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La
observación del ser humano muestra individualmente considerables
diferencias en las aptitudes, en las facultades, en la inteligencia y en
el grado de evolución de cada uno. A simple vista, esta desigualdad puede
constituir una evidente anomalía, una negación de la justicia, lo que es
incompatible con los atributos del bien. En efecto, si se admite – como lo
hacen las religiones dogmáticas – que los Espíritus son creados nuevos e
idénticos para su encarnación en la Tierra, esas diferencias no pueden
lógicamente existir. La explicación materialista es igualmente
inadmisible, al hacer depender esas diferencias intelectuales y morales de
un estado de la materia cerebral. Tampoco podemos detenernos solamente en
la transmisión de los
caracteres
adquiridos por los ascendientes: la herencia genética puede tener una
influencia considerable, pero esta teoría es completamente insuficiente
para explicar racionalmente los hechos y en particular el fenómeno de los
niños-prodigio; pues si fuera así, debiera concluirse que la procreación
de un niño genio es una falla genética de sus ascendientes. Por el
contrario, los fundamentos del Espiritismo nos dan muy nítidamente la
causa de esas constataciones a través de la enseñanza de las existencias
anteriores del Espíritu y de sus pretéritas adquisiciones intelectuales y
morales, que varían en cada uno según su grado de evolución. Éstas nos dan
la clave del enigma mediante las propiedades del periespíritu, que trae en
sí todas nuestras adquisiciones pasadas – como un registro de nuestras
reencarnaciones –, y que por intermedio del nacimiento terrestre se van
desarrollando ulteriormente como una semilla.
La
Doctrina Espírita codificada por Allan Kardec enseña que, en su origen,
Dios creó a todos los Espíritus simples, ignorantes e idénticos en todo.
Cada uno de ellos es dotado de la intuición de tener que progresar
moralmente hacia el bien y de desarrollar su intelecto a través de la
adquisición de todos los conocimientos. Su evolución debe ser el producto
de su propio mérito. Tiene por guía su libre albedrío y su conciencia.
Todos poseen en estado latente las mismas facultades intelectuales y
morales que deben desarrollar mediante el trabajo y el esfuerzo en las
luchas, en las vicisitudes y en las tribulaciones de sus diversas
existencias. Para esto, pasan por pruebas que, si bien transpuestas, los
hacen alcanzar los diferentes progresos, que por medio de su obra personal
irán a regir su destino futuro, siendo que esas cualidades se volverán
adquisiciones definitivas.
El
Espíritu recorre su evolución en diferentes fases, ya sea en el estado de
erraticidad o en el estado de encarnación en los diversos mundos que
pueblan el Universo. En el estado de Espíritu desencarnado, tiene la
conciencia de que él ocupa una posición en la escala espírita. Se da
cuenta de los diversos adelantos que le faltan adquirir y de los medios
que debe emplear para alcanzarlos. Generalmente posee el conocimiento
completo de sus existencias anteriores y al ocurrir ello, busca en la vida
futura el compromiso con el cual deberá continuar su progreso hacia la
perfección relativa, y pide a Dios la oportunidad de reencarnar. En este
nuevo estado, adquiere para el trabajo todos los conocimientos científicos
que le son indispensables. Experimenta las pruebas materiales necesarias
para su mejoramiento moral. La encarnación terrestre es uno de los grados
menos avanzados de la escala espírita. El Espíritu nunca retrocede; sus
conquistas morales, así como sus adquisiciones científicas anteriores,
permanecen con él indefinidamente. Éstas sirven de base para conquistar
otras, mientras que en la erraticidad el Espíritu readquiere el
conocimiento de sus existencias pasadas. Al reencarnarse nuevamente,
el alma humana pierde momentáneamente el recuerdo de dichas existencias
