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Un
Espíritu que irradia ternura y sabiduría, despertándonos para la vivencia
del amor en su más elevada expresión, incluso que, para vivirlo, nos sea
impuesta una gran suma de sacrificios. Se trata del Espíritu que se hace
conocido por el nombre de
Joanna de Ângelis
y que en los caminos de los siglos, vamos a encontrarla en la mansa figura
de Juana de Cusa, en una discípula de Francisco de Asís, en la grandiosa
Sor Juana Inés de la Cruz y en la valiente Joana Angélica de Jesús.
Conozca ahora cada uno de estos personajes que marcaron la historia con su
ejemplo de humildad y heroísmo.
JOANA DE CUSA
Juana de Cusa, según informaciones del Espíritu Humberto de Campos, en el
libro «Buena Nueva», a través del médium F. C. Xavier, era alguien que
poseía verdadera fe. Narra el autor que: «Entre la multitud que
invariablemente acompañaba a Jesús en las predicaciones del lago, se
encontraba siempre una mujer de rara dedicación y noble carácter, de las
más altamente colocadas en la sociedad de Cafarnaúm. Se trataba de Juana,
consorte de Cusa, intendente de Antipas, en la ciudad donde se trataban
intereses vitales de comerciantes y de pescadores». Su esposo, alto
funcionario de Herodes, no compartía las enseñanzas de espiritualidad, no
tolerando la doctrina de aquel Maestro que Juana seguía con purificado
amor. Afligida por el peso de las obligaciones domésticas, angustiada por
la incomprensión e intolerancia del esposo, buscó oír la palabra de
consuelo de Jesús que, en vez de invitarla a engrosar las filas de los que
lo seguían por las calles y caminos de Galilea, le aconsejó a seguirlo a
distancia, sirviéndolo dentro del propio hogar, convirtiéndose en un
verdadero ejemplo de persona cristiana, en el cuidado al prójimo más
próximo: su esposo, a quien debería servir con amorosa dedicación, siendo
fiel a Dios, amando al compañero del mundo como si fuera su hijo.
Jesús le trazó una ruta de conducta que le facilitó vivir con resignación
el resto de su vida. Más tarde, se convirtió en madre. Con el paso del
tiempo, las atribulaciones se fueron agrandando. El esposo, después de una
vida tumultuosa y desdichada, dejando a Juana sin recursos y con el hijo
para criarlo. Valiente, buscó trabajo. Olvidando «el confort de la nobleza
material, se dedicó a los hijos de otras madres, se ocupó con los más
subalternos quehaceres domésticos, para que su hijito tuviese pan».
Trabajó hasta la vejez. Ya anciana, con los cabellos blancos, fue llevada
al circo de los martirios, junto con el hijo joven, para testimoniar el
amor por Jesús, el Maestro que había iluminado su vida invitándola con
esperanzas de un mañana feliz.
Narra Humberto de Campos, en el libro citado:
«Ante el vocerío del pueblo, fueron ordenadas las primeras flagelaciones.
–¡Abjura!...–exclama un ejecutor de las órdenes imperiales, de mirada
cruel y sombría.
La antigua discípula del Señor contempla el cielo, sin una palabra de
negación o de queja. Entonces el látigo vibra sobre el muchacho
semidesnudo, que exclama entre lágrimas: –«¡Repudia a Jesús, mamá!... ¡¿No
ves que nos perdemos?! ¡Abjura!... ¡por mí, que soy tu hijo!...»
Por primera vez, de los ojos de la mártir corre la fuente abundante de las
lágrimas. Los ruegos del hijo son espadas de angustia que le rasgan el
corazón. Después de recordar su existencia entera, responde:
«–¡Cállate, hijo mío! Jesús era puro y no desdeñó el sacrificio. ¡Sepamos
sufrir en la hora dolorosa, porque, por encima de todas las felicidades
transitorias del mundo, es preciso ser fiel a Dios! » Enseguida, las
lenguas de fuego consumen su cuerpo envejecido, liberándola hacia la
compañía de su Maestro, a quien tan bien supo servir y con quien aprendió
a sublimar el amor.
UNA DISCÍPULA DE FRANCISCO DE ASÍS

Siglos después, Francisco, el «Pobrecito de Dios», o «El Sol de Asís»,
reorganiza el «Ejército de Amor del Rey Galileo»; ella también se hace
candidata a vivir con él la simplicidad del Evangelio de Jesús, que a todo
ama y comprende, entonando la canción de la fraternidad universal.
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
En el siglo XVII ella reaparece en el escenario del mundo, para una vida
más dedicada al bien. Renace en 1651 en la pequeñita San Miguel Nepantla,
a unos ochenta kilómetros de la ciudad de México, con el nombre de Juana
de Asbaje y Ramírez de Santillana, hija de padre vasco y madre indígena.
