Una lección sobre las consecuencias del suicidio...


PRESENTACIÓN
 

Hace muchos años, antes de abandonar mi despojo carnal en la Tierra, prometí a Dios y a mí mismo, escribir algo que combatiese el suicidio. No obstante, hasta ahora, no me fue posible el cumplimiento de la promesa, pues se me escapaban argumentos y posibilidades con que demostrar la lógica del mal que el suicidio representa para la Humanidad. Muchas veces me afligí con la noticia de que diversas mujeres, arrebatadas por la pasión del amor humano, habían imitado el gesto de cierta heroína famosa en una de mis novelas, (1) dándose a la tragedia de un suicidio inspiradas en ella. En más de un libro que escribí, entonces, pinté el suicidio de sus héroes, pero dejando de presentar el concepto moral, la consecuencia aterradora de tal gesto en la vida del Más Allá, para aquél que lo practica en la Tierra. Si los infractores se inspiraban en los relatos contados por mí, siempre muy leídos y acatados, me sentía culpable, causante de aquella desgracia, y llegué incluso a lamentar la inspiración que me llevó a concluir dramas íntimos y sociales con suicidios tan impresionantes como los que creé para mis personajes. Me arrepiento ante Dios y los lectores de la falta, declarando que estoy haciendo lo posible por repararla. Después de mucho tiempo de una paciente espera, conseguí los medios para intentar cumplir mi promesa, por lo menos en lo que atañe a la literatura. Si mi mente, engendrando suicidios literarios que modelaron otros suicidios proveniente de ahí, intentaré reconfortar corazones frágiles, vacilantes en las horas difíciles de las pruebas, alejándolos así del pavoroso abismo. Que Dios bendiga a las almas buenas que me ayudan a retirar de la conciencia el peso de un remordimiento que comprometió mi paz.

Río de Janeiro, 13 de junio de 1973.
(1) Ana Karenina

CARLA ALEXEIEVNA

“El hombre no tiene nunca el derecho de disponer de su propia vida, porque, sólo a Dios corresponde sacarle del cautiverio terrestre cuando lo juzgue oportuno. Sin embargo, la justicia divina puede calmar sus rigores a favor de las circunstancias, pero reserva toda la severidad para aquél que quiso sustraerse a las pruebas de la vida. El suicida es como el prisionero que se evade de la prisión antes de cumplir la condena y a quien, cuando es vuelto a capturar, se le detiene con más severidad. Lo mismo sucede con el suicida que cree escapar a las miserias presentes y se sumerge en desgracias mayores”. (El Evangelio según el Espiritismo, de Allan Kardec, Capítulo XXVIII, Prefacio de la “Oración por un suicida”, nº 71, 41ª Edición del IDE-Mensaje Fraternal).

 

I

 

Contaba con diez años de edad y residía en Odessa, con mis padres y mi abuela materna, cuando, un bello día, por casualidad, oí a mi madre decirle a mi abuela, durante una conversación amistosa:

–Querida madre, yo no podré ir a Kazan en su compañía, conforme habíamos acordado, pues no tengo con quien dejar la casa y Gregory Mikail Melvinski, mi marido, no estaría de acuerdo en quedarse solito aquí. Por tanto, no iré al bautismo de Iosif Zakarevitch, a pesar de lo mucho que me seduce esa celebración. Pues como sabe, el “niño” que bautizarán es un hombre de veintiún años de edad; usa cabellos largos, recogidos en dos trenzas cruzadas en la nuca y levantadas hacia lo alto de la cabeza, donde las amarra con una tira de paño negro… usando sombrero por encima de todo, para cubrir la vergüenza…

En silencio, mi madre se puso a reír, mientras mi abuela enfadada decía:

–Anne Mikailovna, ¡haz el favor de respetar más el sentimiento ajeno!

Bien sabes que se trata de una promesa hecha a Nuestra Señora de Kazan, por la madre de Iosif Zakarevitch, cuando le salieron las vejigas y quedó casi ciego. Las trenzas serán cortadas inmediatamente después del bautismo…

–Lo que yo deseaba presenciar también era el sermón del patriarca, que ha de lanzar una vehemente protesta a los padres, falsos creyentes, que él seguramente considerará relapsos, puesto que guardaron a un gentío en casa hasta una edad como esa, con el pretexto de promesas… Pero, no puedo ir.

Usted irá y me hará el favor de llevar a Alex Melvinski, que está loco por ir a Kazan, a fin de conocer a Carla Alexeievna… Alex Mikailovitch Melvinski era yo. De hecho, yo andaba ansioso por ver a un hombre usando trenzas y sombrero, pagano sumiso a un bautismo que, todos comentaban, sería accidentado, visto que el patriarca en persona no se permitiría callar ante un voto de tan mal gusto, hecho a Nuestra Señora de Kazan, que, ciertamente, lo hallaría ridículo. Pero, por encima de todo, lo que yo deseaba era conocer a mi tía abuela Carla Alexeievna. Decían de ella que era riquísima, aunque no pertenecía a la nobleza y fuese hija de un antiguo coronel de húsares de la Guardia Imperial; que poseía cierta mansión bellísima en los alrededores de Kazan, con tierras, rebaños, molinos, bosques, lagos, agricultura, caballos, “troikas” y carruajes. Decían que tocaba el piano como una verdadera artista, que aprendiera música en Alemania y fue alumna del virtuoso Ludwig van Beethoven; estuvo prometida para casarse con un Conde alemán, a quien mucho amaba, pero que, en el mes de la boda, renunció al matrimonio y nunca más pensó en casarse; que oraba varias veces por día, metódicamente, era muy buena y servicial para con todos los que la buscasen y bordaba indefinidamente piezas y más piezas de ajuares para novias y recién nacidos, para después obsequiárselos a las novias y a los bebés pobres; que era bondadosa con los hijos de sus “mujiks”; que casi todos ellos eran ahijados suyos y protegidos por ella; que los enseñaba a leer, escribir y contar, y hasta a cantar en las fiestas de iglesias, pero que, a pesar de todo eso, era inválida y poseía un cuerpo horriblemente feo, mientras el rostro era bello como el de un ángel, y solamente podía moverse usando dos muletas. Por último decían que tía Carla era una mujer de sesenta y cinco años de edad y fuera muy bella, bellísima en su juventud, antes del accidente que la inutilizara para la vida social.

Yo oía tales comentarios y no los asimilaba muy bien, pero no dejaba de pensar en la tía Carla y en el virtuoso Ludwig van Beethoven, a quien ella amaba mucho y al cual me lo imaginaba como si fuese su novio, además de ser un santo; las trenzas de hombre pagano, que yo suponía tuviese pactos con el demonio, por no haberse bautizado, y la invalidez de Carla Alexeievna, hermana de mi abuela, por quien sentía una viva simpatía y una compasión indescriptible, a mis diez años de edad. Hasta que, finalmente, cierta mañana nebulosa, refrescada por una neblina impertinente, subimos al carruaje, abrigados y contentos y viajamos rumbo a Kazan. Pero, fui solo con mi abuela. Anne Mikailovna, mi madre, se quedó en casa, a pesar de el deseo de contemplar las trenzas del bautizante y oír el sermón del patriarca, cosa de la que yo no tenía ni la más mínima idea.

 

*

Nunca pude olvidar la extraña atracción que sentí por tía Carla Alexeievna en la hora en que, llegando a su casa, entré por la sala comedor y la vi sentada en su poltrona junto a la chimenea. Entraban unos rayos de sol por una ventana próxima, cuyos vitrales, mostrando la silueta multicolor de la Señora de Kazan, dejaban filtrar sugestivos reflejos que iban a moldear la figura singular de Carla.

