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PRESENTACIÓN
Hace muchos años, antes de abandonar mi despojo carnal en la Tierra,
prometí a Dios y a mí mismo, escribir algo que combatiese el suicidio. No
obstante, hasta ahora, no me fue posible el cumplimiento de la promesa,
pues se me escapaban argumentos y posibilidades con que demostrar la
lógica del mal que el suicidio representa para la Humanidad. Muchas veces
me afligí con la noticia de que diversas mujeres, arrebatadas por la
pasión del amor humano, habían imitado el gesto de cierta heroína famosa
en una de mis novelas, (1) dándose a la tragedia de un suicidio inspiradas
en ella. En más de un libro que escribí, entonces, pinté el suicidio de
sus héroes, pero dejando de presentar el concepto moral, la consecuencia
aterradora de tal gesto en la vida del Más Allá, para aquél que lo
practica en la Tierra. Si los infractores se inspiraban en los relatos
contados por mí, siempre muy leídos y acatados, me sentía culpable,
causante de aquella desgracia, y llegué incluso a lamentar la inspiración
que me llevó a concluir dramas íntimos y sociales con suicidios tan
impresionantes como los que creé para mis personajes. Me arrepiento ante
Dios y los lectores de la falta, declarando que estoy haciendo lo posible
por repararla. Después de mucho tiempo de una paciente espera, conseguí
los medios para intentar cumplir mi promesa, por lo menos en lo que atañe
a la literatura. Si mi mente, engendrando suicidios literarios que
modelaron otros suicidios proveniente de ahí, intentaré reconfortar
corazones frágiles, vacilantes en las horas difíciles de las pruebas,
alejándolos así del pavoroso abismo. Que Dios bendiga a las almas buenas
que me ayudan a retirar de la conciencia el peso de un remordimiento que
comprometió mi paz.
Río de Janeiro, 13 de junio de 1973.
(1) Ana Karenina
CARLA ALEXEIEVNA
“El hombre no tiene nunca el derecho de disponer de su propia vida,
porque, sólo a Dios corresponde sacarle del cautiverio terrestre cuando lo
juzgue oportuno. Sin embargo, la justicia divina puede calmar sus rigores
a favor de las circunstancias, pero reserva toda la severidad para aquél
que quiso sustraerse a las pruebas de la vida. El suicida es como el
prisionero que se evade de la prisión antes de cumplir la condena y a
quien, cuando es vuelto a capturar, se le detiene con más severidad. Lo
mismo sucede con el suicida que cree escapar a las miserias presentes y se
sumerge en desgracias mayores”. (El Evangelio según el Espiritismo, de
Allan Kardec, Capítulo XXVIII, Prefacio de la “Oración por un suicida”, nº
71, 41ª Edición del IDE-Mensaje Fraternal).
I
Contaba con diez años de edad y residía en Odessa, con mis padres y mi
abuela materna, cuando, un bello día, por casualidad, oí a mi madre
decirle a mi abuela, durante una conversación amistosa:
–Querida madre, yo no podré ir a Kazan en su compañía, conforme habíamos
acordado, pues no tengo con quien dejar la casa y Gregory Mikail Melvinski,
mi marido, no estaría de acuerdo en quedarse solito aquí. Por tanto, no
iré al bautismo de Iosif Zakarevitch, a pesar de lo mucho que me seduce
esa celebración. Pues como sabe, el “niño” que bautizarán es un hombre de
veintiún años de edad; usa cabellos largos, recogidos en dos trenzas
cruzadas en la nuca y levantadas hacia lo alto de la cabeza, donde las
amarra con una tira de paño negro… usando sombrero por encima de todo,
para cubrir la vergüenza…
En silencio, mi madre se puso a reír, mientras mi abuela enfadada decía:
–Anne Mikailovna, ¡haz el favor de respetar más el sentimiento ajeno!
Bien sabes que se trata de una promesa hecha a Nuestra Señora de Kazan,
por la madre de Iosif Zakarevitch, cuando le salieron las vejigas y quedó
casi ciego. Las trenzas serán cortadas inmediatamente después del
bautismo…
–Lo que yo deseaba presenciar también era el sermón del patriarca, que ha
de lanzar una vehemente protesta a los padres, falsos creyentes, que él
seguramente considerará relapsos, puesto que guardaron a un gentío en casa
hasta una edad como esa, con el pretexto de promesas… Pero, no puedo ir.
Usted irá y me hará el favor de llevar a Alex Melvinski, que está loco por
ir a Kazan, a fin de conocer a Carla Alexeievna… Alex Mikailovitch
Melvinski era yo. De hecho, yo andaba ansioso por ver a un hombre usando
trenzas y sombrero, pagano sumiso a un bautismo que, todos comentaban,
sería accidentado, visto que el patriarca en persona no se permitiría
callar ante un voto de tan mal gusto, hecho a Nuestra Señora de Kazan,
que, ciertamente, lo hallaría ridículo. Pero, por encima de todo, lo que
yo deseaba era conocer a mi tía abuela Carla Alexeievna. Decían de ella
que era riquísima, aunque no pertenecía a la nobleza y fuese hija de un
antiguo coronel de húsares de la Guardia Imperial; que poseía cierta
mansión bellísima en los alrededores de Kazan, con tierras, rebaños,
molinos, bosques, lagos, agricultura, caballos, “troikas” y carruajes.
Decían que tocaba el piano como una verdadera artista, que aprendiera
música en Alemania y fue alumna del virtuoso Ludwig van Beethoven; estuvo
prometida para casarse con un Conde alemán, a quien mucho amaba, pero que,
en el mes de la boda, renunció al matrimonio y nunca más pensó en casarse;
que oraba varias veces por día, metódicamente, era muy buena y servicial
para con todos los que la buscasen y bordaba indefinidamente piezas y más
piezas de ajuares para novias y recién nacidos, para después
obsequiárselos a las novias y a los bebés pobres; que era bondadosa con
los hijos de sus “mujiks”; que casi todos ellos eran ahijados suyos y
protegidos por ella; que los enseñaba a leer, escribir y contar, y hasta a
cantar en las fiestas de iglesias, pero que, a pesar de todo eso, era
inválida y poseía un cuerpo horriblemente feo, mientras el rostro era
bello como el de un ángel, y solamente podía moverse usando dos muletas.
Por último decían que tía Carla era una mujer de sesenta y cinco años de
edad y fuera muy bella, bellísima en su juventud, antes del accidente que
la inutilizara para la vida social.
Yo oía tales comentarios y no los asimilaba muy bien, pero no dejaba de
pensar en la tía Carla y en el virtuoso Ludwig van Beethoven, a quien ella
amaba mucho y al cual me lo imaginaba como si fuese su novio, además de
ser un santo; las trenzas de hombre pagano, que yo suponía tuviese pactos
con el demonio, por no haberse bautizado, y la invalidez de Carla
Alexeievna, hermana de mi abuela, por quien sentía una viva simpatía y una
compasión indescriptible, a mis diez años de edad. Hasta que, finalmente,
cierta mañana nebulosa, refrescada por una neblina impertinente, subimos
al carruaje, abrigados y contentos y viajamos rumbo a Kazan. Pero, fui
solo con mi abuela. Anne Mikailovna, mi madre, se quedó en casa, a pesar
de el deseo de contemplar las trenzas del bautizante y oír el sermón del
patriarca, cosa de la que yo no tenía ni la más mínima idea.
*
Nunca pude olvidar la extraña atracción que sentí por tía Carla Alexeievna
en la hora en que, llegando a su casa, entré por la sala comedor y la vi
sentada en su poltrona junto a la chimenea. Entraban unos rayos de sol por
una ventana próxima, cuyos vitrales, mostrando la silueta multicolor de la
Señora de Kazan, dejaban filtrar sugestivos reflejos que iban a moldear la
figura singular de Carla.
