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Intervención de Dios en las penas PDF Imprimir E-mail
Allan Kardec
Escrito por Administrador   
Martes, 29 de Septiembre de 2009 15:57

Intervención de Dios en las penas y recompensas

963 – ¿Dios se ocupa personalmente de cada hombre? ¿No es muy grande y nosotros muy pequeños para que cada individuo en particular tenga alguna importancia a sus ojos?
– Dios se ocupa de todos los seres que ha creado, por pequeños que sean; nada es demasiado pequeño para su bondad.

964 – ¿Necesita Dios ocuparse de cada uno de nuestros actos para recompensarnos o castigarnos, y no son insignificantes para él la mayor parte de esos actos?
– Dios tiene sus leyes que regulan todas vuestras acciones; si las violáis, falta vuestra es. Es indudable que, cuando un hombre comete un exceso, Dios no pronuncia un fallo contra él para decirle, por ejemplo: Has sido glotón, voy a castigarte; pero ha trazado un límite. Las enfermedades y con frecuencia la muerte son consecuencias de los excesos: Este es el castigo, que resulta de la infracción de la ley. En todo sucede lo mismo. Todas nuestras acciones están sometidas a las leyes de Dios.

No hay ninguna, por insignificante que nos parezca, que no pueda ser una violación de semejantes leyes. Si soportamos las consecuencias de esa violación, no debemos imputarla a otro, sino a nosotros mismos que nos constituimos así en artífices de nuestra dicha o desdicha futura. Esta verdad se hace sensible por medio del siguiente apólogo: “Un padre da a su hijo educación e instrucción, es decir, los medios de saber conducirse. Le cede un campo para que lo cultive, y le dice: He aquí las reglas a seguir y además aquí tienes todos los aperos necesarios para que, haciendo fértil ese campo, asegures tu subsistencia. Te he dado instrucción para que comprendas semejantes reglas; si las sigues, tu campo te producirá mucho y te asegurará el descanso en la ancianidad; de lo contrario, nada te producirá y morirás de hambre. Dicho esto, le deja obrar a su voluntad.” ¿No es cierto que el campo producirá en razón de los cuidados que se empleen en el cultivo, y que toda negligencia redundará en perjuicio de la cosecha? El hijo será, pues, en su ancianidad feliz o infeliz según que haya seguido o descuidado las reglas que su padre le ha trazado. Dios es más previsor aún; porque nos advierte a cada instante si hacemos mal o bien, y nos envía a los Espíritus para inspirarnos, pero no los escuchamos. Hay también esta diferencia: Dios da siempre al hombre recursos en sus nuevas existencias para reparar sus pasados errores, mientras que el hijo de que hablamos, carece de ellos, si ha empleado mal su tiempo.

Allan Kardec
Extraído del libro "El libro de los espíritus"