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Hipólito
León Denizard Rivail nació en la ciudad de Lyón, Francia, el 3 de octubre
de 1804. Provenía de familia católica, y hasta casi cumplir los doce años
de edad cursó los primeros estudios en su ciudad natal, más al completar
los mismos en Yverdun, Suiza, donde concurrió al Instituto de Educación
Pestalozzi, recibió una fuerte influencia protestante. Buena parte de sus
antepasados se habían destacado en la magistratura, pareciendo que el
joven Rivail había de seguir el mismo rumbo de sus mayores. Pero nada más
desacertado, pues sus inclinaciones vocacionales fueron las ciencias y la
filosofía, pero fundamentalmente la pedagogía.
En Yverdun se convirtió en discípulo eminente y colaborador eficaz del
célebre pedagogo Pestalozzi, a quien llegó a reemplazar en la dirección
del Instituto cuando éste se ausentaba a otros países con la finalidad de
fundar otros organismos educacionales ajustados al método revolucionario
por él creado. Era bachiller en letras y ciencias y realizó estudios de
medicina, sin llegarse a comprobar a ciencia cierta, hasta ahora, si
alcanzó a doctorarse en este arte ciencia. Era también un filólogo
distinguido que conocía a fondo y hablaba correctamente el inglés, el
italiano, el español, el holandés y el alemán, traduciendo para la lengua
de Goethe varias obras de educación y moral, entre las que figuraban unas
de Fenelón que lo habían atraído.
Luego de finalizado sus estudios en Suiza junto a Pestalozzi, Rivail
regresó a Francia y de inmediato, siguiendo las huellas de su maestro, se
abocó a la tarea educacional, lanzando en 1824, como lo documenta el
escritor brasileño Zêus Wantuil, es decir, a los diecinueve o veinte años
de edad, el primero de sus libros: Curso Práctico y Teórico de Aritmética,
según e1 método de Pestalozzi, con modificaciones.Con este libro se
convirtió en Francia en la mayor autoridad en lo referente al método
educativo de Pestalozzi, y dicho libro se siguió reeditando hasta 1876,
siete años después de su desencarnación, además de otras obras de
educación que publicó más tarde, algunas de ellas adoptadas por la misma
Universidad de Francia. En 1828 dio a publicidad: Plan propuesto para el
mejoramiento de la instrucción pública. Más tarde, en 1831, la Academia
Real de Arras lo premió por un trabajo presentado en concurso, el que
intituló: ¿Cuál es el sistema de estudios más en armonía con las
necesidades de la época? Ese mismo año comenzó a circular su Gramática
francesa clásica, obra didáctica en la que Rivail muestra -según el
autorizado estudioso doctor Canuto Abreu- "poseer sólidos conocimientos de
las lenguas latina, griega, gálica y las neorrománicas, afirmando su
reputación de profesor emérito".
Otras obras fueron apareciendo sucesivamente como frutos de sus desvelos
de educador: Manual de los exámenes para los diplomas de capacidad, en
1845; Catecismo gramatical de la lengua francesa, en 1848; Programa de los
cursos usuales de química, física, astronomía y fisiología, en 1849, el
que resumía los cursos que dictaba en el Liceo Polimático; editando más
tarde los Dictados normales de los exámenes del Ayuntamiento y la Sorbona,
acompañados de Dictados especiales sobre las dificultades ortográficas.
