora, parecida a los rayos de luna, dándole un alivio
inesperado, que contrastaba con la luz mortecina de los laboratorios de
los campos de concentración. Creía estar escuchando una deliciosa melodía
religiosa, como si estuviera imaginando al rabino Joseph tocando el órgano
en la sinagoga de Dresden, o cuando acompañaba a sus padres y hermanos. La
música le rememoraba la fragancia de los lirios y las flores del brezo,
que abundaban en las márgenes del Reno y del Elba. Se proyectaban en su
mente las imágenes de las plantaciones del centeno, avena, trigo y viñas,
cargadas de uvas sabrosas. Miró a su alrededor buscando la figura de esos
hombres tenebrosos que lo torturaban, cuando estaba amarrado a la mesa
fría del laboratorio. ¿Dónde estaba el enfermero de rostro cuadrado? ¿Por
qué le introducía elementos en su intestino sin darle anestesia? ¿Y la
mujer delgada, fría y de mirar duro, que lo torturaba con las botellas de
líquidos corrosivos?
El niño Isaac, no intentaba
moverse de la forma petrificada, pues se lo habían impuesto por la fuerza.
Antes gemía loco de dolor y sin comprender el motivo de tanta crueldad;
pero, ahora, sentíase inesperadamente aliviado en sus dolores físicos y el
sufrimiento parecía que sólo estaba radicado en su alma. Movió la mano
derecha y asombrado, comprobó que estaba libre de las ataduras de cuero.
La boca aún la tenía tapada por algo extraño, pero no le causaba dolor
alguno, y los ojos, agotados de tanto llorar, poco a poco se iban
descongestionando por efecto de una invisible y balsámica energía. De
repente, escuchó un grito a su izquierda y de reojo percibió ropajes
blancos; entonces se estremeció violentamente, seguro que estaba
nuevamente ante el feroz enfermero y la despótica mujer, que además de
atormentarlo lo llamaba de “raza vil e infame”.
Recogió el cuerpo en un gesto
instintivo de defensa orgánica, esperando que su cuerpo fuera nuevamente
destrozado en otra intervención quirúrgica, sin calmante alguno; pero cosa
rara, nada de eso sucedía y la persona que a su lado se encontraba, se fue
inclinando hacia él, cuyo rostro se parecía al de una hada, como él jamás
hubiera visto o soñado. Inmediatamente le apoyó la mano sobre la cabeza,
como si lo estuviera acariciando, de cuyos dedos se desprendían vapores
sedativos, que deseaba gustar de ese estado, el resto de su vida.
–¡Isaac! ¡No temas, querido
mío! Todo ha terminado; ahora eres el enfermo, te encuentras en agradable
convalecencia y debemos loar al Señor de los mundos por la redención de tu
alma. Recién ahora puedes vivir entre nosotros, gracias a los reposos
fortificantes, de equilibrio espiritual.
La hermosa mujer se inclinó
nuevamente, lo besó en la frente con tanta ternura y afecto, que lo hizo
vibrar, sacudido por extraños y familiares recuerdos, que instintivamente
casi podría llamarla por su nombre. La puerta de la habitación se abrió
para entrar un hombre muy hermoso, vestido con un traje muy raro, medio
parecía hindú y la otra parte egipcia, miró sonriendo a Isaac, con suma
alegría. Después extendió las manos y le hizo algunos pases por el cuerpo,
aliviándole el espasmo doloroso, equilibrándole el ritmo respiratorio.
Enseguida le dio a beber un líquido reconfortador, con sabor muy agradable
que al pasarle por la garganta le eliminaba todo vestigio del sufrimiento
anterior. Los labios se le movían con facilidad, y él mismo, se extrañó de
su propia voz, cuando dijo:
–¿Dónde están?
–¿Quiénes? –exclamó Amuh-Ramaya.
–¿La mujer y el hombre con
cara de gorila? –dijo con ojos que demostraban el temor que les tenía.
La hermosa joven se sentó a
su lado y le acarició los cabellos amorosamente. Después de unos
instantes, le dijo afablemente:
–¡No te preocupes, ellos se
fueron! ¡Nosotros te hemos liberado! No pienses más en aquello que pasó,
ahora vas a vivir con nosotros, libre y lejos de Alemania. Pero, no debes
hacer preguntas, pues dentro de muy poco estaremos en nuestra casa, entre
amigos y protectores.
