|
Mensaje extraído del libro «Cartas y Crónicas», psicografía del médium
Francisco Cándido Xavier, por el espíritu Hermano X (*), editado por la
Federación Espírita Brasileña.
Poco
después del 18 Brumario (9 de noviembre de 1799), día en que Napoleón se
convirtió en el Primer Cónsul de la República Francesa, se reunió durante
la noche del 31 de diciembre de 1799 -en el corazón de la latinidad, en
las Esferas Superiores-, una importante asamblea de Espíritus sabios y
benevolentes, para marcar la significativa entrada en el nuevo siglo.
Antiguas personalidades de la Roma imperial, pontífices y guerreros de las
Galias, como también personas notables de España, se congregaron allí en
espera del expresivo acontecimiento. Legiones de los Césares, con sus
estandartes, falanges de batalladores del mundo galo y grupos de pioneros
de la evolución hispánica, asociados a numerosos representantes de las
Américas, en una simbólica formación, ocupaban un lugar destacado. Pero no
sólo los latinos estaban representados en el magno cónclave. Griegos
ilustres traían a la memoria las conversaciones de la gloriosa Acrópolis,
israelitas famosos hacían recordar al Templo de Jerusalén, delegaciones
eslavas y germánicas, grandes personalidades de Inglaterra, sabios de la
China, filósofos hindúes, teólogos budistas, propiciadores de los
sacrificios a las divinidades olímpicas, renombrados sacerdotes de la
Iglesia Romana al igual que continuadores de Mahoma, podían ser vistos
allí como una amplia convocatoria de fuerzas de la ciencia y la cultura de
la Humanidad.
En el concierto de las brillantes embajadas, con todo el fulgor de su
representatividad, surgían Espíritus de viejos batalladores del progreso
que habrían de retornar a las lides del cuerpo físico, o bien, las
acompañarían de cerca, para combatir a la ignorancia y la miseria, en la
laboriosa preparación de la nueva era de fraternidad y luz. El espectáculo
de la Espiritualidad Superior era deslumbrante. Con sus almas refulgentes
se encontraban: Sócrates, Platón, Aristóteles, Apolonio de Tiana,
Orígenes, Hipócrates, Agustín, Fenelón, Giordano Bruno, Tomás de Aquino,
S. Luis de Francia, Vicente de Paul, Juana de Arco, Teresa de Ávila,
Catalina de Siena, Bossuet, Spinoza, Erasmo, Milton, Cristóbal Colón,
Gutemberg, Galileo, Pascal, Swedenborg y Dante Alighieri, para mencionar
nada más que algunos de los héroes y paladines de la renovación terrestre.
En un nivel de menor brillo se hallaban, en el maravilloso recinto, los
trabajadores de un orden inferior, en el cual estaban incluidos muchos de
los ilustres guillotinados por la Revolución, tales como Luis XVI, María
Antonieta, Robespierre, Dantón, Madame Roland, Andrea Chenier, Bailly y
Camille Desmoulins, junto con los célebres Voltaire y Rousseau. Después de
breves palabras por parte de algunos eminentes orientadores, invisibles
clarines resonaron en dirección al sector de los encarnados y, habían
transcurrido unos pocos instantes, cuando del seno de la noche que velaba
el cuerpo ciclópeo del mundo europeo, emergió, custodiado por esclarecidos
mensajeros, un reducido cortejo de sombras, que parecían extrañas y
vacilantes si se las comparaba con las maravillosas irradiaciones del
festivo palacio.
Se trataba de un grupo de almas todavía encarnadas que, convocadas por la
Organización Celeste, se habían remontado hasta la vida espiritual para
ratificar sus compromisos. Adelante iba Napoleón. Él centralizó la
atención de todos los concurrentes: sin duda era el gran corso, con su
atavío habitual y su característico sombrero. Fue recibido por algunas
figuras de la antigua Roma, que apresuradamente le procuraron apoyo y
auxilio y luego, el vencedor de Rívoli, se instaló en una radiante
poltrona preparada con anticipación. Entre quienes lo seguían, en la
singular excursión, se encontraban respetables autoridades reencarnadas en
el Planeta, tales como Beethoven, Ampere, Fulton, Faraday, Goethe, Juan
Dalton, Pestalozzi y Pío VII, además de muchos otros campeones de la
prosperidad y la independencia del mundo.
