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El cuerpo constituye un gran bien para el Espíritu que, por su intermedio,
adquiere valores para su perfeccionamiento. Cuidar de todas sus funciones,
amparándolo, aunque sea portador de límites e insuficiencias, es un deber
impostergable para las criaturas.
En su organización íntima, dos instintos se presentan con fuerza,
estimulando el área de la razón: la preservación de la vida y la búsqueda
de la felicidad. Concedido por Dios al ser, solamente a Él pertenece el
derecho de interrumpirle el flujo vital, por medio de acontecimientos
apropiados para ello. Ante las enfermedades y sinsabores que gastan sus
resistencias, es lícito atenuar los efectos, preservándole las funciones
cuanto sea posible, con el objeto de mantenerlo saludable.
Nada debe imponérsele como motivo de destrucción, puesto que ello repugna
a la conciencia personal, social y cósmica, porque toda acción nefasta y
cruel en contra de la vida afecta igualmente al organismo general en el
cual ella se mueve.
Son innumerables, por lo tanto, las razones que se oponen a este acto
deliberado de odio en contra de la vida, de extrema rebeldía, que es
también una forma de locura cultivada hasta el momento del paso fatal.
El suicidio es, sobre todo, un supremo acto de cobardía, una declaración
de que se es inepto para la lucha y que se ha escogido el método más fácil
de huir de la labor y de desempeñar el papel que le corresponde cumplir en
el concierto social.
Los epicúreos y los estoicos proclamaron que el suicidio es un acto de
valor, como si fuera un sinónimo de grandeza moral, como ahora afirman
algunas corrientes materialistas que pretenden enseñar técnicas de
suicidio sin dolor.
Se atribuye a Schopenhauer una respuesta muy curiosa, dada a un alumno
suyo. Mientras enseñaba que el suicidio era la única solución para los
problemas humanos, aquél le preguntó: "¿por qué no se mató, ya que alcanzó
la vejez y, ciertamente, tuvo muchas dificultades en la vida?"
El filósofo contestó: "Si yo me quitara la vida, ¿quién les enseñaría a
ustedes a matarse?"
El suicidio, ante las luces de la sana moral, o de una moral afín con la
razón, es siempre condenable, puesto que no hay motivos valederos que
impongan al hombre la destrucción de su cuerpo. Aun cuando se dice que el
suicidio se justifica para limpiar el deshonor de la vida, esto es un
sofisma, puesto que la única forma de lograr desmentir la deshonra, es
permanecer viviendo y luchando para demostrar el valor moral, corregir el
daño y recuperarse moralmente. Con excepción de los psicóticos y anómalos
mentales, el suicidio medra como plaga entre los hedonistas y
materialistas que, de la vida, solamente quieren el placer y nada más.
La vida tiene un curso que debe ser recorrido y el hombre sabe que los
acontecimientos resultan de acciones anteriores que los programan, como
consecuencias naturales unas de las otras. Toda reacción procede de una
acción primera. Por eso, la búsqueda de la felicidad debe apoyarse en
valores éticos que no estén en contraposición con las leyes que rigen la
vida, presentando directrices comportamentales que someten la voluntad a
los factores propiciatorios del bienestar y de la armonía.
Cuando alguien toma su última decisión, la de quitarse la vida, cae bajo
las sanciones naturales que su actitud propicia, desencadenando
sufrimientos que empeoran su situación en vez de solucionarla. El suicida
quiere huir de la vida y por más que lo intente, la vida le sorprende
después.
No siendo el cuerpo la vida en sí misma, sino la indumentaria transitoria
del Espíritu, los atentados en su contra producen daño en la estructura
periespiritual, que incorpora la violencia a ese mundo energético que irá
a constituir, en otra existencia, el vehículo material para el rescate
inevitable de tal crimen.
La vida tiene una finalidad muy bien definida en todos sus atributos.
Interrumpir sus funciones orgánicas, significa lesionar sus campos
vibratorios encargados de las expresiones fisio-psíquicas. El suicidio es,
por lo tanto, un acto de aberración, el más grave atentado en contra de la
Conciencia Divina encargada del equilibrio universal. De este modo, el
trasgresor del orden se transfiere de uno a otro estado energético, sin
que salga de sí mismo, adicionando a sus antiguas penas las nuevas
adquiridas por su propia voluntad. Los remordimientos, en forma de gusanos
que le devoran la paz, constituyen el más tremendo castigo que se impone
el tránsfuga de la responsabilidad, cuando huye por la puerta falsa del
suicidio. Además, los efectos negativos que pesan en la economía moral y
social del grupo donde vivía, como en la familia, son incorporados a su
crueldad mental, ya que su actitud responde por los daños que afectan a
aquellos que ahora sufren su deserción.
Por estar el mundo espiritual constituido por una sociedad real, pulsante,
aquellos que allí llegan en fuga de sus deberes, experimentan las
angustias derivadas de su situación de miserabilidad emocional y
desconcierto íntimo, que reflejan la disposición negativa e ingrata de sus
personalidades. Así vuelven a la Tierra, los Espíritus deudores,
reencarnándose avergonzados, sometidos a pruebas muy dolorosas que los
invitan a profundas meditaciones y amargos testimonios para que se les
renueve la fe en Dios, en sí mismos y en su prójimo. Nadie logra
aniquilarse a sí mismo, cuando embiste en contra del cuerpo.
Los dolores y frustraciones que hacen la vida menos dichosa, son
bendiciones que el hombre valorará en el futuro, cuando el vehículo de las
horas le lleve al término de sus sacrificios. Verdaderamente, nadie hay en
la Tierra, que no esté sometido a problemas y sufrimientos, que son la
metodología para la iluminación espiritual.
Cada cual, es su microcosmo personal, avanza bajo condiciones específicas,
que resultan de sus conquistas y pérdidas morales, méritos y deméritos
espirituales, que constituyen su patrimonio evolutivo. Por más amargas que
sean las situaciones de la marcha y por más oscuros que se presenten los
recodos del camino, es necesario encender la luz de la confianza en Dios,
adquiriendo fuerzas y fe para no desanimarse nunca. Lo que hoy se sufre,
mañana será goce, así como lo que ahora se disfruta, más tarde puede
presentarse como falta.
La razón y la inteligencia, manifestaciones de Dios en el hombre, dicen
con seguridad que él no debe ni puede matar o quitarse la vida, ¡nunca!
El antídoto del suicidio es la oración, que debe resultar de una sólida
formación moral y religiosa como aquella que el Espiritismo propone,
enseñando que la vida, con sus actuales pruebas y dificultades, no es sino
una oportunidad de rescate y crecimiento para la conquista perdurable de
la paz espiritual.
Cosme Mariño
Extraído de la Federación Espírita Española
http://www.espiritismo.cc
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