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Cuando
el hombre se detiene a mirar la fulguración de las estrellas en la cúpula
del infinito, no puede sustraerse de tener múltiples reflexiones y
emociones de variada magnitud, en las cuales, inevitablemente, siente
reflejarse la presencia de la Divinidad. Esas lámparas misteriosas y
centelleantes, intrigaron durante siglos y milenios, constituyendo una
fantasía para las almas ingenuas, y motivo de profundas observaciones para
los espíritus ávidos de conocimiento. En las Civilizaciones antiguas, las
Matemáticas sagradas procuraron leer en el fulgor de los astros, los
destinos de los hombres, y en sus conjunciones, las fatalidades y acciones
programadas para los pueblos, naciones e individuos. Augures y magos
buscaron interpretar las connotaciones del destino, según su lugar en las
cartas zodiacales. Y las noches interminables que ellos dedicaron al
estudio de las estrellas y de las constelaciones trazaron para la
Humanidad las primeras mensuras de los tiempos, de las eras y de los
acontecimientos.
El calendario humano primitivo se originó de las medidas de tiempo y de
espacio recorridos por los Astros en el infinito. La ignorancia, no
obstante, deseando padronizar las determinaciones de Dios, estableció que
las estrellas refulgían en los cielos para adornar de luz las noches
tristes de la Tierra. Siguiendo la marcha de los observadores, que se
pierde en las antiguas cavernas del pliocénico inferior, Nicolás
Copérnico, en el siglo XVI, lanzó la hipótesis del sistema heliocéntrico,
resultante de sus observaciones y conocimientos extraídos de los estudios
profundos de Pitágoras, quien, a su vez, se ilustró en la doctrina de los
Misterios de Hermes, en la intimidad de los santuarios de Egipto.
Atreviéndose a enfrentar a los Tribunales del Santo Oficio y a la
Inquisición, propuso la teoría como una hipótesis imposible, valiéndose de
una estrategia hábil, para demostrar que la Tierra y no solamente ella,
sino también, todos los planetas y satélites a su alrededor, giran en
torno del Sol y no éste en círculo de aquella, como una tentativa de jugar
a la geometría en el espacio. A pesar de su prudencia, desencarnó bajo el
yugo de las angustias, en 1543, corroído por las amarguras, gracias a la
audacia de haber soñado, ya que su concepción audaz hería el Estatuto
religioso de la intolerancia dominante.
Galileo, soportó graves consecuencias por aceptar abiertamente el sistema
heliocéntrico propuesto por Copérnico. A pesar de haber sido el verdadero
fundador de la ciencia experimental en Italia, descubridor de la ley del
isocronismo de las pequeñas oscilaciones de un péndulo, de las leyes de
las caídas de los cuerpos y de la inercia, inventor del termómetro y de la
balanza hidrostática y de establecer los principios de la dinámica
moderna, construyendo en 1609, la primera luneta astronómica, fue
perseguido y encarcelado hasta la muerte, ciego, odiado por los
escolásticos y la Curia romana que declararon herética la doctrina de
Copérnico.
Kepler, soñando con los cielos y concibiendo las leyes que perpetuarían su
nombre y de las cuales Newton habría de sacar el principio de la atracción
universal, vió como llevaban a su genitora a un proceso en el que la
juzgarían como bruja, debido a una infame campaña promovida por sus
enemigos para desmoralizarlo. Así vivió atormentado y amargado hasta el
fin de sus días. Posteriormente, a pesar de la empecinada ignorancia,
Newton estableció las "leyes de la gravitación universal y de la
descomposición de la luz", iniciando un período nuevo para la Astronomía.
A través de las observaciones realizadas por el sencillo
telescopio de Galileo y merced a los cálculos matemáticos, se fueron
ampliando infinitamente los horizontes del universo, explicándose cómo son
y de qué están constituidos esos nidos que oscilan, fulgurantes, más allá
de la imaginación humana, cantando la exuberancia de lo que Jesús, con
sabiduría y elocuencia, designó como "moradas de la casa de mi Padre".