Pese a las limitaciones que les imponía el vehículo espiritual, que los
ligaba a la carne terrestre, la mayoría de los recién llegados estaban
bañados en lágrimas de alegría y emoción. Los ojos del Primer Cónsul de
Francia, en cambio, no tenían lágrimas, a pesar de la intensa palidez que
cubría su rostro. Recibió loas de algunas de las legiones presentes y en
el momento en que les respondía con gestos discretos, resonaron los
clarines de un modo diferente, como si remontaran vuelo hacia las cumbres,
rumbo a la inmensidad sin límites...
Inmediatamente después, a semejanza de un puente levadizo, una ruta de luz
se proyectó desde el Cielo hasta empalmar con el prodigioso castillo, y
dio paso a una gran cantidad de resplandecientes estrellas. Esos astros
descendieron hasta tocar el delicado piso, donde se transformaron en seres
humanos nimbados de un resplandor celeste. Entre todos ellos, uno se
destacaba por su superioridad y belleza. En la cabeza llevaba una tiara
rutilante, que parecía conferir una aureola de bendiciones a su magnánima
mirada, plena de atrayente dulzura. En la mano derecha, portaba un cetro
dorado recamado de sublimes destellos... Músicos invisibles, a través de
la brisa que pasaba apresurada, prorrumpieron en un cántico de hosannas,
sin articular palabras. La multitud realizó una profunda reverencia.
Gran cantidad de sabios y guerreros, al igual que artistas y pensadores,
se pusieron de rodillas, en tanto que los abanderados arriaban los
emblemas silenciosamente, en señal de respeto. Recién entonces el gran
corso estalló en lágrimas: se puso de pie y avanzó, vacilante, en
dirección al mensajero portador del báculo de oro. Cuando estuvo delante
de él, se hincó a sus pies. El celestial emisario le sonrió con
espontaneidad, mientras lo ayudaba a que se levantara. En el momento en
que iba a abrazarlo, el Cielo pareció abrirse delante de todos y se
escuchó una voz, enérgica y dulce a la vez, fuerte como un vendaval,
aunque aterciopelada como la ignorada melodía de una fuente, que habló con
firmeza a Napoleón, quien parecía electrizado de pavor y júbilo al mismo
tiempo:
- ¡Hermano, amigo, escucha a la Verdad que te habla por mi espíritu! Hete
aquí frente al apóstol de la fe; bajo la égida de Cristo él abrirá un
nuevo ciclo de conocimiento para la atormentada Tierra...
César ayer, conductor hoy, ¡rinde el culto de tu veneración al pontífice
de la luz! ¡Renueva ante el Evangelio el compromiso de ayudarlo en la obra
renaciente!...
Se han congregado aquí, junto a nosotros, luchadores de todas las épocas:
patriotas de Roma y de las Galias, generales y soldados que te acompañaron
en los conflictos de Farsalia, de Tapso y de Munda; remanentes de las
batallas de Gergovia y Alesia te han preparado esta sorpresa con simpatía
y expectación... Antiguamente, en el trono absolutista, pretendías ser
descendiente de los dioses, para dominar a la Tierra y aniquilar a los
enemigos...Ahora, el Señor Supremo te ha concedido por cuna una isla
perdida en el mar, para que no te olvides de la pequeñez humana. También
fue Él quien determinó que regresaras al corazón del pueblo al que otrora
humillaste y escarneciste, con el encargo de ofrecer garantía a la
gigantesca misión de este sublime emisario, en bien de la humanidad,
durante el siglo que está por comenzar. Has sido instalado por la
Sabiduría Celestial en el puesto de timonel del orden, en el mar de sangre
de la Revolución, de modo que no olvides el mandato para el cual fuiste
escogido. No supongas que las victorias que te condujeron al Consulado,
deban ser atribuidas exclusivamente a tu genio militar y político: la
Voluntad del Señor es la que se manifiesta en las circunstancias de la
vida. Úngete de coraje, para gobernar sin ambiciones y regir sin odio.