Isaac quiso besarle la mano,
pero ella lo apretó entre sus brazos, y comenzó a sentir una sensación
como si estuviera expandiendo, crecía, crecía en un impulso libertador más
allá de su propia forma, de niño cruelmente maltratado. Bajo un extraño
sentimiento le parecía que algo le latía dentro de su alma y que conocía
perfectamente a esa maravillosa mujer, que ahora estaba a su lado. De
pronto, Amuh-Ramaya lo miró profundamente en sus ojos, en forma cordial,
pero enérgica; Isaac se sintió dominado por un suave entorpecimiento que
lo fue aquietando poco a poco, terminando por dormirse bajo una dulce
sensación de paz. Volaba por el cielo, huyendo, huía siempre de una
oscuridad maligna, de unas manos feroces que lo perseguían y de unas voces
que le gritaban “renegado”, “renegado”. Enseguida, el grupo de almas
luminosas emprendió el majestuoso vuelo, sumiéndose en los hermosos
colores del sol astralino, mientras Swen y sus “vikingos”, con otras
falanges de espíritus en misión defensiva en la superficie de la Tierra y
con asiento en el astral que la rodea, hacían señas despidiéndolos.
El grupo lo formaban quince
espíritus que giraban en medio de una amplia esfera policrómica, cuyos
colores no es posible describirlos, pues sus cambiantes tonos, no hay
palabras para expresarlos. Eran seis mujeres tan hermosas como las hadas y
nueve hombres de hermosura incomparable, imponentes y serenos. La más
hermosa de las mujeres, cuyo perfil griego estaba envuelto en un traje
como el lirio y adornado de arabescos dorados, con su manto azul cuajado
de estrellas plateadas, sostenía entre sus brazos al niño dormido. Después
de cierto tiempo de gira, apareció a su frente el anfiteatro donde
Apolonio presidiera aquellas reuniones.
Centenares de espíritus de
los más diversos matices áuricos, razas, colores y luces se acomodaban
alrededor de una plataforma formada por flores naturales y muy expresivas,
en cuyo centro se leía la frase: “Bienvenido el redimido hijo del Señor”.
Los quince espíritus que formaban tan hermosa corte celestial,
descendieron en ángulo recto hacia el suelo color de armiño, mientras
Cintia –la hermosa griega– depositaba cariñosamente el cuerpecito
periespiritual de Isaac. Los presentes jubilosos inclinábanse ante aquel
niño, cuyo rostro comenzó a iluminarse bajo los fascinantes colores
zafirinos, liliáceos y rosados que conformaban el ambiente, en asombrosa
combinación con los colores áuricos de los presentes. Bajo la fragancia de
las flores que formaban la plataforma, la configuración periespiritual del
niño fue adquiriendo un tono crema luminoso y después pasaba al color
naranja madura, para terminar en un color topacio vivísimo, contrastado
por el fondo rosado liliáceo.
Apolonio –el venerable
anciano– seguía atentamente el proceso de los colores ambientales,
alrededor del niño dormido. Después de unos instantes, levantó la cabeza y
señalando al cuerpecito de Isaac, dijo a los presentes:
–Todavía predomina el matiz
que define a la mente egoísta o ambiciosa; observad los reflejos
anaranjados un tanto oscurecidos. Pero, loado sea el Señor porque el fondo
liliáceo es la luminosidad de nuestro ambiente, pues ya comienzo a ver en
su tórax el carmín y el violeta. El amarillo intelectivo, también se le ve
bastante claro demostrando que su sabiduría tiende a fines elevados. –Apolonio
terminó de describir los colores y dijo con visible emoción:
–La ternura y la humildad
entraron definitivamente en su corazón.
Levantó los brazos y cerrando
los ojos, invitó a todos para elevar una oración por el recién llegado:
–“Señor, Padre y Creador del
Universo, los pensamientos y las palabras jamás podrán expresar nuestra
ventura espiritual en este momento, ante la redención de un miembro más de
nuestro grupo familiar, purificado en la carne bajo el proceso justo y
lógico del dolor. ¡Gracias, amado Padre por permitir el ingreso de un
nuevo servidor de la Luz en las filas del Maestro Jesús!”
