La trilogía de amar a Dios, al prójimo y así mismo


“Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. Jesús (Juan 15:10)

La vida tiene su origen en Dios y está plenamente impregnada de su amor integral y absoluto. Todos los seres y todas las cosas están integrados e impregnados del divino concierto de la vida que nació de su inmenso y poderoso amor. Dios es la inteligencia suprema del Universo. Crea, organiza y mantiene todas las vidas en grandilocuencia de armonía, belleza y fuerza. Es amor profundo e intensamente dinámico que ínterpenetra, dirige y sustenta todos los fenómenos, todos los seres, todas las cosas y todas las fuerzas de la vida en el inconmensurable Universo. El inagotable amor de Dios envuelve todas las existencias, alimenta todo impulso de vida, por más sencillo, primitivo y frágil que sea, sustenta todas las criaturas, ampara a todos los espíritus desorientados y perdidos en las pruebas, yergue a todas las almas débiles y abatidas, alimenta a todos los seres con el pan material y el pan espiritual, abraza con cariño imperceptible a todos sus hijos, socorre a todas las almas perdidas en la criminalidad, vicios y sombras, protege todas las vidas en la áspera caminata evolutiva, corrige con misericordia infinita a todas las almas rebeldes, educa a todos los espíritus, a través de las experiencias asimiladas en los incontables siglos, para la conquista de la felicidad eterna.

AMAR A DIOS

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Jesús (Marcos, 12:30)

Si aceptamos a Jesús como Nuestro Maestro y Señor, si creemos en Dios como Padre de Amor infinito, Misericordia permanente y Justicia perfecta, necesitamos, con urgencia, ser más fieles de mente, corazón y conciencia al Padre Creador. La necesidad más inmediata del hombre tecnológico del Tercer Milenio será buscar a Dios con raciocinio lógico y sentimiento elevado. Aplicar las fuerzas del alma en la vida cotidiana: pensar en Dios, sentir a Dios, conocer a Dios, sintonizarse con Dios, obedecer a Dios, vivir a Dios, actuar con las leyes de Dios, sumisión a su voluntad, y por fin, amar a Dios con grandeza de alma y belleza espiritual.

Jesús descendió a la densa esfera de los hombres ignorantes e infelices por amor, para enseñar a los espíritus terrestres a luchar, superar, eliminar y vencer las sombras atormentadoras dentro de sí mismos. Debemos reflexionar con sentido de madurez moral, estudiar con profundo respeto y aprender con seriedad, para que podamos vislumbrar la profundidad e inmensa belleza espiritual en las palabras de gran sabiduría del Cristo de Dios: “AMARÁS AL SEÑOR VUESTRO DIOS, CON TODO VUESTRO CORAZÓN, CON TODA VUESTRA ALMA Y CON TODO VUESTRO ENTENDIMIENTO”. (Mateo, 22:37) Observemos que Jesús nos dirige esta enseñanza sobre el amor a Dios rogando que amemos al Padre con todo el corazón, con toda el alma y con todo el entendimiento. Con estas tres fuentes de energía del espíritu: CORAZÓN, MENTE y CEREBRO, Jesús fundió y unificó las fuerzas del espíritu para que podamos amar a Dios de manera completa e integral.

A – EL CORAZÓN: es la principal fuerza motriz del ser humano o del espíritu inmortal. El Divino Señor nos enseñó con claridad y didáctica: “Pero lo que sale de la boca, del corazón sale, y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos designios, los adulterios, la prostitución, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias”. (Mateo, 15:18-19) Si del corazón salen los malos sentimientos, las malas acciones y los malos hábitos, haciendo a las personas infelices, seguramente también deberán salir de él las virtudes morales (amor, humildad, abnegación, renuncia, coraje, bondad, etc.) que harán que las personas sean realmente felices. Para alcanzar este bello fenómeno de transformación moral en lo íntimo, bastará la BUENA VOLUNTAD de la criatura humana para aprender, sentir, obedecer y practicar las lecciones de la fe superior, amor fraternal y humildad sincera.

El corazón es un departamento ultrasensible del espíritu y la más importante fuente de energías psíquicas para la vida de relación con nuestros semejantes. Es a través de él que nos comunicamos unos con los otros, que amamos y somos amados. Están almacenadas en él todas las energías psíquicas de sentimientos del Bien y del Mal, de las virtudes o de las imperfecciones. Jesús designó como BUEN TESORO (las buenas cualidades) y como MAL TESORO (las malas cualidades) las energías psíquicas del corazón, dependiendo de la naturaleza íntima de esas energías. En el corazón espiritual están contenidas todas las imperfecciones morales que causan tanta infelicidad al ser humano, como también pueden estar las virtudes morales que dan equilibrio y paz, salud y felicidad.

