Principal Amalia Domingo Soler El cielo y el infierno
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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 28 de Junio de 2009 17:12

I

Nunca me ha ilusionado el cielo de las religiones con el trono es­plendente de Dios, donde éste está sentado entre coros angélicos, cas­tas vírgenes y bienaventurados por su mansedumbre evangélica. De igual manera, tampoco el infierno bíblico con su fuego eterno y Lucifer presidiendo aquel antro de condenados ha podido hacerme re­celar que mi alma pudiera un día habitarlo.

¿Qué es el fuego infernal de las religiones comparado con el fuego inextinguible del remordimiento? La vida en la Tierra, en su desenvolvimiento y desarrollo, tiene cie­los, purgatorios e infiernos, reales, positivos, innegables. Siempre he tenido este íntimo convencimiento, y si no lo hubiera tenido, hace po­cos días que semejante convicción se hubiera apoderado de mi ánimo, porque ante la realidad de los hechos, hay que reconocer la evidencia moral y racional que se impone por la observación concienzuda y apa­sionada.

II

Entramos en el cielo. Es un gabinete sin alcoba; una salita a la in­glesa, donde se ven los muebles siguientes: una cómoda barnizada de negro con adornes de relieve negro mate y tapa de mármol blanco, un tocador de caoba de forma antigua, con incrustaciones de nácar y ma­deras finas, un costurero, dos o tres sillas y una camita de hierro o de Viena. No se sabe de qué era la cama, puesto que estaba cubierta con camisas, chambras y enaguas adornadas de bordados y encajes artísti camente colocados, destacando sobre visos azul pálido y rosa seca. En un maniquí de mimbres había un sencillo vestido de lana, de un medio color, y echado en una silla se veía un rico traje de cachemir ne­gro, adornado de blondas. Sobre la cómoda, había cajas de todos tama­ños, que contenían pañuelos, abanicos, pulseras, etc., etc., todo en el desorden más encantador, porque unas cuantas jóvenes curioseaban alegremente todo cuanto allí se hallaba expuesto.

¿Y cómo no hacerlo así si la dueña de aquel pequeño nido, si la simpática María se casaba al día siguiente y había convocado a sus amigas para que vieran cuánto había trabajado, pues obra suya eran los primores de su canastilla de boda? La protagonista de la fiesta, la joven María, con la sonrisa en los labios, con la mirada radiante de satisfacción, decía con cierto orgullito puramente femenino:

-Aún me queda mucha ropa que hacer; pero, vamos, lo más preci­so ya está, lo demás lo haré después. ¡Tengo una casita muy mona!, ya la verán ustedes, parece un juguete; pero para los dos ya tendremos bastante. Todo es pobre, como ven, pero arregladito y primoroso, eso sí. ¡He trabajado más!... A las cinco de la mañana me ponía a coser, mas al fin he conseguido mi objeto, que era gastar poco y que todo estuvie­ra bien y bonito.

Y María señalaba los bordados que más trabajo le habían costado, y enseñaba los regalos que había recibido, con esa íntima alegría, con esa juvenil satisfacción que experimenta la mujer cuando arregla el ajuar de su nueva casa. María se casaba enamorada. Su prometido le había dado pruebas inequívocas de un verdadero y profundo cariño. Miraba su pasado pu­ro y sereno. Su presente era un sueño delicioso; su porvenir... ¡Ah! Su porvenir encerraba para ella la hermosa realidad de la vida. La unión con el ser amado, la digna representación de la mujer ca­sada, y más lejos la apoteosis de la mujer, la maternidad!, la glorifica­ción de sus amores, el ángel sin alas buscando en su seno la savia de la vida, el pequeñito de rubias guedejas y cuerpo de nieve balbuceando un nombre que conmovía dulcemente su alma: ¡Mamá!... Todo esto veía María en lontananza: lo decía su significativa sonri­sa; lo indicaban sus ademanes apasionados.

La niña había dejado su blanca vestidura, y la mujer esperaba anhelante que la bendición nup­cial le diera derechos para entrar en la senda de la vida a cumplir los sa­grados deberes de esposa y madre. En aquel pequeño aposento estaba el prólogo de una nueva histo­ria, y el alma se encontraba satisfecha contemplando aquellas galas sencillas, modestas, pero impregnadas de algo puro, encantador, sublime. Allí estaba la suma de las más dulces y risueñas ilusiones; allí el cie­lo de la vida humana, cubierto de celajes de azul, oro y zafiro.

Cada onda, cada florerilla, cada pliegue de aquellos adornos, repre­sentaba un mundo de ensueños y esperanzas que felizmente María iba a ver realizados. ¡Qué más cielo que unirse a un ser amado con esos vínculos que la sociedad bendice, que sancionan las leyes y que la Na­turaleza se encarga de consagrar por medio de los hijos! No tienen los ángeles, no manifiestan las vírgenes ni los santos el júbilo excelso que siente una mujer enamorada, la víspera de su casa­miento. Cuando salí de casa de María y me encontré en la calle, sentí frío en el alma; en el cielo había una temperatura agradabilísima, y en la Tierra no era posible disfrutarla.

