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Una
de las más famosas fotos de Espíritus conocidas del siglo XX, es la de una
dama rodeada por una bruma, en Raynham Hall (Norfolk, Inglaterra), que ha
sido obtenida en septiembre de 1936 por el fotógrafo Indre Shira.
La Academia Francesa define la palabra revenants de la siguiente manera:
«Se dice de los Espíritus que se supone que regresan del otro mundo». La
Academia no dice directamente: que regresan; sólo los espíritas son
considerados locos por atreverse a afirmar semejantes cosas. Sea como
fuere, se puede decir que la creencia en los aparecidos es universal;
evidentemente está basada en la intuición de la existencia de los
Espíritus y en la posibilidad de comunicarse con ellos; por este motivo,
todo Espíritu que manifiesta su presencia, ya sea a través de la escritura
o simplemente golpeando en una mesa, sería un aparecido. Pero generalmente
se reserva este nombre casi sepulcral para los que se vuelven visibles y a
los que se supone –como dice con razón la Academia– que vienen en
circunstancias más dramáticas.
¿Cuento de viejas? El hecho en sí mismo, no; los accesorios, sí. Se sabe
que los Espíritus pueden manifestarse a la visión, incluso con una forma
tangible: he aquí lo real; pero lo que es fantástico son los accesorios,
cuyo miedo –que exagera todo– acompaña comúnmente ese fenómeno muy simple
en sí mismo, que se explica por una ley muy natural, no teniendo por
consiguiente nada de maravilloso ni de diabólico. Entonces, ¿por qué se
tiene miedo a los aparecidos? Precisamente por causa de esos mismos
accesorios que la imaginación se complace en volver asustadores, porque
ésta se asustó y talvez creyó ver lo que no vio. En general, se los
representa con un aspecto lúgubre, viniendo de preferencia en la noche y
sobretodo en las noches más sombrías, en horas fatales, en lugares
siniestros, envueltos por mortajas o vestidos de forma extravagante. Al
contrario, el Espiritismo nos enseña que los Espíritus pueden mostrarse en
todos los lugares, a toda hora, de día como de noche; que en general lo
hacen con la apariencia que tenían cuando estaban encarnados y que sólo la
imaginación creó los fantasmas; que los que aparecen, lejos de ser
temidos, son frecuentemente parientes o amigos que vienen a nosotros por
afecto, o Espíritus infelices a los cuales podemos asistir. Algunas veces
también son los burlones del Mundo Espiritual, los cuales se divierten a
expensas de nosotros y se ríen del miedo que causan; con estos, se
comprende que el mejor medio es reírse de sí mismo, con lo cual se les
prueba que no se los teme. Por lo demás, ellos casi siempre se limitan a
provocar ruidos y raramente se vuelven visibles.
Desdichado de aquel que los toma en serio, porque entonces redoblan sus
travesuras; sería lo mismo que exorcizar a un travieso de París. Pero
suponiendo que fuese un Espíritu malo, ¿qué mal él podría hacer? ¿No sería
cien veces más temible un salteador vivo que un salteador muerto que se
volvió Espíritu? Además, sabemos que constantemente estamos rodeados por
Espíritus, que sólo difieren de los que llamamos aparecidos porque no los
vemos. Los adversarios del Espiritismo no dejarán de acusarlo por dar
crédito a una creencia supersticiosa; pero al ser comprobado el hecho de
las manifestaciones visibles, explicado por la teoría y confirmado por
numerosos testigos, no se puede decir que no exista, y todas las
negaciones no habrán de impedir que se produzca, porque pocas personas
hay, que al consultar su memoria no se acuerden de algún caso de esta
naturaleza y que no pueden poner en duda. Entonces, lo mejor es ser
esclarecido acerca de lo verdadero o de lo falso, de lo posible o de lo
imposible en los relatos de ese género; es explicando las cosas,
razonando, que uno se precave contra el miedo pueril. Conocemos a un gran
número de personas que tenían pavor de aparecidos; hoy, gracias al
Espiritismo, ellas saben de qué se trata, y su mayor deseo es el de ver
uno. Conocemos otras que tuvieron visiones que las espantaron; ahora que
comprenden no se inquietan más. Se conocen los peligros del mal del miedo
para los cerebros débiles; ahora bien, uno de los resultados
esclarecedores del conocimiento del Espiritismo es precisamente el de
curar ese mal, y esto no es uno de sus menores beneficios.Extraído
de La Revue Spirite Nº 64 Revista Espírita – Periódico de Estudios
Psicológicos [artículo original: Les revenants]. (RE jul. 1860–III: Los
aparecidos, pág. 204.) Allan Kardec. La Revista Espirita Nº10 |