anteriores. Esta amnesia es
necesaria
para que el alma pase sus pruebas de una manera mejor. Sin embargo, ella
no pierde el fruto de sus adquisiciones. Al nacer el hombre, sus
facultades están latentes; él precisa cultivarlas para hacerlas renacer
con una mayor rapidez, a fin de desarrollarlas antes a un grado más
elevado. La prueba de que las facultades pretéritas existen en estado
latente al nacimiento del ser humano, nos es dada por las diferencias que
existen entre los hombres desde el punto de vista de la inteligencia, de
las propias aptitudes y de las disposiciones individuales puestas en
relieve. Esas facultades, que derivan de adquisiciones anteriores, son
conservadas y registradas por el periespíritu que, siendo preexistente a
nuestro nacimiento, trae consigo esos recuerdos de la memoria en la nueva
encarnación del Espíritu. En efecto, sin esta propiedad nos sería
imposible explicar esas poderosas facultades constatadas en unos y
ausentes en otros, esas aptitudes de cada ser – orientadas en un sentido
nítidamente determinado –, y esos grados tan diferentes de la neutralidad
humana, que van desde el cretinismo hasta la inteligencia más elevada. Y
menos aún esos niños-prodigio que, sin ninguna educación previa, revelan
desde su más tierna infancia los talentos más extraordinarios que poseen
la mayoría de los eruditos.
Podríamos
citar numerosos ejemplos de genios precoces: Blaise Pascal que, desde su
niñez, se reveló como un geómetra y un matemático de primera categoría;
Alfred Henry Heineken, que habló casi desde su nacimiento y que a la edad
de 3 años sabía latín y francés, además de su lengua patria; respondía a
todas las cuestiones de historia y de geografía, siendo más erudito que
muchos de los sabios de su tiempo; desencarnó hace cinco años atrás.
Mozart, que comenzó sus estudios musicales a los 3 años, para quien este
arte pareció ser un lenguaje natural desde su más tierna infancia, se
reveló a los 7 años como un compositor de talento y produjo su primera
ópera a los 12 años. Nos extenderíamos mucho en nuestro trabajo si
diésemos la biografía de tantos otros: Rubinstein, Beethoven, Liszt,
Paganini, Chrichton, Hamilton, De Kerkove, etc. Nosotros nos limitaremos
en este artículo a citar un caso, estudiado científicamente por un grupo
de distinguidos sabios, los cuales
investigaron
en sus menores detalles ese tipo de niño-prodigio. El caso fue presentado
en una asamblea general del Congreso de Psicología de París por el
profesor Charles Richet, especializado en Psicología por la Universidad de
París. Esta sesión tuvo lugar el 21 de agosto de 1900. Las actas se
encuentran publicadas en la Revue Scientifique (Revista Científica) del 6
de octubre de 1900, pág. 432, así como en la reseña oficial del Congreso
de Psicología de 1900. Se trata de Pepito Arriola, un niño de 3 años y
medio, de origen español, que a esa edad improvisaba músicas múltiples y
variadas. Reproducimos textualmente el informe del profesor Richet:
«He
aquí lo que cuenta su madre sobre la manera por la cual ella percibió por
primera vez los extraordinarios dones musicales del niño Pepito, y que yo
transcribo exactamente con sus propias palabras: «Mi hijo tenía casi 2
años y medio cuando fortuitamente descubrí por primera vez sus aptitudes
musicales. En esa época un músico amigo me envió una composición suya y yo
me puse a tocarla con bastante frecuencia: es probable que mi nene
estuviese prestando atención, pero no lo percibí. Ahora bien, una mañana
escucho tocar al lado de mi cuarto la misma composición, con tanto dominio
y precisión que quise saber quién estaba tocando así el piano en mi casa.
Entré al salón y vi a mi pequeño hijo que estaba solo y que tocaba el
piano. Él estaba sentado en un banco alto, donde se había subido solito, y
al verme se puso a reír y me dijo: ‘¡Mamá linda!’ Creo que eso fue un
verdadero milagro.»