–Su bendición, madrecita…–exclamé, temblando por una respetuosa emoción y mirándola curiosamente. –Soy Alex Mikailovitch Melvinski, su sobrino nieto…
 

Ella me abrazó con lágrimas en los ojos, sin decir nada, haciendo la señal de la cruz sobre mi cabeza.

Mi abuela se aproximó, llorando. Las dos hermanas se abrazaron entre lágrimas, por el simple gusto de derramarlas, dramatizando un encuentro que más bien debería motivar alegría, después se rieron y conversaron, y volvieron a reírse, ahora a carcajadas.

Iosif Zakarevitch era hijo del administrador general de Carla Alexeievna. Lo conocí en aquellas primeras horas después de nuestra llegada, y pronto una ardiente simpatía nos atrajo uno hacia el otro, aunque él era un hombre ya, y yo aún era un niño. Lo hallé elegante, con sus ojos de un azul fuerte y las pestañas largas, un bello porte de joven campesino, y con mucha dificultad logré descubrir las señales de las vejigas que le brotaron cuando niño, las cuales determinaron la ilógica promesa de la madre, de conservarlo pagano y con los cabellos largos, trenzados, hasta la edad de veinte y un años. Su rostro era sereno y blanco como el rostro de ella. Muy sutilmente, me puse a buscar las trenzas de sus cabellos. Pero, por más que investigase, que me agachase para verlas, y lo rodease, ansioso, nada conseguí descubrir. Si retiraba el sombrero, lo que no era frecuente (tenía permiso de Carla para conservar el sombrero en la cabeza dentro de casa), aparecía un pañuelo negro amarrado alrededor de la cabeza, a la moda gitana, y nada se veía. Perdí el interés por las trenzas de Iosif, aunque seguí siendo su amigo mientras permanecí en Kazan y hasta los días presentes, cuando siento añoranza por él, pues la verdad es que nunca más lo pude olvidar.

El bautismo se realizó el domingo siguiente y Carla Alexeievna fue la madrina. Tuvo que ir a la iglesia con las muletas, amparada por la vieja gobernanta Sofía, que siguió en el carruaje con ella y mi abuela. Pero, al contrario de lo que mi madre, Anne Mikailovna, pretendiera, el patriarca no compareció a la ceremonia. Un ayudante suyo lo sustituyó, e hizo un bello sermón filosófico a los padres en general, incitándolos a no dejar a sus hijos ignorantes de la ley de Dios y del Evangelio, pues lo que convierte al hombre en cristiano –aclaró él– no es propiamente el bautismo, sino el conocimiento y la práctica de esas leyes, y por último inspeccionó los conocimientos del individuo acerca de la Doctrina Cristiana. Éste, por su parte, salió bien librado de la dura prueba. Nadie esperaba que un hombre de trenzas conociese tan bien la vida de Jesucristo expuesta en los cuatro Evangelios. Probó que, teóricamente, por lo menos, era un cristiano, puesto que sabía de memoria los más expresivos pasajes de los Evangelios. Hablaba como un orador, lo que encantó a los presentes, pues la iglesia estaba repleta, muchos de los cuales llegaron a arrodillarse cuando él discurría sobre la Pasión. El sacerdote se calló sin tener nada de qué amonestar a un hombre que conocía tan bien la Doctrina del Señor, y trató de bautizarlo, mientras yo oía que Sofía decía bajito a mi abuela:

–Esto es trabajo de Carla Alexeievna, madrecita; ella le daba clases de Evangelio desde que él era un niño. Nunca vi tanta paciencia y amor por los pequeños…
 

–Lo más difícil, Sofía, no es enseñar, eso cualquiera lo hace, es ejemplificar lo que se enseña…

–¿Y Carla no ejemplifica?

–Parece que no conocéis a vuestra hermana. ¡Pues debéis saber, madrecita, que Carla Alexeievna sí ejemplifica! Señora: la vida de mi ama es un himno constante a Dios, por los ejemplos buenos que da…

Al bautismo siguió una fiesta campestre entre los padres de Iosif y sus amigos. Pero, yo no fui a esa fiesta, que se realizaría en la mansión rural de Carla; estaba muerto de cansancio. Al día siguiente, observando que Iosif ya no traía en la cabeza ni el pañuelo ni el sombrero y sí unos cabellos rubios dorados, finos como la seda, porque las trenzas habían sido, realmente, sacrificadas, regresé a casa de mi tía Karletchka, a fin de observarla mejor. Diría que me había enamorado de ella y que fue ese el primer amor de mi vida.

En los siguientes días, examiné la casa, que era realmente, muy bella, con su mobiliario Luis XV y observé a Carla. En mi concepto sencillo de niño, Carla era una santa, y junto a ella yo me esforzaba por volverme santo también. Por ejemplo: además de orar en la mesa de las refecciones, rindiendo gracias por el almuerzo y por la cena y demás favores diarios, a la hora del ángelus, Carla reunía a sus pupilos que se encontrasen presentes y se dirigía con ellos al oratorio que había hecho montar en su casa, y los enseñaba a orar a la Señora de Kazan. (1)


(1) María, madre de Jesús, muy venerada otrora en la ciudad de Kazan, en la Rusia Imperial.

Después, cantaba un himno en coro con ellos, como de costumbre entre los creyentes ortodoxos, y ofrecía oraciones a las almas sufridoras. Ella era la primera que llegaba a la mesa de refecciones, después del toque de la campanilla. Pero, no se sentaba. Esperaba de pie, apoyándose en las muletas, hasta que apareciese el último niño para tomar parte en la mesa con los demás. Entonces, oraba y los presentes acompañaban la oración mentalmente. Hubiese o no hubiese visitas, el programa era ese. Y todos lo obedecían, encantados con la fina educación de Carla y con las irradiaciones de ternura que se desprendían de esa mujer de sesenta y cinco años de edad. Sofía servía a los niños y después a la propia Carla, y la refección se prolongaba un poco, hasta que ella se levantaba y volvía para su bordado. A veces, se recreaba en la baranda, de donde podía ver el pomar y el jardín y, más lejos, los campesinos entretenidos en su labor, o el ganado yendo y viniendo por el pasto. Y, entonces, sonreía abiertamente, deleitándose ante el esplendor de la Naturaleza, que comprendía y amaba hasta la veneración. Para mí, fue un encantamiento compartir aquella mesa, aquellas oraciones, el modo de vivir de aquella casa. Y, si hoy soy un sincero creyente en la paternidad de Dios, mucho lo debo a los ejemplos que recibí de Carla durante mis frecuentes estancias en su compañía, a partir de mis diez años de edad. Continué observando.

Carla daba clases a sus pupilos y también a los hijos de sus servidores, diariamente, antes del almuerzo y por la tarde les enseñaba el Evangelio y trabajos manuales. Se reunía con ellos en el comedor, los hacía sentarse en el suelo, sobre tapetes, o en banquitos, y así les enseñaba desde la lectura y las cuentas hasta las artes accesibles a sus posibilidades. Solamente para escribir es que los hacía sentarse a la mesa grande, y Sofía vigilaba para que la misma no fuera manchada de tinta o de borras de lápiz. Y mientras enseñaba, siempre tranquila y serena, bordaba: hacía medias y chaquetas para el invierno, colchas y mantas, y cosía otras cosas. De allí mismo ella dirigía su propiedad, entendiéndose con los administradores y la servidumbre, pasaba temporadas en el campo. Y, en la mansión de la ciudad, recibía visitas y las brindaba con exquisito té y conciertos de piano, pues no abandonó aún el divino arte que el Sr. Ludwig van Beethoven le transmitió en la juventud. Tres veces por año había teatro en su casa. Los niños eran los actores, los cantantes y los músicos, y llegaban invitados para asistir a las presentaciones y después se deleitaban con dulces finos, licores y refrescos. Era una casa con mucha actividad y llena de vida, y Carla lejos estaba de ser una mujer desfallecida o acomplejada por su desdicha de invalidez.