Por tanto, mucho antes que el Espiritismo hiciera mundialmente famoso al
seudónimo de Allan Kardec, el profesor Rivail había demostrado poseer una
sólida cultura y sus obras eran las de un auténtico maestro de la
pedagogía moderna, razones que veremos ampliadas en la Vida y obra de
Allan Kardec, de André Moreil. El 6 de febrero de 1832, cuando contaba
veintiocho años de edad, Rivail contrae enlace con la señorita y profesora
también, Amelia Gabriela Boudet. Ella le llevaba nueve años, pero
demostraba diez menos que él, pues tenía a la sazón treinta y siete anos
de edad, dado que había nacido el 23 de noviembre de 1795. Por ese tiempo
Rivail era director del Instituto Técnico Pedagógico (sistema Pestalozzi)
de la calle Sevres 35, en París. El socio de Rivail era su tío materno,
quien adolecía de la pasión del juego, motivo que le ocasionó grandes
pérdidas de dinero y la ruina de su sobrino. El profesor Rivail solicitó
entonces la liquidación del Instituto, del cual quedaron 45.000 francos
para cada uno de los socios. Esa cantidad fue depositada por los esposos
Rivail en manos de uno de sus íntimos amigos, comerciante, quien realizó
muy malas operaciones que lo llevaron a la quiebra, sin dejar nada para
los acreedores. Estaba lejos de ser próspero el futuro del ayer joven
estudiante eximido del servicio militar, pero su labor de educacionista
(ésta es la profesión que hace figurar en su acta de casamiento), la
atención de tres contabilidades que llevaba y el éxito de sus obras
didácticas, tuvieron la virtud de recuperarlo económicamente. En este
período que va de 1835 a 1840 organizó en su morada de la calle Sèvres
cursos gratuitos de química, física, astronomía y anatomía comparada.
Prosiguiendo su carrera pedagógica, el profesor Rivail hubiera podido
vivir feliz, honrado y tranquilo, rehecha su fortuna merced a una labor
fervorosa y al brillante éxito que coronaba sus esfuerzos, pero su destino
le llamaba a una más pesada tarea, a una obra mayor que habría de
mostrarlo siempre a la altura y dignidad de ella.
En 1854, el profesor Rivail oyó hablar por primera vez de las mesas
giratorias a su amigo Fortier, magnetizador, con quien mantenía relaciones
por motivos de sus estudios sobre magnetismo, los que realizaba desde los
diecinueve años. Fortier le dijo un día: "He aquí una cosa extraordinaria;
no solamente se hace girar una mesa, magnetizándola, sino que se la hace
hablar: se la interroga y ella contesta". "Esto -respondió Rivail- es otra
cuestión; yo creeré en ello cuando lo vea y se me haya probado que una
mesa tiene cerebro para pensar, nervios para sentir y que pueda
convertirse en sonámbula. Hasta entonces, permitidme que no vea en ello
más que un cuento para niños".
Tal era en los comienzos el estado de espíritu del profesor Rivail. Así le
veremos a menudo. No niega nada por prejuicio; pero pide y busca pruebas,
quiere ver y comprobar para creer.
En este lapso que transcurre entre 1854 y 1856 se abre un nuevo horizonte
ante los ojos del pensador profundo y del observador sagaz. Es la etapa en
que el nombre de Rivail va a dejar lugar al de Allan Kardec, que se
comienza ya a gestar.
Estamos en mayo de 1855 y Rivail se encuentra en la casa de Roger,
excelente sonámbula. Se hallan también Saint René Taillandier, Fortier,
Pâtier y la señora Plainemaison, nombres que deben ser reconocidos con la
veneración que merecen: Son los que comparten la iniciación con el
Maestro. A Rivail le impresiona el sereno y convencido criterio de Pâtier
funcionario público de amplia consideración, el que le habla de los
Espíritus y de las respuestas que ofrecen a sus preguntas. Luego de esto
Rivail fue invitado a las sesiones que tenían lugar en la casa de la
señora Plainemaison, calle Grange Batelière 18, de París. "Allí fue donde
por primera vez presencié el fenómeno de las mesas giratorias que saltaban
y corrían, y ello en condiciones tales que la duda era imposible" -escribe
el futuro Codificador-. Es aquí donde Rivail traba relación y amistad con
la familia Baudin, a cuyas sesiones familiares es invitado. "Fue allí
-expresa- donde hice mis primeros estudios sobre Espiritismo, todavía más
por observación propia que por revelación. Apliqué a esta nueva ciencia,
como era mi costumbre el método experimental. Jamás senté una teoría
preconcebida; observé atentamente, comparé y deduje consecuencias. De los
efectos procuré remontarme a las causas por la deducción y el
encadenamiento lógico de los hechos. [...] Así había procedido en mis
trabajos anteriores, desde la edad de quince a dieciséis años. Desde el
primer momento me di cuenta de la gravedad de la exploración que iba a
emprender; entreví en aquellos fenómenos la clave del problema tan oscuro
y controvertido sobre el pasado y el porvenir de la humanidad, la solución
de lo que había buscado toda mi vida; en una palabra, comprendí que se
trataba de una revolución en las ideas y en las creencias; me era preciso
proceder con circunspección y no a la ligera; ser positivista y no
idealista, para no dejarme llevar de mis propias ilusiones".
