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El
Espíritu humano avanza cada día, aunque él mismo lo ignore, en
conocimiento y experiencias. Los aciertos y virtudes realizados hoy le
servirán de estímulo para practicarlos y aumentarlos mañana. Los
desatinos, abusos e inmoralidades cometidos hoy, le producirán
sufrimientos, y el dolor producido por el arrepentimiento le dará fuerzas
para rectificar y cambiar su proceder. Por tanto, la evolución del
Espíritu es progresiva y continua. Por esta razón, la conducta y creencias
de un Espíritu en un tiempo, son superadas y rechazadas en otro. Empezamos
nuestra vida en el punto más pequeño que podemos imaginar, y tenemos que
alcanzar el punto más alto; es un camino largo que tenemos que seguir,
porque es una ley divina de evolución, que nada ni nadie puede
interrumpir.
El hombre por su naturaleza, agota todas las formas de una idea, y cuando
ésta le parece que está superada o que es insuficiente, pierde su tiempo
en dudas y divagaciones inútiles, en lugar de volver a seguir el curso
natural de su evolución, buscando otra alternativa. Toda idea religiosa
que en un principio es presentada por un innovador, enviado desde el mundo
espiritual para ser un guía más de esta humanidad, es seguida por
discípulos, que casi siempre son incapaces de mantenerse a la altura que
los colocó el en una doctrina falsa, careciendo de todos los valores y
principios elevados que tenía cuando se inició.
En todas las doctrinas y movimientos espiritualistas, puede suceder algo
parecido a lo que acabo de relatar, porque es sencillo iniciar o
participar en un movimiento y adquirir un compromiso con él, pero mantener
ese compromiso hasta el fin, es un trabajo muy complicado y laborioso.
Decía Jesús: “muchos son los llamados, y pocos los escogidos”.
El Espíritu es inmortal, la nada no existe y nada puede dejar de existir.
La muerte sólo significa que el Espíritu se ha separado del cuerpo
terrestre con el cual se comunicaba; pero sigue su evolución en otras
condiciones, sin perder nunca su identidad. Con el cuerpo fluídico que él
mismo se ha formado con sus ideas, sus obras y el medio de vida que ha
querido para sí voluntariamente, tiene que vivir permanentemente. Este
cuerpo espiritual es invisible para nosotros, pero imprescindible para que
el Espíritu se pueda manifestar, y revelar su auténtica identidad. El
sentimiento del bien y del mal, está grabado y reside en la conciencia, y
esto es una prueba evidente de nuestro origen espiritual. El dolor es una
enseñanza para el Espíritu, lo fortalece, lo sensibiliza y lo impulsa
hacia la vida infinita.
El pensamiento es la fuerza del Espíritu que remueve las “montañas”, y la
conciencia es el freno que controla esta fuerza. El hombre es a la vez
Espíritu y materia, y si sabe controlar y disciplinar la fuerza o poder
que en él reside, puede comprender fácilmente la naturaleza humana, la
vida y el destino que le espera, el bien y el mal, la libertad y la
responsabilidad que posee para utilizar su libre voluntad.
El alma es una partícula de la ciencia divina proyectada en el mundo; es
el principio de la inteligencia y de la vida humana. El alma encarnada es
el Espíritu, que ha pasado por las vías oscuras y bajas de las especies
animalizadas, ha tenido que animar diferentes organismos, que ha
abandonado al final de cada existencia. Ha tenido tantos cuerpos físicos,
más o menos animalizados, que sería imposible contarlos. Aún así el
Espíritu prosigue su marcha ascendente, superando obstáculos, venciendo
debilidades, soportando el dolor, y en esta superación, persiste y sigue
recorriendo las innumerables estaciones de su viaje, y en esta lucha
incansable se dirige hacia un fin grandioso y divino; se dirige hacia la
perfección.Para conseguir este glorioso objetivo, debemos realizar el
perfeccionamiento de nosotros mismos, y esto sólo podemos conseguirlo por
el trabajo, el esfuerzo y una dolorosa renuncia, y sobre todo mucha
perseverancia en nuestros propósitos. El dolor físico y moral, aumenta
nuestra sabiduría y experiencia; sin el sufrimiento, el Espíritu
retrasaría inevitablemente su progreso. La ley divina quiere que todos los
espíritus se emancipen a su debido tiempo, y todo Espíritu reencarnado en
este plano terrestre de expiación y de pruebas, tiene que enfrentar una
vida de lucha contra las enfermedades, la miseria, la injusticia, y la
muerte.
La parte material siempre se opone a las acciones del pensamiento y del
progreso evolutivo del Espíritu. Esto es un conflicto difícil de vencer.