–Yo no estoy inválida –decía ella, si alguien lamentaba, en su presencia, el desastre que le impidiera caminar y mantener vida social. –Tengo el cerebro perfecto, buena visión, una vida intensa de quehaceres, procuro ser útil a los que me rodean y doy buena cuenta de todas las empresas con las que me comprometo. Por lo tanto, ¡no soy inválida!

Y, en efecto, esparcía el bien por todas partes, protegía, consolaba, enseñaba, animaba, escribía cartas e innumerables personas eran beneficiadas por ella.

III

 

Cierta mañana, cuando Iosif Zakarevitch fue encargado, por Sofía, para pulir los muebles del salón de honor, yo lo acompañé. Después de algún tiempo de conversación infantil, pues Iosif era muy sencillo, y mientras yo admiraba las preciosas piezas ornamentales de aquella casa encantadora, pregunté a mi amigo:

–¿Por qué razón mi tía Carla Alexeievna quedó inválida? ¿Qué ocurrió, para que ella quedase así, con un cuerpo tan feo?

–Yo lo sé, pero no debo decirlo, Alex Mikailovitch, no debo decirlo.

Ella es mi madrina y mi segunda madre. ¿Con qué derecho me entrometeré en su vida, comentando el pasado?

–Pero, ¡yo quiero saberlo, Iosif Zakarevitch! Soy sobrino nieto de ella, también tengo el derecho de saber… ¿Qué mal puede haber en contarme lo que sabes?

–Pídele a Sofía que te cuente. Fue ella la que me recomendó no comentar la vida de Carla, a fin de no revivir el pasado. Pero, tiene placer en relatar todo, ella misma, a quien se interese por el caso, si no se lo dice a Carla. Y lo hace con tanto amor… Dice ella que se trata de un “romance delicado”, lo que le pasó a Carla. Pídele a Sofía, pídele…

–Temo que Sofía me reprenda.

–¡Oh! ¡No hará eso! Ella te respeta, padrecito, y además, se muere por contar historias, pues, ya se habituó a ver en Carla a la heroína de un drama real…

Aquella misma tarde, mientras mi abuela y mi tía Carla conversaban en la baranda, saboreando su té con bizcochos, contemplando los viejos árboles del jardín, que crecieron con ellas, pedí a Sofía, tímidamente:

-Cuéntame una historia, madrecita. Iosif Zakarevitch me dice que sabes lindas historias… y que la vida de tía Carla es un “romance delicado”. Dígame: ¿qué le sucedió a mi querida tía abuela, para que hoy solo pueda caminar con la ayuda de muletas?
 

-¡Ah! ¡También tú quieres saber algo sobre mi ama! No debería contarte nada. Eso le competía a tu madre. Pero, las madres de hoy no educan a los hijos con sentimiento. Es una cuestión de sensibilidad del corazón, ¿sabes?

Ellas no tienen sensibilidad…

–¿Ellas quiénes?

–Las madres, ¿quién habría de ser? Cuando se posee un pariente valeroso como tu tía abuela, no se debe dejar de hablar a los niños de la familia. Así, pues, te contaré lo que sé. Dicen que eres inteligente. Si eso es verdad, te pido un favor: guarda cuanto oigas. Cuando seas hombre, escribe el episodio que voy a contar y publícalo. Será bueno que otras mujeres se miren en el ejemplo de mi ama y se salven de la desesperación, como ella se salvó, cuando la desgracia llegue…

Conversábamos en la salita donde Sofía cosía, al pie de una vidriera. Me acomodé mejor en mi banquito, los demás niños se acostaron en el suelo, para oír; Iosif se puso a hojear un libro, pues ya había oído cien veces la misma historia de Carla, narrada por Sofía, y ésta carraspeó, limpiando la garganta. Se levantó, acomodó el abrigo en los hombros, nos sirvió té, ofreciéndonos dulces; tomó agua con azúcar después del té y regresó, sentándose después en la misma poltrona. Me acerqué a ella y esperé. Todos esperaban. Entonces, ella nos contó:

–“Muchas mujeres por ahí, por este mundo, por mucho menos que lo que le pasó a Carla, se han quitado la vida. Pero, es porque ellas no tuvieron fe en Dios y en sí mismas, no tuvieron conformidad ni paciencia y no disponían de una educación moral superior, como la de Carla. La buena educación que una persona pueda tener es también un preservativo contra el suicidio: los caracteres voluntariosos, habituados a ver siempre realizados sus propios deseos, son más propensos a la desesperación ante la realidad, así son también los de débil voluntad. Los humildes y comprensivos raramente se matan, pues reciben los malogros que la existencia les presenta con la resignación que los encamina a Dios, y la verdad es que Dios es nuestro Padre y envía el socorro de que carecemos cuando nos ve sobrecargados de aflicciones, pero confiando en su misericordia…”

Confieso que en aquel tiempo yo no entendía nada de lo que Sofía decía, sólo hoy, un siglo después, recordando los hechos, asimilo todo y puedo apreciar la verdad de lo que decía la humilde servidora, pero le prestaba mucha atención a ella. Sofía prosiguió:

–“¡Ahora escuchen mis queridos niños! Carla Alexeievna contaba diecinueve años de edad y era una de las más lindas jóvenes de nuestro Santo Imperio Ruso. Muy dulce y bondadosa, alegre y servicial, era el encanto de sus padres, que todo hacían por ella y la hermana, y tanto poseía belleza como virtudes. Tres príncipes rusos desearon desposarla. Pero, ella los rechazó por desear antes instruirse cuanto le fuera posible. Fue educada en Francia y en Alemania, donde perfeccionó conocimientos musicales con el Sr. Ludwig van Beethoven…”

No sé por qué, a esa altura de la narración me bendije y suspiré, conmovido. Yo no podía oír hablar del Sr. Ludwig van Beethoven sin conmoverme y sin bendecirme. Creo ya haber declarado que yo juzgaba que era un santo el maestro de música de mi tía abuela, y que fuera él mismo el novio que ella tanto amara.

–¿Por qué te bendices, padrecito? –interrogó Sofía.

No sabiendo que responder, sonreí, y Sofía, que aprendió a ser buena con su ama, me acarició los cabellos y continuó:

–“En Alemania en cuanto estudiaba música, Carla Alexeievna conoció al Conde Ruperto van Gallembek, alemán de buena y tradicional familia. Él, también era pianista, alumno, como ella, del Sr. Beethoven, y los dos se entendieron muy bien y se enamoraron uno del otro. Cuando la linda joven que era Carla regresó a Rusia, el Conde Ruperto no se conformó con la separación: organizó sus propios negocios, estableció, lo mejor que pudo, directrices para sus intereses y se mudó para aquí. Una vez en Rusia, compró tierras y las cultivó; compró también una bella mansión, invirtió en agricultura e industrias y pidió a Carla en matrimonio.