Con todo, Rivail estuvo a punto de abandonar estos estudios, absorbido por
otras ocupaciones; y eso hubiera hecho de no ser las reiteradas
solicitudes de los señores Carlotti, destacado lingüista con quien
mantenía una amistad de veinticinco años; Taillandier, literato, doctor en
letras y más tarde miembro de la Academia Francesa; Tiedeman Manthèse,
filósofo holandés y primo hermano de la reina de Holanda; Antonio Leandro
Sardou, profesor lexicógrafo y autor de varias obras escolares; su hijo
Victoriano Sardou, entonces joven estudiante de medicina y más tarde
médium dibujante, famoso dramaturgo y miembro de la Academia Francesa;
además de Pedro Pablo Didier, futuro editor de sus obras e impulsor de la
famosa Librería Académica, quien seguía desde cinco años el estudio de
tales fenómenos. Estas personalidades habían reunido cincuenta cuadernos
de comunicaciones diversas que era preciso estudiar y catalogar.
Conociendo la capacidad de síntesis de Rivail, entregaron a éste los
mismos, pidiéndole analizarlos y cotejarlos en base a un plan orgánico.
Rivail puso manos a la tarea: Tomó los cuadernos, los anotó
cuidadosamente, suprimió las repeticiones y puso en su lugar los dictados
de cada sesión. "Hasta entonces -dice él mismo- las sesiones en casa de la
familia Baudin no tenían objeto determinado. Yo me propuse hallar en ellas
la solución de los problemas que me interesaban desde el punto de la
filosofía, de la psicología y la naturaleza del Mundo Invisible. Llegaba a
cada sesión con una serie de preguntas preparadas y ordenadas
metódicamente, y siempre me eran contestadas con precisión, profundidad y
lógica abundante". [...] "Huelga decir que, precisamente, estas
comunicaciones desarrolladas y completadas luego formaron la base de El
Libro de los Espíritus".
En 1856 Rivail asistió a reuniones mediúmnicas que tenían lugar en casa
del señor Roustan, con la señorita Japhet, sonámbula, como médium que
obtenía interesantes comunicaciones. Por intermedio de ella hizo
revisarlas obtenidas anteriormente. Kardec manifiesta que no quedó del
todo satisfecho con esta revisión, lo que lo movió a consultar a otros
médiums, siendo el caso que en preguntas espinosas de El Libro de los
Espíritus han llegado a colaborar hasta diez médiums distintos, como
manifiesta en dicho libro.
Cuando todo le pareció ser la expresión clara de la Doctrina, Rivail
publicó el libro que salió a luz el 18 de abril de 1857, en París, con el
seudónimo de Allan Kardec, su nombre de otra existencia anterior entre los
druidas. Esta primera edición constaba de 501 preguntas. Ella se agotó en
pocos días, lo que obligó a reeditarla en su forma actual de 1018
preguntas, es decir, corregida y sumamente aumentada.
Esta obra madre del Espiritismo forma parte del Pentateuco Espirita, el
que se integra con los siguientes libros que le sucedieron a aquel
inicial:
El Libro de los Médiums, (1861); Imitación del Evangelio según el
Espiritismo, (abril de 1864), modificado luego este título original por el
de El Evangelio según el Espiritismo; El Cielo y el Infierno o la Justicia
Divina según el Espiritismo, (1° de agosto de 1865) y El Génesis, los
Milagros y las Profecías según el Espiritismo, (enero de 1868); más tres
obras de introducción: Instrucción Práctica sobre las Manifestaciones
Espiritas, (1858); Qué es el Espiritismo, (1859), y El Espiritismo en su
más simple expresión, (1862), además de una complementaria: Obras
Póstumas, (1890). Fundó la Revista Espirita en enero de 1858, la que
dirigió bajo su responsabilidad hasta la fecha de su desencarnación, el 31
de marzo de 1869 y constituyó la Sociedad Parisiense de Estudios Espiritas
el 1° de abril de 1858.