–Su bendición, madrecita…–exclamé, temblando por una respetuosa emoción y
mirándola curiosamente. –Soy Alex Mikailovitch Melvinski, su sobrino
nieto…
Ella me abrazó con lágrimas en los ojos, sin decir nada, haciendo la señal
de la cruz sobre mi cabeza.
Mi abuela se aproximó, llorando. Las dos hermanas se abrazaron entre
lágrimas, por el simple gusto de derramarlas, dramatizando un encuentro
que más bien debería motivar alegría, después se rieron y conversaron, y
volvieron a reírse, ahora a carcajadas.
Iosif Zakarevitch era hijo del administrador general de Carla Alexeievna.
Lo conocí en aquellas primeras horas después de nuestra llegada, y pronto
una ardiente simpatía nos atrajo uno hacia el otro, aunque él era un
hombre ya, y yo aún era un niño. Lo hallé elegante, con sus ojos de un
azul fuerte y las pestañas largas, un bello porte de joven campesino, y
con mucha dificultad logré descubrir las señales de las vejigas que le
brotaron cuando niño, las cuales determinaron la ilógica promesa de la
madre, de conservarlo pagano y con los cabellos largos, trenzados, hasta
la edad de veinte y un años. Su rostro era sereno y blanco como el rostro
de ella. Muy sutilmente, me puse a buscar las trenzas de sus cabellos.
Pero, por más que investigase, que me agachase para verlas, y lo rodease,
ansioso, nada conseguí descubrir. Si retiraba el sombrero, lo que no era
frecuente (tenía permiso de Carla para conservar el sombrero en la cabeza
dentro de casa), aparecía un pañuelo negro amarrado alrededor de la
cabeza, a la moda gitana, y nada se veía. Perdí el interés por las trenzas
de Iosif, aunque seguí siendo su amigo mientras permanecí en Kazan y hasta
los días presentes, cuando siento añoranza por él, pues la verdad es que
nunca más lo pude olvidar.
El bautismo se realizó el domingo siguiente y Carla Alexeievna fue la
madrina. Tuvo que ir a la iglesia con las muletas, amparada por la vieja
gobernanta Sofía, que siguió en el carruaje con ella y mi abuela. Pero, al
contrario de lo que mi madre, Anne Mikailovna, pretendiera, el patriarca
no compareció a la ceremonia. Un ayudante suyo lo sustituyó, e hizo un
bello sermón filosófico a los padres en general, incitándolos a no dejar a
sus hijos ignorantes de la ley de Dios y del Evangelio, pues lo que
convierte al hombre en cristiano –aclaró él– no es propiamente el
bautismo, sino el conocimiento y la práctica de esas leyes, y por último
inspeccionó los conocimientos del individuo acerca de la Doctrina
Cristiana. Éste, por su parte, salió bien librado de la dura prueba. Nadie
esperaba que un hombre de trenzas conociese tan bien la vida de Jesucristo
expuesta en los cuatro Evangelios. Probó que, teóricamente, por lo menos,
era un cristiano, puesto que sabía de memoria los más expresivos pasajes
de los Evangelios. Hablaba como un orador, lo que encantó a los presentes,
pues la iglesia estaba repleta, muchos de los cuales llegaron a
arrodillarse cuando él discurría sobre la Pasión. El sacerdote se calló
sin tener nada de qué amonestar a un hombre que conocía tan bien la
Doctrina del Señor, y trató de bautizarlo, mientras yo oía que Sofía decía
bajito a mi abuela:
–Esto es trabajo de Carla Alexeievna, madrecita; ella le daba clases de
Evangelio desde que él era un niño. Nunca vi tanta paciencia y amor por
los pequeños…
–Lo más difícil, Sofía, no es enseñar, eso cualquiera lo hace, es
ejemplificar lo que se enseña…
–¿Y Carla no ejemplifica?
–Parece que no conocéis a vuestra hermana. ¡Pues debéis saber, madrecita,
que Carla Alexeievna sí ejemplifica! Señora: la vida de mi ama es un himno
constante a Dios, por los ejemplos buenos que da…
Al bautismo siguió una fiesta campestre entre los padres de Iosif y sus
amigos. Pero, yo no fui a esa fiesta, que se realizaría en la mansión
rural de Carla; estaba muerto de cansancio. Al día siguiente, observando
que Iosif ya no traía en la cabeza ni el pañuelo ni el sombrero y sí unos
cabellos rubios dorados, finos como la seda, porque las trenzas habían
sido, realmente, sacrificadas, regresé a casa de mi tía Karletchka, a fin
de observarla mejor. Diría que me había enamorado de ella y que fue ese el
primer amor de mi vida.
En los siguientes días, examiné la casa, que era realmente, muy bella, con
su mobiliario Luis XV y observé a Carla. En mi concepto sencillo de niño,
Carla era una santa, y junto a ella yo me esforzaba por volverme santo
también. Por ejemplo: además de orar en la mesa de las refecciones,
rindiendo gracias por el almuerzo y por la cena y demás favores diarios, a
la hora del ángelus, Carla reunía a sus pupilos que se encontrasen
presentes y se dirigía con ellos al oratorio que había hecho montar en su
casa, y los enseñaba a orar a la Señora de Kazan. (1)
(1) María, madre de Jesús, muy venerada otrora en la ciudad de Kazan,
en la Rusia Imperial.
Después, cantaba un himno en coro con ellos, como de costumbre entre los
creyentes ortodoxos, y ofrecía oraciones a las almas sufridoras. Ella era
la primera que llegaba a la mesa de refecciones, después del toque de la
campanilla. Pero, no se sentaba. Esperaba de pie, apoyándose en las
muletas, hasta que apareciese el último niño para tomar parte en la mesa
con los demás. Entonces, oraba y los presentes acompañaban la oración
mentalmente. Hubiese o no hubiese visitas, el programa era ese. Y todos lo
obedecían, encantados con la fina educación de Carla y con las
irradiaciones de ternura que se desprendían de esa mujer de sesenta y
cinco años de edad. Sofía servía a los niños y después a la propia Carla,
y la refección se prolongaba un poco, hasta que ella se levantaba y volvía
para su bordado. A veces, se recreaba en la baranda, de donde podía ver el
pomar y el jardín y, más lejos, los campesinos entretenidos en su labor, o
el ganado yendo y viniendo por el pasto. Y, entonces, sonreía
abiertamente, deleitándose ante el esplendor de la Naturaleza, que
comprendía y amaba hasta la veneración. Para mí, fue un encantamiento
compartir aquella mesa, aquellas oraciones, el modo de vivir de aquella
casa. Y, si hoy soy un sincero creyente en la paternidad de Dios, mucho lo
debo a los ejemplos que recibí de Carla durante mis frecuentes estancias
en su compañía, a partir de mis diez años de edad. Continué observando.
Carla daba clases a sus pupilos y también a los hijos de sus servidores,
diariamente, antes del almuerzo y por la tarde les enseñaba el Evangelio y
trabajos manuales. Se reunía con ellos en el comedor, los hacía sentarse
en el suelo, sobre tapetes, o en banquitos, y así les enseñaba desde la
lectura y las cuentas hasta las artes accesibles a sus posibilidades.
