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Entre
los estudios más complejos existentes en el campo espírita, existe el de
la obsesióºn y, por ende, el de lograr su cura por los medios ortodoxos
espíritas. De éstos, el principal, es aquel en el que se usa la
colaboración de un médium especializado. Se trata entonces de incorporar
al obsesor para tratar de lograr, con palabras adecuadas, convencer a este
ser del error y solicitarle abandone a su víctima. En esta posición, se le
señala la inconveniencia de seguir su persecución, porque ello trae
aparejado pérdidas de oportunidades en el camino de la evolución (que con
esta actitud se estanca) y de la evolución también del ser al que ataca,
que mientras está bajo su influencia agresiva, persecutoria, no tendrá
oportunidad de dar siquiera un paso franco en su adelanto espiritual,
necesario en toda criatura de Dios.
Decimos lo que antecede, hablando a espíritas que saben el problema de la
obsesión en todas sus terribles implicancias. Resumimos a la vez, uno de
los métodos usados para lograr el cristiano propósito de poner fin al
desencuentro allí producido, logrando con el moral criterio aludido,
deshacer el nudo trágico que entre dos vidas se ha generado.
Todo está muy bien, en cuanto a intenciones buenas se refiere, pero, se
nos ocurre pensar, que en mucho de los casos, no se tiene suficiente
noción de la etiología del problema y se actúa en tal lucha con dudosos
principios, más propensos al fracaso que al triunfo. Necesitamos hacernos
una composición de lugar, lo más arrimada a la verdad posible, (ya que
para ello tratamos un tema demasiado complejo) y actuar sobre bases reales
y sólidas, que nos permitan llegar al éxito en forma más ponderada. Para
ello, analicemos la idiosincrasia de uno y otro antagonista: Obsesado y
obsesor:
El obsesado, al que supuestamente se toma corre víctima de un ser
peligrosamente agresivo, puede no serlo tanto, haciéndonos variar
diametralmente nuestro enfoque del problema y además el de los recaudos
terapéuticos a tomar.
Veamos como se realiza generalmente el entredicho entre ambos. Un ser
humano, el que luego será el obsesado, comete un acto vil, deleznable,
atenta contra la vida y la hacienda de otra persona (el que luego será el
obsesor). Puede haberlo matado, vejado, robado o cometido con él un acto
ruin, cosa que provoca luego, en el ánimo del obsesor un deseo profundo de
venganza, luego, en el ánimo del obsesor un deseo profundo de venganza,
que se proyecta más allá de la muerte, que se proyecta más allá de la
muerte, y continua por cuanto tiempo dure el odio que ha acumulado por la
traición. Esta estará en relación con la mayor o menor gravedad del ataque
inferido por su rival. Desde entonces inicia una persecución tenaz,
incansable, perturbando el área espiritual de su agresor. Esto es lo que
se llama con justeza obsesión. Colocado el ángulo del miraje en esta
posición especial, debemos preguntarnos:
¿Quién es el agredido y quién es el agresor? O al menos quién agredió
primero, ¿el obsesado o el obsesor? Los papeles se invierten, Este ser que
persigue incansablemente a su contrincante no lo hace sino al impulso de
la venganza por una grave ofensa recibida. Entonces debe reconocerse como
lógica esa actitud, sin aprobarla, porque no se quiere de ninguna forma
justificarla. ¿A quién corresponde pues, adoctrinar y curar en primer
término?
Las dos son evidentes víctimas: una anterior y a otra posterior. Esta por
reacción. No podemos dejar de lado esta apreciación, pues estaríamos
creando una falsa actividad, confusa y que puede, tal vez, crear nuevas
complicaciones. Este ser que tenemos a mano, el referido obsesado, es pues
el provocador inicial del conflicto. Vale entonces comenzar por este lado
el trabajo de desobsesión. Tiene entonces que reconocer su primitivo
error, tiene, en alguna forma que "achicar" distancias con su oponente,
única forma de empezar a solucionar las cosas. La actitud primera ha de
ser la de reconocer su falta, aunque en su estado actual no pueda
reconocerla con claridad. Aflojar sus tensiones de encono y rabia. Ello le
permitiría soportar los dolores y contratiempos que la ira de su rival le
provoca. Podrá, si se lo propone y los "adoctrinadores" tienen la
suficiente habilidad para hacerle reconocer debidamente las cosas, empezar
a perdonar, llegando hasta a orar, resignada y conscientemente, por quien
le está haciendo tanto mal, sólo por un propósito de revancha que no se
podrá aprobar en primera instancia, pero que en proceso de reflexión
sabia, se justificaría ampliamente. Pero, con toda la mejor disposición de
las cosas, no terminarla allí la cosa. Es muy posible que en la otra pare,
el obsesor, no satisfecho aún su deseo de venganza, a la que habrá puesto
una meta: la total anulación psíquica y física de e su oponente, quedará
en su posición agresiva hasta que las fuerzas que le prestan sus ansias de
revancha se lo permitan. Será cuestión entonces, de virar el ángulo de la
acción terapéutica, dirigiéndola hacia la otra parte. El obsesor entra
entonces en la faz cierta de su desobsesión. La tarea del adoctrinador se
dirige con toda su batería hacia éste, haciéndole reconocer su real
situación de verdugo obstinado, que en el supuesto de lograr satisfacer
sus propósitos vengativos, no conseguiría finalmente más que detener
dramáticamente su propia evolución, y terminar envuelto en una ola de
odio, que anularía aun más su existencia eterna, retardando su lógico
avance hacia una real evolución espiritual.
