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Humildad: proveniente de la expresión latina humus -cuyo significado era
"originario de la tierra"-, se trata de una de las más importantes
virtudes evangélicas, de cuyo desarrollo y vivencia dependerá el acceso
del hombre a los misterios sublimes del espíritu.
A diferencia de las interpretaciones medievales, cuya religiosidad
enaltecía la actitud de voluntaria abyección, de desprecio de sí mismo, en
el mundo antiguo la humildad era entendida como ausencia de espíritu de
competición y de vanagloria, como es el sentido principal del término,
usado por primera vez por San Pablo en la Epístola a los Filipenses,
capítulo 11, valiéndose del modelo del Cristo que vino, por la
encarnación, hasta el hombre. Probablemente viene de ahí el vínculo de la
idea básica a la noción del humus de la tierra A consecuencia de la visión
medieval, el concepto de auto- depreciación como sinónimo de humildad,
llevó al ser humano a adoptar comportamientos basados en una depauperación
física, un descuido de sí mismo, y una demostración exterior de pobreza,
como indicador de la existencia de una virtud íntima. Tal vez motivado por
esa tendencia, Emmanuel Kant establece una distinción entre la Humildad a
la que denomina Humildad Moral y otra a la que llama Humildad Espuria.
La Humildad Moral, en el decir del filósofo alemán, correspondería al
sentimiento de la pequeñez de nuestro valor, comparado con la Ley. Y la
otra, la Humildad Espuria representaría la "pretensión de adquirir un
valor moral oculto, a través de la renuncia a cualquier valor moral de sí
mismo". Lo que equivaldría a una pretensión de superar a los otros,
rebajándose a sí mismo, lo que representa una ambición opuesta al deber
para con los otros. Y lo que es más grave, según la visión kantiana, sería
que el individuo se sirva de ese medio para obtener el favor de otros
-fuese de hombres o de Dios mismo- lo que correspondería a una hipocresía
o adulación. De cualquier manera, dejando de lado las cuestiones
filosóficas y sus interminables discusiones, regresemos a la idea
primitiva, reflejada en el significado de humildad ligado a la expresión
humus, proveniente de la tierra.
Una vez entendida por el prisma espiritual, la jornada del alma es el
constante esfuerzo de superación de sus limitaciones. Cuando Jesús se
refiere al estado de sencillez e inocencia para conquistar el Reino del
Cielo colocando a un niño como paradigma, estipula que por más que los
hombres hayan crecido y se hayan transformado física y mentalmente en
personas aparentemente capaces, jamás deben permitirse pensar que son tan
importantes hasta el punto de perder la sencillez, espontaneidad o
inocencia de un niño.
Entre las cosas importantes que los hombres buscan en la vida, se
encuentran los esfuerzos para el establecimiento de un nivel cultural e
intelectual, que lo realce ante sus semejantes. Y todas las veces que los
hombres logran alcanzar cierto estatus social, cultural, material, etc.,
se crean mecanismos para demostrar tales conquistas, sea con uso de
títulos que le anteceden al nombre (Dr., Phd, Exrno., Lic., Ing., etc.),
sea con la adopción de joyas o vestimentas especiales que realcen su
condición (trajes, corbatas, sombreros, guantes, cigarreras, anillos,
broches, prendas, etc.), sea con la adquisición de bienes inmuebles que,
por su exhibición, testimonian superioridad material en las convenciones
de nuestra sociedad, tales como autos importados, objetos tecnológicamente
refinados, estilográficas o relojes muy costosos.
No obstante, ninguno de estos símbolos es capaz de demostrar la esencia y
las virtudes de su alma, mas, al contrario, por el carácter ostensivo con
que muchas veces son exhibidos, son indicadores del orgullo, de la
vanidad, de la insensatez próxima a la locura de aquel que se transformó
en un museo de diplomas, de ropas lujosas, de objetos dorados, tan sólo
para intentar mostrar a otros algo de sí mismo que no debería estar
expuesto a no ser cuando las contingencias de la vida así lo exigiesen,
como es el caso del ejercicio de alguna profesión, cuyo título puede
indicar, apenas, la capacitación oficial de aquel que lo utiliza.