Solamente para escribir es que los hacía sentarse a la mesa grande, y
Sofía vigilaba para que la misma no fuera manchada de tinta o de borras de
lápiz. Y mientras enseñaba, siempre tranquila y serena, bordaba: hacía
medias y chaquetas para el invierno, colchas y mantas, y cosía otras
cosas. De allí mismo ella dirigía su propiedad, entendiéndose con los
administradores y la servidumbre, pasaba temporadas en el campo. Y, en la
mansión de la ciudad, recibía visitas y las brindaba con exquisito té y
conciertos de piano, pues no abandonó aún el divino arte que el Sr. Ludwig
van Beethoven le transmitió en la juventud. Tres veces por año había
teatro en su casa. Los niños eran los actores, los cantantes y los
músicos, y llegaban invitados para asistir a las presentaciones y después
se deleitaban con dulces finos, licores y refrescos. Era una casa con
mucha actividad y llena de vida, y Carla lejos estaba de ser una mujer
desfallecida o acomplejada por su desdicha de invalidez.
–Yo no estoy inválida –decía ella, si alguien lamentaba, en su presencia,
el desastre que le impidiera caminar y mantener vida social. –Tengo el
cerebro perfecto, buena visión, una vida intensa de quehaceres, procuro
ser útil a los que me rodean y doy buena cuenta de todas las empresas con
las que me comprometo. Por lo tanto, ¡no soy inválida!
Y, en efecto, esparcía el bien por todas partes, protegía, consolaba,
enseñaba, animaba, escribía cartas e innumerables personas eran
beneficiadas por ella.
III
Cierta mañana, cuando Iosif Zakarevitch fue encargado, por Sofía, para
pulir los muebles del salón de honor, yo lo acompañé. Después de algún
tiempo de conversación infantil, pues Iosif era muy sencillo, y mientras
yo admiraba las preciosas piezas ornamentales de aquella casa encantadora,
pregunté a mi amigo:
–¿Por qué razón mi tía Carla Alexeievna quedó inválida? ¿Qué ocurrió, para
que ella quedase así, con un cuerpo tan feo?
–Yo lo sé, pero no debo decirlo, Alex Mikailovitch, no debo decirlo.
Ella es mi madrina y mi segunda madre. ¿Con qué derecho me entrometeré en
su vida, comentando el pasado?
–Pero, ¡yo quiero saberlo, Iosif Zakarevitch! Soy sobrino nieto de ella,
también tengo el derecho de saber… ¿Qué mal puede haber en contarme lo que
sabes?
–Pídele a Sofía que te cuente. Fue ella la que me recomendó no comentar la
vida de Carla, a fin de no revivir el pasado. Pero, tiene placer en
relatar todo, ella misma, a quien se interese por el caso, si no se lo
dice a Carla. Y lo hace con tanto amor… Dice ella que se trata de un
“romance delicado”, lo que le pasó a Carla. Pídele a Sofía, pídele…
–Temo que Sofía me reprenda.
–¡Oh! ¡No hará eso! Ella te respeta, padrecito, y además, se muere por
contar historias, pues, ya se habituó a ver en Carla a la heroína de un
drama real…
Aquella misma tarde, mientras mi abuela y mi tía Carla conversaban en la
baranda, saboreando su té con bizcochos, contemplando los viejos árboles
del jardín, que crecieron con ellas, pedí a Sofía, tímidamente:
-Cuéntame una historia, madrecita. Iosif Zakarevitch me dice que sabes
lindas historias… y que la vida de tía Carla es un “romance delicado”.
Dígame: ¿qué le sucedió a mi querida tía abuela, para que hoy solo pueda
caminar con la ayuda de muletas?
-¡Ah! ¡También tú quieres saber algo sobre mi ama! No debería contarte
nada. Eso le competía a tu madre. Pero, las madres de hoy no educan a los
hijos con sentimiento. Es una cuestión de sensibilidad del corazón,
¿sabes?
Ellas no tienen sensibilidad…
–¿Ellas quiénes?
–Las madres, ¿quién habría de ser? Cuando se posee un pariente valeroso
como tu tía abuela, no se debe dejar de hablar a los niños de la familia.
Así, pues, te contaré lo que sé. Dicen que eres inteligente. Si eso es
verdad, te pido un favor: guarda cuanto oigas. Cuando seas hombre, escribe
el episodio que voy a contar y publícalo. Será bueno que otras mujeres se
miren en el ejemplo de mi ama y se salven de la desesperación, como ella
se salvó, cuando la desgracia llegue…
Conversábamos en la salita donde Sofía cosía, al pie de una vidriera. Me
acomodé mejor en mi banquito, los demás niños se acostaron en el suelo,
para oír; Iosif se puso a hojear un libro, pues ya había oído cien veces
la misma historia de Carla, narrada por Sofía, y ésta carraspeó, limpiando
la garganta. Se levantó, acomodó el abrigo en los hombros, nos sirvió té,
ofreciéndonos dulces; tomó agua con azúcar después del té y regresó,
sentándose después en la misma poltrona. Me acerqué a ella y esperé. Todos
esperaban. Entonces, ella nos contó:
–“Muchas mujeres por ahí, por este mundo, por mucho menos que lo que le
pasó a Carla, se han quitado la vida. Pero, es porque ellas no tuvieron fe
en Dios y en sí mismas, no tuvieron conformidad ni paciencia y no
disponían de una educación moral superior, como la de Carla. La buena
educación que una persona pueda tener es también un preservativo contra el
suicidio: los caracteres voluntariosos, habituados a ver siempre
realizados sus propios deseos, son más propensos a la desesperación ante
la realidad, así son también los de débil voluntad. Los humildes y
comprensivos raramente se matan, pues reciben los malogros que la
existencia les presenta con la resignación que los encamina a Dios, y la
verdad es que Dios es nuestro Padre y envía el socorro de que carecemos
cuando nos ve sobrecargados de aflicciones, pero confiando en su
misericordia…”
Confieso que en aquel tiempo yo no entendía nada de lo que Sofía decía,
sólo hoy, un siglo después, recordando los hechos, asimilo todo y puedo
apreciar la verdad de lo que decía la humilde servidora, pero le prestaba
mucha atención a ella. Sofía prosiguió:
–“¡Ahora escuchen mis queridos niños! Carla Alexeievna contaba diecinueve
años de edad y era una de las más lindas jóvenes de nuestro Santo Imperio
Ruso. Muy dulce y bondadosa, alegre y servicial, era el encanto de sus
padres, que todo hacían por ella y la hermana, y tanto poseía belleza como
virtudes. Tres príncipes rusos desearon desposarla. Pero, ella los rechazó
por desear antes instruirse cuanto le fuera posible. Fue educada en
Francia y en Alemania, donde perfeccionó conocimientos musicales con el
Sr. Ludwig van Beethoven…”
No sé por qué, a esa altura de la narración me bendije y suspiré,
conmovido. Yo no podía oír hablar del Sr. Ludwig van Beethoven sin
conmoverme y sin bendecirme. Creo ya haber declarado que yo juzgaba que
era un santo el maestro de música de mi tía abuela, y que fuera él mismo
el novio que ella tanto amara.
–¿Por qué te bendices, padrecito? –interrogó Sofía.
No sabiendo que responder, sonreí, y Sofía, que aprendió a ser buena con
su ama, me acarició los cabellos y continuó:
–“En Alemania en cuanto estudiaba música, Carla Alexeievna conoció al
Conde Ruperto van Gallembek, alemán de buena y tradicional familia. Él,
también era pianista, alumno, como ella, del Sr. Beethoven, y los dos se
entendieron muy bien y se enamoraron uno del otro. Cuando la linda joven
que era Carla regresó a Rusia, el Conde Ruperto no se conformó con la
separación: organizó sus propios negocios, estableció, lo mejor que pudo,
directrices para sus intereses y se mudó para aquí. Una vez en Rusia,
compró tierras y las cultivó; compró también una bella mansión, invirtió
en agricultura e industrias y pidió a Carla en matrimonio.