Es en este santuario del espíritu que deberán nacer las virtudes evangélicas, las cuales ejemplificó y enseñó tan bien el Divino Maestro. Las virtudes morales tan pregonadas por Nuestro Señor nacen de la fuente sublime del amor, bajo la acción determinante, perseverante y valerosa, de la buena voluntad, transformando el corazón en un granero de energías saludables, luminosas y poderosas. Con nuestro perfeccionamiento moral enriquecemos abundantemente el corazón de energías electromagnéticas de la mente saturadas de amor puro, fraternal y universal, construyendo el nuevo mundo de paz, luz, armonía y felicidad en nuestro espíritu, para siempre. Tan solo con la excelente realización del Evangelio del Cristo en nuestros corazones conseguiremos alcanzar la meta segura para la permanente felicidad íntima. A través de luchas, sufrimientos, educación y conquistas morales, abonaremos con AMOR el terreno árido del corazón, transformando en belleza, iluminación y fortaleza las entrañas más profundas del espíritu.

B – LA MENTE: constituye la compleja organización psíquica del espíritu. Ella se deberá impregnar en su totalidad, a través del perfeccionamiento moral, de las energías armoniosas del amor universal que ilumina, fortalece y engrandece las fuerzas de la mente. El amor que Jesús nos enseñó deberá tomar cuenta de toda la organización espiritual con el desarrollo moral, en el proceso evolutivo del espíritu. La luz de Dios deberá envolver, penetrar y dominar todas las funciones y potencialidades del alma. Dice Jesús: “Brille vuestra luz delante de los hombres…”¡Esa luz es el amor puro, la verdad divina, la sabiduría espiritual, la humildad auténtica, la bondad ejemplificada, la alegría de hacer siempre a alguien más feliz!

C – EL CEREBRO: es el departamento inteligente del espíritu para razonar la verdad, reflexionar sobre la verdad, meditar en la verdad, asimilar la verdad, sentir la verdad espiritual, informarse de la verdad racional, aplicar la razón y la lógica, el buen sentido y el discernimiento, la meditación intensa y la prolongada reflexión. Es la gerencia del inestimable tesoro del conocimiento profundo, buscando entender la vida, a sí mismo, la presencia de Dios en nuestras vidas, las leyes divinas materiales (ciencia humana) y divinas espirituales (cultura espiritual, sabiduría de la vida). Es el campo de actuación del raciocinio, del análisis, de la reflexión, de la imaginación, de la memorización, de la elevación del pensamiento, del enriquecimiento del conocimiento de la verdad que se transformará de forma definitiva en luz imperecedera en el amplio sagrario de la inteligencia cósmica.

La ley de Dios, que vigoriza la ley de evolución para los Espíritus del Universo infinito, no quiere que ningún espíritu ame de forma incompleta y defectuosa, fraccionada y limitada, fanatizada y empobrecida. LA META IDEAL PARA TODOS LOS ESPÍRITUS ES LA CONQUISTA DE LA PERFECCIÓN EN LA SABIDURÍA Y EN EL AMOR. Jesús nos enseñó todo lo que precisábamos, con la finalidad de que manifestemos toda la grandeza espiritual que ya podamos expresar. Él espera que los seguidores fieles crezcan en el grande y bello Amor Incondicional de forma continua, permanente y creciente, penetrando en los inefables misterios del Reino de Dios, con la aplicabilidad integral de las fuerzas divinas del espíritu. Nos invita pacífica y amorosamente a la caminata ardua y ascensional de la perfección espiritual que todos nosotros podremos alcanzar con buena voluntad, fe poderosa y perseverancia imbatible.

Necesitamos conocer a DIOS, el Dios verdadero, el DIOS-VIVO sobre quien habló Jesús: “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”. (Lucas, 20:38). ¡Dios está participando en todas las manifestaciones de la vida, desde el mínimo corpúsculo a las grandiosas organizaciones estelares y galácticas, en el inconmensurable organismo vivo del Universo! El Padre Creador, al que Jesús nos enseñó a AMAR muy bien, está presente en la vida de todas las cosas y de todos los seres, muy especialmente de los seres humanos, ciegos aún en la fe, frágiles en la voluntad para amar y empobrecidos de amor verdadero. Solamente quien ama, desarrolla y da testimonio de la fe viva a través de su corazón sincero y sumiso, humilde y bueno.

