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41. – En seguida, Jesús hizo subir a sus discípulos en el barco y les dijo que pasasen antes que Él, a la otra ribera, mientras despedía a la gente. Y después de haberla despedido, subió a un monte solo a orar, y cuando llegó la tarde, se encontró solo en aquel lugar. Entre tanto el barco era fuertemente azotado por la olas en medio del mar, porque el viento estaba en contra. – Mas, a la cuarta vigilia de la noche, vino Jesús hacia ellos andando sobre el mar. (1) Cuando lo vieron andar así sobre el mar, se turbaron y decían: ¡Es un fantasma! Y de miedo comenzaron a gritar.
Pero en seguida Jesús les habló diciendo: ¡Tranquilizaos, soy yo, no temáis! Pedro le respondió: Señor, si eres tu manda que yo vaya a ti caminando sobre las aguas. Jesús le dijo: Ven y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas, para ir hasta Jesús. Pedro viendo el viento recio, tuvo miedo,– y comenzando a hundirse exclamó: ¡Señor, sálvame! Y luego Jesús, extendiéndole la mano, lo agarró y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y habiendo subido al barco, cesó el viento. Entonces los que estaban en el barco, vinieron y le adoraron diciendo: Verdaderamente eres el hijo de Dios, (San Mateo, Cap. XIV, v. de 22 al 33).
42. – Este fenómeno encuentra su explicación natural en los principios expuestos antes, en el Capítulo XIV, N° 43. Ejemplos análogos prueban que no es ni imposible, ni milagroso, puesto que está dentro de las leyes de la Naturaleza. Puede ser producido de dos maneras. Jesús, aunque vivo, pudo aparecer sobre las aguas bajo una forma tangible, mientras que su cuerpo carnal se hallaba en otra parte; esta hipótesis es la más probable. Incluso se pueden reconocer en la narración, ciertos rasgos característicos de la apariciones tangibles. (Cap. XIV, números del 35 al 37). Por otra parte, su cuerpo pudiera haber sido sostenido en las aguas y su peso neutralizado por la misma fuerza fluídica que sostiene una mesa en el aire sin punto de apoyo. El mismo efecto se ha producido muchas veces en cuerpos humanos.
(1) El lago de Genesaret o mar de Tiberíades.
Allan Kardec
Extraído del libro "La Génesis"
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