Misión del espiritismo


La misión del Espiritismo, en su carácter de ministerio del Cristianismo, no es destruir las escuelas de fe hasta ahora existentes.

Cristo acogió la revelación de Moisés.

La Doctrina de los Espíritus apoya los principios superiores de todos los sistemas religiosos.

Jesús no critica a ninguno de los Profetas del Antiguo Testamento. El Consolador Prometido no viene para censurar a los pioneros de esta o aquella forma de creer en Dios.

El Espiritismo es, por sobre todo, el proceso liberador de las conciencias a fin de que la visión espiritual del hombre alcance horizontes más altos.

Hace miles de años que la mente humana gravita en torno de patrimonios efímeros, tales como los de la precaria posesión física y permanece atormentada por pesadillas carnales de diferente especie. Guerras de todos los matices consumen sus fuerzas. Flagelos de manifestaciones múltiples sitúan su existencia dentro de límites aflictivos y dolorosos. Con la muerte del cuerpo no alcanza la liberación. Más allá de la tumba prosigue atenta a las imágenes que la ilusión proveyó a su camino, esclavizada a intereses inconfesables. En plena vida libre conserva, ordinariamente, la actitud de una criatura que con los ojos vendados avanza, impermeable y ciega, con pesadas cargas que doblan sus hombros.

La obstinación en obtener satisfacciones egoístas entre los compañeros de la carne, se trans­forma para ella en una deplorable inhibición y los prejuicios perjudiciales, los terribles engaños del sentimiento, los puntos de vista personales, las opiniones preconcebidas, las pasiones enloquecedoras, los lazos afectivos enfermizos, los pensamientos rígidos, los propósitos poco dignos, la imaginación intoxicada y los hábitos perniciosos representan fardos enormes, que obligan a llevar un paso vacilante al alma que tiene su atención puesta en las experiencias inferiores.

La nueva fe viene a ampliar su senda hacia más elevadas formas de evolución. Llave de luz para las enseñanzas de Cristo, explica el Evangelio no como un tratado de reglas disciplinarias nacidas del capricho humano, sino como el salvador mensaje de fraternidad y alegría, comunión y entendimiento, que abarca las leyes más simples de la vida.

Jesús se nos presenta entonces en la mayor dimensión de su gloria: no ya como el señor de la angustia que señala a los seres humanos la necesidad de padecer amarguras y lágrimas, sino a la altura de un héroe de la bondad y el amor, que educa para la felicidad integral mediante el servicio y la comprensión, la buena voluntad y el júbilo de vivir. En ese aspecto lo vemos como el máximo ejemplo de solidaridad y gentileza, al reducirse a nacer en un pesebre, al hermanarse con todos en ¡aplaza pública ya¡ amparar a los malhechores en la cruz, en la hora decisiva del pasaje a la divina resurrección.

El Espiritismo será por lo tanto, indiscutiblemente, la fuerza del Cristianismo puesta en acción para elevar al alma humana y sublimar la vida.

El Espacio Infinito, patria universal de las constelaciones y de los mundos es, sin dudas, el clima natural de nuestras almas, pero sin embargo no podemos olvidar que somos hijos deudores, obreros o compañeros de la Tierra, cuyo perfeccionamiento constituye nuestro trabajo mas inmediato y más digno.

Olvidemos por ahora el paraíso distante y colaboremos en la edificación de nuestro propio Cielo. Obstaculicemos menos la regeneración de los demás y meditemos más acerca de la necesidad de nuestro propio reajuste en relación con la Ley del Bien Eterno. Y si con nuestra fe servimos sin cesar a la vida que nos rodea, la vida a su vez nos servirá infatigablemente, y así convertiremos a la Tierra en una estación celestial de armonía y luz, para el acceso de nuestro espíritu a la Vida Superior.

Extraído del libro “derrotero”
por el espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier

¿Hay motivos para temer al Espiritismo?

