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“Vuestra vida es lo que os hagáis; el mundo no nos devuelve más que
aquello que le damos”.
Máximas americanas.
Nada
más cierto; recogemos lo que hemos sembrado, y ¡qué mala siembra habremos
hecho los terrenales!, porque la mayoría de los habitantes de la Tierra no
recogemos más que punzantes espinas. Leer los periódicos entristece,
angustia, fatiga, porque no pasa un solo día que no se lea la descripción
de horrorosos naufragios, de choques de trenes, de hundimientos de
puentes, de ciclones devastadores, de erupciones volcánicas que arrastran
ciudades florecientes, de incendios violentísimos que destruyen pueblos
enteros, explosiones en las minas donde quedan sepultados centenares de
mineros. Es tristísimo considerar el modo que se vive en la Tierra, porque
los que no son víctimas de espantosas hecatombes, los que viven “al
parecer” con relativa tranquilidad, si se penetra en sus hogares, si se
levanta una punta del velo que cubre su vida íntima, ¡qué cuadros tan
tristes se contemplan! Familias formadas por enemigos irreconciliables,
hacen ensayos de cariño, de tolerancia mutua; procuran dominar sus
inexplicables antipatías, sus misteriosas aversiones, pero no siempre lo
consiguen; a lo mejor, una chispa del odio mal apagado prende fuego y las
rencillas, las envidias, la diferencia de carácter, se incendian como un
montón de paja y se desarrollan esas tragedias en las cuales se produce la
eterna historia de Caín y Abel, y si no se llega a final tan triste se
vive muriendo bajo la tiranía de un padre déspota, de una madre tiránica,
de un hermano egoísta, siendo los abusos de unos y de otros la moneda
corriente en el gran mercado de la vida.
¿Y esto es vivir? ¡No! Esto es pagar ojo por ojo y diente por diente, es
beber de continuo la hiel y el vinagre que según cuenta la tradición le
dieron a Cristo; es recibir herida tras herida, causadas por implacables
desengaños; y si a esto se redujera la vida más valiera no haber nacido.
* * *
“Dices bien (me dice un Espíritu), si no hubiera más
escenario para representar el eterno drama de la vida que la Tierra que
habitas, Dios sería la injusticia personificada y el último reptil de la
Tierra sería más feliz que el rey de la Creación (vulgo hombre), porque
éste está sujeto a innumerables calamidades, comenzando por enfermedades
incurables, por dolencias que conducen a la desesperación, como son la
guerra, la parálisis, la carencia de los miembros más necesarios, como son
los brazos, las manos, las piernas y los pies, la lengua, el oído y el
entendimiento. Sufre el hombre tan variados y multiplicados tormentos, que
si no tuviera en su vida un pasado y no le esperara un mañana, habría que
renegar de haber nacido; pero, afortunadamente, en la noche del tiempo,
sin poder precisar la fecha fija, el hombre se encontró rey de las selvas,
miró al cielo y sintió brotar de su pensamiento la llama intangible del
deseo; contempló su cuerpo desnudo y experimentó la imperiosa necesidad de
cubrir su desnudez; se vio fuerte y empleó su fortaleza en adquirir lo más
indispensable para satisfacer las más apremiantes necesidades de la vida,
y fue conquistando palmo a palmo el terreno suficiente para levantar sus
tiendas y rodearse de sumisos servidores, de familias que satisficieran su
sed de reproducción, y durante el transcurso de los siglos los patriarcas
centenarios dejaron la Tierra, volviendo de nuevo a poblarla, pero ya no
se contentaron con vivir entre las asperezas del bosque y la fragosidad de
las montañas, levantaron ciudades y le pidieron a los magos y adivinos los
secretos de su ciencia para destruir las tinieblas de la noche.
“Comprendieron que la divisa de la Naturaleza, como dijo uno de vuestros
pensadores, es la de <trabaja o muere>.
“Si dejáis de trabajar, moriréis moral, intelectual y físicamente, y la
muerte ha sido siempre rechazada por los hombres que han sabido tener
lucidez en su entendimiento; sólo se suicidan los desequilibrados; la
completa destrucción sólo la busca el que no comprende el inmenso valor de
la vida; por eso el trabajo ha sido, es y será la ley eterna, por la cual
los hombres se regirán eternamente; y los actuales pobladores de la
Tierra, todos, tienen su historia, todos vivieron ayer y vivirán mañana;
todos han trabajado para crearse un medio de vida, empleando su
inteligencia y sus pasiones, sus vicios y sus virtudes, sembrando cada uno
la semilla que mejor le ha parecido y las circunstancias le han
proporcionado, pues muchas veces un paso dado en falso hace resbalar y
caer. Como la pendiente del vicio es tan resbaladiza, el hombre desciende
por ella sin poder detenerse, porque dado el primer paso la caída es
inevitable, y conociendo así, a veces, el error que encierran las caídas,
o sean las reincidencias del delito, hasta llegar a acostumbrarse el
Espíritu a la perversidad, se deja arrastrar por lo que llama fatalidad,
la cual no es otra cosa que la costumbre del mal obrar. Todo vicio
adquirido es un beodo insaciable, y mucho más que vuestras costumbre y
vuestras mal llamadas leyes, él empequeñece la órbita en la cual giran
vuestros criminales, se le cierran todas las puertas y sólo le abren sus
brazos los antros del vicio, de la degradación más humillante.