Hoy gracias a los telescopios de avanzada tecnología y a los observatorios
de radio-astronomía, se sabe que en nuestra Vía Láctea existen 100 mil
millones de estrellas y que en el Universo hay cerca de 100 millones de
galaxias, actualmente clasificadas en 3 tipos distintos: espirales,
elípticas e irregulares. Además de ellas, venciendo distancias
inimaginables, imponiendo perplejidad a las mentes más audaces,
recientemente fueron detectadas las quasars que son fuentes casi estelares
de radiación, las pulsars, las manchas espaciales y supernovas que
producen brillo de hasta 10 millones de veces mas.
Mirando el fulgor de una estrella, el hombre contempla el pasado, en razón
de saber que la claridad que ahora le llega, posiblemente le refleja la
historia de un cuerpo celeste que no existe más, y cuya luz, venciendo el
abismo de las distancias, centelleante delante de sus ojos, da noticias de
un tiempo que ya se extinguió. Deseando, entre tanto, penetrar en el
futuro, hay que escudriñar en lo insondable del espíritu, para interrogar
a la inteligencia y al sentimiento, respecto del destino que lo aguarda, a
través del manejo de sus actos y del uso útil de la vida.
El eminente astrónomo inglés, Sir James Jeans, deseando configurar para la
imaginación del hombre común, la grandeza de nuestra Vía Láctea, explica
que se tome un glóbulo rojo y se lo coloque en determinado punto. - El
glóbulo mide 7 micrones (cada micrón representa la milésima parte del
milímetro). - El sol podría ser configurado por ese glóbulo rojo. La
órbita que la Tierra realiza, gravitando en torno del glóbulo rojo, podría
tener la dimensión de la cabeza de un alfiler. La de los astros, alrededor
del Sol, como el de una moneda de veinte centavos. Entre tanto, la Vía
Láctea medíria la distancia que existe entre el extremo de la América del
Norte y el extremo sur de América del Sur. Entonces, a nuestro sistema
solar le correspondería el tamaño de esa pequeñita moneda colocada en
cualquier lugar de ese espacio...
El hombre que ahora realiza sus viajes con velocidad mayor a la del
sonido, ya consigue circundar varias veces a este glóbulo rojo. Con
esfuerzos inauditos, valiéndose de las ciencias y de las tecnologías más
avanzadas, consigue alunizar y enviar cohetes teleguiados, en sus primeras
y audaces tentativas, en busca de la periferia de la pequeñita moneda,
permaneciendo en lo desconocido, lo que correspondería al abismo existente
entre el extremo norte y el extremo sur del Continente Americano. Toda esa
inmensidad es un desafío para él. Si pudiese contar con un vehículo que se
movilizase con la velocidad de la luz, partiendo en la Tierra para
alcanzar el extremo de la galaxia que le sirve de cuna, demoraría la
bagatela de 50.000 años - luz.
No obstante, comenzando a pensar en términos de grandeza, hay quien le
atribuye a la Tierra la especificidad única de que, solamente en ella,
existe la vida inteligente, cuando la realidad y lo titánico del universo
demuestran la grandeza de Dios presente en todo lugar.