Entretanto, ¿serán honestos, buenos, correctos, humanos, todos los que
tienen sus nombres adornados por los títulos que conquistaron? En todos
estos casos, la realidad cruda de la vida terrenal, ha sido esa que dirige
los egos humanos para esa lucha desesperada de títulos y apariencias,
conocimientos y pretensiones, lo que distancia cada vez más a los hombres
que se conducen así, de la verdadera noción de la que no pasamos todos,
legos y doctores, de simples humus -hijos de la tierra. Y la realidad del
envoltorio físico perecible, como nos explica la Doctrina Espírita, se
incumbirá de igualar, bajo el mismo tradicional "siete palmos de tierra"
los cuerpos de los doctos al lado de los cuerpos de aquellos que jamás
tuvieron ningún título para ostentar. De ello, mucha gente puede imaginar
que lo mejor, entonces, sería que nos condujésemos como los hombres
religiosos medievales que se ponían en condiciones miserables de vida,
sucios, sin higiene, negándose a las concesiones de mejoría del mundo,
para que resplandeciese su humildad. Nuevamente, somos llevados a ese
raciocinio por el mismo error de entendimiento que nuestro propio orgullo
propicia.
Si existe orgullo en desear aparentar una condición superior, a través de
las diversas artimañas o símbolos de realce que hemos creado para tal
finalidad, existe orgullo también en adoptar a propósito una postura
exterior de miseria, de descuido, de falta de aseo para demostrar, con
ella, que somos de los que se colocan materialmente por debajo de otros
-queriendo decir con eso que, espiritualmente, somos superiores-por ser
más humildes.
La humildad no se exhibe de ninguna forma. Y si pudiésemos profundizar aún
más su concepto, diríamos que la humildad no se conoce a sí misma. Así, la
persona que entienda que apenas es un hijo de la tierra, lejos de dejarse
encantar con los artificios de la moda a través de los cuales su carácter
mezquino y vanidoso se manifestaría, cantando el canto grotesco de los
orgullosos, percibirá que la cultura es una conquista hija de un esfuerzo
lícito, mas cuyo verdadero valor es el de demostrar cuán poco sabíamos y
cuán poco continuamos sin saber aún. Por ese motivo, no está preocupada en
demostrar ser más que el otro y colocarse constantemente en competición
con aquellos que le disputan el mismo pedazo de suelo, mas, por el
contrario, estará empeñada en ser siempre mejor para que, aprendiendo con
todos los que se crucen en su caminos, pueda combatir la inmensa
ignorancia que cargamos dentro de nuestro espíritu inmaduro y sin
preparación para los altos vuelos evolutivos, usando la curiosidad sana y
del verdadero deseo de aprender con todo y con todos. Cualquier gran
artífice, científico, médico, investigador, descubridor, navegante o
inventor del siglo XVI que, ciertamente, mucho se vanaglorió de su
superioridad intelectual, sabía mucho menos de lo que sabe un graduando en
nuestro mundo actual. Y cualquiera de los doctores en las diversas áreas
de la vida de ahora, será visto como un tonto sin preparación cuando,
dentro de algunas décadas, todo aquello que pensaba conocer profundamente
y de lo que tanto se enorgullecía se hubiera tornado entonces chatarra del
conocimiento, de la misma forma que aconteció con los antiguos faroleros
después de que se inventara la luz eléctrica o de los eficientes
bibliotecarios de algunas décadas atrás, después de que la computadora
vino a simplificar todas las cosas.
Por ese motivo Jesús advierte a sus seguidores, que deberían caminar sin
que el crecimiento los envenenase con presunciones que los apartasen del
verdadero camino. Y la Doctrina Espírita, reviviendo las enseñanzas del
Cristo en su Pureza, realza la cuestión de la necesidad no de rebajarnos a
un nivel infrahumano, de no sentirnos indignos de nosotros mismos, de no
vivir de manera que mostremos una virtud que nos envanece por presumir que
somos mejores que los demás. Como la que Pablo menciona a los Filipenses,
el Cristo apunta a la necesidad de que seamos puros de corazón, sencillos
de alma, compañeros entusiastas del progreso de todos, sin competiciones,
sin disputas, sin sentirnos menores de los que realizan cosas diferentes
de las que hacemos, sin que produzcamos algo para que nuestras conductas y
productos puedan confundir a otros con señales de nuestra supuesta
superioridad.