“Siempre leo en tu pensamiento esta eterna pregunta: ¿Por qué Dios, que
todo lo puede, no detiene al hombre en el borde del abismo y le dice:
<Levántate que lo quiero...>, y yo te contesto: ¿Y qué mérito tendría
entonces la regeneración del hombre? Ninguno, absolutamente ninguno; sus
luchas no tendrían la menor importancia, porque no le habrían servido de
escarmiento; tanto valdría ser un santo como un réprobo, si al final de la
jornada Dios le dijera: <Entra a mi reino porque así lo quiere mi
voluntad>. El hombre ha sido creado para escalar todas las alturas, para
afrontar todos los peligros, para descubrir todos los arcanos que guardan
los mundos, para conocer todas las propiedades de la materia, para hacer
uso de toda la fuerza de que dispone la Naturaleza, para ser sabio, para
ser bueno; y para llegar a poseer la virtud y la ciencia es necesario que
el hombre sepa por sí mismo lo que duelen las heridas del cuerpo y las
heridas del alma, y la humillación que en sí lleva la ignorancia, la
crueldad, la persistencia en el crimen. Sin el dolor de la caída no se
puede apreciar el placer superior a la bajeza y a las miserias humanas.
“La obra de Dios es perfecta, pero la perfección es una obra de titanes, y
para perfeccionarse el Espíritu necesita la lucha incesante de los siglos.
Los que vosotros llamáis desastres, calamidades, hecatombes, horrorosos
acontecimientos ¿sabes para qué sirven? Para sanear la atmósfera de
vuestro mundo, para librar a la humanidad de monstruos insaciables, para
separar de vosotros a muchos caínes dispuestos a seguir sacrificando a sus
hermanos. Cuando tengáis noticia que ha desaparecido una ciudad,
aniquilada por el fuego o la furia del huracán, o por estremecimientos
geológicos, no creáis que Dios es injusto arrebatando de su hogar lo mismo
al centenario que al pequeñuelo pendiente del pecho de su madre; la
envoltura material no marca el adelanto del Espíritu; es su historia
pasada, en su aspiración presente, la que pone de manifiesto su
inferioridad o su elevación.
“No es la caprichosa casualidad la que devasta un pueblo, es la ley de la
compensación la que se cumple. Los crueles conquistadores, los que han
gozado destruyendo las ciudades donde se albergaban los vencidos, tienen
que sufrir el dolor que causaron a los otros, tienen que despertar
aterrorizados y aturdidos, tienen que vagar sobre las humeantes ruinas de
sus hogares sin darse cuenta del porqué en menos de un segundo han perdido
cuanto poseían. En las leyes eternas todo es justo, no se conoce la
imprevisión ni el olvido, todo llega a su tiempo; nadie recoge un átomo
que no le pertenezca. Nadie lleva más carga que en justicia le
corresponde, y por mucha que ella sea, no os abrumará su peso, porque
tiene el Espíritu un depósito de fuerzas para resistir todo lo que en
justicia le corresponde sobrellevar; si así no fuera Dios sería injusto y
su justicia alteraría la marcha de los mundos, porque crearía obstáculos
que harían saltar de sus órbitas a las inmensas moles que llevan en su
seno otras humanidades.
“Lo que demos es lo que recogemos”; esa es la ley, no hay que echar mano
de subterfugios ni de componendas, no hay religiones que valgan, ni
filosofías que alteren el orden de lo creado. Con la obra divina todo es
inmutable, las minas del infinito siempre tienen sus pozos abiertos para
que por ellos desciendan las humanidades y saquen el metal precioso del
progreso y de la verdad. Sed buenos mineros, buscad en las montañas de la
Tierra a los débiles y a los vencidos, dadles lo que les hace falta, luz
para el alma y pan para el cuerpo, que de los ciegos y de los hambrientos
salen los caínes de la humanidad.
“¡Adiós!”
* * *
¡A cuántas consideraciones se presta la comunicación que
he obtenido! ¡Cuántas verdades! Verdades desconsoladoras, amargas, pero
verdades innegables, y esto es lo que debe buscarse en las comunidades de
los Espíritus, la verdad sin velo, la enseñanza racional, el leal consejo
para inclinarse a las prácticas de las virtudes, el convencimiento que sin
la mejora individual los pueblos nunca serán libres, ni progresarán, ni se
engrandecerán, ni conseguirán grabar su nombre en la historia patria,
figurando como héroes, como redentores, como inspirados marinos llevando
las naves a seguro puerto.
¡Benditas sean las comunicaciones de los Espíritus! Ellas nos guían, ellas
nos alientan, ellas nos hacen conocer la grandeza y la justicia de Dios.
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Hechos que prueban"
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