Cálculos muy pesimistas, al examinar el Sol, que es una estrella
envejecida de quinta magnitud que sostiene a nueve planetas conocidos por
ahora, y que se mantiene con su energía, hacen creer que en este universo
de soles más poderosos, si les fuesen dados dos planetas solamente a cada
uno, tendríamos 200 mil millones de ellos movilizándose en nuestra
galaxia. Atribuyéndose por probabilidad la hipótesis de que solamente el
1% de ellos tiene las mismas condiciones y edades correspondientes a la
Tierra, tendríamos dos mil millones de planetas con las condiciones que
caracterizan a nuestra cuna de origen. Dándose la remotísima posibilidad
de que sólo el 1% de ellos tuviera condiciones de vida semejante a las
nuestras, nos encontraríamos, aproximadamente, con 20 millones de planetas
iguales al nuestro, con vida inteligente. Sin embargo, si consideramos que
algunos de ellos pueden ser más viejos que la Tierra, y teniendo en cuenta
que el progreso está con relación a la edad de las conquistas realizadas,
porque los últimos cincuenta años para el hombre fueron más proficuos en
conocimientos que los milenios pasados, es obvio que la vida en esos
planetas sería inconmensurablemente más elevada y progresista de lo que es
la nuestra. Por lo tanto, no es temerario afirmar que la vida inteligente
no es un exclusivo patrimonio de la pequeñez del planeta terrestre. Tal
afirmación ya no repugna a la inteligencia ni a la cultura: la de la
pluralidad de los mundos habitados, mundos esos que son departamentos de
la "casa del Padre", en los cuales el espíritu evoluciona, progresa, se
purifica en la búsqueda de la perfección incesante.
Contemplando tales nidos luminosos que oscilan en nuestro cielo, el alma
se estremece de esperanza y canta soñando con la evolución, en la cual los
problemas mezquinos del yo y de la personalidad, constituyen débiles
espinas que no alcanzan a la individualidad predestinada a la gloria y a
la perfección en la senda del infinito progresar... Hogares de
bendiciones, océanos de luz inexplicables, impenetrables...
* * *
El hombre escuchó los sonidos de la vida y compuso las
sinfonías insuperables que embelesan a la civilización; observó las formas
agradables y esculpió estatuas hermosas, transfiriendo hacia la piedra, la
fragilidad del tallo de una flor, de un pétalo, del brillo de una mirada,
la expresión de la melancolía, la sonoridad de una sonrisa, - pulsación de
la belleza que el cincel inmortalizó. Fascinado por los colores, tiño las
telas de exuberantes composiciones, donde se destacaron artistas de la
pintura, en maravillosas combinaciones traídas de mundos más felices, para
adornar la Tierra con su magia. A través de los tiempos, todas las musas
cantaron para el hombre; ninguna, empero, se atrevió a retratar la luz
insuperable de esos mundos de belleza, porque ella penetra en el alma como
un puñal rasgando las tinieblas de la mazmorra del yo, a fin de que el ser
pueda embriagarse de claridad, en la eterna contemplación de Dios - la luz
que vitaliza y crea todas las cosas.
Rodín, Miguel Angel y Beethoven; Praxíteles, Dante y Mozart; Fidias, Goya
y Wagner; Homero, Camoes y Rafael; Virgilio, Cervantes y Da Vinci y otros
muy inspirados de los dioses de todos los tiempos, presentaron la belleza
en variados estilos y formas, más fue Jesús quien cantó a la vida que
pulsa en esas lámparas divinas que se mecen en el infinito, indicándonos
confianza y valor en el exilio terreno en que nos encontramos, para el
viaje invencible de nuestra evolución dichosa.
El hombre debe aprender a ayudar al progreso de la Tierra, a fin de que se
esfumen las sombras, escalando el peldaño de la evolución y dejando atrás
el aprendizaje primario de dolores, de pruebas y expiaciones, marchando
rumbo a la regeneración, que es el paso indispensable para alcanzar otras
escalas en la infinita "escalera de Jacob" colocada en dirección al Padre.
Mundos y mundos gravitando en el infinito, desde los que se encuentran en
estado de gases incandescentes a los más sublimes, esperando por nosotros,
como dice Jesús. Atesorando el amor en el alma, la luz del divino amor
derramará una cascada de claridades infinitas, para el vuelo eterno de
cada Espíritu que va hacia la luz, porque en la luz hemos sido generados y
todos seguiremos hacia la luz generadora que es nuestro Padre.
Extraído de la Federación Espirita Española
http://www.espiritismo.cc
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