La técnica a emplearse en esta desobsesión (como se la llama hoy con
justeza), puede variar en la medida en que cada adoctrinador o grupo de
adoctrinadores suela emplear. De lo que hemos querido ocuparnos en esta
especial ocasión es del enfoque distinto al que anunciamos.
Esto sucede por la impresión desgarradora que causa el enfermo que llega
en busca de auxilio, hecho un guiñapo generalmente, provocando la piedad
de quienes lo escuchan. Debemos reflexionar a esta altura de las
disquisiciones, que lo mismo puede suceder en nuestro medio terreno con un
ser que haya cometido una malísima acción y que viene a pedirnos ayuda
cuando su víctima lo hostiga en procura de su
revancha.
El amor y la predisposición de servicio que pongan en la tarea desobsesiva
quienes quieran mejorar la situación imperante, será a final de cuentas,
el más eficaz elemento para una curación cierta y propia de llevar el
cristiano sello espirita.
Artículo de César Bogo
Los Problemas del Espíritu: Su Pasado
Si no aceptamos la Ley de la Reencarnación como explicación coherente a
nuestras dolencias, problemas e infelicidades, ¿dónde encontraremos la
explicación de esos sufrimientos, que pueden, en muchos casos, terminar en
obsesiones, y muy grandes? ¿Quién nos dará la clave de tanto dolor y
perturbaciones? ¿Cómo encontraremos la forma de escapar de esos laberintos
que causan tantas heridas morales?
Cuando aceptamos que somos seres inmortales, Espíritus eternos, con un
pasado y un futuro por delante; viviendo un presente que es el resultado
de ese pasado y la oportunidad de crear ese futuro mejor, es cuando
comenzamos los seres humanos, a despertar, de ese letargo espiritual
milenario.
Nuestra mente es muy poderosa y desconocida para nosotros; una maquinaria
que utilizada erróneamente, nos trae padecimientos y dolencias tales como:
Neurosis, Psicosis y desdoblamiento de personalidad, entre otras
perturbaciones, como las diversas obsesiones, que el Libro de los Médiums,
las explica muy bien.
La Neurosis: El aumento de la neurosis en la Tierra, nos hace pensar y nos
puede ayudar a discernir, que no sólo el psiquiatra o el hombre de
ciencia, está en condiciones de encontrar una solución, ya que ellos, casi
siempre, ignora conscientemente la procedencia del ser, la sublime
trascendencia del ser: El Espíritu. Esa enfermedad merece estudio y
observación, a fin de localizar los factores reales que producen las
perturbaciones del sistema nervioso, considerando la falta de lesiones
anatómicas más graves.
Freíd las clasificó de verdaderas, cuando hay desequilibrios fisiológicos
al lado de perturbaciones meramente psicológicas, a pesar de ser
transitorias. Psiconeurosis, cuando son determinadas por las "fijaciones
de la infancia", en regresiones inconscientes. En el primer grupo están
situadas las neurosis de ansiedad, la neurastenia, la hipocondría, y las
de ascendencia traumática. En la segunda aparecen las de orden histéricas
ansiosas, los estados obsesivos y convulsivos. Con sintomatología extraña,
no es raro que la atención de los médicos sea desviada; surgen parálisis,
movimientos inconexos, disturbios múltiples, etc.
El neurótico es un Espíritu rebelde y delincuente de las Leyes
Universales, en proceso purificador. Reencarnando para resarcir o
impulsado a la reencarnación por necesidad urgente, olvida delitos para
luego repararlos. Su psicoesfera impone, en los elementos orgánicos,
distonias y desarmonías que se reflejan más tarde en forma de alienación,
como consecuencia de su estado interior, como Espíritu desajustado.
Olvidando la mayoría de las veces que somos seres espirituales, nos
perdemos en ese entramado de enfermedades físicas y mentales, efecto de
una causa que es la rebeldía del Espíritu y su pasado, por consiguiente.
Ahí encontramos la causa y explicación de tanto desajuste y dolor en la
Tierra, así como también las obsesiones más diversas e ignoradas por
muchos.
Es obvio que el comportamiento social, las frustraciones infantiles, las
inseguridades, los miedos, los factores familiares y de hábitat. Los
problemas de orden moral y económico, engendran, evidentemente, los
principios neuróticos, porque consiguen limitar las aspiraciones del
Espíritu, que no consigue sobreponerse. A la par de todo esto, hay un
factor que no debemos olvidar y que la ciencia persiste en ignorar; la
dominación obsesiva de entidades espirituales, movidos por el odio, el
rencor, la venganza etc.