El pretendiente fue aceptado, la alegría fue general entre la familia de ambos, y los novios se veían cada vez más enamorados, ansiosos por los esponsales. Pero, por lo que parece, ese casamiento no estaba previsto por las leyes de Dios, tal vez porque tanto Carla como su novio necesitaban de una prueba para aproximarse más a Dios. A veces, mis niños, la felicidad nos vuelve egoístas y nos aleja del buen camino que nos lleva al Cielo…”

–¿Qué camino es ese, madrecita? –indagó un niño mayorcito, que prestaba mucha atención. Sofía explicó como pudo:

–¡Es un modo figurado de hablar, padrecito! El camino que lleva al Cielo es un procedimiento virtuoso de la persona que ama y respeta a Dios y se confraterniza con el prójimo, esto es, con sus hermanos de Humanidad.

No entendimos bien, pero Sofía tomó de nuevo el hilo de su exposición:

–Entonces, si nos apartamos de ese camino, o de esas normas de vida, el sufrimiento se presenta como bendición salvadora, poniéndonos de nuevo en la senda recta que probará nuestras virtudes ante las leyes de Dios…

 

IV

 

Cuando faltaba precisamente un mes para las nupcias, todo estaba preparado, esperando el gran día. La familia de Ruperto van Gallembek llegó de Alemania, a fin de asistir a las ceremonias que, todo indicaba, serían deslumbrantes. Por su parte, los parientes de Carla llegaban de los cuatro cantos de nuestra Santa Rusia, abrían sus mansiones de Kazan o alquilaban casas, hacían compras y vestuarios dignos de la gran ceremonia. Decían los más ancianos que no era bueno que la novia visitase la casa que habitaría después del casamiento, antes de la realización del mismo. Pues eso acarrea desgracia. Yo no creo en eso, pues se trata de una superstición, pero los ancianos decían… Lo que sé es que faltando poco menos de un mes para Carla casarse, Ruperto la invitó, insistentemente, para visitar la mansión que él preparara para ella.

La mansión estaba en el campo, distante de Kazan cerca de ocho “verstas”. Toda la familia estaba encantada con la invitación y habiendo decidido que se organizase una cabalgata, como hacen los hidalgos, almorzarían en el bosque y pasarían la tarde examinando la propiedad. Los caballos aparecieron y las damas, entusiasmadas, se mostraban encantadoras en su animación, sonrientes y felices. Carla Alexeievna, en el esplendor de su juventud, no cabía en sí de contenta y partió al frente, con el novio, a galope, ansiosa por examinar los detalles del romántico nido que Ruperto preparó para ambos.

Todo fue cumplido de acuerdo con los planes programados. Carla parecía soñar, contemplando el cariño con que el novio había pensado en todo. Deliberaron, entonces, ante todos, que residirían allí durante la primavera y el verano, y que parte del otoño y el invierno lo pasarían en la ciudad, si así lo deseasen, pues Ruperto cultivaría la agricultura, pues era un enamorado de las cosas de la Naturaleza. El regreso del paseo no fue menos animado que la ida, por lo menos su inicio fue acompañado de la sana alegría de las criaturas felices y bien educadas.

Atardecía cuando comenzaron a rodear la orilla del bosque. Había rocas aquí y allí y riachuelos formados por pequeños nacientes que escurrían de la montaña. Los caballos eran fogosos y, entre ellos, la yegua montada por Carla era un animal nervioso y muy sensible. Carla Alexeievna y Ruperto van Gallembek corrían al frente, tal y como lo hicieran durante la ida.

El uso de una dama cabalgar sentándose sobre la silla apropiada, donde engancha la pierna, es erróneo, pues es peligrosísimo, y muchos accidentes fatales se han visto debido a ese uso, que no ofrece ninguna seguridad a la jinete. Corrían por el camino, llenos de confianza, los felices novios cuando, súbitamente, saltaron dos grandes liebres a la vía, una persiguiendo a la otra, de un lado al otro del bosque. La yegua montada por Carla Alexeievna se asustó y un relincho amenazador, convertido en terror, quebró la armonía de la soledad. El bello animal se empinó, giró constantemente, con las patas delanteras en el aire. Carla intentó equilibrarse, dominar la cabalgadura, que resollaba, asustada o enfurecida. Ruperto intervino de inmediato, aproximando su caballo y hablando al animal cariñosamente, como era habitual, intentando acomodarla. Pero, por lo que parece, ésta se asustó aún más con el griterío de los demás caballeros, comenzó a cocear y a encorvarse y, de repente, la yegua partió en desenfrenado galope. Asustada, Carla intentó mantener el equilibrio, pero no lo consiguió y al saltar un pequeño riachuelo, en su terrible galopada, lanzó a la joven a lo lejos y continuó la carrera, sólo paró más tarde para pastar. Si la enagua de Carla se hubiese trabado en el gancho de la silla de montar la joven estaría perdida. Moriría, reduciéndose a pedazos. Pero la enagua no se trabó en el gancho de la silla y ella pudo salvarse. Pero, la fatalidad determinó que mi pobre ama cayese violentamente sobre una de las rocas que se extendían a la orilla del camino fracturándose, en dos lugares, los huesos del muslo y de la pierna derecha, quebrándose también el hueso ilíaco y dislocándose el omóplato derecho. Entonces, ella quedó tirada sobre las piedras, como si estuviese muerta.

Parte de la noche permanecieron allí los caballeros, desesperados, sin saber qué hacer, mientras otros corrían a la ciudad en busca de un médico, de un carruaje, de una camilla de hospital. Y Ruperto, desesperado, lloraba como un niño, suponiéndola muerta.

 

V

 

Pasados tres días Carla volvió en sí. Reconoció a todos, profirió sus nombres y besó las manos de los padres. Pero, cuando percibió la presencia del novio el cual había estado lleno de angustias, velando a su cabecera día y noche, lloró copiosamente y exclamó, entrecortada por los sollozos:

–¡Todo se acabó, mi Ruperto! ¡Sólo fue un sueño!

El tratamiento fue difícil. Las fracturas fueron graves y la cirugía de la época no alcanzaba los milagros de la ortopedia verificados recientemente en nuestras ciudades rusas…

Carla, exageradamente púdica y escrupulosa, no consentía en desnudarse para ser examinada como es debido, tratando de remediar el mal uniendo los huesos partidos y los tendones desviados. La invalidez se impuso: los huesos se solidificaron fuera del lugar apropiado, sin la intervención quirúrgica. Por eso mismo la pierna accidentada se tornó más corta que la otra, sin movimiento, balanceándose en el aire. El omóplato, desviado, alteró las líneas perfectas del dorso y una fea protuberancia se presentó, irremediable. Quedó entonces, un hombro más alto que el otro, el lado perfecto encogido por el lesionado, que aumentó su volumen. Pasados seis meses, Carla pudo levantarse con dificultad, pero no pudo caminar. Para readquirir los movimientos y poder moverse, amparada por muletas, se pasaron dos años. Ella lloraba mucho y parecía inconsolable, pues era su propia vida arruinada para siempre lo que contemplaba. Durante ese espacio de tiempo, Ruperto, siempre le brindó su afectuosa asistencia, le propuso, más de una vez, realizar la boda. Pero la joven se oponía:

-¡No, mi amigo, no! Te amo mucho para consentir en esclavizarte a la ruina a la que me reduje…

–Pero… ¡Querida mía! Ahora más que nunca nuestra unión deberá realizarse. A mí no me importa tu…

–Sinceramente agradezco tu caballerosidad y el piadoso sentimiento que me consagras. Pero, no puedo ni debo aceptar tu sacrificio.