El pretendiente fue aceptado, la alegría fue general entre la familia de
ambos, y los novios se veían cada vez más enamorados, ansiosos por los
esponsales. Pero, por lo que parece, ese casamiento no estaba previsto por
las leyes de Dios, tal vez porque tanto Carla como su novio necesitaban de
una prueba para aproximarse más a Dios. A veces, mis niños, la felicidad
nos vuelve egoístas y nos aleja del buen camino que nos lleva al Cielo…”
–¿Qué camino es ese, madrecita? –indagó un niño mayorcito, que prestaba
mucha atención. Sofía explicó como pudo:
–¡Es un modo figurado de hablar, padrecito! El camino que lleva al Cielo
es un procedimiento virtuoso de la persona que ama y respeta a Dios y se
confraterniza con el prójimo, esto es, con sus hermanos de Humanidad.
No entendimos bien, pero Sofía tomó de nuevo el hilo de su exposición:
–Entonces, si nos apartamos de ese camino, o de esas normas de vida, el
sufrimiento se presenta como bendición salvadora, poniéndonos de nuevo en
la senda recta que probará nuestras virtudes ante las leyes de Dios…
IV
Cuando faltaba precisamente un mes para las nupcias, todo estaba
preparado, esperando el gran día. La familia de Ruperto van Gallembek
llegó de Alemania, a fin de asistir a las ceremonias que, todo indicaba,
serían deslumbrantes. Por su parte, los parientes de Carla llegaban de los
cuatro cantos de nuestra Santa Rusia, abrían sus mansiones de Kazan o
alquilaban casas, hacían compras y vestuarios dignos de la gran ceremonia.
Decían los más ancianos que no era bueno que la novia visitase la casa que
habitaría después del casamiento, antes de la realización del mismo. Pues
eso acarrea desgracia. Yo no creo en eso, pues se trata de una
superstición, pero los ancianos decían… Lo que sé es que faltando poco
menos de un mes para Carla casarse, Ruperto la invitó, insistentemente,
para visitar la mansión que él preparara para ella.
La mansión estaba en el campo, distante de Kazan cerca de ocho “verstas”.
Toda la familia estaba encantada con la invitación y habiendo decidido que
se organizase una cabalgata, como hacen los hidalgos, almorzarían en el
bosque y pasarían la tarde examinando la propiedad. Los caballos
aparecieron y las damas, entusiasmadas, se mostraban encantadoras en su
animación, sonrientes y felices. Carla Alexeievna, en el esplendor de su
juventud, no cabía en sí de contenta y partió al frente, con el novio, a
galope, ansiosa por examinar los detalles del romántico nido que Ruperto
preparó para ambos.
Todo fue cumplido de acuerdo con los planes programados. Carla parecía
soñar, contemplando el cariño con que el novio había pensado en todo.
Deliberaron, entonces, ante todos, que residirían allí durante la
primavera y el verano, y que parte del otoño y el invierno lo pasarían en
la ciudad, si así lo deseasen, pues Ruperto cultivaría la agricultura,
pues era un enamorado de las cosas de la Naturaleza. El regreso del paseo
no fue menos animado que la ida, por lo menos su inicio fue acompañado de
la sana alegría de las criaturas felices y bien educadas.
Atardecía cuando comenzaron a rodear la orilla del bosque. Había rocas
aquí y allí y riachuelos formados por pequeños nacientes que escurrían de
la montaña. Los caballos eran fogosos y, entre ellos, la yegua montada por
Carla era un animal nervioso y muy sensible. Carla Alexeievna y Ruperto
van Gallembek corrían al frente, tal y como lo hicieran durante la ida.
El uso de una dama cabalgar sentándose sobre la silla apropiada, donde
engancha la pierna, es erróneo, pues es peligrosísimo, y muchos accidentes
fatales se han visto debido a ese uso, que no ofrece ninguna seguridad a
la jinete. Corrían por el camino, llenos de confianza, los felices novios
cuando, súbitamente, saltaron dos grandes liebres a la vía, una
persiguiendo a la otra, de un lado al otro del bosque. La yegua montada
por Carla Alexeievna se asustó y un relincho amenazador, convertido en
terror, quebró la armonía de la soledad. El bello animal se empinó, giró
constantemente, con las patas delanteras en el aire. Carla intentó
equilibrarse, dominar la cabalgadura, que resollaba, asustada o
enfurecida. Ruperto intervino de inmediato, aproximando su caballo y
hablando al animal cariñosamente, como era habitual, intentando
acomodarla. Pero, por lo que parece, ésta se asustó aún más con el
griterío de los demás caballeros, comenzó a cocear y a encorvarse y, de
repente, la yegua partió en desenfrenado galope. Asustada, Carla intentó
mantener el equilibrio, pero no lo consiguió y al saltar un pequeño
riachuelo, en su terrible galopada, lanzó a la joven a lo lejos y continuó
la carrera, sólo paró más tarde para pastar. Si la enagua de Carla se
hubiese trabado en el gancho de la silla de montar la joven estaría
perdida. Moriría, reduciéndose a pedazos. Pero la enagua no se trabó en el
gancho de la silla y ella pudo salvarse. Pero, la fatalidad determinó que
mi pobre ama cayese violentamente sobre una de las rocas que se extendían
a la orilla del camino fracturándose, en dos lugares, los huesos del muslo
y de la pierna derecha, quebrándose también el hueso ilíaco y dislocándose
el omóplato derecho. Entonces, ella quedó tirada sobre las piedras, como
si estuviese muerta.
Parte de la noche permanecieron allí los caballeros, desesperados, sin
saber qué hacer, mientras otros corrían a la ciudad en busca de un médico,
de un carruaje, de una camilla de hospital. Y Ruperto, desesperado,
lloraba como un niño, suponiéndola muerta.
V
Pasados tres días Carla volvió en sí. Reconoció a todos, profirió sus
nombres y besó las manos de los padres. Pero, cuando percibió la presencia
del novio el cual había estado lleno de angustias, velando a su cabecera
día y noche, lloró copiosamente y exclamó, entrecortada por los sollozos:
–¡Todo se acabó, mi Ruperto! ¡Sólo fue un sueño!
El tratamiento fue difícil. Las fracturas fueron graves y la cirugía de la
época no alcanzaba los milagros de la ortopedia verificados recientemente
en nuestras ciudades rusas…
Carla, exageradamente púdica y escrupulosa, no consentía en desnudarse
para ser examinada como es debido, tratando de remediar el mal uniendo los
huesos partidos y los tendones desviados. La invalidez se impuso: los
huesos se solidificaron fuera del lugar apropiado, sin la intervención
quirúrgica. Por eso mismo la pierna accidentada se tornó más corta que la
otra, sin movimiento, balanceándose en el aire. El omóplato, desviado,
alteró las líneas perfectas del dorso y una fea protuberancia se presentó,
irremediable. Quedó entonces, un hombro más alto que el otro, el lado
perfecto encogido por el lesionado, que aumentó su volumen. Pasados seis
meses, Carla pudo levantarse con dificultad, pero no pudo caminar. Para
readquirir los movimientos y poder moverse, amparada por muletas, se
pasaron dos años. Ella lloraba mucho y parecía inconsolable, pues era su
propia vida arruinada para siempre lo que contemplaba. Durante ese espacio
de tiempo, Ruperto, siempre le brindó su afectuosa asistencia, le propuso,
más de una vez, realizar la boda. Pero la joven se oponía:
-¡No, mi amigo, no! Te amo mucho para consentir en esclavizarte a la ruina
a la que me reduje…
–Pero… ¡Querida mía! Ahora más que nunca nuestra unión deberá realizarse.
A mí no me importa tu…
–Sinceramente agradezco tu caballerosidad y el piadoso sentimiento que me
consagras. Pero, no puedo ni debo aceptar tu sacrificio.