Después de 3 años de edad, fascinada por las letras, al ver a su hermana
aprender a leer y escribir, engaña a la profesora y le dice que su madre
la manda a pedirle que la alfabetice. La maestra, acostumbrada a la
precocidad de la niña, que ya respondía a las preguntas que la hermana
ignoraba, empieza a enseñarle las primeras letras. Comenzó a hacer versos
a los 5 años. A los 6 años, Juana dominaba perfectamente el idioma patrio,
más allá de poseer habilidades para la costura y otros quehaceres comunes
a las mujeres de la época. Supo que existía en México una Universidad y
tuvo la idea de, en el futuro, poder aprender más y más entre los
doctores. Don Manuel, como buen español, se rió y le dijo bromeando:
«–Sólo
si tú te vistieras de hombre, porque allí sólo los muchachos ricos pueden
estudiar.» Juana se quedó sorprendida con la novedad, y luego corrió a su
madre pidiéndole insistentemente que la vistiese de hombre desde ya, pues
no quería, bajo ninguna hipótesis, quedarse fuera de la Universidad.
En la Capital, a los 12 años, Juana aprendió latín en 20 clases, y
portugués, sola. Más allá de eso, hablaba nahuatl, una lengua indígena. El
Marqués de Mancera, queriendo crear una corte brillante, en la tradición
europea, invitó a la niña-prodigio de 13 años para dama de compañía de su
mujer.
En la Corte encantó a todos con su belleza, inteligencia y simpatía,
haciéndose conocida y admirada por sus poesías, sus ensayos y piezas de
buen humor. Un día, el Virrey decidió probar los conocimientos de la vivaz
niña y reunió a 40 especialistas de la Universidad de México para
interrogarla sobre los más diversos asuntos. La platea asistió, pasmada, a
aquella joven de 15 años responder, durante horas, al bombardeo de las
preguntas de los profesores. Y tanto la platea como los propios
especialistas, la aplaudían al final, quedando satisfecho el Virrey. Pero,
su sed de saber era más fuerte que la ilusión de proseguir brillando en la
Corte. A fin de dedicarse más a sus estudios y penetrar con profundidad en
su mundo interior, en una búsqueda incesante de unión con lo divino,
ansiosa por comprender a Dios a través de su creación, decidió ingresar en
el Convento de las Carmelitas Descalzas, a los 16 años de edad.
Desacostumbrada a la rigidez ascética, enfermó y volvió a la Corte.
Siguiendo la orientación de su confesor, fue para la orden de San Jerónimo
de la Concepción, que tenía menos obligaciones religiosas, pudiéndose
dedicar a las Letras y a la Ciencia. Tomó el nombre de Sor Juana Inés de
la Cruz. En su confortable celda, rodeada de numerosos libros, globos
terrestres, instrumentos musicales y científicos, Juana estudiaba,
escribía sus poemas, ensayos, dramas, piezas religiosas, cantos de Navidad
y música sacra.
La linda monja era conocida y admirada por todos, siendo sus escritos
popularizados no sólo entre los religiosos, así también entre los
estudiantes y maestros de las Universidades de varios lugares. Era
conocida como la «Monja de la Biblioteca». Se inmortalizó también por
defender el derecho de la mujer a ser inteligente, capaz de enseñar y
predicar libremente. En 1697 hubo una epidemia de peste en la región.
Juana socorrió durante el día y la noche a sus hermanas religiosas que,
juntamente con la mayoría de la población, estaban enfermas. Fueron
muriendo, poco a poco, una a una de sus asistidas y cuando no restaba más
religiosas, ella, abatida y enferma, cayó vencida, a los 44 años de edad.
Pasados 66 años de su regreso a la Patria Espiritual, volvió, ahora en la
ciudad de Salvador, en Bahía, Brasil, en 1761, como Joana Angélica, hija
de una acomodada familia. A los 21 años de edad ingresó en el Convento de
la Lapa, como franciscana, con el nombre de Joana Angélica de Jesús,
haciendo oficio de hermana de las Religiosas Reformadas de Nuestra Señora
de la Concepción. Fue hermana, se encargó de la contabilidad del convento
y superiora, cuando, en 1815, se hizo Abadesa y, el día 20 de febrero de
1822, defendiendo valientemente el Convento, la casa de Cristo, así como
el honor de las jóvenes que allí vivían, fue asesinada por soldados que
luchaban contra la Independencia de Brasil.
En los planos divinos, ya había una programación para su vida en Brasil,
desde antes, cuando había reencarnado en México como Sor Juana Inés de la
Cruz. De ahí, su facilidad extrema para aprender portugués. Es que, en las
tierras brasileñas, estaban reencarnados, y reencarnarían brevemente,
Espíritus unidos a ella, almas comprometidas con la Ley Divina, que
formaban parte de su familia espiritual y a los cuales deseaba auxiliar.