–Carla Alexeievna, ¿qué haces? ¡Vuelve en ti, querida mía, y reflexiona!

¿Entonces, me abandonas? ¡Yo también sufro y te necesito, aliviemos nuestro mutuo sufrimiento, uniéndonos para siempre!

–Sientes compasión por mí y nadie debería casarse por piedad. Si nos casásemos, en los primeros meses todo iría bien. Pero, pasado un año yo pesaría demasiado en tu vida. Cuando le ocurre a alguien una desgracia como ésta, es porque ese alguien ha sido llamado por Dios para una vida diferente de la que llevaba. Ahora sé, que mi tarea en este mundo no es el matrimonio.

Debe ser consolar y socorrer a los pequeñitos, como aquellos que Jesús citó.

Te amo, Ruperto, y te amaré siempre, pero renuncio a la felicidad de pertenecerte. No quiero verte más. Ahora, tu presencia me hace sufrir. Es necesario olvidarte. No me visites más. Preciso de tranquilidad para reorganizar mis pensamientos y sentimientos y entregarme a Dios, para ver cómo debo ser útil en este mundo. Devuelvo la palabra que me diste. Te dejo en libertad para escoger otra novia y casarte con ella.

–¿Aprueban tus padres esta resolución? –preguntó él amilanado y compungido.

–Dejaron a mi criterio resolver lo que me pareciese mejor.

Y no hubo quien convenciese a la digna joven de que no debería dejar desesperado a aquel novio que tantas demostraciones de amor le había dado, a pesar de la desventura que se abatiera sobre ella.

–Es por su propio bien y el mío que procedo así –repetía ella a los padres, cuando éstos la censuraban por la ruda resolución. –Él se conformará y será feliz sin mí, estoy muy segura de ello…

Y Carla, buscando olvidar al novio amado, se consagró a Dios, se dedicó al estudio para ampliar su conocimiento de las Santas Escrituras y trató de poner en práctica las lecciones que iba aprendiendo. Se dedicó, principalmente, a los niños, humildes hijos de los “mujiks” de sus padres.

Los enseñó a leer, les suministró ropas y mantas que ella misma confeccionaba, los educó, los volvió dignos de Dios. Y hospedaba consigo a los que eran huérfanos. Los enseñó a cantar, a declamar, a la manera como se usaba en ese tiempo y a danzar los bellos bailes de nuestro país.

Ruperto, rechazado, la visitaba ahora mensualmente, a pesar de lasobjeciones de ella. Necesitaba olvidarlo, y no era viéndolo con esa frecuencia como podría borrarlo del pensamiento. Pero, a pesar de eso, Carla Alexeievna, lloraba mucho, sufría por el novio, le añoraba y sólo Dios sabe el martirio que ella se imponía a fin de confirmar la dolorosa renuncia. Creo que muchas mujeres de este mundo, por sufrir mucho menos que ella, han buscado en el suicidio el ficticio alivio para sus propios sufrimientos.

No obstante, poco a poco, Carla se resignó a lo inevitable que se imponía entre ella y sus sueños de joven. Por la noche, soñaba que seres angelicales venían hasta ella y se deshacía en lágrimas:

–Es necesario que sea así, querida mía, para sublimar tus sentimientos, que hace siglos vive y revive en tu corazón… Tú y Ruperto, si mucho os habéis amado, también habéis infringido mucho las leyes del Todopoderoso.

Pero, llegó el momento de la reparación de los errores pasados, para la sublimación por el dolor, a fin de que vuestra unión se legitime en presencia de Dios. Vuélvete al Cielo y sigue a Jesús. El consuelo descenderá de lo Alto para aliviar tus disgustos. Y más tarde… Espera, querida mía, porque aún bendecirás las amarguras que hoy te afligen, por amor a las alegrías que te esperan…

Entonces, Carla siguió a Jesús y recibió consuelo.

Una de las tareas que se impuso fue la de proteger a los novios pobres, para que pudiesen realizar sus planes matrimoniales. Para eso, buscaba trabajo para los varones, ofrecía ajuares a las novias, las preparaba moralmente para el gran compromiso de ser madres de familia.

Cinco años después de su renuncia a Ruperto, durante una tarde nebulosa de otoño, cuando las lilas del jardín agonizaban, doblándose bajo el peso de los gajos, aquel novio inolvidable la visitó una vez más, llevándole un ramo de rosas, las últimas de la estación, obtenidas en la mansión que debería haber sido de ella.

Carla Alexeievna lo recibió. Aceptó las rosas y se las agradeció, invitándole a sentarse y tomar el té con bizcochos de nata y miel. Ruperto se sentó a su lado, al pie de la estufa, como siempre, y en el desarrollo de la conversación explicó el motivo de la visita:

–¡El hombre necesita casarse, Carla! Tú me abandonaste, dándome libertad para contraer matrimonio con otra mujer…

–¡Muy bien! Recuerdo eso. Hice lo que debía hacer…

Pero, su corazón temblaba, ansioso. Miraba furtivamente al visitante. Nunca le pareciera más bello, con su porte majestuoso, su chaqueta bien tallada, su elegancia natural. Él prosiguió y ella lo oía:

–Necesito constituir mi propia familia, querida Carla. Es contrario a la naturaleza del hombre vivir solo… El hombre precisa de una compañera, una mujer, que lo ayude a vivir… ¡Voy a casarme Carla!

Ella se emocionó hasta la más oculta fibra de su corazón, pero respondió:

–Haces bien, mi amigo, lo comprendo…

–¿No quieres saber con quien me caso?

–Sea quien fuere la novia, debe ser digna de ti.

–Bien. Es tu amiga Halina Vacilievna. Así permaneceré más cerca de ti…

Y se casó.

Carla sufrió, lloró a solas consigo misma y con Dios, pero cuando el cortejo nupcial pasó por su casa, camino a la catedral, ella se mostró indiferente y continuó bordando, contándoles historias a los niños que la rodeaban. Ruperto se volvió en el carruaje, examinando con la mirada las ventanas de la mansión de su antigua novia: permanecían cerradas. Carla Alexeievna no se dignó a asomarse a la ventana a fin de verlo pasar.

 

VI

 

Durante veinticinco años la vida no se alteró para Carla Alexeievna:

 

Continuó bordando y tejiendo medias y blusas de lana para el invierno, orando y dirigiendo, sentada en su poltrona, los bienes que poseía, criando hijos ajenos, para educarlos e instruirlos. Durante ese largo espacio de tiempo murieron sus padres y ella más que nunca, se sintió triste. Los amigos de la juventud unos habían muerto, otros se mudaron para Moscú o San Petersburgo, y otros más, al no verla jamás en sociedad, poco a poco espaciaron las visitas que le hacían y la olvidaron. Ruperto aun la visitó algunas veces, constreñido, después del casamiento, pero Carla lo recibió ceremoniosamente, tratándolo de “Excelencia”, lo que pareció constreñirlo aún más. Cuando nació su primer hijo, fue, personalmente, a participar el evento a la antigua novia. Al nacer el segundo, repitió la visita y la participación. Y lo mismo ocurrió tres veces más, pues el matrimonio Gallembek fue agraciado por Dios con la dádiva de cinco bellos hijos. Carla agradecía la visita y la participación y, al día siguiente, enviaba un rico presente al recién nacido y un ramo de flores a la madre; pero nunca los visitó, porque Halina tampoco la visitó jamás desde que se casara. De modo que no llegó a conocer personalmente a los hijos de Ruperto. Pero, por el día de su santo, que era en el verano, Ruperto le enviaba un ramo de rosas, felicitándola (1).