Por su gigantesca y trascendente labor de estructurar en escasos tres
lustros el Código Espirita, o Tercera Revelación, demarcando con él un
nuevo curso evolutivo al género humano, no dudamos que en los siglos
venideros habrá de expresarse con toda justicia: Antes o después de
Kardec; antes o después del Espiritismo.
Discurso sobre la tumba de Allan Kardec 2 abril de 1869
Camille Flammarion
Allan Kardec Murió el 31 de Marzo de 1869, y fue inhumado en entierro
civil el 2 de abril, en el cementerio del Norte.
Señores: Accediendo gustoso a la simpática
invitación de los amigos del pensador laborioso, cuyo cuerpo terrestre
yace en este momento a nuestros pies, recuerdo un triste día del mes de
diciembre de 1865. Pronuncié entonces supremas palabras de despedida en la
tumba del fundador de la Librería Académica, del honorable Didier, que,
como editor, fue el colaborador convencido de Allan Kardec en la
publicación de las obras fundamentales de una doctrina que le era querida,
quien murió también de repente, como si el cielo hubiese deseado evitar a
estos dos espíritus íntegros el embarazo filosófico de salir de esta vida
por el camino diferente del vulgarmente seguido. Igual reflexión es
aplicable a la muerte de nuestro antiguo colega Jobart, de Bruselas.
Mi tarea de hoy es todavía mayor, porque quisiera representar al
pensamiento de los que me oyen, y al de los millones de hombres que en
toda Europa y América se han ocupado del problema aún misterioso de los
fenómenos llamados espiritistas. Quisiera, digo, poder representarles el
interés científico y el porvenir filosófico del estudio de esos fenómenos
(al que se han entregado, como nadie ignora, hombres tan eminentes entre
nuestros contemporáneos). Me placería hacerles entrever los desconocidos
horizontes que se abrirán al pensamiento humano, a medida que éste
extienda el conocimiento positivo de las fuerzas naturales, que a nuestro
alrededor funcionan. Demostrarles que semejantes comprobaciones son el más
eficaz antídoto contra el cáncer del ateísmo, que parece ensañarse
particularmente en nuestra época de transición, y atestiguar, en fin, de
un modo público, el inmenso servicio que prestó a la filosofía el autor de
El Libro de los Espíritus, despertando la atención y la discusión sobre
hechos que hasta entonces pertenecían al mórbido y funesto dominio de las
supersticiones religiosas.
En efecto, sería importante establecer aquí, ante esta tumba elocuente,
que el examen metódico de los fenómenos llamados sin motivo
sobrenaturales, lejos de renovar el espíritu supersticioso y de amenguar
la energía de la razón, destruye, por el contrario, los errores y las
ilusiones de la ignorancia, favoreciendo más el progreso que la ilegítima
negación de los que no quieren tomarse el trabajo de ver. Más no es este
lugar para abrir el campo a una discusión irrespetuosa. Concretémonos
únicamente a dejar caer de nuestros pensamientos en la faz impasible del
hombre que duerme ante nosotros, testimonios de afecto y sentimientos de
pesar, que queden en su tumba y a su alrededor como un bálsamo del
corazón. Y puesto que sabemos que su alma eterna sobrevive a esos despojos
mortales, como a ellos preexistió; puesto que sabemos que indestructibles
lazos unen nuestro mundo visible al invisible; puesto que su alma existe
hoy como hace tres días, y puesto que no es imposible que actualmente se
encuentre aquí, delante de nosotros; digámosle que no hemos querido ver
desaparecer su imagen corporal y encerrarla en el sepulcro sin honrar
unánimemente sus trabajos y su memoria, sin pagar un tributo de gratitud a
su encarnación terrestre, tan útil y dignamente empleada.
Ante todo trazaré rápidamente las principales líneas de su carrera
literaria.