–Carla Alexeievna, ¿qué haces? ¡Vuelve en ti, querida mía, y reflexiona!
¿Entonces, me abandonas? ¡Yo también sufro y te necesito, aliviemos
nuestro mutuo sufrimiento, uniéndonos para siempre!
–Sientes compasión por mí y nadie debería casarse por piedad. Si nos
casásemos, en los primeros meses todo iría bien. Pero, pasado un año yo
pesaría demasiado en tu vida. Cuando le ocurre a alguien una desgracia
como ésta, es porque ese alguien ha sido llamado por Dios para una vida
diferente de la que llevaba. Ahora sé, que mi tarea en este mundo no es el
matrimonio.
Debe ser consolar y socorrer a los pequeñitos, como aquellos que Jesús
citó.
Te amo, Ruperto, y te amaré siempre, pero renuncio a la felicidad de
pertenecerte. No quiero verte más. Ahora, tu presencia me hace sufrir. Es
necesario olvidarte. No me visites más. Preciso de tranquilidad para
reorganizar mis pensamientos y sentimientos y entregarme a Dios, para ver
cómo debo ser útil en este mundo. Devuelvo la palabra que me diste. Te
dejo en libertad para escoger otra novia y casarte con ella.
–¿Aprueban tus padres esta resolución? –preguntó él amilanado y
compungido.
–Dejaron a mi criterio resolver lo que me pareciese mejor.
Y no hubo quien convenciese a la digna joven de que no debería dejar
desesperado a aquel novio que tantas demostraciones de amor le había dado,
a pesar de la desventura que se abatiera sobre ella.
–Es por su propio bien y el mío que procedo así –repetía ella a los
padres, cuando éstos la censuraban por la ruda resolución. –Él se
conformará y será feliz sin mí, estoy muy segura de ello…
Y Carla, buscando olvidar al novio amado, se consagró a Dios, se dedicó al
estudio para ampliar su conocimiento de las Santas Escrituras y trató de
poner en práctica las lecciones que iba aprendiendo. Se dedicó,
principalmente, a los niños, humildes hijos de los “mujiks” de sus padres.
Los enseñó a leer, les suministró ropas y mantas que ella misma
confeccionaba, los educó, los volvió dignos de Dios. Y hospedaba consigo a
los que eran huérfanos. Los enseñó a cantar, a declamar, a la manera como
se usaba en ese tiempo y a danzar los bellos bailes de nuestro país.
Ruperto, rechazado, la visitaba ahora mensualmente, a pesar de
lasobjeciones de ella. Necesitaba olvidarlo, y no era viéndolo con esa
frecuencia como podría borrarlo del pensamiento. Pero, a pesar de eso,
Carla Alexeievna, lloraba mucho, sufría por el novio, le añoraba y sólo
Dios sabe el martirio que ella se imponía a fin de confirmar la dolorosa
renuncia. Creo que muchas mujeres de este mundo, por sufrir mucho menos
que ella, han buscado en el suicidio el ficticio alivio para sus propios
sufrimientos.
No obstante, poco a poco, Carla se resignó a lo inevitable que se imponía
entre ella y sus sueños de joven. Por la noche, soñaba que seres
angelicales venían hasta ella y se deshacía en lágrimas:
–Es necesario que sea así, querida mía, para sublimar tus sentimientos,
que hace siglos vive y revive en tu corazón… Tú y Ruperto, si mucho os
habéis amado, también habéis infringido mucho las leyes del Todopoderoso.
Pero, llegó el momento de la reparación de los errores pasados, para la
sublimación por el dolor, a fin de que vuestra unión se legitime en
presencia de Dios. Vuélvete al Cielo y sigue a Jesús. El consuelo
descenderá de lo Alto para aliviar tus disgustos. Y más tarde… Espera,
querida mía, porque aún bendecirás las amarguras que hoy te afligen, por
amor a las alegrías que te esperan…
Entonces, Carla siguió a Jesús y recibió consuelo.
Una de las tareas que se impuso fue la de proteger a los novios pobres,
para que pudiesen realizar sus planes matrimoniales. Para eso, buscaba
trabajo para los varones, ofrecía ajuares a las novias, las preparaba
moralmente para el gran compromiso de ser madres de familia.
Cinco años después de su renuncia a Ruperto, durante una tarde nebulosa de
otoño, cuando las lilas del jardín agonizaban, doblándose bajo el peso de
los gajos, aquel novio inolvidable la visitó una vez más, llevándole un
ramo de rosas, las últimas de la estación, obtenidas en la mansión que
debería haber sido de ella.
Carla Alexeievna lo recibió. Aceptó las rosas y se las agradeció,
invitándole a sentarse y tomar el té con bizcochos de nata y miel. Ruperto
se sentó a su lado, al pie de la estufa, como siempre, y en el desarrollo
de la conversación explicó el motivo de la visita:
–¡El hombre necesita casarse, Carla! Tú me abandonaste, dándome libertad
para contraer matrimonio con otra mujer…
–¡Muy bien! Recuerdo eso. Hice lo que debía hacer…
Pero, su corazón temblaba, ansioso. Miraba furtivamente al visitante.
Nunca le pareciera más bello, con su porte majestuoso, su chaqueta bien
tallada, su elegancia natural. Él prosiguió y ella lo oía:
–Necesito constituir mi propia familia, querida Carla. Es contrario a la
naturaleza del hombre vivir solo… El hombre precisa de una compañera, una
mujer, que lo ayude a vivir… ¡Voy a casarme Carla!
Ella se emocionó hasta la más oculta fibra de su corazón, pero respondió:
–Haces bien, mi amigo, lo comprendo…
–¿No quieres saber con quien me caso?
–Sea quien fuere la novia, debe ser digna de ti.
–Bien. Es tu amiga Halina Vacilievna. Así permaneceré más cerca de ti…
Y se casó.
Carla sufrió, lloró a solas consigo misma y con Dios, pero cuando el
cortejo nupcial pasó por su casa, camino a la catedral, ella se mostró
indiferente y continuó bordando, contándoles historias a los niños que la
rodeaban. Ruperto se volvió en el carruaje, examinando con la mirada las
ventanas de la mansión de su antigua novia: permanecían cerradas. Carla
Alexeievna no se dignó a asomarse a la ventana a fin de verlo pasar.
VI
Durante veinticinco años la vida no se alteró para Carla Alexeievna:
Continuó bordando y tejiendo medias y blusas de lana para el invierno,
orando y dirigiendo, sentada en su poltrona, los bienes que poseía,
criando hijos ajenos, para educarlos e instruirlos. Durante ese largo
espacio de tiempo murieron sus padres y ella más que nunca, se sintió
triste. Los amigos de la juventud unos habían muerto, otros se mudaron
para Moscú o San Petersburgo, y otros más, al no verla jamás en sociedad,
poco a poco espaciaron las visitas que le hacían y la olvidaron. Ruperto
aun la visitó algunas veces, constreñido, después del casamiento, pero
Carla lo recibió ceremoniosamente, tratándolo de “Excelencia”, lo que
pareció constreñirlo aún más. Cuando nació su primer hijo, fue,
personalmente, a participar el evento a la antigua novia. Al nacer el
segundo, repitió la visita y la participación. Y lo mismo ocurrió tres
veces más, pues el matrimonio Gallembek fue agraciado por Dios con la
dádiva de cinco bellos hijos. Carla agradecía la visita y la participación
y, al día siguiente, enviaba un rico presente al recién nacido y un ramo
de flores a la madre; pero nunca los visitó, porque Halina tampoco la
visitó jamás desde que se casara. De modo que no llegó a conocer
personalmente a los hijos de Ruperto. Pero, por el día de su santo, que
era en el verano, Ruperto le enviaba un ramo de rosas, felicitándola (1).
