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¡Qué
gloriosa la mañana en la que el hijo de José y de María, dejó atrás la
humilde carpintería, lanzándose a los caminos de la Galilea para anunciar
el advenimiento del Reino de Dios!
Fue en Nazaret, pueblecito en el que se crió, donde Jesús hizo el anuncio
esperado por siglos. Yendo a la sinagoga el sábado, como era su costumbre,
se puso de pie para hacer la lectura. No sabemos si alguien lo escogió a
propósito o estaba de acuerdo con él, o si fue obra del azar, la
casualidad, la causalidad u obra divina, lo cierto es que el texto que le
dieron a leer era el que anunciaba su misión. Él lo leyó a viva voz.“El
Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para llevar buenas
nuevas a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los
ciegos que pronto van a ver, para despedir libres a los oprimidos y
proclamar el año de gracia del Señor”.(1)
Entonces añadió, “Hoy les llegan noticias de cómo se cumplen estas
palabras.”(2)Que era otra forma de decir, “Hoy se cumplen estas palabras”;
“En mí se cumplen estas palabras”; “Yo soy el cumplimiento de esta
profecía”.
No hay duda. Aquella mañana del sábado, en la humilde sinagoga de su
pueblecito, Jesús inauguró una nueva era para la humanidad, la era del
Reino de Dios y su Justicia sobre la Tierra, anunciada por los profetas
desde tiempos inmemoriales.(3) Dios lo había enviado, nos dijo, y lo envió
a darle buenas nuevas (buenas noticias) a los pobres y los oprimidos de la
Tierra. Cada cincuenta años el pueblo de Israel celebraba una gran fiesta,
el año del jubileo, donde se perdonaban las deudas y los esclavos
recobraban su libertad.(4) Lo que Jesús anunció aquella mañana sería como
un grandioso jubileo, donde Dios nos perdonaría y libertaría de la
opresión a todos. Sería el gran año del Señor. Es importante notar como
desde el principio, Jesús asocia el Reino de Dios con un ambiente de
fiesta y alegría. Aquí lo vemos compararlo con el jubileo; más adelante lo
asociará con las bodas, que eran las fiestas por excelencia en aquella
cultura. También en sus parábolas compara el Reino con banquetes ofrecidos
por reyes. Pero, sin lugar a dudas, la fiesta más hermosa con la que Jesús
relaciona el Reino de Dios es con la que realiza el padre al recibir a su
hijo perdido y descarriado en la parábola del hijo pródigo. El hijo
pródigo fue recibido sin preguntas, ni recriminaciones. Recibió el perdón
incondicional de su padre. En esta parábola, Jesús recrea otra vez el gran
jubileo prometido por Isaías. Nos enseña lo fácil que es para Dios
perdonar nuestras deudas y liberarnos de la opresión, por el gran amor que
nos tiene. Dios es un Padre amoroso que nos contempla como criaturas
ignorantes en pleno desarrollo moral e intelectual. Este Dios que nos
presenta Jesús está muy lejos del déspota, tirano y vengativo jefe de los
ejércitos de Israel que presentaban las autoridades religiosas del templo
para atemorizar y controlar al pueblo.
La amnistía anunciada por Jesús era una buena noticia para la humanidad
entera, pero lo era mucho más para la sociedad hebrea de su tiempo,
oprimida por la dominación del imperio romano y por la aplicación
asfixiante de la ley mosaica por los saduceos, quienes eran los sacerdotes
del templo. Era menester entonces, hacer dos cosas relacionadas con
aquella buena noticia. Había que anunciarla y había que celebrarla. Jesús
hizo ambas. Salió por los caminos de su nación a llevar la buena nueva.
Primero iba solo, luego acompañado por un grupo reducido de discípulos y
finalmente seguido por una multitud.
–El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y
crean en el evangelio!(5)
Esa era la invitación a la gran fiesta. Con esas palabras llamó Jesús a
sus primeros discípulos y a todos cuantos le siguieron. Palabras que para
nosotros pueden sonar incomprensibles, pero para los hebreos de aquella
época tenían un significado muy claro y específico. La espera había
concluido. El Mesías había llegado, y con Él su Reino. Cabe señalar que la
palabra “arrepiéntanse” tenía un significado distinto en la época de Jesús
al que se le ha dado hoy. Lejos de la connotación de culpabilidad que hoy
le damos, era un sencillo y profundo llamado a tener un cambio de visión
de mundo, un cambio de paradigma. Era el llamado a conectarse con una
nueva forma de ver y entender el mundo. Era un llamado a sintonizarse con
un nuevo orden de ideas. Una invitación a desarrollar un nuevo estado de
conciencia. Cuando Jesús, al igual que Juan el Bautista, invitaba al
pueblo diciendo: “Arrepiéntanse y crean en el evangelio” lo que decían a
sus contemporáneos era “No te quedes atrás. Sintonízate, el cambio llegó.”