«A partir de ese momento, el pequeño Pepito se puso a tocar piano sin que
su madre le diera clases, tanto las piezas que ella tocaba delante de él,
como las composiciones que él mismo inventaba. Después desarrolló bastante
destreza y se puede decir que alcanzó un verdadero progreso. El 4 de
diciembre de 1899, es decir, a la edad de tres años y doce días, Pepito
tocó en el Palacio Real de Madrid delante del rey y de la reina madre.
Allí ejecutó seis composiciones musicales de su autoría, las cuales han
sido escritas. Él no sabía leer; hacía dibujos y a veces se divertía al
escribir sus composiciones. Que quede claro que esta escritura no tenía
sentido alguno; pero él se divertía bastante al hacer trazos en un pequeño
papel. En el lugar superior de la hoja (en donde se colocan las
indicaciones de la música en las partituras) hacía garabatos, que según él
significaban el género musical de cada fragmento: si era una sonata, una
habanera, un vals, etc.; después, en la parte inferior de la hoja, trazaba
líneas en las que hacía rasgos, los cuales querían significar la clave de
sol, y también líneas negras que – según Pepito – eran las notas.
Observaba esa hoja con satisfacción, la colocaba en el piano y decía: ‘Voy
a tocar esto’. En efecto, fijaba los ojos en ese papel uniforme y
comenzaba a hacer una improvisación de forma admirable.
Para estudiar metódicamente el modo como tocaba piano, he efectuado una
distinción entre la ejecución y la invención: «La ejecución: La realiza de
manera cándida; sin tener clases, se percibe que él ha hecho su propia
digitación en todas las piezas musicales. Sin embargo, esa digitación es
muy hábil, tanto como se lo permite la pequeñez de sus manos, que no
pueden alcanzar una octava. Entonces él reemplazó la octava – y esto es
curioso – por arpegios inteligentemente ejecutados y muy rápidos. Toca con
las dos manos. Para dar ciertos efectos o crear determinadas armonías,
frecuentemente cruza las manos. A veces también levanta la mano bien alto
mientras ejecuta la melodía con la mayor seriedad, como los pianistas
renombrados, para luego dejarla caer en la nota justa. No es probable que
esto lo haya aprendido, porque la manera de tocar de su madre – que es muy
honorable, pero que no tiene nada de extraordinario – de forma alguna es
análoga. Algunas veces interpreta frases musicales con una agilidad
asombrosa y un vigor sorprendente para un niño de su edad. Además de todas
esas cualidades, es preciso confesar que esta ejecución es inigualable.
«Él balbucea algo durante medio minuto, y de repente – como si estuviese
inspirado – se pone a tocar con agilidad y precisión. Yo lo he escuchado
tocar fragmentos bastante difíciles: una habanera ‘gallega’ y la Marcha
Turca de Mozart, con una extrema habilidad en ciertos pasajes. Además de
la digitación, la armonía es completamente extraordinaria: casi siempre
encuentra el acorde justo y, si titubea en el comienzo de un fragmento,
tantea algunos segundos y después retoma la armonía exacta. No es una
armonía muy complicada: se trata casi siempre de acordes más simples.
Pero a veces inventa de repente cosas sorprendentes. A decir verdad, lo
que deja más estupefacto no es la digitación, ni la armonía, ni la
agilidad, sino su expresión musical. Él tiene una admirable riqueza de
expresión. Ya sea que se trate de un fragmento triste o alegre, marcial o
enérgico, su expresión es impresionante. Le he pedido a su madre que toque
el mismo fragmento que él: seguramente ella lo tocaba mejor, sin titubear
en las notas, sin buscar a tientas y sin repetir; pero el pequeño niño
tenía mucho más expresión que su madre.
«Incluso a menudo, esta expresión es tan fuerte y tan trágica en ciertas
músicas melancólicas o fúnebres, que se tiene la sensación de que Pepito,
con su digitación imperfecta, no puede expresar todas las ideas musicales
que vibran en él; de modo que casi me atrevería a decir que él es mucho
mayor músico de lo que parece ser.