Muerto a la edad de 65 años, Allan Kardec, Léon Hipolite Denizard Rivail,
había consagrado la primera parte de su vida a escribir obras clásicas
elementales, destinadas especialmente al uso de los institutores de la
juventud. Cuando hacia 1850 las manifestaciones, al parecer nuevas, de las
mesas giratorias, golpes sin causa ostensible y movimientos inusitados de
objetos y muebles empezaron a llamar la atención pública, determinando aun
en las imaginaciones aventureras una especie de fiebre, debida a la
novedad de esos experimentos; Allan Kardec, estudiando a la par el
magnetismo y sus extraños efectos, siguió con la mayor paciencia y
juiciosa clarividencia los experimentos y numerosas tentativas hechas por
entonces en París. Recogió y ordenó los resultados obtenidos por esa larga
observación, y con ellos organizó el cuerpo de doctrina publicado en 1857
en la primera edición de El Libro de los Espíritus. Todos vosotros sabéis
la acogida que mereció esa obra en Francia y en el extranjero.
Habiéndose tirado hasta la fecha su decimosexta edición, ha propagado
entre todas las clases ese cuerpo de doctrina elemental, que, en su
esencia, no es nuevo, puesto que la escuela de Pitágoras en Grecia y la de
los druidas en nuestra Galia enseñaban esos principios, pero que tomaban
una verdadera forma de actualidad por su correspondencia con los
fenómenos. Después de esta primera obra, aparecieron sucesivamente El
Libro de las Médiums o Espiritismo experimental, ¿Qué es el Espiritismo? o
compendio en forma dialogada, El Evangelio según el Espiritismo, El Cielo
y el Infierno, El Génesis, y la muerte ha venido a sorprenderle en los
momentos en que, su infatigable actividad, escribía una obra sobre las
relaciones del magnetismo y del Espiritismo.
Por medio de la Revista Espírita y de la Sociedad de Paris, cuyo
presidente era, se había constituido hasta cierto punto en centro al cual
todo convergía, en lazo de unión de todos los experimentadores. Hace
algunos meses, presintiendo su fin próximo, preparó las condiciones de
vitalidad de esos mismos estudios para después de su desencarnación, y
estableció el Comité Central que le sucede.
Allan Kardec despertó rivalidades, creó una escuela bajo la forma un tanto
personal, y aún existe cierta división entre los "espiritualistas" y los
"espiritistas". En adelante, señores (tales, por lo menos, son los votos
de los amigos de la verdad), debemos estar unidos todos por una
solidaridad confraternal, por los mismos esfuerzos encaminados a la
dilucidación del problema, por el general e impersonal deseo de lo
verdadero y de lo bueno.
Se le ha argüido, señores, a nuestro digno amigo Allan Kardec, a quien hoy
tributamos los últimos obsequios, que no era lo que se llama un sabio, que
no fue ante todo, físico, naturalista o astrónomo, sino que prefirió
constituir primeramente un cuerpo de doctrina moral, sin haber antes
aplicado la discusión científica a la realidad y naturaleza de los
fenómenos. Quizá es preferible que así hayan empezado las cosas. No
siempre debe rechazarse el valor del sentimiento. ¡Cuántos corazones no
han sido consolados por esa creencia religiosa! ¡Cuántas lágrimas
enjugadas! ¡Cuántas ciencias abiertas a los destellos de la belleza
espiritual! No todos son felices en la Tierra. Muchos son los afectos
quebrantados y muchas las almas narcotizadas por el escepticismo. ¿Y es
por ventura poca cosa haber despertado el espiritualismo en tantos seres
que flotaban en la duda, y que no apreciaban ni la vida física ni la
intelectual? Si Allan Kardec hubiese sido hombre de ciencia, no hubiera
podido indudablemente prestar ese primer servicio, ni dirigir a lo lejos
aquélla como invitación a todos los corazones. Él era lo que llamaré
sencillamente "el sentido común encarnado". Razón juiciosa y recta,
aplicaba sin olvido a su obra permanente las íntimas indicaciones del
sentido común. No era ésta una pequeña cualidad en el orden de cosas que
nos ocupan; era, podemos asegurarlo, la primera entre todas, y la más
preciosa, aquella sin la cual no hubiese podido llegar a ser popular la
obra ni echar tan profundas raíces en el mundo. La mayor parte de los que
se han consagrado a semejantes estudios han recordado haber sido en su
juventud, o en ciertas circunstancias especiales, testigos de
inexplicables manifestaciones, y pocas son las familias que no hayan
observado en su historia testimonios de este orden. El primer paso que
debía darse, pues, era el de aplicar la razón firme del sentido común a
esos recuerdos, y examinarlos según los principios del método positivo.
