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Obsesión simple.- Fascinación. - Subyugación.- Causas de la obsesión. -
Medios de combatirla.

En el número de los escollos que presenta la práctica del Espiritismo, es
menester poner en primera línea la "obsesión", es decir, el imperio que
algunos Espíritus saben tomar sobre ciertas personas. Esta nunca tiene
lugar sino por los Espíritus inferiores que procuran dominar; los
Espíritus buenos no hacen experimentar ninguna contrariedad; aconsejan,
combaten las influencias de los malos, y si no se les escucha se retiran.
Los malos, por el contrario, se unen a aquellos sobre los cuales pueden
hacer presa; si llegan a tomar imperio sobre alguno, se identifican con su
propio Espíritu y le conducen como a un verdadero niño.
La obsesión presenta caracteres diversos que es muy necesario distinguir,
y que resultan del grado de opresión y de la naturaleza de los efectos que
produce.
La palabra obsesión es de algún modo un término genérico por el cual se
designa este especie de fenómeno cuyas principales variedades son: la "obsesión
simple", la "fascinación" y la "subyugación".
La obsesión simple tiene lugar cuando un Espíritu malhechor engaña
a un médium, se mezcla contra su voluntad en las comunicaciones que
recibe, le impide en comunicarse con otros Espíritus y sustituye a
aquellos que se evocan. No se está obcecado por el sólo hecho de ser
engañado por un Espíritu mentiroso; el mejor médium está expuesto a esto,
sobre todo al principio, cuando aun le falta la experiencia necesaria, de
la misma manera que entre nosotros las gentes más honradas pueden ser
engañadas por los tunantes. Se puede, pues, ser engañado sin estar
obcecado; la obsesión está en la tenacidad del Espíritu, del cual no se
puede desembarazar.
En la obsesión simple, el médium sabe muy bien que tiene que habérselas
con un Espíritu mentiroso, y éste no se oculta, no disimula sus malas
intenciones y su deseo de contrariar. El médium reconoce sin pena la
artimaña, y como está preparado, rara vez es engañado. Esta especie de
obsesión es simplemente desagradable, y no tiene otro inconveniente que el
oponer un obstáculo a las comunicaciones que se quisieron tener con
Espíritus formales o con aquellos por quienes se tiene afección. Se pueden
colocar en esta categoría los casos de "obsesión física", es decir, la que
consiste en las manifestaciones ruidosas y obstinadas de ciertos Espíritus
que hacen oír espontáneamente golpes u otros ruidos.
La "fascinación" tiene consecuencias mucho más graves. Es una
ilusión producida por la acción directa del Espíritu sobre el pensamiento
del médium, y que de algún modo paraliza su juicio, con respecto a las
comunicaciones. El médium fascinado no se cree engañado; el Espíritu tiene
la maña de inspirarle una confianza ciega que le impide el ver la
superchería y comprender el absurdo de lo que escribe, aun cuando todo el
mundo lo conozca; la ilusión puede ir hasta hacerle ver lo sublime en el
lenguaje más ridículo. Se estaría en el error si se creyera que este
género de obsesión no puede alcanzar sino a las personas sencillas,
ignorantes y desprovistas de juicio; los hombres más discretos, más
instruidos y más inteligentes bajo otros conceptos no están exentos de
esto, lo que prueba que esta aberración es el efecto de una causa extraña,
de la que sufren la influencia.
Ya hemos dicho que las consecuencias de la fascinación son mucho más
graves; en efecto, a favor de esta ilusión que es el resultado, el
Espíritu conduce aquel a quien ha logrado dominar como lo haría con un
ciego, y puede hacerle aceptar las doctrinas más extravagantes y las
teorías más falsas como siendo la única expresión de la verdad; aún más:
puede excitarle a que haga acciones ridículas, de compromiso y aun
perniciosas. Se comprende fácilmente toda la diferencia que hay entre la
obsesión simple y la fascinación; se comprende también que los Espíritus
que producen estos dos efectos deben diferir de carácter. En la primera,
el Espíritu que se une a vosotros sólo es un ser importuno por su
tenacidad, y se desea con impaciencia poderse desembarazar de él. En la
segunda es otra cosa; para llegar a tales fines es necesario un Espíritu
hábil, vivo y profundamente hipócrita, porque no puede chasquear y hacerse
aceptar sino con ayuda de la máscara que sabe tomar y de un falso
semblante de virtud; las grandes palabras de caridad, humildad y de amor
de Dios son para él como credenciales; pero a través de todo esto deja
penetrar las señales de inferioridad, que es necesario estar fascinado
para no ver; teme también a todas las personas que ven demasiado claro;
así es que su táctica es casi siempre la de inspirar a su intérprete el
alejamiento de cualquiera que pudiera abrirle los ojos; por este motivo,
evitando toda contradicción, siempre tiene la seguridad de tener razón.
