|
332. Perdonar, y no perdonar, ¿significan, respectivamente, absolver y
condenar?
En las más expresivas lecciones impartidas por Jesús no existen,
propiamente hablando, las condenas implícitas al sufrimiento eterno, como
lo han querido los inventores de un infierno mitológico. Las enseñanzas
evangélicas se refieren al perdón o a la falta de perdón.
¿Qué se hace con el mal deudor a quien ya se ha tolerado muchas veces? No
habiendo más solución para sus deudas, que se multiplican, ese hombre es
obligado a pagar. Otro tanto acontece con las almas humanas. Sus deudas
ante el tribunal de la justicia divina son canceladas en las
reencarnaciones, de cuyo círculo vicioso podrán apartarse, tarde o
temprano, mediante el esfuerzo en el trabajo y la buena voluntad en el
pago.
333. En la ley divina, ¿hay perdón sin arrepentimiento?
La Ley divina es una sola, vale decir, la del amor, que abarca la
totalidad de las cosas y a todos los Seres del ilimitado Universo. La
concesión paternal de Dios, en lo que toca a la reencarnación como sagrada
oportunidad de cosechar nueva experiencia, ya significa de por sí el
perdón o la magnanimidad de la Ley. No obstante, tal oportunidad sólo es
concedida cuando el Espíritu desea regenerarse y renovar sus valores
íntimos por medio del esfuerzo en las tareas santificadoras. He ahí por
qué la buena voluntad de cada cual es siempre el arrepentimiento que la
Divina Providencia aprovecha en favor del perfeccionamiento individual y
colectivo, en la marcha de los Seres hacia las cumbres de la evolución
espiritual.
334. Antes de perdonar a alguien ¿conviene dejar aclarado el error?
El que perdona con sinceridad lo hace sin condiciones y en lo más íntimo
de su corazón olvida la falta. Sin embargo, las buenas palabras son
siempre útiles y el análisis fraterno aporta luz en todos los casos,
despejando el sendero de las almas.
335. Cuando alguien perdona, ¿deberá poner de manifiesto la superioridad
de sus sentimientos, para que el culpable sea inducido a arrepentirse de
la falta que cometió?
El perdón sincero es hijo espontáneo del amor y, como tal, no exige
reconocimiento de ninguna naturaleza.
336. El culpable arrepentido ¿puede recibir, de la justicia divina, el
derecho de no pasar por determinadas pruebas?
La oportunidad que se le da, de rescatar su culpa, ya constituye en sí
misma un acto de la misericordia divina, de ahí que consideremos el
trabajo y el esfuerzo propios como la luz maravillosa de la vida. Empero,
si hacemos extensiva la cuestión a la generalidad de las pruebas, debemos
concluir con la enseñanza de Jesús, según la cual, "el amor limpia a la
multitud de los pecados", trazando la línea recta de la vida para los
Seres y representando la única fuerza que, dentro del infinito Universo,
anula las exigencias de la ley del talión.
339. "Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estas con
él en el camino. "( 1). Esa es la palabra del Evangelio, pero si el
adversario no estuviere de acuerdo con nuestro buen deseo de fraternidad,
¿cómo lograremos semejante conciliación?
Cumpla cada cual con su deber evangélico buscando al adversario para
obtener la necesaria reconciliación, y olvide la ofensa recibida. Si el
adversario persiste en su actitud rencorosa, déjese a un lado la cuestión
con sincera fraternidad, porque el propósito de tomar represalias ya
constituye de por sí una llaga viva para cuantos lo alimentan en su
corazón.
338. ¿Por qué habrá aconsejado Jesús perdonar "setenta veces siete?
La Tierra es un plano de experiencias y rescates a veces bastante penosos,
y aquel que se sienta ofendido por alguien no debe olvidar que él mismo
puede también errar setenta veces siete.
339. Hablando del perdón, ¿podremos ser esclarecidos en cuanto a la
naturaleza del odio?
El odio puede traducirse en las denominadas aversiones instintivas, dentro
de las cuales hay mucho de animalidad, y que cada hombre echará fuera de
sí mediante los valores de la autoeducación, a fin de que su entendimiento
se eleve a una condición superior. Con todo, las más de las veces el odio
es el germen del amor que ha sido sofocado y desvirtuado por un corazón
huérfano de Evangelio. Las grandes expresiones afectivas, convertidas en
pasiones sin norte y sin comprensión auténtica del amor sublime, en
ocasiones se encienden en lo íntimo, en el instante de las tempestades
morales de la vida, dejando tras de sí los amargos resabios del odio, como
carbones que ennegrecen el alma.
Sólo la evangelización del hombre espiritual podrá conducir a los Seres a
un plano superior de comprensión, de modo que las energías afectivas jamás
se trasmuten en fuerzas destructoras del corazón.
340. Perdón y olvido ¿deben significar una misma cosa?
Con arreglo a los convencionalismos del mundo, perdonar equivale a
renunciar a la venganza, sin que el ofendido necesite olvidar por completo
la falta cometida por su hermano. Sin embargo, para un Espíritu
evangelizado, perdón y olvido tienen que marchar juntos, aun cuando sigan
siendo precisas, en todo momento de la vida, la oración y la
autovigilancia. A más de esto, la ley misma de la reencarnación nos enseña
que únicamente el olvido del pasado puede preparar la alborada de la
redención.
341. Los Espíritus que conviven con nosotros en la Tierra y después parten
para el Más Allá sin haber experimentado la luz del perdón, ¿pueden sufrir
por nuestras opiniones acusatorias con relación a los actos de su vida?
La Entidad desencarnada experimenta mucho sufrimiento debido al juicio
ingrato o precipitado que a su respecto se formule en el mundo. Así pues,
imaginaos siendo objeto del juicio de uno de vuestros hermanos en
humanidad, y figuraos cuánto desearíais que se recordara aquello que
poseéis de bueno, a fin de que en vuestro camino el mal no prevalezca,
sofocando en vosotros las mejores esperanzas de regeneración. Al rememorar
a los que os han precedido en la tumba, compadeceos de aquellos que
incurrieron en error y sed fraternales. Recordar el bien es dar vida a la
felicidad. Olvidar el error es exterminar el mal. Ante todo, no debemos
echar al olvido que seremos juzgados con la misma vara con que lo hayamos
hecho.
Del libro "El consolador que prometió Jesús"
Espíritu Emmanuel.
Médium Francisco Cândido Xavier.
Continua |