De lo alto, como si fuera una
abundante lluvia de colores, alcanzó la frente de aquellos espíritus, cuya
breve oración, pero elocuente, avivaron aún más el suave carmín, que
resplandecía en sus auras sublimes. Apolonio subió al estrado color
castaño, y haciendo un gesto cordial, se expresó así:
–¡Mis hermanos! Termino de
disfrutar de un instante maravilloso de nuestra vida espiritual gracias al
retorno de los ocho réprobos, de nuestro grupo familiar, redimidos en la
carne. Mientras Adolfo Hitler continúa sembrando fuego y destrucción por
el mundo terreno, millones de personas, todavía están expiando en ese
karma colectivo, desde tiempos bíblicos, sufriendo bajo el impacto de los
nazis los dolores y tragedias que sembraron otrora. Ahora viste el traje
carnal de los judíos, unos como mujeres otros como niños y viejos,
muriendo atrozmente en los “ghettos” incendiados, muros de fusilamientos
en medio de los estertores del hambre y el frío y en las cámaras de gases
de los campos de concentración. Pero no hacen más que pagar su deuda con
la Contabilidad terrícola y a su vez limpian su contextura periespiritual
de la carga tóxica de la “maldad” para después comparecer definitivamente
aseados en el banquete eterno de la Casa del Señor –Y señalando a Isaac
dormido, exclamó conmovido:
–¡He ahí al más salvaje de
los réprobos, ahora glorificado por los tormentos de la rectificación
kármica, gracias a la acción centrífuga de las energías sublimes del
Espíritu inmortal! Se limpió de su carga tóxica, desintegró residuos
petrificados por la ambición, orgullo y crueldad, eliminó los venenos
mentales, que eran incentivados por la rebeldía y la venganza. Ahora está
más allá del dominio implacable de la “mente instintiva” que le fuera
bastante útil para su formación humana, pero de ahora en adelante deberá
“dirigirla” por el discernimiento de la conciencia espiritual. La mente
instintiva coordina la organización del mineral, vegetal, animal y el
hombre, pero, mis queridos hermanos, sólo la “mente” espiritual, gobierna
el vuelo definitivo del ángel.
Apolonio dejó de hablar,
conmovido por sus propias palabras, y después continuó diciendo:
–A pesar de la campaña hostil
y destructora dirigida por Othan, Sumareji y El Zorian, fracasaron en su
empresa maquiavélica y los ocho réprobos, sus colegas de otrora, pudieron
cumplir íntegramente el programa redentor. Amarrados al mármol frío de la
vivisección, presionados por los nazis, no pudieron huir de las pruebas
rectificadoras para saldar sus “horas culpables”. Pero, sin quererlo,
también contribuyeron a descubrir la vacuna salvadora, aunque más no sea,
destrozándoles sus propias entrañas, pero salvaron a millares de niños,
compensando en gran parte, tantos asesinatos cometidos en tiempos de
guerras, en aquel pasado lejano. Bajo la Ley de que el Espíritu deberá
pagar hasta el “último centavo” de su deuda, o que “recogerá conforme haya
sido su siembra”, nuestros familiares réprobos devolvieron en “horas
salvación” el montón de vidas destruidas en tropelías insanas, de su
bestialidad guerrera. Desde ahora en adelante, seguirán su ascenso
espiritual con mayores perspectivas de aprendizaje y en vivencia íntima
con la fuente eterna del Creador.
Descendiendo del estrado,
Apolonio terminó diciendo:
–Ahora, hermanos míos,
partiremos con nuestra última y apreciada carga hacia la
“Bienaventuranza”, y esperaremos que se desprendan de las formas
infantiles, de los réprobos torturados en la Tierra. Olvidemos la
Atlántida, Lemuria, Babilonia, Asiria, Indochina, Egipto y Grecia, que
fueron escenarios de mortandades, venganzas, ambiciones y fechorías de
nuestros familiares, a fin de combinar nuestras energías espirituales,
para terminar la última etapa de su redención.
Después de un silencio muy
emotivo, con el venerable Apolonio a su frente, los presentes comenzaron a
caminar suavemente en medio del paradisíaco paisaje, mientras Cintia se
inclinaba hacia la florida plataforma y tomaba en sus brazos al niño
adormecido, mientras se sonrojaba al ver que Apolonio seguía con su
mirada, sus dulces movimientos. Cintia, mirando fijamente a Isaac, dijo
muy conmovida:
–¡Querido Apolonio, me estoy
imaginando cómo será de hermoso Sesostri una vez que se haya despojado de
su transitoria e infantil forma! –Y con un suspiro amoroso, que le acentuó
el rosado carmín de su aura, dijo: –Aun siendo rebelde y agresivo, ¡era
tan atractivo!
Cuando todos desaparecieron
detrás de los enormes portones que daban acceso a la colonia de la
“Bienaventuranza”, el ambiente se llenó de colores y luces, imposible de
imaginar por la mente más sensibilizada de persona alguna. Para los
humanos, sólo tiene semejanza a una noche cálida, de cielo límpido, que
inesperadamente explotan cantidades de fuegos artificiales, dando la
sensación agradable, de estar festejando la llegada de algo sumamente
apreciado. Algo parecido, pero más sublimado, es la festividad en los
panoramas del Espacio cuando se celebra el retorno de un “hijo pródigo” a
la “Casa del Padre”.
Trascrito del libro SEMBRANDO Y RECOGIENDO, con la autorización de la
Editorial Kier S.A., Buenos Aires,
Argentina. Edición en español 1.986, págs. 272 a 284. Queda prohibida
la reproducción de este capítulo, cuyo contenido
forma parte del capítulo “Ángeles Rebeldes” recogido en el libro
mencionado, propiedad de la Editorial Kier.
Extraído del libro "Elucidaciones espiritas"
José Aniorte Alcaraz
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