La "subyugación" es una restricción que paraliza la voluntad del
que la sufre y le hace obrar a pesar suyo. En una palabra, es su verdadero
"yugo".
La subyugación puede ser "moral o corporal". En el primer caso, el
subyugado es solicitado a tomar determinaciones muchas veces absurdas y
comprometidas, que por una especie de ilusión las cree sensatas; es una
especie de fascinación. En el segundo caso el Espíritu obra sobre los
órganos materiales y provoca los movimientos involuntarios. Se traduce en
el médium escribiendo por una necesidad incesante de escribir, aun en los
momentos más inoportunos. Nosotros los hemos visto que, en defecto de
pluma o de lápiz, escribían con el dedo por todas partes en donde se
encontraban, en las mismas calles, en las puertas y en las paredes.
La subyugación corporal va algunas veces más lejos; puede conducir a los
actos más ridículos. Hemos conocido a un hombre que no era joven ni
hermoso, que bajo el imperio de una obsesión de esta naturaleza se veía
obligado por una fuerza irresistible a ponerse de rodillas delante de una
joven, con la cual no había tenido ninguna entrevista y pedirla en
matrimonio. Otras veces sentía en las espaldas y en las piernas una
presión enérgica, que le forzaba contra su voluntad y sin embargo de la
resistencia que hacía al ponerse de rodillas y besar el suelo en los
parajes públicos y en presencia de la multitud. Este hombre pasaba por
loco entre sus relaciones; pero nosotros nos hemos convencido de que no lo
era, porque tenía el pleno convencimiento del ridículo, de lo que hacía
contra su voluntad, por lo que sufría horriblemente.
En otro tiempo se daba el nombre de posesión al imperio ejercido por malos
Espíritus, cuando su influencia llegaba hasta la aberración de las
facultades. La posesión sería para nosotros sinónimo de subyugación. Si no
adoptamos este término es por dos razones: la primera porque implica la
creencia de seres creados para el mal y entregados perpetuamente a él,
mientras que no hay sino seres más o menos imperfectos y que todos pueden
mejorarse. La segunda, porque implica igualmente la idea de la toma de
posesión de un cuerpo por un Espíritu extraño, de una especie de
cohabitación, mientras que sólo hay una sujeción. La palabra "subyugación"
expresa perfectamente el pensamiento. De este modo para nosotros no hay
poseídos en el sentido vulgar de la palabra: sólo hay "obcecados",
"subyugados" y "fascinados".
La obsesión, como ya lo hemos dicho, es uno de los más grandes escollos de
la mediumnidad; es también uno de los más frecuentes; así es que todos los
cuidados serían pocos para combatirla, porque además de los inconvenientes
personales que pueden resultar de esto, es un obstáculo absoluto para la
bondad y la veracidad de las comunicaciones. La obsesión, en cualquier
grado que esté, es siempre el efecto de una sujeción y esta sujeción, no
pudiendo nunca ser ejercida por un Espíritu bueno, resuelta de esto que
toda comunicación dada por un médium obcecado es de origen sospechoso y no
merece ninguna confianza. Si alguna vez se encuentra algo bueno, es
menester tomarlo y arrojar todo lo que es simplemente dudoso.
Se conoce la obsesión con los caracteres siguientes:
1º Persistencia de un Espíritu en comunicarse contra la voluntad del
médium, por la escritura, el oído, la tiptología, etc., oponiéndose a que
otros Espíritus puedan hacerlo.
2º Ilusión que, no obstante la inteligencia del médium, le impide el
reconocer la falsedad y el ridículo de las comunicaciones que recibe.
3º Creencia en la infalibilidad y en la identidad absoluta de los
Espíritus que se comunican y que, bajo nombres respetables y venerados,
dicen cosas falsas o absurdas.