Según lo previó el mismo organizador de este estudio lento y difícil,
actualmente debe entrar en su período científico. Los fenómenos físicos,
en los cuales no se ha insistido, deben ser objeto de la crítica
experimental, sin la que no es posible ninguna comprobación seria. Este
método experimental, al que debemos la gloria del progreso moderno y las
maravillas de la electricidad y del vapor; este método debe apoderarse de
los fenómenos del orden todavía misterioso a que asistimos, disecarlos,
medirlos y definirlos.
Porque, señores, el Espiritismo no es una religión, sino una ciencia de la
que apenas sabemos el abecedario. El tiempo de los dogmas ha concluido. La
Naturaleza abraza al Universo, y el mismo Dios, que en otras épocas fue
hecho a semejanza del hombre, no puede ser considerado por la metafísica
moderna más que como un espíritu en la Naturaleza. Lo sobrenatural no
existe, las manifestaciones obtenidas con la intervención de los médiums,
lo mismo que las del magnetismo y sonambulismo, son del orden natural y
deben ser sometidas severamente a la comprobación de la experiencia. Los
milagros han concluido. Asistimos a la aurora de una ciencia desconocida.
¿Quién puede prever las consecuencias a que, en el mundo del pensamiento,
conducirá el estudio positivo de esta nueva psicología?
La ciencia rige al mundo, y no ha de ser extraño, señores, a este discurso
fúnebre, notar su obra actual y las nuevas inducciones que precisamente
nos revela bajo el punto de vista de nuestras investigaciones. En ninguna
época de la historia ha desarrollado la ciencia, ante la mirada atónita
del hombre, tan grandiosos horizontes. Hoy sabemos que la Tierra es un
astro, y que nuestra vida actual se realiza en el cielo.
Por medio del análisis de la luz conocemos los elementos que arden en el
Sol y en las estrellas, a millones, a trillones de leguas de nuestro
observatorio terrestre. Por medio del cálculo, poseemos la historia del
cielo y de la Tierra, así en su remoto pasado como en su porvenir, que no
existen para las leyes inmutables. Por medio de la observación, hemos
pesado las tierras celestes que gravitan en el espacio. El globo donde
moramos se ha convertido en un átomo estelar que vuela por el espacio en
medio de infinitas profundidades, y nuestra misma existencia en este globo
se ha convertido en una fracción infinitesimal de nuestra vida eterna.
Pero lo que con justo título puede impresionarnos más aún, es este
maravilloso resultado de los trabajos físicos hechos en estos últimos
años, a saber: que vivimos en medio de un mundo invisible que
incesantemente se está manifestando en torno nuestro.
Sí, señores; ésta es para nosotros una inmensa revelación. Contemplad, por
ejemplo, la luz que en este momento derrama por la atmósfera ese brillante
Sol, contemplad ese suave azul de la bóveda celeste, reparad en esos
efluvios de aire tibio que acarician vuestro rostro, mirad esos monumentos
y esa Tierra; pues bien, a pesar de tener ojos, no vemos lo que aquí está
pasando. Sobre cien rayos emanados del Sol, únicamente una tercera parte
es accesible a nuestra vista, ya sea directamente, ya reflejada por todos
esos cuerpos. Las dos terceras partes restantes existen y obran alrededor
nuestro, pero de un modo, aunque real, invisible. Sin ser luminosos para
nosotros, son cálidos, y mucho más activos aún que los que, impresionan
nuestra vista, pues ellos son los que vuelven las flores hacia el Sol, los
que producen todas las acciones químicas (Nuestra retina es insensible a
esos rayos, pero otras sustancias, por ejemplo, el yodo y las sales de
plata, los perciben. Se ha fotografiado el aspecto solar químico, que no
ve nuestro ojo. La plancha del fotógrafo, además, no presenta nunca imagen
alguna visible, al salir de la cámara oscura, aunque la posea, pues su
aparición se debe a una operación química.), y ellos son también los que
levantan, bajo una forma igualmente invisible, en la atmósfera, el vapor
de agua para con él formar las nubes, ejerciendo así a nuestro alrededor,
incesantemente, de una manera oculta y silenciosa, una fuerza colosal,
mecánicamente equivalente al trabajo de muchos millares de caballos.