De entre esos afectos de Joanna de Ângelis, destacamos a Amelia Rodrigues,
educadora, poetisa, romancera, dramaturga, oradora y escritora de cuentos
que vivió a final del siglo pasado y al inicio de éste.
JOANNA EN LA ESPIRITUALIDAD
Cuando,
en la mitad del siglo XIX, «las potencias del Cielo» se conmovieron, y un
movimiento de renovación se extendió por América y por Europa, llevando a
los «cuatro vientos» la canción de la esperanza con la revelación de la
vida inmortal, Joanna de Ângelis integró el equipo del Espíritu de Verdad,
para el trabajo de implantación del Cristianismo revivido, del Consolador
prometido por Jesús. Y ella, en el libro «Después de la Tempestad», en su
último mensaje, refiriéndose a los componentes de su equipo de trabajo
dice: «Cuando se preparaban los días de la Codificación Espírita, cuando
se convocaban a los trabajadores dispuestos a la lucha, cuando se
anunciaban las horas predichas, cuando eran reunidos sembradores para la
Tierra, escuchamos la invitación celeste y nos apresuramos a ofrecer
nuestras parcas fuerzas, en cuanto a nosotros mismos, a fin de servir, en
la ínfima condición de los que surcan el suelo donde deberían caer las
semillas de luz del Evangelio del Reino.» En «El Evangelio según el
Espiritismo» vamos a encontrar dos mensajes firmados por «Un Espíritu
amigo». El primero en el Cap. IX, ítem 7 titulado «La paciencia», escrito
en El Havre, 1862. El segundo en el Cap. XVIII, ítem 13 y 15 titulado «Al
que tiene se le dará», psicografiado en el mismo año que el anterior, en
la ciudad de Burdeos. Si observamos bien, veremos a la misma Joanna que
nos escribe hoy, dictando en el pasado una bella página, como el modelo de
nuestras actitudes, en cualquier situación.
En el mundo Espiritual, Joanna se estaciona en una bonita región, próxima
a la superficie terrestre. Cuando varios Espíritus unidos a ella, antiguos
cristianos equivocados se preparaban para reencarnar, los reunió a todos y
planeó construir en la Tierra, bajo el cielo de Bahía, en Brasil, una
copia, aunque imperfecta, de la Comunidad en donde se encontraba en el
Plano Espiritual, con el objetivo de, redimiendo a los antiguos
cristianos, crear una experiencia educativa que demostrase la viabilidad
de vivir en una comunidad, realmente cristiana, en los días actuales.
Espíritus gravemente enfermos, no necesariamente vinculados a sus
orientadores encarnados, vendrían en la condición de huérfanos,
proporcionando oportunidad de perfeccionamiento, al tiempo en que, ellos
mismos, se irían liberando de las imposiciones kármicas más dolorosas y
avanzando hacia Jesús. Ingenieros capacitados fueron invitados para trazar
los contornos generales de los trabajos e instruir a los pioneros de la
futura Obra. Cuando estaba todo esbozado, Joanna buscó entrar en contacto
con Francisco de Asís, solicitando que examinase sus planes y auxiliase en
la conclusión de los mismos, en el Plano Material.
El «Pobrecito de Dios» estuvo de acuerdo con la Mentora y se prestó a
colaborar con la Obra, desde que «en esa Comunidad jamás fuese olvidado el
amor a los infelices del mundo, o negada la Caridad a los «hijos del
Calvario», ni se estableciese la presunción, que es un parásito que
destruye las mejores edificaciones del sentimiento moral». Casi un siglo
pasó, cuando los obreros del Señor iniciaron en la Tierra, en 1947, la
materialización de los planes de Joanna, que inspiraba y orientaba,
secundada por Técnicos Espirituales dedicados, que esparcían ozono
especial por la psicósfera conturbada de la región escogida, donde sería
construida la «Mansión del Camino», nombre dado en alusión a la «Casa del
Camino» de los primeros cristianos. En ese ínterin, los colaboradores
fueron reencarnando, en lugares diversos, en épocas diferentes, con
instrucciones variadas y experiencias diversas para, poco a poco, y cuando
fuese necesario, ser «llamados» para atender a los compromisos asumidos en
la espiritualidad. No todos, sin embargo, residirían en la Comunidad,
pero, desde donde se encontrasen, enviarían su ayuda, extenderían el
mensaje evangélico, solidarios y vigilantes, unidos al trabajo común. La
institución fue creciendo siempre comprometida a asistir a los sufridores
de la Tierra, a los caídos en las pruebas, a los que se encontraban a un
paso de la locura y del suicidio. Gracias a las actividades desarrolladas,
tanto en el plano la «Mansión del Camino» adquirió una vibración de
espiritualidad que suplanta a las humanas vibraciones de los que allí
residen y colaboran.
Jõao Cabral
Presidente de la Asociación de Divulgadores del Espiritismo de Sergipe,
Brasil.www.ade-sergipe.com.br
Revista espirita Nº 14 |