4º Confianza del médium en los elogios que hacen de él los Espíritus que
se le comunican.
5º Propensión a separarse de las personas que pueden darle avisos útiles.
6º Tomar a mal la crítica con respecto a las comunicaciones que reciben.
7º Necesidad incesante e inoportuna de escribir.
8º Sujeción física dominando la voluntad de cualquiera y forzándole a
obrar o a hablar a pesar suyo.
9º Ruidos y trastornos de cosas persistentes a su alrededor y de los que
se es la causa o el objeto.
En presencia del peligro de la obsesión se dice uno que el ser médium será
una cosa desagradable; ¿no es esta facultad la que la provoca, en una
palabra, no es esto una prueba inconveniente de las comunicaciones
espiritas?
Nuestra contestación es fácil y rogamos que se medite con cuidado. No son
los médiums ni los espiritistas los que han creado a los Espíritus, sino
que los Espíritus son la causa de que haya espiritistas y médiums; no
siendo los Espíritus otra cosa que las almas de los hombres, hay, pues,
Espíritus desde que hay hombres, y por consiguiente han ejercido en todo
tiempo su influencia saludable o perniciosa sobre la humanidad. La
facultad medianímica no es para ellos sino un medio para manifestarse; en
defecto de esta facultad lo hacen de mil maneras distintas más o menos
ocultas. Sería, pues, un error creer que los Espíritus ejercen su
influencia sólo por las comunicaciones escritas o verbales; esta
influencia es de todo los instantes, y aquellos que no se ocupan de los
Espíritus y que ni creen en ellos están expuestos como los otros y aún más
porque no tienen contrapeso. La mediumnidad es para el Espíritu un medio
de hacerse conocer; si es malo se hace siempre traición por hipócrita que
sea; puede, pues, decirse, que la mediumnidad permite que se vea a su
enemigo frente a frente si uno puede expresarlo así, y combatirle con sus
propias armas; sin esta facultad obra en la oscuridad y al favor de su
invisibilidad puede hacer, y hace en realidad, mucho mal. ¡A cuántos actos
no está uno impulsado por su desgracia, y que se hubieron evitado si
hubiese habido un medio de ilustrarse! Los incrédulos no creen decir tanta
verdad cuando dicen de un hombre que se extravía con obstinación: "Un mal
genio e empuja hacia la perdición". De este modo el conocimiento del
Espiritismo, lejos de dar imperio a los malos Espíritus, debe tener por
resultado en un tiempo más o menos próximo, y cuando se habrá propagado,
"el destruir este imperio" dando a cada uno los medios de ponerse en
guardia contra sus sugestiones, y el que sucumba a nadie podrá culpar sino
a si mismo.
Regla general: cualquiera que tenga malas comunicaciones espiritistas,
escritas o verbales, está bajo una mala influencia; esta influencia se
ejerce sobre él, que escriba o deje escribir, es decir, que sea o no
médium, que crea o no crea. La escritura da el medio de asegurarse de la
naturaleza de los Espíritus que obran sobre él y de combatirles si son
malos, lo que se hace aun con más éxito cuando viene a conocer el motivo
que les hace obrar. Si es demasiado ciego para comprenderle, otros podrán
hacerle abrir los ojos.
En resumen, el peligro no está en el mismo Espiritismo, puesto que puede,
por el contrario, servir de comprobante y preservarnos del que corremos
sin cesar, sin que los sepamos; está en la orgullosa propensión de ciertos
médiums en creerse, con demasiada ligereza, los instrumentos exclusivos de
Espíritus superiores, y en la especie de fascinación que no les permite
comprender las tonterías de los que son los intérpretes. Aquellos mismos
que no son médiums pueden dejarse engañar. Citemos una comparación. Un
hombre tiene un enemigo secreto que no conoce y que esparce contra él, por
bajo mano, la calumnia y todo lo que la más negra maldad puede inventar;
ve perder su fortuna, alejarse sus amigos, turbada su felicidad interior,
no pudiendo descubrir la mano que le hiere, no puede defenderse y sucumbe;
pero viene un día que este enemigo secreto le escribe, y sin embargo de su
astucia se hace traición. He aquí, pues, a su enemigo descubierto y puede
confundirle y remontarse. Tal es el papel de los malos Espíritus, que el
Espiritismo nos da la posibilidad de conocer y descubrir.
