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Hojeando los periódicos leí un suelto que me llamó vivamente la atención.
MENDIGOS DE OFICIO
Hace pocos días fue recogido por la ronda correspondiente un individuo
que se dedicaba a implorar la caridad pública, y llevaba en su poder 7.500
pesetas en billetes y monedas de distintos países. Anoche fue conducida al
Asilo del Parque una mujer andrajosa y sin domicilio, a quien se le
encontraron títulos y obligaciones por valor de 8.392 pesetas.
¡Qué historia tan horrible tendrán esos dos seres!...cuando tienen que
ir por el mundo cargados de oro mendigando el suplicio de Tántalo, que
según la historia mitológica fue arrojado a los infiernos sufriendo un
castigo horrible, que consistía en permanecer en medio de un lago cuya
agua le llegaba a la barba y se escapaba de su boca cada vez que, poseído
de una sed ardiente, quería beber de ella, y en estar rodeado de árboles
frutales, cuyas ramas se elevaban hasta el cielo cada vez que, devorado
por el hambre, llevaba la mano a ella para coger los frutos. Igualmente
esos dos desgraciados llevaban encima de ellos el agua y la fruta madura y
se morían de hambre y de sed: ¿qué habrán hecho ayer?
“¿Qué quieres que hicieran? (me dice un Espíritu),
faltaron a las leyes divinas y humanas y hoy recogen la cosecha de la
semilla que en mala hora sembraron. El mendigo que hoy implora la caridad
pública, en una de sus pasadas existencias fue el prior de una comunidad
religiosa inmensamente rica; el convento estaba situado en el campo,
rodeado de muchas aldeas, cuyos habitantes venían obligados a dar al prior
del convento el fruto sazonado y abundante de todas sus cosechas y lo
mejor de sus ganados; y, ¡ay del que no lo hiciera!, pues lo excomulgaban
y amenazaban con las penas eternas del infierno; y aquellos infelices,
verdaderamente atemorizados, para no caer en pecado mortal, ofrecían
humildemente al prior todo cuanto poseían con tal de alcanzar la gloria
eterna, promesa que les hacía el prior siempre que le llevaban lo mejor de
su hacienda. Y tanto abusó de su poder aquel hombre cuya avaricia no tenía
límites, que llegó a ser el azote de aquellos pobres seres crédulos y
sencillos que le consideraban como si fuera un verdadero santo. Pero todo
tiene su término, y al fin dejó la Tierra el prior, dejando en ella bienes
cuantiosísimos, y entrando en el Espacio tan pobre que no tenía un átomo
de virtudes; no había en él más que vicios, y vicios incorregibles, pues a
pesar de que su guía le hizo presente el error en que había vivido y que
era necesario que desandará el camino recorrido, él ha vuelto a la Tierra
repetidas veces, siempre ansioso de dinero, y aunque su expiación no le
permite disfrutar de sus riquezas, él siempre procura atesorar, y va
cruzando la Tierra sin tener nunca ni casa, ni hogar, siempre temeroso de
que la justicia le arrebate los valores que consigue poseer, unas veces
pidiendo limosna y otras por medio del hurto o del engaño, pero siempre
viviendo del modo más miserable.
“Así lleva ya varias existencias y muchas le quedan aún, porque él bien
conoce el mal que hace, pero el oro es para él la serpiente que se enrosca
en su cuello y no le deja respirar. Ha hecho tanto daño por la adquisición
del oro, que el oro es su verdugo. ¡Infeliz! ¡Compadeced a los mendigos
que entre sus harapos llevan el agua y la fruta madura que no calma su sed
ni su hambre!
“En cuanto a la pordiosera que poseía una pequeña fortuna, ésa ha
comenzado en su actual existencia el saldo de su cuenta. En su anterior
encarnación era una joven muy hermosa, hija del pueblo, soñaba con ser una
gran señora; conoció a un anciano millonario y empleó todas sus artes para
entrar a su ser vicio, y ella era tan simpática, atrayente, tan cariñosa y
tan expresiva, que se captó por completo el cariño del anciano, que la
dotó espléndidamente; pero ella no se contentó con esto, consiguió
que él hiciera testamento, dejándole su cuantiosísima fortuna, y después,
en agradecimiento, temiendo que él se arrepintiera de su obra, compró a
buen precio a un médico tan pobre de bienes materiales como de
sentimientos humanitarios, y éste le dio un veneno que mataba lentamente
sin que dejara huellas visibles en el enfermo, quien fue languideciendo,
perdiendo la lucidez de su inteligencia, y en este estado se llevó al
enfermo a viajar, y ya lejos de su patria lo dejó abandonado en un hotel,
dejándole una cartera con algunos valores; mas como el anciano estaba
completamente idiota, nada pudo explicar o decir, y lo encerraron en un
asilo destinado a los octogenarios, donde murió sin darse cuenta de nada;
ella, entretanto, volvió a su patria y allí encontró el principio de su
castigo, porque la familia del millonario le puso pleito, y se comió la
justicia el fruto de su crimen.
“Murió poco menos que en la indigencia, y al llegar al Espacio encontró a
su víctima, que la perdonó generosamente y la aconsejó que no siguiera por
la senda emprendida, sino que, muy al contrario, se decidiera a saldar sus
enormes cuentas, porque no era la primera vez que cometía tales
atropellos. Siguió su consejo y en esta existencia ha encontrado medios
para poseer un puñado de oro; pero no lo disfruta, no le sirve para nada
útil; es esclava de unas cuantas monedas y vive sin vivir, porque no
merece vivir tranquila la que pagó con tan negra ingratitud la generosidad
y el cariño verdaderamente paternal que le brindó su protector, que era de
alma notable y elevada.
«Razón tenías al decir que cuando se vive mendigando y se lleva consigo lo
suficiente para satisfacer las primeras necesidades de la vida y no se las
puede satisfacer, mucho se tiene que haber pecado».
«Comprended a esos infelices que sufren la peor de las condenas».
«Adiós».
* * *
Efectivamente, vivir a la intemperie, carecer de todo y guardar
afanosamente lo que pudiera salvarle del sufrimiento, es ser verdugo de sí
mismo; por eso debemos vivir dentro de la moral más estricta para no
hacernos acreedores a ser los parias, los ilotas degenerados por los que
nadie se interesa, que viven en la sombra, aquí y allá. ¡Cuán cierto es
que en la culpa está el castigo!
Amalia
Domingo Soler (1835 -1909) Conocida como la «Gran Dama del
Espiritismo», es considerada una de las mayores médiums y escritoras
espiritas de España.
Amalia Domingo Soler
Tomado del libro «Hechos que prueban»
La revista espirita. Nº8 |