“Eleva tu estado de conciencia para que veas y disfrutes el Reino de Dios.
Créelo. Acéptalo.”
Jesús lanzó aquella consigna y el pueblo le creyó. Los hebreos
enloquecieron con aquella buena noticia y celebraron la llegada del Reino
con tal alegría, que escandalizaron a las autoridades.
Jesús no sólo fue un maestro moralista que enseñaba con parábolas hermosas
que hipnotizaban al pueblo. Tampoco se limitó a su fama de mago hacedor de
encantos, resucitador de muertos, y sanador de enfermos. Jesús fue un
revolucionario trascendente que intentó renovar el mundo desde su
fundamento. Esto fue lo que lo hizo distinto. Lo que lo inmortalizó.
La expresión Reino de Dios era conocida por los judíos desde hacía mucho
tiempo. Estaba en las profecías. Era la profecía más esperada. El Mesías
vendría a realizarla. Sin embargo, Jesús le dio una connotación social y
moral inesperada. Nunca se interesó por la política. Jamás hizo ni dijo
nada que nos hiciera pensar que soñó con revelarse contra el imperio
romano, ni contra los tetrarcas. Su revolución fue de orden moral y
universal. El Reino de Dios era para todos, incluyendo a los romanos. La
parábola del festín de la boda del rey lo explica. Los invitados
originales no llegaron, entonces se abrió la puerta a todos. Al desdeñar
la política, Jesús funda el reino de las almas. La doctrina de la libertad
de las almas.
Nuestros espíritus están por encima de los gobiernos. Estamos en el mundo,
pero no pertenecemos al mundo. Nos recomienda dar al César lo que es del
César y a Dios lo que es de Dios. De esta manera nos arrebató de las manos
de los tiranos. Rompió el yugo de la omnipotencia romana. Jamás habrá otro
poder en la Tierra con dominios omnipotentes. Jesús, “al declarar
insignificante la política ha revelado al mundo la verdad de que la patria
no lo es todo y de que el hombre (el ser humano) es anterior y superior al
ciudadano”, ha dicho Ernesto Renán en su Vida de Jesús.
El Reino de Dios no sería aquel reino nacionalista y elitista con el que
muchos soñaron. El Reino era para todos. Para los niños y los que se le
pareciesen. Para los oprimidos victimas del menosprecio social, que
rechaza a los buenos por ser humildes. Para todos los excluidos. Pero
sobre todo para los pobres, que en resumen llenaban todas estas
expectativas. Jesús desprecia la riqueza y los bienes de la Tierra.
Advierte a los ricos:
Pero ¡ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre.
¡Ay de vosotros, los que ahora reís!, porque lamentaréis y lloraréis(.6)
Esto contradice la doctrina enseñada por los saduceos. Estos enseñaban que
Dios premiaría al hombre justo con una vida larga y abundante. Desde ese
punto de vista la riqueza era un premio de Dios y la pobreza un castigo
que presumía haber faltado al Altísimo. Lo mismo sucedía con la salud y la
enfermedad y con todas las calamidades humanas. Jesús contravino ese orden
sustentado por los poderosos de Israel y declaró que los pobres, los
enfermos y los sufrientes eran los preferidos de Dios. ¿Era posible
librarse de esa condenación a los ricos? El encuentro de Jesús con el
joven rico nos contesta esa pregunta. El joven había cumplido con todos
los preceptos de la ley. ¿Qué le faltaba? Ir, venderlo todo y repartirlo
entre los pobres. El joven encontró la prueba muy dura y no pudo cumplir
con la petición del Maestro, por el apego a sus bienes y riquezas. A
muchos de nosotros nos hubiera pasado igual. De todas maneras quedó claro
que lo que Jesús condena es el orgullo y el egoísmo que frecuentemente
acompañan las riquezas; y propone el amor, la humildad y la caridad como
las normas que guíen nuestra conciencia en el nuevo orden, en el Reino.