Los motivos de la obsesión varían según el carácter del Espíritu; muchas
veces es una venganza que ejerce sobre un individuo de quien ha tenido que
quejarse durante su vida o en otra existencia; a menudo no tiene otra
razón que el deseo de hacer mal; como sufre, quiere hacer sufrir a los
demás; halla una especie de gozo en atormentarles, en vejarles; de este
modo la impaciencia que se le demuestra le excita, porque tal es su
objeto, mientras que se le cansa por la paciencia; irritándose,
demostrando despecho, se hace precisamente lo que él quiere. Estos
Espíritus obran algunas veces por ira y por celos del bien; por esto
dirigen sobre las gentes honradas sus intenciones maléficas. Uno de ellos
se ha unido como una polilla a una honrada familia conocida nuestra, que
por lo demás no tiene la satisfacción de tomarla por juguete; preguntado
por el motivo que tenía para atacar a las buenas gentes, más bien que a
los hombres malos como él, contestó: "estos no me causan envidia". Otros
están guiados por un sentimiento de maldad que les conduce a aprovecharse
de la debilidad moral de ciertos individuos que saben que son incapaces de
resistirles. Uno de estos últimos que subyugaba a un joven de inteligencia
muy limitada, preguntado por los motivos de la elección, nos contestó:
"Tengo una necesidad muy grande de atormentar a alguno; una persona
razonable me rechazaría; me arrimo a un idiota que no me opone ninguna
virtud".
Hay Espíritus obsesores sin malicia, que son algo buenos, pero que tienen
el orgullo del falso saber; tienen sus ideas y sus sistemas sobre la
ciencia, la economía social, la moral, la religión, la filosofía; quieren
hacer prevalecer su opinión y al efecto buscan médiums bastante crédulos
para que les acepten con los ojos cerrados, a quienes fascinan para
impedirles que puedan distinguir lo verdadero de lo falso. Estos son los
más perjudiciales, porque los sofismas no les cuestan nada y de este modo
pueden acreditar las utopías más ridículas; como conocen el prestigio de
los grandes nombres no tienen ningún escrúpulo en servirse de aquellos
ante los cuales uno se inclina con respeto, y tampoco retroceden por el
sacrilegio de nombrarse Jesús, Virgen María o un santo venerado. Procuran
deslumbrar por un lenguaje pomposo, más pretencioso que profundo, erizado
de términos técnicos y adornado de grandes palabras de caridad y de moral:
se guardarán de dar un mal consejo, porque saben bien que serían
despedidos; además, los que son sus víctimas les defienden porfiadamente
diciendo: ya veis que nada dicen de malo. Pero la moral no es para ellos
sino un pase; es el menor de sus cuidados; lo quieren ante todo es dominar
e imponer sus ideas aunque estén desprovistas de razón.
Los Espíritus sistemáticos generalmente son bastante aficionados a
escribir; por esto buscan los médiums que escriben con facilidad y de los
que procuran hacerse instrumentos dóciles y sobre todo entusiastas,
fascinándoles. Son casi siempre habladores, muy prolijos, procurando
compensar la calidad por la cantidad. Se complacen en dictar a sus
intérpretes escritos voluminosos e indigestos y a menudo poco
inteligibles, que felizmente tienen por antídoto la imposibilidad material
de ser leídos por las masas. Los Espíritus verdaderamente superiores son
sobrios de palabras; escriben poco y dicen mucho; además esta prodigiosa
fecundidad debe ser siempre sospechosa. No podríamos ser bastante
circunspectos cuando se trata de publicar estos escritos; las utopías y
las excentricidades, de las que abundan mucho, y que chocan con el buen
sentido, producen una molesta impresión sobre las personas novicias,
dándoles una idea falsa del Espiritismo, sin contar que estas son armas de
las cuales se sirven sus enemigos para ponerlo en ridículo. Entre estas
publicaciones las hay que sin ser malas y sin dimanar de una obsesión
pueden ser miradas como imprudentes, "intempestivas" o poco hábiles.
Acontece muchas veces que un médium no puede comunicarse sino con un solo
Espíritu, que se une a él y responde por aquellos que son llamados por su
mediación.