El fin de esta lucha dependerá de la perseverancia y voluntad que tenga el
Espíritu, para someter y dominar los bajos instintos de la materia
animalizada. Es la ley del esfuerzo y la voluntad; ley suprema, con la
cual el Espíritu que la ejecuta, se realiza, triunfa y se engrandece.
En cada una de nuestras existencias, el Espíritu debe cuidar y modelar el
cuerpo material, que le tiene que servir de morada, y tiene que
conservarlo, porque tiene que convertirlo en un instrumento capaz de
expresar los conocimientos y las ideas, que el Espíritu ya ha conseguido
con sus experiencias. La ley del progreso es la ley de la eterna
evolución, que siguen las humanidades a través de los tiempos y de los
mundos. Los mismos espíritus vuelven de siglo en siglo, con nuevos cuerpos
para seguir caminando en su marcha evolutiva, hacia mundos más elevados.
La Tierra aún es un campo de batalla, donde se lucha diariamente; es un
combate personal de unos contra otros, es una guerra continua, en la que
cada cual emplea todos sus esfuerzos para conseguir un lugar mejor, casi
siempre en perjuicio de los demás. Nuestros guías espirituales, renuevan
continuamente estos combatientes, y envían nuevos seres, pero la muerte
siempre disminuye sus apretadas filas. Esta continua lucha, es necesaria
para que un reflejo de inteligencia, ilumine las conciencias adormecidas,
sensibilizando al Espíritu.
El camino del Espíritu es muy penoso y doloroso; tiene que salir de los
más grandes abismos de la vida, recorriendo los caminos más animalizados
que se puede imaginar, para transformarse en Espíritu, y después en una
inteligencia superior, todo esto por sus propios medios. Él mismo
conquista su porvenir, se desprende del dominio de las pasiones y se
libera de sus debilidades y de la ignorancia, ayudando a sus semejantes,
porque siente la necesidad de compartir el progreso que él mismo ha
conseguido, para que la humanidad avance en su estado espiritual.
Aún vivimos entre la sombra y la luz. Tenemos la parte material sumergida
en sus propios fracasos, y el Espíritu con sus latentes y radiantes
esperanzas. Todos los seres humanos, sienten y experimentan de igual modo.
Cada alma es una extensión del proyecto divino. Tenemos aún el instinto
animal, reprimido por las luchas sostenidas en el pasado y aún en el
presente; también tenemos la crisálida del ángel que un día llegaremos a
ser, porque ese es nuestro destino. Para poder conseguir los méritos
necesarios, y alcanzar el derecho de vivir una vida superior, tenemos que
haber pasado por el sufrimiento, haber practicado la abnegación, haber
renunciado a los goces materiales y haber mantenido encendida en nosotros
mismos, la iluminación interior, que no se apaga jamás, y que ilumina ya
desde este mundo, los caminos que debemos seguir en el plano espiritual.
Difícil es la tarea que tenemos que realizar, pedregosa la montaña que hay
que subir, pero nuestras fuerzas no tienen límites; con empeño y voluntad,
podemos conseguir siempre nuestro objetivo. ¡Querer es poder! Decía
nuestra querida Amalia Domingo Soler.
Luchando eficazmente, será como venceremos todas nuestras flaquezas,
trabajando en conseguir la preparación necesaria, para participar en
proyectos espirituales cada vez más importantes, abriendo nuevos y
luminosos horizontes, para una nueva humanidad.
Dios conoce y confía en todos los seres que Él ha creado con su
pensamiento, sabe que con su inspiración todos alcanzarán el destino para
el cual fueron creados. Sabe que deben recorrer la dificultosa vida
primitiva y animalizada, trepar por los sombríos desfiladeros de la vida
terrestre, acumular los tesoros de la virtud y del saber, que sólo se
adquieren en la escuela del sacrificio y a través del sufrimiento.
Para la mayoría de los seres humanos, la muerte aún es el gran misterio,
un desventurado y fatídico problema que no se atreven a mirar. Por esto
todavía aceptan con facilidad la engañosa teoría de la religión, que sólo
con arrepentirse en el último momento, ya nada tienen que temer, y si esto
fuera así ¿por qué tener tanto miedo a la muerte? En realidad esta idea es
tan fantástica y falta de lógica, que ni los mismos que la promulgan se la
creen.
La revelación de los espíritus viene a disipar nuestros temores, pone
término al misterio de la muerte, nos relaciona con el Más Allá, y nos
dice: “la vida continúa, los muertos de este mundo son los vivos del mundo
invisible”. La muerte no cambia nada en nuestra naturaleza espiritual, y
los bienes materiales de cualquier índole, todos se quedan aquí.