Debemos amar a Dios en espíritu y verdad, pues Dios no se identifica con las cosas materiales ni tampoco con los objetos sagrados de los cultos religiosos. Tenemos que amar a Dios con todas las fuerzas de nuestra alma, de nuestros pensamientos, de nuestros mejores sentimientos. Con los conocimientos del Espiritismo, debemos aprender a desarrollar nuestras mejores energías del pensamiento y del corazón para amar a Dios. “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque son estos que el Padre busca para que sean sus adoradores”. (Juan, 4:23) La luz divina de Dios deberá impregnar los diversos departamentos del espíritu: en el altar sublime de la conciencia, en el templo supremo del alma, en el edificio complejo de la inteligencia, en el santuario de las prodigiosas energías del corazón y en los resplandecientes talleres de la mente. A través del amor sentido, comprendido y vivido, nos sintonizaremos y comunicaremos cada vez más directamente con Dios, porque Dios es el amor presente, activo y eficaz en la vida universal.

Aunque Dios está presente en nuestras vidas, nosotros, los humanos, aún no podemos ver a Dios. Entonces, ¿cómo conseguiremos alcanzar ese maravilloso y esplendoroso poder? ¿Será que obtendremos algún día la capacidad espiritual para lograr esa visión celestial? ¡Sí, la conseguiremos! Jesús –el Médico Divino– nos enseñó el camino, dio las orientaciones y ofreció los medios seguros para que podamos participar de esa visión iluminada. Enseñó Jesús: “BIENAVENTURADOS LOS QUE TIENEN EL CORAZÓN PURO, PORQUE ELLOS VERÁN A DIOS”. Jesús (Mateo, 5:8) Para ver a Dios con lucidez, pureza y grandeza, es necesaria la adquisición de cierta cuota de amor puro en nuestro propio corazón. El amor puro constituirá la sustancia divina del poderoso lente que amplía nuestra visión en el microscopio de lo infinitamente pequeño, así como en el telescopio de lo infinitamente grandioso para que podamos ver a DIOS en toda su belleza y grandeza en la Creación universal, en toda la Naturaleza, en todas las fuerzas de la Vida y muy en especial, en lo íntimo de cada criatura humana.

AMAR AL PRÓJIMO

“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a los otros; así como yo os he amado, que también os améis unos a otros”.
Jesús – (Juan 13:34)

El amor es la ley de Dios que dirige y orienta la vida de todas las cosas, seres y espíritus, para la perfección. El amor de Dios impera en todas las leyes que organizan la vida de la materia, en los infinitos grados de vibraciones y también en todas las leyes que dirigen la evolución de los espíritus, en su ínfima diversidad de grados de perfeccionamiento intelectual, psíquico y moral. Jesús nos enseñó la ley mayor del amor al prójimo, amor a los hermanos en humanidad. El prójimo es hijo de Dios, como nosotros mismos somos hijos del mismo Padre Amoroso. En esencia, somos todos iguales – inmensamente necesitados unos de los otros. Precisamos mucho de aprender a amar al semejante, como necesitamos del amor de nuestros semejantes para que evolucionemos y seamos felices en espíritu y verdad. Fuera del amor al prójimo, no existe crecimiento espiritual ni felicidad del corazón para ningún espíritu. Una reflexión necesita ser hecha en este momento: Sabemos que el prójimo es la humanidad. Pero, ¿quién es el prójimo que merece en primer lugar, con mayor celo, cariño y atención, recibir el beneficio de nuestro trabajo de amor, de caridad, de cuidados especiales? Declaró Jesús: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. (Mateo, 9:12 – Lucas, 5:31) Si Jesús vino para socorrer a los enfermos, fácilmente se llega a la conclusión de que, para agradar al Señor, debemos atender con solicitud, atención y cariño a los más pobres, a los enfermos, los desprotegidos, los desamparados, los necesitados, los abandonados, los que "tienen hambre y sed de justicia", los perseguidos y los más sufridores de nuestra inmensa sociedad humana.