Esta no es siempre una obsesión, porque puede dimanar de una falta de
flexibilidad del médium y de una afinidad especial de su parte por tal o
cual Espíritu. No hay obsesión propiamente dicha sino cuando el Espíritu
impone y aleja a los otros por su voluntad; lo que nunca es el hecho de un
Espíritu bueno. Generalmente el Espíritu que se apodera del médium con la
idea de dominarle, no sufre el examen critico de sus comunicaciones;
cuando ve que no son aceptadas y que se discuten, no se retira pero
inspira al médium el pensamiento de aislarse y muchas veces se lo manda.
Todo médium que se resiente de la crítica de las comunicaciones que recibe
es el eco del Espíritu que le domina, y este Espíritu no puede ser bueno
desde el momento que le inspira un pensamiento ilógico, el de rehusar su
examen. El aislamiento del médium es siempre una cosa mala para él, porque
no tiene ninguna comprobación para sus comunicaciones. No solamente debe
cerciorarse por el aviso de un tercero, sino que le es necesario el
estudiar todas las clases de comunicaciones para compararlas; aislándose
en las que obtiene, por muy buenas que le parezcan, se expone a hacerse
ilusión sobre su valor sin contar que no puede conocerlo todo y que versan
siempre, poco más o menos, sobre un mismo asunto.
Los medios de combatir la obsesión varían según el carácter que reviste.
El peligro, realmente, no existe para todo médium que está bien convencido
de que debe habérselas con un Espíritu mentiroso, como esto tiene lugar en
la obsesión simple; para él no es más que una cosa desagradable. Pero por
lo mismo que esto le es desagradable, con tanta más razón el Espíritu se
encarniza con él para vejarle. Dos cosas esenciales deben hacerse en este
caso. Primero, probar al Espíritu que uno no es su juguete, y que le es
"imposible" el engañarnos; segundo, gastar su paciencia, mostrándose más
paciente que él; si está bien convencido que pierde el tiempo, concluirá
por retirarse, como lo hacen los importunos cuando no se les escucha.
Pero no siempre basta esto, y puede ser largo porque los hay que son
tenaces, y para ellos los meses y los años son poca cosa. En tal caso el
médium debe hacer una evocación ferviente a su buen ángel guardián, lo
mismo que a los buenos Espíritus que le son simpáticos, y rogarles que le
asistan. Con respecto al Espíritu obsesor, por malo que sea, es menester
tratarle con severidad, pero con benevolencia, y vencerle con buenos
procederes, rogando por él. Si realmente es perverso, se burlará al
principio; pero moralizándole con perseverancia, finará por enmendarse: es
la empresa de una conversión, tarea muy a menudo penosa, ingrata, aun
repugnante, pero cuyo mérito está en la dificultad, y que si se cumple
bien queda siempre la satisfacción de haber llenado un deber de caridad y
muchas veces el haber conducido al buen camino un alma perdida. Conviene
igualmente interrumpir toda comunicación escrita desde el momento que se
reconoce que viene de un Espíritu malo que no quiere entender la razón, a
fin de no darle el placer de ser escuchado. Aun en ciertos casos puede ser
útil el dejar de escribir por algún tiempo; cada uno debe conducirse según
las circunstancias. Pero si el médium escribiente puede evitar estas
conversaciones, absteniéndose de escribir, no sucede lo mismo con el
médium auditivo que el Espíritu obsesor persigue algunas veces a cada
momento con sus palabras groseras u obscenas, y que ni siquiera tiene el
recurso de taparse los oídos. Por los demás es menester reconocer que
ciertas personas se divierten con el lenguaje trivial de esta clase de
Espíritus, que anima y provocan, riéndose de sus necesidades en lugar de
imponerles silencio y moralizarles. Nuestros consejos no pueden aprovechar
a los que quieren perderse.
No hay, pues, peligro, sino fastidio, para todo médium que no se deja
dominar, porque no puede ser engañado; todo lo contrario sucede en la
"fascinación", porque entonces el imperio que toma el Espíritu sobre aquel
de quien se apodera no tiene límites. Lo único que puede hacerse con él es
procurar convencerle porque está supeditado, y hacer que su obsesión venga
a ser simple; pero esto no es siempre fácil, y algunas veces es imposible.