(1) No sólo en Rusia, sino también en otros países de Europa, aún hoy,
se conmemora, además del aniversario de la persona, también el día del
santo cuyo nombre recibió esa persona.
Como se ve, Ruperto fue el novio que, durante mucho tiempo, no la olvidó y
sufrió por ella, el amigo en penas, fiel a su propio sentimiento, que se
esforzaba por consolarla y consolarse. Pero, después, la responsabilidad
de la familia aumentó con el crecimiento de los hijos. Las preocupaciones
diarias, la intensidad de los negocios, los deberes sociales, las
actitudes esquivas de Carla y, finalmente, el tiempo, ese benévolo
cicatrizante de amarguras y heridas, lo llevó a espaciar cada vez más las
visitas y, por fin, ni siquiera los saludos de la Navidad y del día del
santo de su nombre recibía Carla Alexeievna. Ruperto acabó por olvidarla.
¡Estaba todo tan distante! ¿Quién podría exigir del corazón de un hombre
la fidelidad a un sueño muerto?
Carla no sufrió por eso. Se resignó. Esperaba eso mismo de él. Por eso se
había negado al matrimonio, segura de que su invalidez lo alejaría de
ella. Eso es humano, es casi razonable. Y continuó, como siempre, en su
fiel puesto de protección a los pequeñitos, sirviendo a Jesucristo en la
persona de su prójimo sufridor y humilde.
Pasados veinticinco años, contando ya cincuenta años de edad y con los
cabellos totalmente blancos, Carla, al despertar, cierta mañana, oyó que
las campanas de la catedral doblaban a finados, dolorosamente. Era el
momento de sus primeras oraciones del día. No sabía quien había muerto.
Pero, decidió dedicar sus oraciones de esa mañana en honor de aquel alma
que abandonaba el cuerpo a la tierra, de donde proviniera, por la ventura
de la resurrección espiritual. Llamó a los niños, y los hizo que oraran
con ella, explicando, como siempre:
–Cuando sabemos que alguien entregó el alma al Creador, tenemos el deber
de ayudarlo, con nuestras oraciones, a buscar el seno de Dios, deseándole
paz y luces espirituales…
Y, después, siguió bordando y dando lecciones a los niños.
–Yo fui a misa, por la mañana –continuó Sofía, después de una pausa,
durante la cual se mostró triste–, y supe, en la iglesia, por quien
doblaban tan tristemente las campanas; pero, al regresar a casa, no tuve
valor para darle a Carla la triste noticia. No obstante, a la hora del
almuerzo, no me pude contener, entendí que tenía el deber de poner a mi
querida ama al tanto de lo que pasaba, y exclamé con cierto recelo:
–Las campanas de la catedral doblaban a finados hoy…
–Sí, doblaron, yo las oí. Doblaron desde muy temprano, y doblan de vez en
cuando. Alguien muy querido a nuestra ciudad se elevó hoy a los cielos. Ya
oré rogando a Dios por él…
–¿Acaso no sabes quien murió, madrecita?
–No, no lo sé. ¿Cómo lo sabría?
–¡Fue Ruperto van Gallembek, querida! Murió por la madrugada… Estuvo
enfermo dos meses…
Carla no respondió. Acabó de comer más lentamente, en silencio, y durante
la oración de agradecimiento por la dádiva del almuerzo, siempre hecha en
voz alta, para que nosotros la acompañásemos mentalmente, rogó a Dios por
él. A la mañana siguiente, antes del mediodía, irrumpí en la sala donde
Carla daba lecciones a los niños y exclamé, pensando en serle agradable:
–¡Madrecita!¡Madrecita! ¡Carla Alexeievna! ¡Es el cortejo fúnebre del
Conde Ruperto van Gallembek! Va a pasar bajo tus ventanas. ¿No vais a
verlo?
Pero, Carla no respondió. Con mucha dificultad, se puso de pie, apoyándose
en sus muletas. Tuve que ayudarla. Así de pie, cruzó las manos en actitud
de plegaria y oró, con el alma concentrada ante Dios, prestando el último
homenaje terreno a aquel que tanto supiera amar en silencio durante más de
treinta años de pesar y de nostalgia. Después se sentó y continuó la clase
para sus niños, ángeles que la amparaban en la soledad que soportó casi
toda su vida.
El cortejo había pasado…
Y así ha sido, queridos niños, hasta el día de hoy.
Aquí concluyó el relato de Sofía, la dedicada ama de casa de mi tía abuela
Carla Alexeievna. Ella estaba bañada en lágrimas. Iosif Zakarevitch
continuaba leyendo el libro. El viento soplaba fuerte allá afuera. Caía
una tempestad de granizo, anunciando las primeras nieves, y los árboles se
retorcían, azotados por el fuerte vendaval.
Confieso que, entonces, comprendí muy poco del relato de Sofía. Lo que
quedó bien claro en mi corazón era que mi tía abuela había sido una joven
muy bella, que era muy buena con los otros y amaba a Dios, que sufrió una
gran caída del caballo que montaba y por eso quedó con aquella horrible
invalidez, y que, por esa razón, el Conde, un hombre muy rico y bueno, su
novio, se había casado con otra mujer. Sólo más tarde, después de que me
hice hombre, pude evaluar la grandeza de aquel corazón de mujer, que se
refugiaba en el culto a Dios y en la práctica del Evangelio de Jesucristo
a fin de soportar bien la desventura de su propia vida, evitando así la
desesperación que la podría haber llevado al suicidio.
Carla Alexeievna murió a los sesenta y ocho años de edad, después de una
ligera enfermedad del corazón, exactamente tres años después de que la vi
por primera vez, cuando fui a Kazan con mi abuela, para asistir al bautizo
de Iosif Zakarevitch.
VII
Por el año de 1872, siendo yo ya un hombre maduro, tuve la oportunidad de
viajar por Europa y estuve en París. En esa famosa capital, que sería, por
decirlo así, la capital de Europa, además de ser la capital de Francia,
mucho se hablaba de conversaciones con almas del otro mundo, las cuales,
según se decía, dictaban bellos mensajes en prosa y en verso y se
identificaban perfectamente a sus amigos y parientes a través de una mesa,
que hacía las veces de un aparato trasmisor del pensamiento de habitantes
del Más Allá. A ese fenómeno se le daba el nombre de “tiptología”. Se
repetían las sesiones de Espiritismo y ellas se realizaban no sólo en los
recintos apropiados para esas investigaciones trascendentales, también en
las reuniones sociales. A veces, durante el baile, o un recital en
ambientes particulares se abrían paréntesis para “conversar con la mesa”,
evocando el alma de este o de aquel difunto a través de ella. No se tenía
en cuenta que aquello se trataba de un fenómeno de la más alta
trascendencia espiritual, una revelación divina que sacudiría el mundo,
para implantarse en el corazón de la Humanidad.
Pues bien, yo había sido invitado por un amigo ruso, residente en París,
el Sr. Boris Polianovski, a cenar en su compañía, cena a la que
comparecería el escritor Víctor Hugo, recién llegado de su exilio de
Guernsey, y el dramaturgo Victorien Sardou, dos de las figuras más
expresivas de las Bellas Letras internacionales y adeptos de la
floreciente creencia en la comunicación de las almas de los muertos con
los hombres, a través del fenómeno de la mesa o, simplemente, de la mano
del propio hombre, o médium, esto es, aparato trasmisor humano. Después de
la cena, que fue lo más cordial posible, la joven Aglaée, hija del dueño
de la casa, propuso, tal vez con curiosidad por aprender, por cierto
inspirada por el Cielo:
–¿Vamos a interrogar la mesa, padrecito? ¡Quien sabe si conseguiremos algo
agradable hoy! Seguramente, el Sr. Alex Melvinski, nunca asistió a una
cosa así en su fría Rusia.