(1) No sólo en Rusia, sino también en otros países de Europa, aún hoy, se conmemora, además del aniversario de la persona, también el día del santo cuyo nombre recibió esa persona.

Como se ve, Ruperto fue el novio que, durante mucho tiempo, no la olvidó y sufrió por ella, el amigo en penas, fiel a su propio sentimiento, que se esforzaba por consolarla y consolarse. Pero, después, la responsabilidad de la familia aumentó con el crecimiento de los hijos. Las preocupaciones diarias, la intensidad de los negocios, los deberes sociales, las actitudes esquivas de Carla y, finalmente, el tiempo, ese benévolo cicatrizante de amarguras y heridas, lo llevó a espaciar cada vez más las visitas y, por fin, ni siquiera los saludos de la Navidad y del día del santo de su nombre recibía Carla Alexeievna. Ruperto acabó por olvidarla. ¡Estaba todo tan distante! ¿Quién podría exigir del corazón de un hombre la fidelidad a un sueño muerto?

 

Carla no sufrió por eso. Se resignó. Esperaba eso mismo de él. Por eso se había negado al matrimonio, segura de que su invalidez lo alejaría de ella. Eso es humano, es casi razonable. Y continuó, como siempre, en su fiel puesto de protección a los pequeñitos, sirviendo a Jesucristo en la persona de su prójimo sufridor y humilde.

Pasados veinticinco años, contando ya cincuenta años de edad y con los cabellos totalmente blancos, Carla, al despertar, cierta mañana, oyó que las campanas de la catedral doblaban a finados, dolorosamente. Era el momento de sus primeras oraciones del día. No sabía quien había muerto. Pero, decidió dedicar sus oraciones de esa mañana en honor de aquel alma que abandonaba el cuerpo a la tierra, de donde proviniera, por la ventura de la resurrección espiritual. Llamó a los niños, y los hizo que oraran con ella, explicando, como siempre:

–Cuando sabemos que alguien entregó el alma al Creador, tenemos el deber de ayudarlo, con nuestras oraciones, a buscar el seno de Dios, deseándole paz y luces espirituales…

Y, después, siguió bordando y dando lecciones a los niños.

–Yo fui a misa, por la mañana –continuó Sofía, después de una pausa, durante la cual se mostró triste–, y supe, en la iglesia, por quien doblaban tan tristemente las campanas; pero, al regresar a casa, no tuve valor para darle a Carla la triste noticia. No obstante, a la hora del almuerzo, no me pude contener, entendí que tenía el deber de poner a mi querida ama al tanto de lo que pasaba, y exclamé con cierto recelo:

–Las campanas de la catedral doblaban a finados hoy…

–Sí, doblaron, yo las oí. Doblaron desde muy temprano, y doblan de vez en cuando. Alguien muy querido a nuestra ciudad se elevó hoy a los cielos. Ya oré rogando a Dios por él…

–¿Acaso no sabes quien murió, madrecita?

–No, no lo sé. ¿Cómo lo sabría?

–¡Fue Ruperto van Gallembek, querida! Murió por la madrugada… Estuvo enfermo dos meses…

Carla no respondió. Acabó de comer más lentamente, en silencio, y durante la oración de agradecimiento por la dádiva del almuerzo, siempre hecha en voz alta, para que nosotros la acompañásemos mentalmente, rogó a Dios por él. A la mañana siguiente, antes del mediodía, irrumpí en la sala donde Carla daba lecciones a los niños y exclamé, pensando en serle agradable:

–¡Madrecita!¡Madrecita! ¡Carla Alexeievna! ¡Es el cortejo fúnebre del Conde Ruperto van Gallembek! Va a pasar bajo tus ventanas. ¿No vais a verlo?

Pero, Carla no respondió. Con mucha dificultad, se puso de pie, apoyándose en sus muletas. Tuve que ayudarla. Así de pie, cruzó las manos en actitud de plegaria y oró, con el alma concentrada ante Dios, prestando el último homenaje terreno a aquel que tanto supiera amar en silencio durante más de treinta años de pesar y de nostalgia. Después se sentó y continuó la clase para sus niños, ángeles que la amparaban en la soledad que soportó casi toda su vida.

El cortejo había pasado…

Y así ha sido, queridos niños, hasta el día de hoy.

Aquí concluyó el relato de Sofía, la dedicada ama de casa de mi tía abuela Carla Alexeievna. Ella estaba bañada en lágrimas. Iosif Zakarevitch continuaba leyendo el libro. El viento soplaba fuerte allá afuera. Caía una tempestad de granizo, anunciando las primeras nieves, y los árboles se retorcían, azotados por el fuerte vendaval.

Confieso que, entonces, comprendí muy poco del relato de Sofía. Lo que quedó bien claro en mi corazón era que mi tía abuela había sido una joven muy bella, que era muy buena con los otros y amaba a Dios, que sufrió una gran caída del caballo que montaba y por eso quedó con aquella horrible invalidez, y que, por esa razón, el Conde, un hombre muy rico y bueno, su novio, se había casado con otra mujer. Sólo más tarde, después de que me hice hombre, pude evaluar la grandeza de aquel corazón de mujer, que se refugiaba en el culto a Dios y en la práctica del Evangelio de Jesucristo a fin de soportar bien la desventura de su propia vida, evitando así la desesperación que la podría haber llevado al suicidio.

Carla Alexeievna murió a los sesenta y ocho años de edad, después de una ligera enfermedad del corazón, exactamente tres años después de que la vi por primera vez, cuando fui a Kazan con mi abuela, para asistir al bautizo de Iosif Zakarevitch.

 

VII

 

Por el año de 1872, siendo yo ya un hombre maduro, tuve la oportunidad de viajar por Europa y estuve en París. En esa famosa capital, que sería, por decirlo así, la capital de Europa, además de ser la capital de Francia, mucho se hablaba de conversaciones con almas del otro mundo, las cuales, según se decía, dictaban bellos mensajes en prosa y en verso y se identificaban perfectamente a sus amigos y parientes a través de una mesa, que hacía las veces de un aparato trasmisor del pensamiento de habitantes del Más Allá. A ese fenómeno se le daba el nombre de “tiptología”. Se repetían las sesiones de Espiritismo y ellas se realizaban no sólo en los recintos apropiados para esas investigaciones trascendentales, también en las reuniones sociales. A veces, durante el baile, o un recital en ambientes particulares se abrían paréntesis para “conversar con la mesa”, evocando el alma de este o de aquel difunto a través de ella. No se tenía en cuenta que aquello se trataba de un fenómeno de la más alta trascendencia espiritual, una revelación divina que sacudiría el mundo, para implantarse en el corazón de la Humanidad.

Pues bien, yo había sido invitado por un amigo ruso, residente en París, el Sr. Boris Polianovski, a cenar en su compañía, cena a la que comparecería el escritor Víctor Hugo, recién llegado de su exilio de Guernsey, y el dramaturgo Victorien Sardou, dos de las figuras más expresivas de las Bellas Letras internacionales y adeptos de la floreciente creencia en la comunicación de las almas de los muertos con los hombres, a través del fenómeno de la mesa o, simplemente, de la mano del propio hombre, o médium, esto es, aparato trasmisor humano. Después de la cena, que fue lo más cordial posible, la joven Aglaée, hija del dueño de la casa, propuso, tal vez con curiosidad por aprender, por cierto inspirada por el Cielo:

–¿Vamos a interrogar la mesa, padrecito? ¡Quien sabe si conseguiremos algo agradable hoy! Seguramente, el Sr. Alex Melvinski, nunca asistió a una cosa así en su fría Rusia.