El ascendiente del Espíritu puede ser tal que haga sordo al fascinado a
toda clase de reflexiones y puede llegar hasta hacerle dudar, cuando el
Espíritu comete alguna grosera herejía científica, si no se engaña la
ciencia.
Como lo hemos dicho ya, generalmente acoge muy mal los consejos; la
crítica le fastidia, le irrita y le hace aborrecer a los que no toman
parte en su admiración. Sospechar de su Espíritu es casi una profanación a
sus ojos y esto es, precisamente, lo que quiere el Espíritu; porque lo que
él desea es que doblen la rodilla ante su palabra. Uno de ellos ejercía
una fascinación extraordinaria sobre una persona de nuestras relaciones;
lo evocamos, y luego después de algunas farsas, viendo que no podía negar
o disfrazar su identidad, concluyó por confesar que no era aquel cuyo
nombre tomaba. Habiéndole preguntado por qué abusaba de esta persona,
contestó estas palabras que pintan claramente el carácter de esta clase de
Espíritus: "Buscaba un hombre que pudiera conducir; lo he encontrado y me
quedo con él". - Pero si se le hace ver claro os echará fuera. - "¡Esto lo
veremos!" Como no hay peor ciego que aquel que no quiere ver, cuando se
reconoce la inutilidad de toda tentativa para abrir los ojos del
fascinado, lo mejor es dejarle en sus ilusiones. No puede curarse un
enfermo que se obstina en conservar su enfermedad y se complace en ella.
La subyugación corporal quita a menudo al obcecado la energía necesaria
para dominar al Espíritu malo; por esto es necesaria la intervención de
una tercera persona, obrando sea por el magnetismo, sea por el imperio de
su voluntad. En defecto del concurso del obcecado, esta persona debe tomar
el ascendiente sobre el Espíritu; pero como este ascendiente no puede ser
sino moral, sólo es dado el ejercerlo a un ser "moralmente superior" al
Espíritu, y su poder será tanto más grande cuanto mayor será su
superioridad moral, porque impone al Espíritu que se ve forzado a
inclinarse ante él; por esto Jesús tenía tan grande poder para sacar lo
que entonces llamaban demonios, es decir, los malos Espíritus obsesores.
Nosotros no podemos dar aquí sino consejos generales, porque no hay ningún
proceder material, sobre todo ninguna fórmula, ni menos ninguna palabra
sacramental que tenga el poder de echar a los Espíritus obsesores. Lo que
le falta muchas veces al obcecado, es una fuerza fluídica suficiente; en
este caso la acción magnética de un buen magnetizador puede serle útil y
servirle de ayuda. Por otra parte, siempre es bueno tomar por la mediación
de un médium seguro, los consejos de un Espíritu superior o de su ángel de
la guarda.
Las imperfecciones morales del obcecado son, a menudo, un obstáculo para
su libertad.
He aquí un ejemplo notable que puede servir de instrucción para todos:
Hacía ya algunos años que varias hermanas eran víctimas de pillajes muy
desagradables. Dispersados sin cesar sus vestidos por todos los rincones
de la casa, hasta por el tejado, cortados, rotos y acribillados de
agujeros, por más que tuviesen buen cuidado de encerrarlos bajo llave.
Estas señoras, relegadas en una pequeña localidad de provincia, nunca
habían oído hablar de Espiritismo. Naturalmente su primer pensamiento fue
que eran el blanco de burlas de mal género; pero esta persistencia y las
precauciones que tomaban les quitaron esta idea.