El amor es la fuerza más poderosa de la existencia, la única luz de la vida, el único impulso creador que promueve la felicidad real de quien la ejecuta y de quien la recibe. Todos los seres humanos fueron creados por Dios para la felicidad, y el único camino es la caridad verdadera y pura a nuestros semejantes. Tenemos que aprender a vivir y a mantenernos en el camino del verdadero amor: No es suficiente para la iluminación del alma practicar un amor incompleto, un amor parcial, un amor sectario, un amor partidista, un amor segregacionista, un amor exclusivista. Ese amor con fronteras definidas y en círculo cerrado es el que más practicamos en la familia y con nuestras mejores amistades. Ese amor delimitado separa, desune y divide a la gran familia humana. Es imprescindible que aprendamos de corazón a vivir el AMOR PURO; VERDADERO; UNIVERSAL que corrige y educa, liberta e ilumina para la conquista del Reino de Dios en nosotros mismos.

Dios no acepta que sus hijos ejecuten en sí mismos una obra espiritual mal hecha, incompleta y defectuosa. Esta obra deficiente en el espíritu no servirá para vigorizar eternamente. Es el amor pequeño que nosotros, los religiosos en general, guardamos en el corazón: el amor enfermo, fragilizado, que divide a los hijos de Dios en creencias, clases, castas, partidos, grupos. Ese amor-egoísta y amor-orgulloso, Nuestro Padre no lo aceptará como vestidura para la eternidad. Tenemos que revertir ese cuadro moral empobrecido dentro de nuestro corazón y de nuestra conciencia.

No adelanta nuestra evolución amar únicamente a la Naturaleza, los animales, los grandes amigos y los familiares queridos, pues ese amor es aún muy pequeño, teniendo en cuenta el amor que Jesús enseña, ejemplifica y desea a todos sus discípulos. ¿Cómo seremos felices en la eternidad, teniendo el corazón egoísta, orgulloso, vanidoso, separatista y endurecido por mantener en alto nuestros puntos de vista, nuestros principios religiosos radicales? El Maestro fue bastante enfático cuando predicó y ejemplificó la importancia fundamental del amor, pronunciándose así: “En verdad, os digo, todas las veces que hicisteis eso a uno de estos más pequeños de mis hermanos, fue a mí mismo a quien lo hicisteis”: (Mateo 25:40) Nadie crecerá para Dios solo con frecuentar una iglesia, un centro espirita, una bella conmemoración religiosa, obedeciendo con disciplina a todos los rituales del templo. No basta conocer la verdad, profundizar la verdad, memorizar con brillantez los textos bíblicos, evangélicos y las enseñanzas morales. ¡Es indispensable aprender a amar, esforzarse por practicar el amor puro, la caridad desinteresada, las buenas acciones a los que sufren! Tengamos la atención volcada para estas palabras justas, palabras de Jesús, en este mismo capítulo del evangelio de Mateo, cuando explica la separación de las ovejas y de los cabritos en el final de los tiempos:

“Entonces dirá el Rey a los que estuvieren a su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre! Tomad posesión del reino que os está preparado desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era forastero y me hospedasteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y me fuisteis a ver”. (Mateo, 25: 34 a 36)

Observemos la dolorosa situación del prójimo colocada aquí por Jesús en estos versículos: “tenía hambre, sed, era forastero, estaba desnudo, enfermo y era prisionero” Verdaderamente, ¿qué fue lo que agradó al corazón amoroso de Jesús? Sus seguidores fieles dieron al hermano que sufría hambre algo de comer, mataron su sed del cuerpo y del alma, recibieron con el corazón amoroso y atento aquel desconocido que llegaba pidiendo ayuda, dieron vestiduras a los desnudos del cuerpo y de la fe, visitaron con deseo sincero de socorrer a los enfermos en sus lechos de luchas y de dolores, y aun fueron a visitar a los presos en la cárcel de la materia y los presidios internos del alma atormentada. La caridad verdadera es aquella que está junto a la criatura necesitada, a la persona que sufre, que necesita de socorro, de ayuda, de una mano amiga, de un corazón bondadoso, de una atención fraternal, de una ayuda de sustancial calidad para liberar al hermano que sufre en una posición tan desagradable llevándolo a una situación confortable de más paz, más consuelo, más armonía, más salud, más alegría, más entendimiento, más optimismo y más esperanza en su corazón atormentado…

Para quien acepta de corazón el amor de Jesús, el PRÓJIMO es más importante que nuestro “yo”; el OTRO es nuestro puente seguro hacia DIOS; el PRÓJIMO es el peldaño precioso en el ascenso evolutivo espiritual; el OTRO es la herramienta más valiosa para la conquista de nuestra verdadera felicidad.