–Confieso que ignoro completamente lo que es interrogar mesas, “Mademoiselle”… –respondí.

La joven fue a buscar una mesa ligera, de tres pies, apropiada para el caso, mientras eran colocadas hojas de papel en blanco y lápices sobre la mesa donde habíamos terminado de cenar y donde los demás invitados aún conversaban. El dueño de la casa, mi amigo Boris Polianovski, estuvo de acuerdo con la petición de la hija y se apresuró a invitar al Sr. Hugo y al Sr. Sardou para que ayudaran en las evocaciones. Por esa época, yo ya no pensaba más en mi tía abuela Carla Alexeievna y menos aún en la posibilidad de hablar con ella después de su muerte. Ella murió cuando yo tenía trece años de edad y las luchas que sustenté por la existencia habían barrido de mis impresiones el pesar que sentí por su muerte, en los primeros tiempos después de su desaparición. Pero, una gran sorpresa me estaba reservada en esa noche inolvidable.

Todos dispuestos para provocar el fenómeno, me pidieron que colocara levemente las manos sobre la mesa, haciendo lo mismo mi amigo Boris Polianovsky y su hija Aglaée. El Sr. Hugo y el Sr. Sardou empuñaron los lápices y los papeles y también el cuadro del alfabeto, para el necesario conteo de los golpes de la mesa, dispuestos a servir de secretarios a los posibles dictados trasmitidos por ella. Después de unas dos o tres presentaciones mediocres, que no nos llegaron a interesar por partir de almas poco elevadas, la mesa dictó, batiendo con el pie en el piso, mientras Victorien Sardou contaba los golpecitos, apuntando el alfabeto, y Hugo escribía:

–Necesito hacer una importante declaración al visitante de hoy, ruego que me dispenséis silencio y atención…

El Sr. Víctor Hugo interrogó, circunspecto:

-Somos tres visitantes hoy, en esta casa: El Sr. Alex Mikailovsky Melvinski, de Rusia, el Sr. Victorien Sardou, de París, y yo, también de París.

-¿A cuál os referís?

–A mi sobrino nieto, Alex Melvinski, a quien mucho amo…

–¿Cómo os llamáis?

–Carla Alexeievna. Viví en Kazan y hace cuarenta años que dejé este mundo.

–Estamos atentos, Carla Alexeievna, dictad lo que pretendéis… –volvió a hablar el gran escritor, que parecía presidir la reunión, como de costumbre, según supe después.

–Este medio de manifestación es lento y penoso para todos nosotros.

Ruego a Victorien Sardou el favor de empuñar el lápiz. Escribiré sirviéndome de su mano. Es más cómodo.

Mi emoción era profunda. Yo nunca había asistido a una sesión con almas del otro mundo como comparsas, aunque tuviese noticia del hecho. Un mundo de recuerdos se asomó a mi pensamiento. Carla apareció en mi memoria con todos los detalles de su vida y de la desventura que vivió: la invalidez, la desilusión del amor perdido para siempre, su vida poblada de saudades, de oraciones a Dios y de beneficios a los pobres, sus eternos bordados, sus niños, la chimenea, junto a la cual se sentaba en invierno, los vitrales retratando a la Señora de Kazan, los reflejos del sol colados de los vitrales multicolores incidiendo sobre su cabeza, donde cabellos blancos asomaron prematuramente… ni siquiera de las trenzas de Iosif Zakarevitch dejé de acordarme.

Las lágrimas turbaron mis ojos. Un sollozo sofocado a tiempo en la garganta me reveló que tía Carla, mi infancia, mi amor por la familia estaban aún intactos en mi corazón. Tomé el pañuelo, enjugué los ojos, me soné discretamente y guardé en silencio, el pensamiento respetuoso. Victorien Sardou escribía rápidamente, era el médium de Carla Alexeievna. (1)

 

(1) Victorien Sardou: fecundo autor dramático francés. Nació en París, en 1831, y falleció ahí mismo en 1908. Fue espírita y médium hasta el fin de su vida, gran amigo del escritor Víctor Hugo.

Después de algunos minutos de espera, la mano del gran dramaturgo se paró, abandonando el lápiz. Estaba concedido el mensaje, la lección que el Cielo mandaba, revelación que mucho agradó los corazones presentes. Hubo orden para que fuese leído, para que todos oyesen aquella carta proveniente del mundo invisible, en tan singulares circunstancias. La carta fue leída por Aglaée, y he aquí lo que oímos:

 

VIII
 

–“Yo sé, Alex Mikailovitch Melvinski, que, desde tu infancia, te compadeciste de mí y mucho te impresionaba la desventura de mi vida. Sé que me amabas, y agradezco, padrecito, el afecto demostrado a mi humilde persona. Agradecida por sentir en mí tu simpatía. Un día, después de mi travesía para la vida del Espíritu, prometí a mí misma relatarte la causa de mi expiación en la Tierra, si Dios me lo permitía. Hoy llegó la ocasión esperada hace tantos años.

Sepa usted, Alex Melvinski que las expiaciones vividas por nosotros en el mundo terrenal tienen siempre como causa nuestro mal proceder en un pasado vivido por nosotros mismos en otras épocas existenciales. Nada sucede en rebeldía de la ley de Dios. Nosotros, almas y hombres, somos individualidades inmortales, con la particularidad de que vivimos varias fases de la vida corporal, revivimos en el estado espiritual y volvemos a ocupar otros cuerpos terrenales, en nuevas vidas, recomenzadas con nuevo nacimiento, como hombres.

Antes de yo ser la personalidad Carla Alexeievna, viví con otra personalidad y otro nombre y amé a mi querido Ruperto, que también vivía con otra forma física, otra personalidad, usando otro nombre. Eso es la reencarnación, que los Espíritus del Señor explican a los hombres en la actualidad. Éramos esposos y nos amábamos tiernamente. Pero, nuestra felicidad tuvo una pequeña duración. Mi querido Ygor Fiedorovitch, como él se llamaba entonces, murió en una guerra, en el tiempo de Pedro, el Grande (1).

(1) Pedro I, el Grande, Zar de Rusia, de 1682 a 1725. Dotado de una voluntad de hierro y de una energía incomparable, supo beneficiar y engrandecer la Patria. Fue el mayor gobernante de Rusia en todos los tiempos.

Desesperada, desilusionada, sin poder ni siquiera llorar sobre la tumba de mi bien amado, arruinada, enferma, perdí la fe en Dios y en mí misma y, un día, me dejé precipitar desde el tercer piso, donde residía, y donde la desgracia penetró con la desaparición de mi Ygor, cayendo sobre las piedras del patio. Mi cuerpo, maltratado por la caída, fracturado, contundido, dislocado, sucumbió tres días después, víctima de mí misma, haciéndome sufrir intensamente, pues yo no pude, no quise vivir sin mi Ygor. Pero el suicidio es un crimen grave, que pesa mucho en la balanza de la ley divina. Muy pronto comprendí que yo poseía un alma, que sobrevivía a la destrucción del cuerpo.

