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Necesidad de la encarnación PDF Imprimir E-mail
Allan Kardec
Escrito por Administrador   
Martes, 07 de Abril de 2009 15:55

25. ¿Es un castigo la encarnación y sólo están sujetos a ella los Espíritus culpables?

El tránsito de los Espíritus por la vida corporal es necesario para que puedan cumplir, con la ayuda de una acción material, los designios cuya ejecución Dios les confió; es necesario para ellos mismos porque la actividad que están obligados a desempeñar ayuda el desarrollo de su inteligencia. Siendo Dios soberanamente justo, debe considerar igualmente a todos sus hijos; por esto da a todos un mismo punto de partida, la misma aptitud, las mismas obligaciones que cumplir y la misma libertad de obrar, todo privilegio sería una preferencia y toda preferencia una injusticia.

Pero la encarnación, para todos los Espíritus, sólo es un estado transitorio; es un deber que Dios les impone al empezar su vida, como primera prueba del uso que harán de su libre albedrío. Los que desempeñan ese deber con celo, pasan rápidamente y con menos pena los primeros grados de iniciación, y gozan más pronto del fruto de sus trabajos.

Por el contrario, aquellos que hacen maluso de la libertad que Dios les concede, retardan su adelanto; asíes que por su obstinación, pueden prolongar indefinidamente la necesidad de reencarnarse, y entonces es cuando la encarnación se torna un castigo.

(SAN LUIS, París, 1859).

26. Nota. Una comparación vulgar hará comprender mejor esta diferencia. El estudiante no obtiene los grados de ciencia sino después de haber recorrido la serie de clases que a ellos conducen. Esas clases, cualquiera que sea el trabajo que exijan, son un medio de alcanzar un fin y no un castigo. El estudiante laborioso abrevia el camino, y encuentra en él menos abrojos; lo contrario sucede al que por pereza o negligencia le obligan a reparar ciertas clases. No es el trabajo de la clase lo que constituye un castigo, sino la obligación de volver a comenzar el mismo trabajo. Así ocurre con el hombre en la Tierra. Para el Espíritu del salvaje, que está casi al principio de la vida espiritual, la encarnación es un medio de desenvolver su inteligencia; pero para el hombre esclarecido, en el cual el sentido moral está ampliamente desarrollado, y que está obligado a comenzar de nuevo las etapas de una vida corporal plena de angustias, mientras que podría haber alcanzado ya el objetivo, es un castigo por la necesidad en que se encuentra de prolongar su morada en los mundos inferiores e infelices.

Por el contrario, aquél que trabaja activamente por su progreso moral, puede no sólo abreviar la duración de la encarnación material, sino vencer, de una sola vez, los grados intermedios que lo separan de los mundos superiores. ¿No podrían los Espíritus encarnarse sólo una vez en el mismo globo y cumplir sus diferentes existencias en esferas diferentes? Esta opinión sólo sería admisible si todos los hombres estuviesen en la Tierra, en el mismo nivel intelectual y moral. Las diferencias que existen entre ellos, desde el salvaje al hombre civilizado, muestran los grados que están llamados a vencer. Por otra parte, la encarnación debe tener un objeto útil; de otro modo, ¿cuál sería el de las encarnaciones efímeras de los niños que mueren en edad temprana? Hubieran sufrido sin provecho para ellos ni para otro; Dios, cuyas leyes son soberanamente sabias, no hace nada inútil.

Mediante la reencarnación en el mismo globo, ha querido que los mismos Espíritus, encontrándose de nuevo en contacto, tuviesen ocasión de reparar sus faltas recíprocas: en razón de sus relaciones anteriores, quiso además, asentar los lazos de familia sobre una base espiritual y apoyar sobre una ley natural los principios de solidaridad, de fraternidad y de igualdad.

Allan Kardec

Extraído del libro "El evangelio según el espiritismo"