La verdadera religión de Jesús es la del amor al prójimo, el amor a los desprotegidos del confort material, el amor a los tristes, afligidos, enfermos, enloquecidos, perturbados, infelices, criminales, malhechores, amor que alcanza incluso a los enemigos, adversarios, a los que nos desean mal y nos hacen mal. Respondamos a todo mal con bien, siempre, en todas las circunstancias de la vida.

La mejor escuela del amor no son los libros, no son los estudios teológicos, filosóficos y doctrinarios, ni las bellas conmemoraciones religiosas, ni las excelsas reuniones de espiritualidad. LA MEJOR ESCUELA DEL CORAZÓN ES LA DE LA CARIDAD, EL TRABAJO DE AMOR AL PRÓJIMO, EL SERVICIO DE AMOR A LOS SEMEJANTES. De tanto repetir las experiencias de amarnos unos a otros, nos modificaremos mejorando todas las ENERGÍAS DE LOS SENTIMIENTOS. En esta actuación edificante, desenvolveremos nuestras energías del sentimiento para el amor fraternal, la comprensión del dolor ajeno, la paciencia que sabe esperar, el perdón que olvida, la indulgencia que no condena, comprende y acepta, para el olvido de nosotros mismos, para servir sin exigir, aprender a SER ÚTILES AL PRÓJIMO. Creceremos en la real competencia de amar-sirviendo y servir amando, de ayudar sin descanso, de cooperar con alegría, de donar sin esperar recompensa, de erguir las almas caídas en la incredulidad de sí mismas, de levantar a los acostados bajo los puentes y en las cunetas de los vicios materiales o morales, de amar, enseñar y educar a las almas para Jesús y para Dios…

AMARSE A SÍ MISMO

“Si me amáis, guardad mis mandamientos”.
Jesús – (Juan, 14:15

Jesús nos dejó este gran desafío para todos nosotros: APRENDER A AMARNOS A NOSOTROS MISMOS.

¿Qué será, verdaderamente, amarnos a nosotros mismos? Esta interrogación sugiere otra pregunta: ¿QUIÉN SOY YO? ¡NECESITO SABER QUIÉN SOY, A FIN DE CUIDAR DE MÍ MISMO!

La filosofía espirita enseña que la criatura humana es un espíritu inmortal, poseyendo su individualidad, personalidad propia, cargando un enorme bagaje de buenas o malas cualidades morales, acusando determinado grado evolutivo espiritual como resultado de milenios de experiencias reencarnatorias. Ninguna criatura humana, después de una sola existencia en que cometió algunas faltas, algunos errores y hasta algunos crímenes, será castigada injustamente recibiendo la condenación del fuego aterrador en el llamado infierno eterno. ¡Recibir de Dios una sola oportunidad y ser condenado al fuego del sufrimiento eterno devalúa nuestra razón y la lógica del amor infinito de Dios! Dios no nos creó para la condenación eterna y, sí, para la fatalidad del perfeccionamiento y evolución espiritual. El espíritu que erró podrá sufrir bastante, habitar por muchos años y siglos algunas regiones espirituales infernales, pero nunca para siempre, para el infierno eterno. Nuestro Padre de Misericordia infinita desea y quiere el crecimiento moral y espiritual de todos sus hijos, por más pecadores e infelices que ellos sean. Dios quiere que sus amados hijos construyan por sí mismos la felicidad imperecedera, pura y santa.

¡Cuán extraordinaria no es esta enseñanza, tan repleta de oportunidades, alegría, optimismo y esperanza! ¡Encontramos estas ideas libertadoras en las palabras iluminadas del Maestro y Señor Jesús! Valientemente, debemos APRENDER A AMARNOS A NOSOTROS MISMOS, a cuidar mejor de nuestra alma, a celar con más cariño de los rincones más recónditos de nuestra organización espiritual. ¡Es un trabajo muy serio, que debemos emprender en nuestro interior, no prescindiendo de la urgente necesidad de conocer los misterios de las leyes divinas, del alma humana y de los principios morales, para promover nuestro perfeccionamiento íntimo, caminando con resolución hacia la conquista del Reino de Dios dentro de nosotros mismos! Para facilitar nuestro trabajo íntimo edificante, eficiente y productivo necesitamos saber cuáles son los principales departamentos del espíritu. El espíritu es una organización divina que está sufriendo el proceso evolutivo incesante desde hace incontables milenios. El hombre encarnado está formado de ESPÍRITU, PERIESPÍRITU Y CUERPO FÍSICO. ¿Y cómo está estructurado el espíritu? En su esencia, el ESPÍRITU está formado por:

1º- LA CONCIENCIA – es la esencia, la centella divina;
2º- LA INTELIGENCIA – la capacidad de aprender, registrar, memorizar infinitamente la ciencia de la vida;
3º- EL CORAZÓN – es la sede de la sensibilidad y de las energías sutiles de los sentimientos.

Cuando Dios nos creó en el Universo, creó la conciencia en su mayor sencillez e ignorancia. Ella está en incesante desarrollo desde hace millones de años. La conciencia es el foco central del espíritu.

Las potencialidades psíquicas de la inteligencia forman los tesoros del conocimiento, de la cultura, de la ciencia y de la sabiduría, que ilumina y da fantásticos poderes al cerebro. Las energías psíquicas de los BUENOS O MALOS SENTIMIENTOS crean en el departamento espiritual del corazón el MAL TESORO o el BUEN TESORO, en el lenguaje didáctico creado por Jesús. EL MAL TESORO constituye la existencia invisible, desconocida e imperecedera de todas nuestras energías inferiores, burdas y violentas de los sentimientos guardadas en nuestro CORAZÓN. EL BUEN TESORO constituye la existencia invisible, desconocida e imperecedera de todas las energías educadas del amor, sensibles y serenas guardadas en el CORAZÓN. Las estructuras energéticas psíquicas corresponden a todas las energías de los sentimientos más profundos del espíritu, que determinan su armonía o desequilibrio, paz o aflicción, salud o enfermedad, felicidad o desdicha. De ese modo, precisamos cuidar con mayor cariño y mayor celo de nuestra vida íntima, de nuestro corazón, de nuestra vida mental y –¿por qué no?– del altar de nuestra conciencia.

Es inaplazable trabajar con disciplina, coraje y determinación la transformación moral, la corrección de nuestros defectos, la mejoría de nuestros sentimientos y la educación en la formación psíquica del buen carácter. A nadie corresponderá esta tarea moral sino a nosotros mismos. Es la “puerta estrecha” que Jesús indicó a todos aquellos que se interesasen en aprender, renunciar y seguir el derrotero indicado por su Evangelio de Redención. Dice el Instructor Mayor: “Entrad por la puerta estrecha, pues ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la perdición y muchos son los que entran por ella”. (Mateo, 7:13) No podemos aplazar indefinidamente este sagrado trabajo personal, en la conquista de los tesoros del Reino de Dios en nuestro mundo íntimo. Con la debida urgencia, necesitamos estudiar y conocer las verdades espirituales, las leyes divinas, los excelentes principios y conceptos morales de Jesús, para que busquemos COMPRENDER BIEN, SENTIR MEJOR Y PRACTICAR CON ESFUERZO SINCERO estas educativas y excelentes enseñanzas de la VERDAD DIVINA. A todos los cristianos les es imprescindible MUCHO VALOR para aprender con Jesús sus educativas lecciones, cuando nos invita individualmente a seguir el programa de liberación espiritual: “Si alguno quiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame”. (Mateo, 16:24) El Espiritismo no inventó nada nuevo, todo lo que enseña es el producto y el resultado de aquello que Jesús enseñó claramente o de forma alegórica y practicó con mayor grandeza y belleza de amor, fe y humildad.

Ser espirita solamente por el estudio doctrinario, conocimiento superior, reuniones confortadoras y prácticas mediúmnicas, lamentablemente, ausente del aprender, reeducar y vivir las lecciones de Jesús, SERÁ PURA PÉRDIDA DE TIEMPO, en la ruta indecisa y acomodada de nuestro deficiente aprovechamiento espiritual en la existencia corporal. Sólo quien ama a Jesús, oye a Jesús, atiende a Jesús, aprende con Jesús y se esfuerza con Jesús, deposita confianza, certeza y convicción en sus excelentes enseñanzas, esclarece la inteligencia, ilumina la conciencia, renueva definitivamente el corazón para la profunda vivencia evangelizada: el nuevo mundo de amor, paz y realizaciones edificantes.

Walter Barcelos
Extraído del  Anuario Espirita

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