Después de mucho tiempo, con motivo de algunas indicaciones, creyeron
oportuno dirigirse a nosotros para conocer la causa de estas desgracias y
los medios de remediarlas si era posible. La causa no era dudosa; el
remedio era más difícil. El Espíritu que se manifestaba por actos
semejantes era evidentemente malévolo. Se mostró en la evocación de una
grande perversidad e inaccesible a todo buen sentimiento. La oración
pareció, sin embargo, ejercer una influencia saludable; pero después de
algún tiempo de descanso, el pillaje empezó de nuevo. Aquí está el consejo
que con este motivo dio un Espíritu superior. "Lo mejor que pueden hacer
estas señoras es rogar a sus Espíritus protectores que no las abandonen;
no tengo otro consejo mejor para darles; que examinen su conciencia para
confesarse a sí mismas y ver si han practicado siempre el amor del prójimo
y la caridad; no quiero decir la caridad que da y distribuye, sino la
caridad de la lengua; porque desgraciadamente ellas no saben retener la
suya, y no justifican, por sus actos piadosos, el deseo que tienen de
quedar libres del que les atormenta. Les gusta mucho decir mal del
prójimo, y el Espíritu que les obceca se venga, porque le hicieron padecer
mucho cuando vivía. Que repasen su memoria y verán muy pronto con quién
tienen que habérselas. "Sin embargo, si consiguen mejorarse, sus ángeles
guardianes se les acercarán, y su sola presencia bastará para echar fuera
al Espíritu malo que se ha apoderado de una de ellas sobre todo, porque su
ángel de la guarda ha tenido que alejarse en vista de los actos
reprensibles o de los pensamientos malos. Lo que les falta son fervientes
oraciones por los que sufren, y sobre todo la práctica de las virtudes
impuestas por Dios a cada uno, según su condición".
Sobre la observación que hicimos de que estas palabras nos parecían un
poco severas, y que quizá sería necesario endulzarlas para transmitirlas,
el Espíritu añadió:
"Yo debo decir lo que he dicho y del modo como lo digo, porque las
personas en cuestión tienen la costumbre de creer que no hacen mal con la
lengua, y hacen mucho. Por esto es menester impresionar su Espíritu de
manera que sea para ellos una advertencia formal".
De esto se desprende una enseñanza de una gran importancia, y es que las
imperfecciones morales dan lugar a los Espíritus obsesores, y que el medio
más seguro de desembarazarse de ellos es el atraer a los buenos por la
práctica del bien. Los Espíritus buenos tienen, sin duda, más poder que
los malos, y su voluntad basta para alejarlos; pero no asisten sino a los
que les secundan por los esfuerzos que hacen para mejorarse; de otro modo
se alejan y dejan el campo libre a los Espíritus malos que vienen a ser de
este modo, en ciertos casos, instrumentos de castigo, porque los buenos
les dejan obrar con este fin. Por lo demás, es menester guardarse de
atribuir a la acción directa de los Espíritus todos los disgustos que
pueden ocurrir; estos disgustos son, a menudo, la consecuencia de la
incuria o de la imprevisión. Un labrador nos hizo escribir que hacía doce
años era la víctima de toda suerte de desgracias con respecto a su ganado;
tan pronto se le morían las vacas como no daban leche; lo mismo le sucedía
con los caballos, los carneros o los cerdos. Hizo muchos novenarios que no
remediaron el mal, lo mismo que las misas que hizo celebrar, ni los
exorcismos que hizo practicar. Entonces, según las preocupaciones de los
campesinos, se persuadió que se había echado una maldición sobre sus
animales. Creyéndonos, sin duda, dotados de un poder para conjurar, mayor
que el del cura de su lugar, nos consultó. Aquí está la contestación que
obtuvimos: "La mortalidad o las enfermedades de los ganados de este hombre
provienen de que sus cuadras están infestadas y no las hace reparar porque
esto "cuesta dinero" ". A continuación las respuestas dadas por los
Espíritus a algunas preguntas, viniendo en apoyo de lo que hemos dicho:
1. ¿Por qué ciertos médiums no pueden desembarazarse de los Espíritus
malos que se unen a ellos, y cómo los Espíritus buenos que evocan no son
bastante poderosos para alejar a los otros y comunicarse directamente?
"No es el poder el que falta al Espíritu bueno; muchas veces es el médium
que no es bastante fuerte para secundarle; su naturaleza se presta mejor a
ciertas relaciones; su fluido se identifica más bien con un Espíritu que
con otro; esto es lo que da mucho imperio a los que quieren mortificar."
2. ¿Nos parece, sin embargo, que hay personas muy meritorias, de una
moralidad irreprochable, y con todo se ven imposibilitadas de comunicarse
con los Espíritus buenos?
"Esta es una prueba; ¿y quién os ha dicho que su corazón no esté manchado
con un poco de mal, que el orgullo no domine un poco la apariencia de la
bondad? Estas pruebas, mostrando al obcecado su debilidad, deben
conducirle a la humildad.
¿Hay alguno sobre la Tierra que pueda llamarse perfecto?
