Una tumba con antifaz


I

Ya pasó la fiesta de los muertos.
La fúnebre parodia.
El carnaval del sentimiento.

¡Qué dolor tan acomodaticio es el dolor de la generalidad!, tienen su día fijo, sus horas marcadas; el pesar, lo sujetes al número... ¡Y luego diremos que la humanidad no entiende de matemáticas...!

!Cuánto deberán sufrir algunos espíritus contemplando tanta hipocresía y cuánta lástima le tendrán a los actores, que ejecutan la comedia! Yo he visitado bastantes cementerios, exactas fotografías de la ingratitud; porque si tan necesario encuentran los hombres adornar las tumbas, y en un día dado corren presurosos, con ramos de flores, coronas y lámparas, y hasta juguetes, para las sepulturas de los niños, como acostumbran poner en Madrid, ¿por qué luego ese abandono y ese ;olvido...? ¡Ay! si los que mueren no tuvieran más consuelo que el recuerdo de los de aquí! ¡Qué amarga sería la erraticidad...¡ Y ahora que de recuerdos hablamos, uno brota en mi mente, del que se puede escribir una historia, de la cual voy a trazar a grandes rasgos su epilogo, que en todos los dramas de la vida, la última escena es la de más efecto.

II

Cuando murió mi madre, iba yo muchas tardes al cementerio a cubrir su huesa con hermosas flores; entonces mi razón dormía, no creía en nada, quería esperar en algo; pero no encontraba más que el caos, y solo la sepultura de la que me llevó en su seno, era mí centro de atracción; allí me encontraba mejor, aquella soledad acompañaba la mía. Me gustaba pasear por la ciudad de los muertos, y llamó mi atención un sencilla panteón de familia.

Una verja de hierro, primorosamente trabajada, formaba un gran circulo, en cuyo centro se elevaba sobre una ancha gradería, una cruz de mármol blanco de gigantesca altura; al pie de ésta, había un jarrón y un medallón de alabastro oriado, el último de pequeñas rosas artísticamente esculpidas, y en medio del medallón estaba escrito con letras doradas este nombre: Silvia.

En el jarrón siempre había un enorme ramo de lozanas flores; era el único sepulcro que ostentaba tan poético recuerdo; recuerdo constante que me inspiraba simpatía y admiración; la que llegó a su colmo, cuando me dijo uno de los guardas del cementerio, que Silvia era una joven huérfana cubana, y que sus parientes la querían tanto, que ni un solo día dejaban de mandarle un ramo de flores.

III

Tres años estuve lejos de mí suelo natal: cuando volví, lo primero que hice fue visitar la tumba de mi madre y dejar sobre ella las hojas de plátano, que había recogido en lejanas playas can tan piadoso objeto.

Al retirarme me acordé de Silvia y me dirigí a su tumba. Nada había cambiado en ella; la cruz gigante y alabastrina tenia sus brazos abiertos como si esperara a que la humanidad se refugiara en ellos: a sus pies el aristocrática jarrón contenía fragantes flores, y solo los sauces y cipreses que rodeaban la marmórea gradería, eran los únicos que habían cambiado porque habían crecido.

Sin poderme explicar la causa, aquel dolor permanente, que lo revelaban aquellas flores que volvía a encontrar después de tres años, me interesaba, sí, mucho; pero al mismo tiempo, sentía una viva curiosidad por conocer a la familia de Silvia.

Estaba sumida en mis reflexiones, cuando una voz, que no me era desconocida, resonó en mí oído dándome las buenas tardes: me volví y me encontré con el anciano guarda, que cuatro años antes me había dicho que Silvia quedó huérfana, y con quien solía hablar largos ratos, habíamos simpatizado por el dolor, pues él también lloraba la pérdida de dos hijos, y los desgraciados se entienden muy bien.

Me alegré de verle, y seguimos hablando del modo siguiente:

-Amiga mía, usted no olvida a su madre; han pasado tres o cuatro años y todavía viene usted a verla; eso es bueno, porque aunque los muertos pronto se hacen gusanos, y sólo quedan los huesos; pero... ¡qué sé yo!, bueno es acordarse de quien nos quiso bien, valga….por lo que valga.

-A una madre no se la puede olvidar nunca.

-Ni, a un hijo tampoco, murmuró sordamente el guarda, limpiándose con el dorso de la mano, una lágrima, bendita, que rodó por su tostada mejilla.

-Por más que se diga, el sentimiento verdadero no se acaba, ,y aquí tenemos una prueba, le dije, señalando a las flores del jarrón. Usted me dijo que aquí descansaba una huérfana, ¡y cuánto no la querría su familia, cuando tanto la recuerda todavía¡

-Señora, gritó mi interlocutor fuera de sí al escucharme: no compare usted el pesar de esta gente, ni con el de usted, ni con el mío: los ricos... no pueden sentir.

-Pues y esas flores, ¿por qué están ahí?

-¿Por qué...? ¿Por qué? Porque les conviene que estén; en fin, más vale no hablar.

-¿Cómo no hablar? ¿Por qué dice usted eso?

-¡Porque en los cementerios se suelen saber muchas cosas y créame usted, señora, estoy entre los muertos desde que nací; porque mi padre era guarda como yo, y los muertos... me han hecho conocer a los vivos!

-¿Por qué?

-Porque sí.