–Confieso que ignoro completamente lo que es interrogar mesas,
“Mademoiselle”… –respondí.
La joven fue a buscar una mesa ligera, de tres pies, apropiada para el
caso, mientras eran colocadas hojas de papel en blanco y lápices sobre la
mesa donde habíamos terminado de cenar y donde los demás invitados aún
conversaban. El dueño de la casa, mi amigo Boris Polianovski, estuvo de
acuerdo con la petición de la hija y se apresuró a invitar al Sr. Hugo y
al Sr. Sardou para que ayudaran en las evocaciones. Por esa época, yo ya
no pensaba más en mi tía abuela Carla Alexeievna y menos aún en la
posibilidad de hablar con ella después de su muerte. Ella murió cuando yo
tenía trece años de edad y las luchas que sustenté por la existencia
habían barrido de mis impresiones el pesar que sentí por su muerte, en los
primeros tiempos después de su desaparición. Pero, una gran sorpresa me
estaba reservada en esa noche inolvidable.
Todos dispuestos para provocar el fenómeno, me pidieron que colocara
levemente las manos sobre la mesa, haciendo lo mismo mi amigo Boris
Polianovsky y su hija Aglaée. El Sr. Hugo y el Sr. Sardou empuñaron los
lápices y los papeles y también el cuadro del alfabeto, para el necesario
conteo de los golpes de la mesa, dispuestos a servir de secretarios a los
posibles dictados trasmitidos por ella. Después de unas dos o tres
presentaciones mediocres, que no nos llegaron a interesar por partir de
almas poco elevadas, la mesa dictó, batiendo con el pie en el piso,
mientras Victorien Sardou contaba los golpecitos, apuntando el alfabeto, y
Hugo escribía:
–Necesito hacer una importante declaración al visitante de hoy, ruego que
me dispenséis silencio y atención…
El Sr. Víctor Hugo interrogó, circunspecto:
-Somos tres visitantes hoy, en esta casa: El Sr. Alex Mikailovsky
Melvinski, de Rusia, el Sr. Victorien Sardou, de París, y yo, también de
París.
-¿A cuál os referís?
–A mi sobrino nieto, Alex Melvinski, a quien mucho amo…
–¿Cómo os llamáis?
–Carla Alexeievna. Viví en Kazan y hace cuarenta años que dejé este mundo.
–Estamos atentos, Carla Alexeievna, dictad lo que pretendéis… –volvió a
hablar el gran escritor, que parecía presidir la reunión, como de
costumbre, según supe después.
–Este medio de manifestación es lento y penoso para todos nosotros.
Ruego a Victorien Sardou el favor de empuñar el lápiz. Escribiré
sirviéndome de su mano. Es más cómodo.
Mi emoción era profunda. Yo nunca había asistido a una sesión con almas
del otro mundo como comparsas, aunque tuviese noticia del hecho. Un mundo
de recuerdos se asomó a mi pensamiento. Carla apareció en mi memoria con
todos los detalles de su vida y de la desventura que vivió: la invalidez,
la desilusión del amor perdido para siempre, su vida poblada de saudades,
de oraciones a Dios y de beneficios a los pobres, sus eternos bordados,
sus niños, la chimenea, junto a la cual se sentaba en invierno, los
vitrales retratando a la Señora de Kazan, los reflejos del sol colados de
los vitrales multicolores incidiendo sobre su cabeza, donde cabellos
blancos asomaron prematuramente… ni siquiera de las trenzas de Iosif
Zakarevitch dejé de acordarme.
Las lágrimas turbaron mis ojos. Un sollozo sofocado a tiempo en la
garganta me reveló que tía Carla, mi infancia, mi amor por la familia
estaban aún intactos en mi corazón. Tomé el pañuelo, enjugué los ojos, me
soné discretamente y guardé en silencio, el pensamiento respetuoso.
Victorien Sardou escribía rápidamente, era el médium de Carla Alexeievna.
(1)
(1) Victorien Sardou: fecundo autor dramático francés. Nació en París,
en 1831, y falleció ahí mismo en 1908. Fue espírita y médium hasta el fin
de su vida, gran amigo del escritor Víctor Hugo.
Después de algunos minutos de espera, la mano del gran dramaturgo se paró,
abandonando el lápiz. Estaba concedido el mensaje, la lección que el Cielo
mandaba, revelación que mucho agradó los corazones presentes. Hubo orden
para que fuese leído, para que todos oyesen aquella carta proveniente del
mundo invisible, en tan singulares circunstancias. La carta fue leída por
Aglaée, y he aquí lo que oímos:
VIII
–“Yo sé, Alex Mikailovitch Melvinski, que, desde tu infancia, te
compadeciste de mí y mucho te impresionaba la desventura de mi vida. Sé
que me amabas, y agradezco, padrecito, el afecto demostrado a mi humilde
persona. Agradecida por sentir en mí tu simpatía. Un día, después de mi
travesía para la vida del Espíritu, prometí a mí misma relatarte la causa
de mi expiación en la Tierra, si Dios me lo permitía. Hoy llegó la ocasión
esperada hace tantos años.
Sepa usted, Alex Melvinski que las expiaciones vividas por nosotros en el
mundo terrenal tienen siempre como causa nuestro mal proceder en un pasado
vivido por nosotros mismos en otras épocas existenciales. Nada sucede en
rebeldía de la ley de Dios. Nosotros, almas y hombres, somos
individualidades inmortales, con la particularidad de que vivimos varias
fases de la vida corporal, revivimos en el estado espiritual y volvemos a
ocupar otros cuerpos terrenales, en nuevas vidas, recomenzadas con nuevo
nacimiento, como hombres.
Antes de yo ser la personalidad Carla Alexeievna, viví con otra
personalidad y otro nombre y amé a mi querido Ruperto, que también vivía
con otra forma física, otra personalidad, usando otro nombre. Eso es la
reencarnación, que los Espíritus del Señor explican a los hombres en la
actualidad. Éramos esposos y nos amábamos tiernamente. Pero, nuestra
felicidad tuvo una pequeña duración. Mi querido Ygor Fiedorovitch, como él
se llamaba entonces, murió en una guerra, en el tiempo de Pedro, el Grande
(1).
(1) Pedro I, el Grande, Zar de Rusia, de 1682 a 1725. Dotado de una
voluntad de hierro y de una energía incomparable, supo beneficiar y
engrandecer la Patria. Fue el mayor gobernante de Rusia en todos los
tiempos.
Desesperada, desilusionada, sin poder ni siquiera llorar sobre la tumba de
mi bien amado, arruinada, enferma, perdí la fe en Dios y en mí misma y, un
día, me dejé precipitar desde el tercer piso, donde residía, y donde la
desgracia penetró con la desaparición de mi Ygor, cayendo sobre las
piedras del patio. Mi cuerpo, maltratado por la caída, fracturado,
contundido, dislocado, sucumbió tres días después, víctima de mí misma,
haciéndome sufrir intensamente, pues yo no pude, no quise vivir sin mi
Ygor. Pero el suicidio es un crimen grave, que pesa mucho en la balanza de
la ley divina. Muy pronto comprendí que yo poseía un alma, que sobrevivía
a la destrucción del cuerpo.