La motivación que debe estar enraizada en nuestras actitudes, aunque no
sean comprendidas por los que están siempre anhelando ser presidentes,
dirigentes, o para imponerse a la admiración ajena o conquistar un
enaltecimiento o lisonja con la que alimenten su propio ego, es aquella de
que hagamos, con sinceridad lo mejor que podamos y aún así, repetir: somos
siervos inútiles, porque apenas cumplimos con nuestro deber. O aun,
acordándonos de la respuesta de David cuando fue escogido por el dios de
su pueblo para ser Rey que, postrándose, exclamó:
"Nada hice para merecer esto. Todas mis realizaciones, fueron,
enteramente, tus acciones". Por tanto, humildad no es olvidarnos de
nosotros mismos, ni abandonarnos a la miseria y a la suciedad, ni
colocarnos como los últimos de los últimos.
Humildad es la virtud de aquel que sabe lo que es, que no se dejó influir
por banales conceptos de superioridad, que no perdió la condición sincera
de hermano de todos, aunque haya conquistado por esfuerzo honrado ciertos
valores transitorios de la vida humana.
Humilde es aquel que, habiéndose elevado a las cimas de la vida no se
olvidó de que no pasa de ser barro pobre, de que debe buscar siempre
mejorarse, de que no es poseedor de toda la verdad y de que, por eso,
necesitará mucho de cada uno de los que están a su lado. De esa manera, el
sentimiento verdadero de humildad hace que aquel que lo ostenta no
dispense de la cooperación de nadie por pensar que es superior, y en vez
de desear hacerse mayor o mejor de los que lo rodean, busca todo para
lograr que éstos se tornen mejores que él mismo, y se califiquen para
poder ejercer todas las tareas sin miedo de que lo superen.
La humildad requiere del ser que la cultive, ese entusiasmo por el
progreso de sus semejantes, esa ausencia de sentimiento de corporativismo
que hace privilegiados a aquellos que están en mi partido contra aquellos
otros que se encuentren, eventualmente, alejados de mí.
Tener la convicción de que todos somos apenas humus, hará de nosotros
personas que, aunque tengamos responsabilidades administrativas,
directivas, corporativas, empresariales, políticas, gubernamentales,
familiares, domésticas, profesionales, no abrigaremos ninguna fantasía de
ser más importantes o insuperables, de ser plenipotenciarios de la
sabiduría; por el contrario, debemos aprender con todos los seres pues ya
habremos percibido que nunca sabremos de qué medios el Creador del
Universo, el Verdadero y Único Sabio, se valdrá para revelarnos sus
secretos e iniciarnos en la comprensión de las cosas superiores del
espíritu. Así, que entendamos la realidad de la esencia y acordémonos de
que si pensamos en ser espiritas y a consecuencia de ello, deseamos
corresponder a la enseñanza de Jesús, dejemos un poco las tribunas, los
congresos, las publicaciones intelectuales, caminos muy instructivos y
buenos y vayamos hacia aquellos a quien Jesús atendía personal y
directamente, sintiendo que, tanto ellos como nosotros, somos apenas,
hijos de la tierra, igualmente carentes del afecto de hermanos.
Si las actividades del intelecto son buenas e importantes, las actividades
del afecto personal dirigidas a los que sufren son ESENCIALES. Y lejos de
cualquier prurito de sapiencia o de cualquier intento de ofender a quien
quiera que sea, pensemos en sí nosotros mismos, dentro de nuestros autos
lujosos, de nuestras ropas costosas, de nuestros títulos académicos, de
esa fantasiosa importancia que nos atribuimos, aun creyéndonos espiritas,
estaríamos dispuestos a despedir nuestras vanidades y "lavar los pies"
-quiere decir- SERVIR a aquellos que nos sirven, con la pureza y la
sinceridad fraterna con que Jesús lo hizo...
André Luiz de Andrade Ruiz
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