Las terapias medicamentosas, las técnicas de análisis, en cuanto favorecen
por un lado, dañan por otro los tejidos más sutiles de la organización
psicológica, produciendo desequilibrios de otra naturaleza, que se
exteriorizarán en el futuro.
El neurótico es alguien rebelado consigo mismo, insatisfecho en el
inconsciente y revelado contra los otros. Es inestable, agresivo, un ser
excitado, que se deja llevar por la violencia. Disciplinado por un código
moral, por unas enseñanzas espíritas y con un método saludable de vida y
pensamientos, el neurótico consigue sobreponerse al desequilibrio,
reajustando sus centros mentales en desaliño, sus centros de fuerzas,
caminando en el progreso espiritual, a que todos estamos llamados.
La Psicosis: Necesita de un estudio más profundo que la neurosis, por
cuanto en la neurosis es un problema menos grave. Ya no hay duda en cuanto
a sus factores causales, clasificados como endógenos y enógenos. Hay sin
duda factores más allá de los psicológicos que influyen en la psicosis,
tales como factores sociales.
En los factores endógenos, hay causas externas (tóxicos, infecciones) y
físicos (dolencia de otros órganos, disturbios del metabolismo, demencias,
delirios). En los de orden endógeno (la esquizofrenia, las perturbaciones
mentales de la epilepsia, la psicosis maniaco-depresiva), donde las
psicosis se exteriorizan como un proceso de auto-castigo, que el Espíritu
se impone por los crímenes cometidos y el sentimiento de culpa arrastrado
del pasado.
El sicótico maniaco-depresivo, trae registrado en el inconsciente los
graves desvíos morales que escaparon a la justicia humana, y que ahora
tienen tendencia a la huída al deber y a la responsabilidad, por el
suicidio.
El esquizofrénico, en sus múltiples clasificaciones, es también un
Espíritu rebelde y delincuente de las Leyes Universales, enredado en los
desequilibrios del pasado. Que en el presente viene a reclamarle las
deudas, para rectificar y poder así, seguir la marcha del progreso
espiritual.
En todos los problemas de psicosis, sea de la naturaleza que sea, el ser
espiritual, es siempre responsable por la situación que padece.
Personalidades múltiples: es causada por problemas precedentes a la
infancia y se instala, más particularmente, durante ese periodo, creando
procesos inconscientes de huidas, ensayando las causas profundas para las
neurosis y psicosis centradas en trastornos de origen histérico.
Sin duda los procesos de disociación profunda, en el inconsciente del ser,
dan baza a la personalidad neurótica, que se instala dominadora como
mecanismo de defensa, y que puede llegar a estados de inconsciencia total,
huyendo el ser de la realidad a la que está sometido, y que hoy tiene que
someterse a la Ley de Causa y Efecto, para alcanzar algo de equilibrio.
Podemos suponer que debió ser una reencarnación obligatoria.
La causa de todas estas perturbaciones radican en el ser espiritual que,
huyendo del deber y la responsabilidad, se demoró por largo tiempo en
situaciones de desajuste y delincuencia. El desequilibrio producido en el
interior del ser, repercute en su psiquismo y en el cuerpo material, con
diversos trastornos más o menos grave, y que pueden durar por muchos años
y vidas.
Sobreviviendo a la muerte física, el Espíritu que despierta aturdido del
túmulo busca, por un natural proceso de afinidad psíquica, a aquellos que
se le hicieron adversarios, en la mayoría de las veces sin conciencia de
eso, produciendo parasitosis de naturaleza espiritual, en los que se
manifiestan tormentosos y largos procesos de obsesión profunda, en que
predominan los fluidos y los sentimientos del desencarnado actuando sobre
el encarnado que le padece la interferencia, al principio en la esfera
psíquica y, posteriormente, psico-física, aparentando un proceso de
personalidad disociada que, en verdad, son individualidades distintas, en
férreo combate o en proceso de vampirización dolorosa o, aún, en
predominio de acción, en la sufrida búsqueda de placeres que ya no pueden
fluir, por encontrarse en el Mundo Espiritual, utilizando de ese modo, de
otro hombre, en su cuerpo físico, como instrumento para el gozo y para la
alucinación. Palabras de Carneiro de Campos, a través de la mediúmnidad de
Divaldo Pereira Franco. Cuando surgen todos estos conflictos dolorosos,
debemos buscar con ahínco el auxilio necesario.
Nada mejor que practicar la caridad moral y material; ejercer el perdón y
elevar el pensamiento, orando a Dios, para buscar la armonía necesaria que
nos elevará por encima de las dificultades, desequilibrios y obsesiones.
Tenemos la obligación de confiar en Dios, en los Buenos Amigos
Espirituales y en nuestra fuerza interior. Nadie está desamparado. Si no
trabajamos al ritmo que necesitamos o debemos, es por falta de voluntad,
dejándonos atraer por las luces cegadoras de las falsas ilusiones.
Artículo de Isabel Porras González |