«No solamente puede ejecutar los fragmentos que él acaba de escuchar a
otro tocar en el piano, sino que también puede – aunque con mayor
dificultad – ejecutar canciones que él ha escuchado en otro momento. Es
una maravilla verlo buscar, encontrar y reconstituir los acordes del bajo
armónico, como lo haría un hábil músico. En una experiencia hecha
recientemente, uno de mis amigos ha cantado para él una melodía muy
complicada. Después de haberla escuchado cinco o seis veces, Pepito se
sentó al piano diciendo que se trataba de una habanera – lo que era verdad
– y la repitió, no enteramente, pero al menos en sus partes esenciales.»
«La invención: Cuando se escucha una improvisación, a menudo es muy
difícil diferenciarla de una invención o una reproducción de la memoria,
con respecto a las composiciones y a los fragmentos ya escuchados. Sin
embargo, es cierto que cuando Pepito se puso a improvisar, él casi nunca
se detuvo y frecuentemente encontró melodías extremamente interesantes,
que a todos los asistentes les parecieron más o menos nuevas. Hay una
introducción, un desarrollo y un final. Al mismo tiempo, existe una
variedad y una riqueza de sonidos que pueden ser sorprendentes en un
músico profesional, pero que cuando se trata de un chico de tres años y
medio nos deja absolutamente estupefactos.» Este ejemplo es típico. Todos
los otros podrían ser calcados en él. Esta precocidad constatada por la
intelectualidad, existe desde el punto de vista moral. Niños de corta edad
contrastan en su medio, ya sea por la diversidad, por el vicio o por su
conducta irreprochable en un ambiente libertino.
Cuando el entorno no muestra ningún defecto moral, cuando la educación es
la madre de todos los niños y cuando ningún mal ejemplo ha podido influir
en alguno de ellos – entre sus hermanos y hermanas normales – contrastan a
veces prodigios de audacia y de habilidad para consumar el mal. Por el
contrario, también podemos ver en medios esencialmente inmorales, donde
los niños solamente reciben los ejemplos de la depravación y del vicio,
algunos de ellos permanecen estoicos, con una conducta y una pureza de
costumbres irreprochables.
Sólo podemos encontrar la explicación de esas desigualdades intelectuales
y morales en las teorías espíritas de las adquisiciones pretéritas
provenientes de las existencias anteriores, durante las cuales esas
cualidades especiales o esas perversidades extremas han sido cosechadas
por el Espíritu actualmente encarnado. Las almas fueron creadas simples e
ignorantes en su origen; las aptitudes y las predisposiciones especiales
nos demuestran la necesidad de todo un pasado de trabajo para llegar al
punto de evolución donde el hombre ya se encuentra cuando se encarna en la
Tierra. Sin esta explicación, esta diversidad de inteligencias, esas
divergencias tan grandes en la moralidad de los hombres serían un enigma
perpetuo sin solución posible. Al contrario, con la Doctrina Espírita todo
se explica naturalmente. Esas cualidades que el hombre trae al nace son
también pruebas de la preexistencia del Espíritu a su encarnación
terrestre. Esta desigualdad intelectual y moral, esa convivencia de seres
evolucionados con seres de grados diferentes es además necesaria para el
progreso de nuestra Humanidad. Para los Espíritus inferiores es preciso
que Espíritus moral y científicamente más elevados vivan entre aquellos, a
fin de auxiliarlos y para servirles de ejemplo. Esto también permite que
los más adelantados colaboren con el progreso de sus semejantes y que
practiquen para su propia evolución la ley de caridad que ordena a los
hombres ayudarse mutuamente
Extraído de La Revue Spirite Nº 65
Centro Lionés de Estudio y de Divulgación de la Doctrina Espírita Teresa
de Ávila, y el Departamento de Estudios e Investigaciones de la USFF.
La revista espirita Nº11 |