Al desconocer lo que sea el Espiritismo, es natural que se tenga miedo de trabar contacto con los espiritistas o con los libros de esa Doctrina. Aún más cuando ella es confundida con brujería, cartomancia, curanderismo. Es por motivo de esas confusiones que muchos miran de reojo a aquellos que se atreven a dedicarse a esos temas del Espiritismo. Por eso hay que tener coraje para presentarse como espiritista hoy día.

Cuando surgió el Cristianismo, anunciado por el propio Cristo, pasaba lo mismo. La sociedad criticaba a los primeros cristianos y hacia chistes con ellos. Movidos por los intereses de la política dominante de la época, hubo quienes condenaban a los primeros cristianos que eran muertos en circos por fieras hambrientas o quemados vivos como antorchas humanas. Y, a pesar de todo, el Cristianismo triunfó. Cuanto más eran perseguidos, más cristianos surgían; hasta el momento en que Constantino, emperador romano, tuvo la infeliz idea de unir la religión naciente al estado decadente. A partir de entonces el Cristianismo empezó a perder su pureza primitiva presentada por el Cristo y vivenciada por los primeros cristianos.

Hoy ya no hay más persecuciones como en aquellos tiempos, pero aún es grande la ignorancia de lo que sea la verdadera enseñanza de Jesús que nada tiene que ver con dogmas o sacramentos. Su Doctrina es simple, pues anuncia, sin misterios, “el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”.

El Espiritismo viene a recordar a los hombres de buena voluntad, la importancia de esa vivencia del amor, de la fraternidad. Mas, para eso, es necesario que el hombre aprenda a pensar en el bien de los demás al revés de pensar solamente en sí mismo o en los de su propia sangre. Todas las religiones enseñan que somos hijos del mismo Dios, por lo tanto somos hermanos. Pero son muy pocos los que piensan en ello. Menos aún los que se dedican a ello.

Con la enseñanza de los Espíritus superiores podemos aprender como vivir esas enseñanzas sin sufrir perjuicios, logrando el paso necesario para que uno se sienta más útil, más valorado por el hecho de saber que es mejor de lo se creía muchas veces. Porque son muchos los que tienen ganas de hacer el bien, pero, acostumbrados a prácticas religiosas exteriores que nada dicen al corazón o al alma, vacilan delante de las oportunidades por miedo, por no creer que valga la pena, por no encontrar claros los motivos para auxiliar a los demás, por no ver y no meditar en los ejemplos de aquellos que ya se dedican al bienestar de otros.

Al estudiar el Espiritismo, uno lo encuentra muy claro, comprendiendo los motivos de los sufrimientos humanos y de la necesidad de la solidaridad entre todos. El nada tiene que ver con esas prácticas de brujería, cartomancia u otras semejantes, pues que es una filosofía de vida que propone al hombre el ejercicio del bien, la búsqueda del conocimiento de uno mismo, de los motivos que dan origen a las acciones y reacciones en las distintas situaciones de la vida, sea en familia o en sociedad.

No hay motivos para temer al Espiritismo, pues sus enseñanzas objetivan el bien de todos sin distinciones. De hecho esa es la parte más fácil de ser vencida porque no es difícil comprender que la Doctrina Espírita objetiva el bien. El temor de la opinión de los demás, sí que es difícil de vencerse. Pero, cuando uno sabe lo que es mejor para sí, gana el coraje de enfrentarse a las opiniones habituales, pues muchas veces las gentes están acomodadas en sus costumbres y alejadas del esfuerzo necesario a su progreso y adelantamiento.  Por eso podemos afirmar con Allan Kardec, el Codificador de la Doctrina Espírita, que para comprender la parte esencial de las enseñanzas espíritas se requiere “cierto grado de sensibilidad que se puede llamar la madurez del sentido moral, madurez independiente de la edad y del grado de instrucción, porque es inherente al desarrollo, en un sentido especial, del Espíritu encarnado”.

La ignorancia produce el temor y la pereza. El conocimiento lleva a la plena conciencia de su papel en la vida y promueve la liberación del hombre.

Carlos Campettí

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