Separada de aquel cuerpo, me sentía viva, pero sufriendo las mismas angustias de la pérdida de mi Ygor, sin poder verlo, sin obtener noticias de él, alejada de todos los que me amaban y a los cuales ofendí con el suicidio, y, ¡cruel realidad!, sufriendo también las dolorosas consecuencias del suicidio del cuerpo en mi estructura espiritual. Sentí huesos fracturados, a pesar de estar desligada del cuerpo, imposible de recuperarse. Me sentía invalida, deformada, fea, más adolorida y desesperada que nunca. No me podía apartar de la escena de mi caída del tercer piso. La veía y la sufría al mismo tiempo, llena de pavor y sensaciones reales, como si cada momento yo me lanzase otra vez, para sufrir lo mismo, eternamente. Así me demoré por mucho tiempo, no sé por cuanto tiempo, perdida en las tinieblas de aquella angustia indescriptible, presa de una pesadilla incomprensible, que me subyugaba la voluntad. Pero, un día, adormecí pesadamente, creo que durante mucho tiempo, y, después, al despertar, comprendí lo que había pasado. Yo había matado en mí, sólo el cuerpo carnal, pero el alma, construida de esencias inmortales, había sobrevivido a mi desesperación y allí estaba, viva y racional, arrepentida, sufridora, avergonzada de su crimen delante de Dios y de sí misma. Tuve fuerzas para orar y oré, pidiendo perdón a Dios, deshecha en lágrimas. Entonces, llegaron con la finalidad de socorrerme amigos y asistentes.

Eran espíritus, como yo, pero felices porque traían tranquila la conciencia y vinieron para ayudarme. No los reconocí porque mal los distinguía en la fuerte penumbra del aura que me circundaba. Yo era un alma rebelde, que no poseía sensibilidad para ver y comprender a los ángeles de Dios. Ellos me informaron que yo había cometido un delito gravísimo y que un siglo sería poco para que pudiera repararlo, rehabilitándome ante la Ley Suprema. Me enseñaron ciertos detalles de esa Ley, muy importante, y necesaria para todos nosotros, dándome la confianza de que yo podía recuperarme a la sombra de Jesucristo. Me fue presentado un amplio panorama de modos de vivir para Dios y el prójimo. Lo examiné detenidamente y reflexioné sobre él, después de lo que me dijeron:

–“Escoge por ti misma lo que deberás hacer para desagravar la conciencia y rehabilitarte del suicidio. Lo que escojas será tomado en consideración y se realizará. Pero, medita con madurez sobre todo lo que te conviene, porque, una vez escogido, el camino a seguir será irrevocable.

Escogiéndolo, estarás labrando tu propia sentencia. Si tuviste fuerzas para infringir la Ley de Dios, también las conseguirás para rehabilitarte del oprobio de haber infringido ésta. Pero, debes saber que las realizaciones a efectuarse para ese inapelable servicio serán probadas sobre la Tierra, viviendo tú en un nuevo cuerpo humano, como suelen ser los cuerpos materiales terrestres”.

Medité profundamente sobre esas advertencias. Después de algún tiempo de profundas y penosas meditaciones, llegué a la conclusión de que me competía lo siguiente:

Yo había infringido gravemente la Ley de Dios, matándome, porque no me conformara a vivir sin mi Ygor, que había muerto en el campo de batalla. Pues bien, yo debía ahora reparar mi falta, probándome a mí misma mi arrepentimiento por aquel acto cometido, resignándome a vivir sin Ygor después de haberlo amado nuevamente, en la próxima existencia. Jesús me daría amparo y consuelo para que saliese victoriosa de ese terrible testimonio.

Presentada mi petición a los asistentes que me servían, fue aprobada y considerada correcta, coherente con la Ley Suprema. Entonces, me mostraron a Ygor por primera vez, después de muchos años, después que el cayera en el campo de batalla. Él ya había vuelto a la Tierra en renovada existencia y contaba dos años de edad. Lo vi jugando en la terraza de la mansión de sus padres, bajo los cuidados de una institutriz. Era de familia noble y ahora se llamaba Ruperto van Gallembek. Inmediatamente reconocí a mi amado Ygor Fiodorovitch, a pesar de la diferencia de indumentaria carnal humana. Sentí revivir en mi alma la antigua llama del amor que le consagrara antes, y mi alegría fue inmensa al reconocer que nuestro amor no se había extinguido, antes sería revivido por una ventura más sublime de lo que fuera antaño.

–No te olvides, amada Carla, de que te separarás de él en la próxima existencia terrena. Tu testimonio implica la necesidad de la resignación ante la ausencia de él en tu vida –me advirtieron a tiempo mis asistentes.

Estuve en pleno acuerdo con la necesidad que se imponía y comencé, entonces, a prepararme para la gran jornada de la expiatoria reencarnación, llena de deseos de liberar a mi conciencia de la vergüenza del suicidio, acto propio de caracteres débiles e inconsecuentes. Pero yo, no había liberado mi conciencia de las vibraciones mentales del peso de haber deformado y matado mi cuerpo, tan bello y joven, destrozándolo con la caída del tercer piso. A veces me sentía deformada, tal y como quedó el cuerpo, inválida, los huesos fracturados. Y sabía que ese peligroso complejo podía influir poderosamente en mi futura condición física en la Tierra. Era el reflejo del suicidio, que, posiblemente, me acompañaría el testimonio fuese completo. Pero, nada temí. Es tan dolorosa la angustia del remordimiento en la vida de Ultratumba que nosotros, los culpables, nos sujetaríamos a todo con tal de liberarnos de ella. Me volví hacia Dios, me instruí en las recomendaciones de los Evangelios, que son las voces del Cielo, y, pasado algún tiempo… renací en Kazan y me llamé Carla Alexeievna. Lo que fue mi vida y el testimonio que di a la Ley de Dios, infringida por mí en otra época, con el suicidio, tú lo sabes. Hoy me siento redimida de aquel pecado. Y ahí está, mi querido Alex, la explicación que deseabas sobre la causa de aquella invalidez que te incomodaba. ¡Ella fue mi redención!”

Seguía la firma patente de Carla Alexeievna.

La lectora calló conmovida. Aprovechando el silencio armonioso que se había hecho, pedí, mentalmente, al Espíritu de Carla, cuya vibrante presencia sentía aún en nuestro ambiente:

–Dinos, querida tía, si te fuese posible: ¿estás hoy junto al Conde Ruperto van Gallembek? ¿Lo reencontraste en la vida del Más Allá? Ese esclarecimiento será muy importante, muy significativo para todos nosotros, que también hemos visto morir a nuestros seres amados…

Pasados algunos segundos, la mano de Victorien Sardou se agitó nuevamente, tomó el lápiz y escribió lo siguiente:

–“Me resta decir que hoy soy feliz aquí, junto a mi Ruperto, el mismo Ygor de otros tiempos, a quien mucho, muchísimo he amado. Estamos unidos para siempre, bajo las bendiciones de la Ley Suprema, porque nos amamos espiritualmente, por ventura aún más tiernamente de lo que en vidas pasadas sobre la Tierra, y no nos separaremos más, porque nuestro amor se sublimó en el Dolor y en el respeto a Dios Todopoderoso”.

 

IX
 

Hace muchos años que todo eso pasó. Hace más de un siglo. Pero, todavía hoy, cuando me acuerdo de Carla Alexeievna y de aquella sesión en casa de mi amigo Boris Polianovski, en presencia del Sr. Víctor Hugo y del Sr. Victorien Sardou, mis ojos se llenan de lágrimas…

(Sublimación, Presentación y Capítulo 4, páginas 13 y 14, y 97 a la 124. Federación Espírita Brasileña, 4ª Edición, Rio de Janeiro, Brasil)

León Tolstoi

Extraído del "Anuario espirita.

 

Continua

 

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