Habrá quien tenga todas las apariencias de la virtud, y aun puede tener
muchos defectos ocultos, un antiguo germen de imperfección. Por ejemplo,
vosotros decís de aquel que no hace mal y que es leal en sus relaciones
sociales: es un hombre bueno y digno. ¿Pero sabéis vosotros si sus buenas
cualidades están empañadas por el orgullo, si hay en él un fondo de
egoísmo, si es avaro, celoso, rencoroso, maldiciente y cien otras cosas
que vosotros no apercibís, porque vuestras relaciones con él no os han
puesto en este caso? El medio más poderoso para poder combatir la
influencia de los Espíritus malos es el acercarse todo lo posible a la
naturaleza de los buenos."
3. La obsesión que se opone a que un médium obtenga las comunicaciones que
desea, ¿es siempre una señal de ser indigno por su parte?
"Yo no he dicho que esta fuese una señal de poca dignidad, sino que puede
ponerse un obstáculo a ciertas comunicaciones; lo que debe procurar es
quitar el obstáculo que está en él; sin esto, sus oraciones y sus súplicas
nada hacen. No basta que un enfermo diga a su médico: Dadme la salud, yo
quiero estar bueno; el médico no puede nada si el enfermo no hace lo que
es necesario."
4. ¿La privación de comunicarse con ciertos Espíritus sería, acaso, una
especie de castigo?
"En ciertos casos esto podría ser un verdadero castigo, así como la
posibilidad de comunicarse con ellos es una recompensa que debéis
esforzaros en merecer."
5. ¿Pueden combatirse las influencias de los Espíritus malos,
moralizándoles?
"Sí; esto es lo que no se hace y es lo que no debe olvidarse de
hacer, porque a menudo es una tarea que se os ha dado y que vosotros
debéis cumplir caritativa y religiosamente. Por sabios consejos puede
excitárseles al arrepentimiento y activar su adelantamiento."
- ¿Cómo puede un hombre con relación a esto tener una influencia que no
tienen los mismos Espíritus?
"Los Espíritus perversos se aproximan más bien a los hombres que procuran
atormentar, que a los Espíritus, de los que se alelan todo lo posible. En
este contacto con los humanos, cuando encuentran quien los moraliza, en un
principio no le escuchan, se ríen; después, si se les sabe conducir,
concluyen por dejarse conmover. Los Espíritus elevados no pueden hablarles
sino en nombre de Dios, y esto les asusta. El hombre no tiene,
ciertamente, más poder que los Espíritus superiores, pero su lenguaje se
identifica mejor con su naturaleza, y viendo el ascendiente que puede
ejercer en los Espíritus inferiores, comprende mejor la solidaridad que
existe entre el cielo y la tierra. Por lo demás, el ascendiente que el
hombre puede ejercer sobre los Espíritus está en razón de su superioridad
moral. No domina a los Espíritus superiores, ni aun a aquellos que, sin
ser superiores, son buenos o benévolos, pero puede dominar a los Espíritus
que le son inferiores en moralidad."
6. ¿La subyugación corporal, llevada hasta cierto grado, podría tener por
consecuencia la locura?
"Sí, una especie de locura cuya causa no es conocida de la gente, pero que
no tiene relación con la locura ordinaria. Entre los que se tienen por
locos hay muchos que no son más que subyugados, les sería necesario un
tratamiento moral, mientras que se les vuelve verdaderamente locos con los
tratamientos corporales. Cuando los médicos conozcan bien el Espiritismo,
sabrán hacer esta distinción y curarán más enfermos que con los baños de
chorro."
7. ¿Qué debemos pensar de aquellos que, viendo algún peligro en el
Espiritismo, creen que el medio de evitarlo es prohibir las comunicaciones
espiritistas?
"Si pueden impedir a ciertas personas el comunicarse con los Espíritus, no
pueden impedir las manifestaciones espontáneas, hechas a estas mismas
personas, porque no pueden suprimir los Espíritus ni impedir su influencia
oculta. Esto se parece a los niños que se tapan los ojos y creen que nadie
les ve. Sería locura el querer suprimir una cosa que ofrece grandes
ventajas, porque los imprudentes pueden abusar; el medio de evitar estos
inconvenientes, es, al contrario, el hacer conocer el fondo de esta cosa."
Allan Kardec
Extraído de "El Libro de los Médiums"
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