Separada de aquel cuerpo, me sentía viva, pero sufriendo las mismas
angustias de la pérdida de mi Ygor, sin poder verlo, sin obtener noticias
de él, alejada de todos los que me amaban y a los cuales ofendí con el
suicidio, y, ¡cruel realidad!, sufriendo también las dolorosas
consecuencias del suicidio del cuerpo en mi estructura espiritual. Sentí
huesos fracturados, a pesar de estar desligada del cuerpo, imposible de
recuperarse. Me sentía invalida, deformada, fea, más adolorida y
desesperada que nunca. No me podía apartar de la escena de mi caída del
tercer piso. La veía y la sufría al mismo tiempo, llena de pavor y
sensaciones reales, como si cada momento yo me lanzase otra vez, para
sufrir lo mismo, eternamente. Así me demoré por mucho tiempo, no sé por
cuanto tiempo, perdida en las tinieblas de aquella angustia
indescriptible, presa de una pesadilla incomprensible, que me subyugaba la
voluntad. Pero, un día, adormecí pesadamente, creo que durante mucho
tiempo, y, después, al despertar, comprendí lo que había pasado. Yo había
matado en mí, sólo el cuerpo carnal, pero el alma, construida de esencias
inmortales, había sobrevivido a mi desesperación y allí estaba, viva y
racional, arrepentida, sufridora, avergonzada de su crimen delante de Dios
y de sí misma. Tuve fuerzas para orar y oré, pidiendo perdón a Dios,
deshecha en lágrimas. Entonces, llegaron con la finalidad de socorrerme
amigos y asistentes.
Eran espíritus, como yo, pero felices porque traían tranquila la
conciencia y vinieron para ayudarme. No los reconocí porque mal los
distinguía en la fuerte penumbra del aura que me circundaba. Yo era un
alma rebelde, que no poseía sensibilidad para ver y comprender a los
ángeles de Dios. Ellos me informaron que yo había cometido un delito
gravísimo y que un siglo sería poco para que pudiera repararlo,
rehabilitándome ante la Ley Suprema. Me enseñaron ciertos detalles de esa
Ley, muy importante, y necesaria para todos nosotros, dándome la confianza
de que yo podía recuperarme a la sombra de Jesucristo. Me fue presentado
un amplio panorama de modos de vivir para Dios y el prójimo. Lo examiné
detenidamente y reflexioné sobre él, después de lo que me dijeron:
–“Escoge por ti misma lo que deberás hacer para desagravar la conciencia y
rehabilitarte del suicidio. Lo que escojas será tomado en consideración y
se realizará. Pero, medita con madurez sobre todo lo que te conviene,
porque, una vez escogido, el camino a seguir será irrevocable.
Escogiéndolo, estarás labrando tu propia sentencia. Si tuviste fuerzas
para infringir la Ley de Dios, también las conseguirás para rehabilitarte
del oprobio de haber infringido ésta. Pero, debes saber que las
realizaciones a efectuarse para ese inapelable servicio serán probadas
sobre la Tierra, viviendo tú en un nuevo cuerpo humano, como suelen ser
los cuerpos materiales terrestres”.
Medité profundamente sobre esas advertencias. Después de algún tiempo de
profundas y penosas meditaciones, llegué a la conclusión de que me
competía lo siguiente:
Yo había infringido gravemente la Ley de Dios, matándome, porque no me
conformara a vivir sin mi Ygor, que había muerto en el campo de batalla.
Pues bien, yo debía ahora reparar mi falta, probándome a mí misma mi
arrepentimiento por aquel acto cometido, resignándome a vivir sin Ygor
después de haberlo amado nuevamente, en la próxima existencia. Jesús me
daría amparo y consuelo para que saliese victoriosa de ese terrible
testimonio.
Presentada mi petición a los asistentes que me servían, fue aprobada y
considerada correcta, coherente con la Ley Suprema. Entonces, me mostraron
a Ygor por primera vez, después de muchos años, después que el cayera en
el campo de batalla. Él ya había vuelto a la Tierra en renovada existencia
y contaba dos años de edad. Lo vi jugando en la terraza de la mansión de
sus padres, bajo los cuidados de una institutriz. Era de familia noble y
ahora se llamaba Ruperto van Gallembek. Inmediatamente reconocí a mi amado
Ygor Fiodorovitch, a pesar de la diferencia de indumentaria carnal humana.
Sentí revivir en mi alma la antigua llama del amor que le consagrara
antes, y mi alegría fue inmensa al reconocer que nuestro amor no se había
extinguido, antes sería revivido por una ventura más sublime de lo que
fuera antaño.
–No te olvides, amada Carla, de que te separarás de él en la próxima
existencia terrena. Tu testimonio implica la necesidad de la resignación
ante la ausencia de él en tu vida –me advirtieron a tiempo mis asistentes.
Estuve en pleno acuerdo con la necesidad que se imponía y comencé,
entonces, a prepararme para la gran jornada de la expiatoria
reencarnación, llena de deseos de liberar a mi conciencia de la vergüenza
del suicidio, acto propio de caracteres débiles e inconsecuentes. Pero yo,
no había liberado mi conciencia de las vibraciones mentales del peso de
haber deformado y matado mi cuerpo, tan bello y joven, destrozándolo con
la caída del tercer piso. A veces me sentía deformada, tal y como quedó el
cuerpo, inválida, los huesos fracturados. Y sabía que ese peligroso
complejo podía influir poderosamente en mi futura condición física en la
Tierra. Era el reflejo del suicidio, que, posiblemente, me acompañaría el
testimonio fuese completo. Pero, nada temí. Es tan dolorosa la angustia
del remordimiento en la vida de Ultratumba que nosotros, los culpables,
nos sujetaríamos a todo con tal de liberarnos de ella. Me volví hacia
Dios, me instruí en las recomendaciones de los Evangelios, que son las
voces del Cielo, y, pasado algún tiempo… renací en Kazan y me llamé Carla
Alexeievna. Lo que fue mi vida y el testimonio que di a la Ley de Dios,
infringida por mí en otra época, con el suicidio, tú lo sabes. Hoy me
siento redimida de aquel pecado. Y ahí está, mi querido Alex, la
explicación que deseabas sobre la causa de aquella invalidez que te
incomodaba. ¡Ella fue mi redención!”
Seguía la firma patente de Carla Alexeievna.
La lectora calló conmovida. Aprovechando el silencio armonioso que se
había hecho, pedí, mentalmente, al Espíritu de Carla, cuya vibrante
presencia sentía aún en nuestro ambiente:
–Dinos, querida tía, si te fuese posible: ¿estás hoy junto al Conde
Ruperto van Gallembek? ¿Lo reencontraste en la vida del Más Allá? Ese
esclarecimiento será muy importante, muy significativo para todos
nosotros, que también hemos visto morir a nuestros seres amados…
Pasados algunos segundos, la mano de Victorien Sardou se agitó nuevamente,
tomó el lápiz y escribió lo siguiente:
–“Me resta decir que hoy soy feliz aquí, junto a mi Ruperto, el mismo Ygor
de otros tiempos, a quien mucho, muchísimo he amado. Estamos unidos para
siempre, bajo las bendiciones de la Ley Suprema, porque nos amamos
espiritualmente, por ventura aún más tiernamente de lo que en vidas
pasadas sobre la Tierra, y no nos separaremos más, porque nuestro amor se
sublimó en el Dolor y en el respeto a Dios Todopoderoso”.
IX
Hace muchos años que todo eso pasó. Hace más de un siglo. Pero, todavía
hoy, cuando me acuerdo de Carla Alexeievna y de aquella sesión en casa de
mi amigo Boris Polianovski, en presencia del Sr. Víctor Hugo y del Sr.
Victorien Sardou, mis ojos se llenan de lágrimas…
(Sublimación, Presentación y Capítulo 4, páginas 13 y 14, y 97 a la
124. Federación Espírita Brasileña, 4ª Edición, Rio de Janeiro, Brasil)
León Tolstoi
Extraído del "Anuario espirita.
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