¡Recurre a la oración y a la humildad!, ¡No te arrojes a los precipicios
de la tiranía o la violencia!... Has sido elegido para consolidar la paz y
la seguridad, necesarias para el éxito del abnegado apóstol que develará
la nueva era. Sé cauteloso, pues te acosarán las monstruosas tentaciones
del poder. La vanidad intentará coronar tu frente. ¡No te rindas a su
fascinación!... ¡Ten presente que el sufrimiento del pueblo francés,
perseguido por los flagelos de la guerra civil, es el precio de la
libertad humana que tú debes defender hasta el sacrificio! ¡No te ensucies
esclavizando a los pueblos débiles y oprimidos! ¡No enlodes tus
compromisos con el exclusivismo ni la venganza!... ¡Recuerda que a causa
de circunstancias pretéritas, renaciste para asegurar el ministerio
espiritual de este discípulo de Jesús, que ahora regresa a la experiencia
terrestre! ¡Válete de la oportunidad para santificar los excelsos
principios de la bondad y el perdón, del servicio y la fraternidad del
Cordero de Dios, que está escuchándonos en su glorificado solio de
sabiduría y amor! Si honras tus promesas, culminarás la misión con el
reconocimiento de la posteridad y accederás a horizontes más elevados de
la vida, pero si menosprecias tus responsabilidades, sombrías aflicciones
se acumularán sobre tus horas, hasta transformarlas en gemidos ignorados
en un inmenso desierto...
Durante el nuevo siglo comenzaremos la preparación del tercer milenio del
Cristianismo en la Tierra. ¡Surgirán renovadas concepciones de libertad
para los hombres, la Ciencia se alzará hasta indefinibles cumbres, las
naciones cultas abandonarán definitivamente el cautiverio y el tráfico de
criaturas libres, y la religión romperá las cadenas del pensamiento que,
aún hoy, condenan a las mejores aspiraciones del alma a un infierno
irremediable!... ¡Confiamos, pues, a tu espíritu valeroso, el gobierno
político de los nuevos acontecimientos! ¡Qué el Señor te bendiga!...
Cánticos de alegría y esperanza anunciaron en los cielos la llegada del
siglo XIX. El Espíritu de la Verdad, seguido por un numeroso y
resplandeciente cortejo regresaba a lo Alto... La inolvidable
asamblea se disolvía...
El
apóstol que más tarde sería Allan Kardec, tomó a Napoleón en sus brazos,
lo apretó contra su pecho y ,bondadosamente, lo acompañó hasta que volvió
a quedar ligado al cuerpo de carne, en su propio lecho. El 3 de octubre de
1804, el mensajero de la renovación volvía a nacer en un bendito hogar de
Lyon. El Primer Cónsul de la República Francesa, en cuanto se vio
desembarazado de la influencia benéfica y protectora del Espíritu de Allan
Kardec y de quienes cooperaban con él - que poco a poco retornaban a
integrarse con la carne, confiados y optimistas -, se engalanó con la
púrpura del mando y, embriagado de poder, se proclamó Emperador el 18 de
mayo de 1804, luego de haber ordenado a Pío VII que se trasladara a París
para coronarlo. A pesar de todo, Napoleón convirtió las concesiones
celestiales en aventuras sangrientas, por lo que inmediatamente después
fue instalado, por determinación de lo Alto, en la soledad reparadora de
Santa Helena, donde esperó la muerte. Mientras tanto, Allan Kardec opacó
su propia grandeza con la humildad de un maestro de escuela, muchas veces
atormentado y desilusionado, como un simple hombre de pueblo. Cumplió por
completo la divina misión que había traído a la Tierra, al inaugurar la
era espírita cristiana, que gradualmente será considerada en todos los
rincones del orbe, como el sublime renacimiento de la luz para todo el
mundo.
Julio César (100 A.C. 44 A.C.), creador del Imperio más importante de
la antigüedad, genio militar y político de talento, retornaría al plano
físico en la figura de Napoleón Bonaparte, con la tarea de ayudar la obra
de Kardec.
(*) Hermano X, seudónimo adoptado por Humberto de Campos (1886 -1934),
periodista y escritor brasileño, autor espiritual de diversos libros
espíritas.
Extraído de la revista espirita N4
|