III

María vivía cerca de una plaza donde hay jardines, y cuando yo los cruzaba pensando en lo que acababa de ver, una pobre que es el rigor de las desdichas, y que ha ocupado una alta posición social, me detuvo, diciéndome con voz trémula:

-¡Ay, Amalia! Usted no sabe lo que me pasa; si ahora no me quito la vida, no me la quitaré nunca.

Yo, que iba sonriendo interiormente dando gracias al cielo de que María iba a ser una sonrisa de la vida, al verme con Ángela y contem­plar su tristeza, descendí tan rápidamente de un cielo sin nubes a un abismo sin fondo, que mirando a mi interlocutora con dolorosa sorpre­sa, le dije:

-Sentémonos: no tengo fuerzas para escuchar de pie lo que usted sin duda querrá contarme.

Ángela me miró con agradecimiento: la contemplé de nuevo, y no he visto condenado en los retablos de ánimas que revelara en su rostro mayor sufrimiento que el que en el semblante de aquella mujer se re­velaba. Todas sus facciones estaban contraídas por la ira y el dolor; sus ojos hundidos tenían un círculo rojizo, mal peinada, peor vestida, todo en ella acusaba la miseria y el abandono.

-¿Se acuerda usted de mi hija? -me preguntó con voz angustiada.

-¿De Sara? Ya lo creo, y aunque hace mucho tiempo que no la he visto, recuerdo perfectamente que era un niña preciosa y que ahora in­dudablemente será una joven encantadora.

-¡Ay! Si usted la viera no la conocería: no parece ni su sombra; se hundió en el fango, y en él morirá. Satanás, el mismo Satanás en figura de hombre me la robó. Un miserable, un ser degradado, envilecido, encenagado en todos los vicios, siendo el más dominante la embria­guez, logró enloquecerla, y huyó con él, y... ¡viajan a pie!... como los mendigos y los criminales que van de tránsito, y si ella tiene momen­tos de remordimiento, y quiere romper la cadena del vicio, y pedir mi­sericordia en algún asilo benéfico, él no lo consiente, la maltrata cruel­mente y le dice: «No, tú has de seguir conmigo; conmigo has de sufrir el hambre y la sed, el cansancio y el desfallecimiento. Yo no quiero estar solo, ne­cesito alguien que escuche mis maldiciones; sólo la muerte te librará de mí.» Y van de un punto a otro mendigando su sustento, durmiendo en las covachas, donde pueden. De aquella niña de cutis de raso y mejillas aterciopeladas, ¡nada queda!... parece una momia, y la lepra la consu­me. Vino anoche a refugiarse en mi casa, y a la madrugada ya él había venido completamente borracho, y revólver en mano la obligó a se­guirle: no sé dónde se encontrará ahora.

-Pero, señora, ¿no hay justicia en la Tierra?, ¿cómo no da usted parte al gobernador?

-Ya lo hice; pero no sé en qué consiste que nunca los encuentran. ¡Usted no sabe lo que es ese hombre! Parece mentira que pertenezca a pina gran familia, porque, crea usted, ¡es noble!, ¿verdad que parece in­ creíble? ¡Le digo a usted que estoy loca pensando siempre en mi hija, que si grande fue su culpa, bien horrible es su castigo!...

Mientras Ángela hablaba, pensaba yo en María, en la niña rodeada de atavíos de novia, y decía mentalmente: ¡Allí está el cielo, allí la vir­tud, allí la joven casta y pura esperando el feliz momento de comenzar a hacer la felicidad de una nueva familia, mientras que el cuadro que me pinta esta infeliz, es el infierno de la prostitución, la condenación de la mujer perdida, el vicio encanallado, el infierno de la vida, positi­vo, real, innegable...! ¡Qué transición tan brusca! ¡Qué cambio de impresiones tan vio­lentas para mi espíritu!... De la luz esplendente al abismo de las tinie­blas; de lo que hay más risueño y más puro en la Tierra, a lo más baju­no, abyecto y repugnante.

Miré a aquella mujer, sintiendo por ella compasión y repulsión a la vez. Creíme dichosa cuando la vi alejarse, y reflexioné que nada había de común entre las dos. Entre los horrores del vicio, entre las escorias de los que viven fue­ra de las leyes morales, y la melancólica y serena monotonía de mi existencia, hay mil mundos de por medio; no vivo en un cielo como vi­viría indudablemente María; pero estoy lejos, muy lejos de los tormen­tos del infierno, en el cual se han hundido Ángela y su hija, la infeliz Sa­ra.

¡Pobre joven! Cuando yo la conocí era una niña, con la mirada lím­pida, las mejillas sonrosadas y la sonrisa de la inocencia entreabriendo sus labios rojos como la flor del granado; hoy, hoy está enferma, en el último grado de la miseria y de la degradación, cruzando la Tierra co­mo el criminal más miserable. ¡Qué destino fatal el suyo! ¡Ah! Leyes desconocidas, pero leyes justas, deberían regular las horas de estas dos existencias diametralmente opuestas. ¡Siempre habrá cielos para las almas virtuosas! ¡Siempre habrá infiernos para los espíritus corrompi­dos! ¡,Cuál será el epílogo de ambas mujeres? Casi se adivina. El cielo de María se poblará de pequeños ángeles. El infierno de Sara será la soledad y el remordimiento. Su condena­ción terminará probablemente en el lecho de un hospital.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Cuentos espiritistas"