Su Reino de justicia social llegará cuando los que tengan, por amor,
compartan su riqueza con los que no tienen. Esta es la dimensión social
del reino de Dios en la Tierra. Pero el Reino también tiene una dimensión
espiritual. Los saduceos, los sacerdotes que controlaban el templo y la
nación en confabulación con los tetrarcas y los romanos, no creían en la
inmortalidad del alma. Eran materialistas. Creían que la vida comenzaba en
la cuna y terminaba en la tumba. Por eso pensaban que Jehová de los
ejércitos, recompensaba o castigaba en ésta vida al propio sujeto o a su
descendencia hasta la cuarta generación (7). Si alguien estaba mal era
porque se lo merecía, pensaban. Y si Dios entendía que aquel castigo era
apropiado y justo, ¿Quién soy yo para opinar lo contrario? Así que si
alguien está mal, pues, bueno, que le pase. Puesto de una manera muy
elemental, así pensaban. Era este tipo de encrucijada religiosa y
filosófica la que oprimía al pueblo humilde. Entonces Jesús les enseñó la
Verdad, y la Verdad los liberó. Jesús les enseñó que existe el Reino de
los Cielos, que es el mundo poblado por la humanidad desencarnada. Es el
mundo de los espíritus. El mundo de las ideas, diría Platón. Reino que
dejó evidenciado en el diálogo con Pilatos durante su juicio en calidad de
reo condenado a muerte. Al aclarar que su Reino no es de este mundo (8),
Jesús dio testimonio de la verdadera naturaleza del ser humano. Somos
seres espirituales. Vivimos una experiencia carnal temporal. Estamos en el
destierro. Nuestra verdadera patria es ese mundo espiritual.
Y lo que es fundamental: la justicia que no recibamos aquí en la Tierra la
recibiremos en el Reino de los Cielos. Y en esa dimensión del Reino de
Dios, los pobres y los oprimidos seguirán siendo los preferidos del Padre.
Revelarnos ese mundo y nuestra realidad espiritual fue parte esencial de
su misión. Al hacerlo así nos quitó la bota del tirano que oprimía nuestro
rostro contra el suelo. Jesús abrió la puerta de la esperanza. Ahora el
pueblo sufriría con fortaleza y resignación esperando que se le haga
justicia en la vida espiritual, en la resurrección de los muertos, como él
le llamaba.
Si algo fue constante en la encarnación de Jesús fue la presencia del
mundo espiritual y la intervención en su vida. Su nacimiento fue anunciado
por seres espirituales de elevadísima jerarquía. Y esa pléyade de seres
espirituales no le abandonó en ningún momento. Lo veremos consultarlos en
el Monte Tabor, donde Moisés y Elías se materializaron para orientarlo y
socorrerlo. Otro ser luminoso lo auxilió en Getsemaní, mientras esperaba a
sus verdugos. Por otra parte, debido a su pureza, Jesús dio muestras de
poseer una mediumnidad incomparable que se desdobla de múltiples maneras.
Él veía, oía y hablaba con los espíritus. Podía ver el pasado y prever el
futuro. Curó a los enfermos con su palabra, y con su contacto. Habló y
enseñó bajo la inspiración de Dios y de ese mundo espiritual superior con
el que estaba en contacto permanente. Sí, las cosas que habló no eran
suyas, eran del Padre que le envió, nos dijo. Y lo que es más importante,
después de haber desencarnado regresó a consolar y dirigir a sus
discípulos, a través de la mediumnidad de efectos físicos que él mismo
desarrolló en ellos.
Todavía hoy, la esperanza de alcanzar ese Reino, es la única brisa
refrescante que acaricia las vidas de millones de seres humanos, que todos
los días luchan contra el hambre y el frío. Todavía el sueño de ese Reino,
donde se les hará justicia y donde se sentirán amados y respetados es la
savia que le da vida a millones de nuestros hermanos, que continúan en la
condición de pobres y oprimidos. ¿Qué sería de ellos sin esa esperanza?
¿Qué sería de ellos sin Jesús?
Por eso, León Tolstoi, ese gigante de las letras universales, afirmó que
el único sentido posible que tiene la existencia humana es ayudar a
establecer el Reino de Dios en la Tierra. En su edad madura, después de
haber cosechado el éxito y la riqueza, afirmó sin duda alguna que para eso
nacemos y para eso debemos vivir; para construir el Reino de Dios. Tolstoi
fue un observador agudo y pensador profundo que nos brindó en su
literatura un cuadro realista de la naturaleza humana. Ese conocimiento de
la complejidad del alma y de las desigualdades sociales, es lo que hizo
que Tolstoi se convirtiera hacia el final de su vida, en una especie de
monje que dedicara los últimos años de su existencia a enseñar la
necesidad del establecimiento del Reino, tal y como Jesús lo había
anunciado. Tolstoi visualizó en la promesa del Reino anunciado por Jesús
de Nazaret, un ideal de justicia y paz del que no se excluiría a nadie.
Porque en el Reino de Dios anunciado por Jesús cabemos todos. Es un Reino
de todos y para todos.