Si los rayos caloríficos y químicos, que obran constantemente en la
Naturaleza, son invisibles para nosotros, se debe a que los primeros no
hieren con bastante prontitud nuestra retina, y a que los segundos la
hieren con prontitud excesiva. Nuestros ojos no ven las cosas más que
entre dos limites, fuera de los cuales nada perciben. Nuestro organismo
terrestre puede compararse a un arpa de dos cuerdas, que son el nervio
óptico y el auditivo. Cierta especie de movimientos hacen vibrar a aquél,
y otra especie de movimientos hacen vibrar a éste. Esta es toda la
sensación humana, más limitada en este punto que la de ciertos seres
vivientes, ciertos insectos, por ejemplo, en los cuales esas mismas
cuerdas de la vista y del oído son más delicadas. Y realmente existen en
la Naturaleza no dos, sino diez, ciento, mil especies de movimientos. La
ciencia física nos enseña, pues, que vivimos en medio de un mundo
invisible para nosotros, y que no es imposible que seres (igualmente
invisibles para nosotros) vivan asimismo en la Tierra, en un orden de
sensaciones absolutamente diferentes del nuestro, y sin que podamos
apreciar su presencia, a menos que no se nos manifiesten con hechos que
entren en nuestro orden de sensaciones.
En presencia de semejantes verdades, ¡cuán absurda y falta de valor parece
la negación a priori! ¿Cuando se compara lo poco que sabemos y la
exigüidad de nuestra esfera de percepción con la cantidad de lo que
existe, no puede menos de concluirse que nada sabemos y que todo hemos de
aprenderlo aún? ¿Con qué derecho pronunciaríamos, pues, la palabra
"imposible", ante hechos que evidenciamos sin poder descubrir su causa
única?
La ciencia nos ofrece horizontes tan autorizados como los precedentes
sobre los fenómenos de la vida y de la muerte, y sobre la fuerza que nos
anima. Bástanos observar la circulación de las existencias.
Todo es metamorfosis. Arrebatados en su eterno curso, los átomos
constitutivos de la materia pasan sin cesar de uno a otro cuerpo, del
animal a la planta, de la planta a la atmósfera, de la atmósfera al
hombre, y nuestro mismo cuerpo, durante toda nuestra vida, cambia
incesantemente de sustancia constitutiva, como la llama sólo brilla por la
incesante renovación de elementos. Y cuando el alma se ha desprendido de
ese mismo cuerpo, tantas veces transformado ya durante la vida, entrega
definitivamente a la Naturaleza todas sus moléculas para no volverlas a
tomar más. Al dogma inadmisible de la resurrección de la carne, le ha
sustituido la elevada doctrina de la trasmigración de las almas.
He ahí el sol de abril que fulgura en los cielos, inundándonos con su
primer rocío colorescente. Ya las campiñas salen de su sueño, ya aparecen
las primeras flores, ya florece la primavera, sonríe el azul celeste, y la
resurrección se opera; y esa nueva vida, sin embargo, sólo en la muerte se
origina, y ruinas encubre únicamente. ¿De dónde procede la savia de esos
árboles que reverdecen en este campo de los muertos? ¿De dónde la humedad
que nutre sus raíces? ¿De dónde todos los elementos que harán nacer, a las
caricias de mayo, las florecillas silenciosas y las cantadoras avecillas?
¡De la muerte!..., señores..., ¡de esos cadáveres envueltos en la
siniestra noche de las tumbas!... Ley suprema de la Naturaleza, el cuerpo
material no es más que un agregado transitorio de partículas que no le
pertenecen, y que el alma ha reunido, siguiendo su propio tipo, para
crearse órganos que la pusiesen en relación con nuestro mundo físico. Y
mientras así, y pieza por pieza, se renueva nuestro cuerpo por medio del
cambio perpetuo de materias, mientras que, como una masa inerte, cae un
día para no levantarse más, nuestro espíritu, ser personal, ha conservado
perennemente su identidad indestructible, ha reinado como soberano sobre
la materia que le revestía, estableciendo de tal modo, por medio de este
hecho constante y universal, su personalidad independiente, su esencia
espiritual no sometida al imperio del espacio y del tiempo, su grandeza
individual, su inmortalidad.