Regresamos llevando con nosotros las virtudes y el merecimiento,
conseguidos ayudando a nuestros semejantes o por el contrario, volvemos
con las pasiones e inmoralidades y con el peso de los engaños y
sufrimientos ocasionados a otras personas. No nos engañemos, Dios no
castiga ni perdona, sino que nosotros libremente cometemos los delitos e
inexorablemente tenemos que pagarlos y rectificarlos.
La muerte es el fenómeno que abre la puerta para entrar al mundo de la
verdad y de la vida cierta. Tan pronto cruzamos ese umbral, una especie de
turbación invade a las personas que no han sabido prepararse para esta
innegable realidad. Esta turbación varía en tiempo, según el estado mental
de cada uno, que puede sentirse durante unos días, semanas, meses, o
muchos años. Cuando el Espíritu recobra su lucidez, despierta para una
nueva vida, que es la vida en el espacio.
Las muertes violentas pueden ser una consecuencia del pasado, por la
muerte que hayamos podido ocasionar nosotros, o pueden ser cumplimiento de
existencias anteriores que hayan sido truncadas por abusos y excesos
cometidos negligentemente, atentando a nuestra propia vida. En estos casos
se tiene que regresar al plano físico y en una nueva existencia, completar
el tiempo que en la anterior se quedó interrumpido. Los que han ocasionado
la muerte en el pasado a otras personas, como responsables de ello, el
destino los reúne en circunstancias parecidas, siendo víctimas de muertes
colectivas, bien por catástrofes naturales o por accidentes derivados de
la imprudencia e irresponsabilidad del ser humano.
Durante nuestra vida presente es cuando debemos rectificar nuestra
conducta y mejorar los hábitos de vida, para con nosotros mismos y los
demás. Es equivocada la creencia de que el arrepentimiento en nuestros
últimos días de vida, nos pone en paz con Dios. Toda nuestra vida marca el
futuro de la vida venidera. La una y la otra se enlazan estrechamente; son
una continuidad de causas y efectos que la muerte no detiene.
Más allá de la tumba no tenemos otro juez que no sea nuestra propia
conciencia, que se materializa en nuestra mente y crea en ella un mundo
real, que puede ser negativo o positivo. Así en la vida espiritual nos
encontramos con el mundo que cada uno se haya creado. El ser humano
pertenece a dos mundos; con el cuerpo físico está unido al mundo corporal,
mientras que con su cuerpo fluídico está enlazado al mundo invisible. La
vida en el Más Allá, es sólo la persistencia y la liberación de la parte
espiritual de nuestro Ser. Con el nacimiento, el alma se encierra en la
prisión del cuerpo y con la muerte recobra nuevamente la libertad, y el
Espíritu vuelve enriquecido de las experiencias y adquisiciones logradas
en el transcurso de su vida terrestre.
La ley de afinidad, agrupa en el plano espiritual a los espíritus, porque
todos estamos sujetos a esta ley. Nuestros pensamientos y necesidades nos
llevan, de forma natural, hacia el medio que nos es propio, ya que el
pensamiento es la única fuerza que rige, gobierna y se manifiesta en el
mundo espiritual, que es el mundo de la verdad; lo que sentimos o pensamos
no se puede ocultar, se refleja con total claridad en el cuerpo fluídico.
El Espíritu renace nuevamente en la Tierra, llevando con él, la herencia
buena o mala, de su pasado. Regresa a la escena terrestre para desempeñar
un nuevo acto del drama de su vida, saldar sus deudas anteriores y
conseguir nuevos valores que aceleren su marcha espiritual.
Todas las vivencias de nuestro pasado, se reúnen y se confunden en cada
vida, contribuyendo para que el Espíritu sea libre o cautivo; luminoso o
sombrío, aunque la mayoría sólo consiga despertar la indiferencia,
viviendo atormentados entre la lucha del bien y del mal, de la verdad y
del error, del placer y del deber. Por esta razón, el Espíritu debe
reencarnar sucesivamente y en diferentes condiciones morales, y sociales.
Las existencias entre dificultades y privaciones le son necesarias, porque
tiene que aprender a renunciar a las vanidades materiales y frívolas,
tiene que vencer las pruebas de humildad y sacrificio para disolver el
orgullo y el egoísmo, encauzando su vida hacia el desarrollo de las
virtudes.
Desde el nacimiento hasta la muerte, el Espíritu construye su destino, y
éste sólo conoce una regla que se fundamenta en el bien y el mal
realizados. La vida en sí, nos proporciona las situaciones originadas por
nuestras actuaciones y los méritos obtenidos, y siempre en correspondencia
a la moral cristiana.
Extraído del libro " Elucidaciones espiritas"
José Aniorte Alcaraz
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