Inspirado por Tolstoi y siguiendo el derrotero de paz y libertad propuesto
por Jesús en el sermón de la montaña, Gandhi, uno de los mayores
cristianos del siglo veinte –a pesar de que nunca profesó el
cristianismo–, escribió algunas de las páginas más hermosas de la historia
de la humanidad. Los mansos heredaron la tierra, su patria: India. Los
pobres en espíritu (los humildes), supieron que de ellos es el reino de
los cielos. Los que lloraban, recibieron consolación. Los que tuvieron
hambre y sed de justicia, fueron saciados. Los misericordiosos, alcanzaron
misericordia. Los de corazón limpio, vieron a Dios durante toda su lucha.
Los pacificadores, fueron y son llamados hijos de Dios. Y los que
padecieron persecución por causa de la justicia, supieron que heredaron el
reino de los cielos.
León Tolstoi revivió el sueño ya milenario del Reino de Dios sobre la
Tierra; Gandhi demostró que es posible.
Todo esto Jesús lo enseñó en un ambiente festivo. Rodeado de jóvenes,
mujeres y sobre todo niños que aportaban frescura y alegría al movimiento.
Las mujeres sonreían como pocas veces se les veía reír en público, ya que
siempre estaban reprimidas. Los jóvenes y niños lo rodeaban cantando
coros, salmos y alabanzas reservadas al Mesías. Él se lo permitía. Ellos
hablaban por él. Así, Jesús se economizaba hacer pronunciamientos que
pudieran hacerle daño. Cuando alguien trataba de evitar que los jóvenes o
los niños dijeran aquellas alabanzas reservadas para el Mesías, él se lo
impedía diciendo que las alabanzas que salen del corazón de los niños son
las más agradables a Dios.(9) En este ambiente de alegría absoluta, de
fiesta, casi de comparsa iba Jesús caminando de aldea en aldea, de pueblo
en pueblo, anunciando que el Reino estaba cerca.
Ernesto Renán, en su obra Vida de Jesús, (obra indispensable para
comprender la verdadera naturaleza de la misión de Jesús; obra que hemos
estudiado, citado y parafraseado para lograr este humilde trabajo), nos
dice:
¡Feliz aquel que pudo ver con sus propios ojos aquella eclosión divina y
compartir, aunque sólo fuese un día, aquella ilusión sin igual! Pero más
feliz aun, nos diría Jesús, aquel que, apartado de toda ilusión, reproduce
en sí mismo la aparición celestial y, sin señales en el cielo, gracias a
la rectitud de su voluntad y a la poesía de su alma, sabe crear de nuevo
en su corazón el verdadero Reino de Dios.(10) Esa es la tercera dimensión
del reino de Dios anunciada por Jesús. Felices los que puedan vivenciarla.
Epílogo
El Espiritismo, que no es otra cosa que el cristianismo redivivo, el
consolador anunciado por el propio Jesús de Nazaret, nos pone en posesión
adelantada de ese Reino. Basta dar un recorrido por el Brasil espírita y
analizar la obra de asistencia social patrocinada por las instituciones
espiritas, para darnos cuenta de cómo es posible multiplicar los peces y
los panes sólo con amor. Mi primer viaje al Brasil espírita lo realicé en
el año de 1988. Al regresar me preguntaron qué había visto; no titubeé en
responder que vi a Cristo de regreso sobre la Tierra. Lo vi en los
hospitales psiquiátricos, asilos de ancianos, hogares de niños huérfanos,
dispensarios médicos, jornadas de atención fraterna a los necesitados y
desesperados en persona o por teléfono en los centros espíritas; en fin en
una obra de amor y caridad incomparable. Allí está la dimensión social del
Reino, como también la hemos visto en Venezuela y en Puerto Rico, y donde
quiera que un espiritista tenga por insignia la divisa de Kardec: Fuera de
la caridad no hay salvación. También está en todas las causas políticas,
sociales, religiosas o humanitarias que luchan por la paz y la justicia
social. Al mostrar la existencia del mundo espiritual, y enseñar a
relacionarnos con él a través de la mediumnidad, la oración y la
regeneración o transformación íntima, el Espiritismo nos pone en contacto
con la dimensión espiritual del Reino. Al alcanzar estas dos dimensiones,
la social y la espiritual, crearemos en nosotros condiciones para vivir en
un estado de paz, alegría y amor que será el Reino de Dios dentro de
nosotros.
Juan Félix Algarín Carmona
(1) Lucas 4:18 ,(2) Lucas 4:21 ,(3) Isaías 61:1 ,(4)
Lev 25:10 ,(5 )Marcos 1:15 ,(6) Lucas 6:24-26 ,(7) Éxodo 34:6-7 ,(8) Juan
18:36 ,(9) Mateo 21:15-16 ,(10) Ernesto Renán, Vida de Jesús, Madrid:
Editorial EDAF, 1985: 169. El subrayado es nuestro.
Extraído del ANUARIO ESPÍRITA
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