¿En qué consiste el misterio de la vida? ¿Qué lazos unen el alma al
organismo? ¿Por qué desenlace se separa de él? ¿Bajo qué forma y con qué
condiciones existe después de la muerte? ¿Qué recuerdos, qué afectos
conserva? ¿Cómo se manifiesta? He aquí, señores, problemas lejos aún de
estar resueltos, y cuyo conjunto constituirá la ciencia psicológica del
porvenir. Ciertos hombres pueden negar tanto la existencia del alma como
hasta la de Dios, afirmar que la verdad moral no existe, que no hay leyes
inteligentes en la Naturaleza, y que nosotros, los espiritualistas, somos
juguete de una ilusión enorme. Otros pueden, por el contrario, declarar
que conocen la esencia del alma humana, la forma del Ser Supremo, el
estado de la vida futura, y tratarnos de ateos porque nuestra razón se
resiste a su fe. Ni los unos ni los otros impedirán, señores, que estemos
frente a los más grandes problemas, que nos interesemos en estas cosas
(que muy lejos están de sernos extrañas), y que tengamos el derecho de
aplicar el método experimental de la ciencia contemporánea a la
investigación de la verdad.
Por el estudio positivo de los efectos nos remontamos a la apreciación de
las cosas. En el orden de los estudios reunidos bajo la denominación
genérica de "Espiritismo" los hechos existen, pero nadie conoce su modo de
producción. Existen tan realmente como los fenómenos eléctricos, luminosos
y caloríficos; pero no conocemos, señores, ni la biología, ni la
fisiología. ¿Qué es el cuerpo humano? ¿Qué el cerebro? ¿Qué la acción
absoluta del alma? Lo ignoramos, e igualmente ignoramos la esencia de la
electricidad y de la luz. Es, pues, prudente observar sin prevención esos
hechos, y procurar determinar sus causas, que son, acaso, de diversas
especies y más numerosas de lo que hasta ahora hemos sospechado. No
comprendan, en buena hora, los de vista limitada por el orgullo o por la
preocupación, no comprendan estos ansiosos deseos de mis pensamientos
ávidos de conocer, y escarnezcan o anatematicen esta clase de estudios;
nada importa, yo levantaré a mayor altura mis contemplaciones...
¡Tú fuiste el primero, oh, maestro y amigo!, tú fuiste el primero que,
desde el principio de mi carrera astronómica, demostraste una viva
simpatía hacia mis deducciones relativas a la existencia de humanidades
celestes: porque tomando en tus manos el libro de la Pluralidad de mundos
habitados, lo colocaste inmediatamente en la base del edificio doctrinario
que entreveías. Con suma frecuencia departíamos juntos sobre esa vida
celeste y misteriosa. Actualmente, ¡oh alma!, tú sabes por una visión
directa en qué consiste esa vida espiritual, a la cual todos regresaremos,
y que olvidamos durante esta existencia.
Ahora tú ya has regresado a ese mundo de donde hemos venido, y recoges el
fruto de tus estudios terrestres. Tu envoltura duerme a nuestras plantas,
tu cerebro se ha extinguido, tus ojos están cerrados para no volverse a
abrir, tu palabra no se dejará oír más... Sabemos que todos llegaremos a
ese mismo último sueño, a la misma inercia, al mismo polvo. Pero no es en
esa envoltura en la que ponemos nuestra gloria y esperanza. El cuerpo cae,
el alma se conserva y regresa al espacio. Nos volveremos a encontrar en un
mundo mejor, y en el cielo inmenso en que se ejercitarán nuestras más
poderosas facultades, continuaremos los estudios para cuyo abarcamiento
era la Tierra teatro demasiado reducido. Preferimos saber esta verdad a
creer que yaces totalmente en ese cadáver, y que tu alma haya sido
destruida por el cese del juego de un órgano. La inmortalidad es la luz de
la vida, como ese brillante Sol es la de la Naturaleza.
Hasta la vista, querido Allan Kardec, hasta la vista.
Aportado por Jordi Canals |