-Y este panteón que estamos mirando ¿le ha hecho conocer algo?

-¡Que si me ha hecho conocer... ¡ Y una sonrisa plegó sus labios.

-Pues sin poderme explicar el motivo, siempre he mirado esta sepultura con cierta prevención.

-Sí, el corazón es muy leal señora; ese no engaña nunca; a mí también me pasaba lo misma; esta muerta: me olía...,y eso que tiene tantas flores encima; ¡pobre muchacha¡ -Pero qué sabe usted, cuéntemelo, ¿quiere?

-Hay cosas que no se pueden decir señora, y eso que no piense usted que está uno rabiando por decirlas, por desahogarse siquiera, pero ya se ve, no con todo el mundo se puede hablar.

-Es verdad, tiene usted razón, mas yo no sé el nombre dé los parientes de la huérfana, porque ni una inicial hay sobre la losa que cubre la entrada de la bóveda y además, mañana dejo para siempre esta ciudad; de consiguiente, dejando aparte la prudencia que yo puedo tener, para guardar un secreto, las circunstancias favorecen también, para que usted me lo pueda confiar.

-Cada uno dice en su cara lo que es, señora, demasiado conozco yo lo que usted puede dar de sí, pero...

-No hay pero que valga, empiece usted a contar la historia, que ya se va haciendo tarde.

-La historia es muy corta, ya va haciendo usted.

Hará cosa de un año que vino una mañana un negro bastante viejo, preguntó por el capellán de aquí y se estuvieron hablando el cura y el negro de tres horas; luego salieron de la capilla y vinieron a este panteón; el pobre negrito, rompió a llorar como un chiquillo y decía muchas veces ¡pobre niña! ¡pobre ama mía..! ¡Después se fueron y yo, que no parece sino que he sido podenco, tan largo es mí olfato, olí... no se qué olí!

Por la noche, en legar de irme a la cama, me vine arrastrando como las culebras, y me tendí entre las matas en donde ahora mismo estamos, a esperar; yo no sabía por qué esperaba, pero esperaba alguna cosa.

Ya bien tarde me vi llegar al cura y al negro; abrieron la reja, levantaron la losa, y bajaron los dos a la bóveda; como dejaron la puerta abierta, pude entrar yo también y asomar la cabeza a la escalera; desde allí pude ver a la luz de un farol que llevaba el negro, abrir la caja de Silvia, única que hay; levantaron la cabeza de la puerta según me figuro, porque tanto no me era posible ver, los cuerpos de ellos me lo estorbaba y el negro llorando repetía:

-No me engañé, te asesinaron, ¡pobre ama mía...!

-Y de un modo bien infame y horroroso, dijo el cura, este cráneo está hundido a golpe de marlillo.

No pude oír más, porque tuve que volver a mi escondite, viendo que iban a subir.

Se fueron y el resto de la noche lo pasé en este sitio, temiendo que el capellán desvelado con tan terrible descubrimiento no se acotara y pudiera verme. El pobre señor murió a los pocos días, de un ataque cerebral, no se si por casualidad o porque no pudo digerir el secreto que guardaba, porque yo se decirle a usted que estuve mucho tiempo sin saber qué hacer, si decirlo a la justicia o callarme como me he callado otras muchas cosas; pero luego dije, uno se metió a redentor y lo crucificaron, dejemos las cosas como están, y en el día del juicio, que cada cual presente sus cuentas.

Ahora si; se me enciende la sangre siempre que veo venir al lacayo a mudar las flores.

Con que ¿qué le parece a usted señora? ¿Tenía yo razón al decirle, que no comparara nuestra pena con la de esta gente...?

-Ya lo creo, es horrible lo que usted me ha contado.

-¡Pues si supiera usted las tragedias que yo se!. En fin, cada cual anda el camino a su modo.

Profundamente preocupada, me separé de aquella tumba con antifaz: el anciano guarda, me acompañó hasta la puerta del cementerio, y allí nos separamos con tristeza: no le he vuelto a ver.

IV

Durante mucho tiempo recordé tan triste historia, y siempre que visito algún cementerio o llega la fiesta de los muertos, me acuerdo de la pobre Silvia y de su marmórea tumba con el antifaz de las flores.

¡Quién sabe si algún día por medio de la revelación ultraterrena, sabemos el principio de este misterioso y lúgubre drama!

Los espiritistas no somos los augures del porvenir, pero sí, los cronistas del pasado. Sabemos muchas veces dónde están las ocultas fuentes que dan ríos de lágrimas al mundo; sin que por esto, como dicen nuestros antagonistas, dejemos de consolar al que sufre por no tocar a la fatalidad divina, que pesa sobre el desgraciado. ¡Peregrina invención, por vida mía, con la que quieren ridiculizarnos y empequeñecernos!, se conoce que no han leído el lema de nuestro escudo que dice Sin caridad no hay salvación.

Pues sí para nosotros no hay adelanto más verdadero que la caridad, ¿cómo hemos de abandonar al que llora? Para nosotros no hay fatalidad divina, sino fatalidad humana; puesto que siendo libres para elegir, preferimos el mal al bien.

La fiesta de los muertos ha pasado,
seguid gusanos trabajando en paz:
ese dolor anual ha terminado:
las tumbas ya no tienen antifaz.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro Ramos de Violetas

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