|
Existe
en el plano espiritual un sin fin de pobladores desencarnados que conviven
según sus propias condiciones vibratorias, quienes se mantienen aferrados
a la esfera física transitan aún entre los encarnados con la esperanza de
recuperar su anterior estado de existencia, olvidando las necesidades de
progreso y de ascensión de sus espíritus a las altas esferas de la
evolución. Estos seres, aparentemente desolados y olvidados, son siempre
amparados por nuestro amado Padre, los mensajeros del bien constantemente
les auxilian sin que ellos lo perciban, y en ese sentido, tal y como nos
sucede a nosotros los que estamos aun en el plano material, no pueden
estos espíritus verificar la dedicación y el afán de ayuda que estos
hermanos de la espiritualidad superior les brindan en nombre del amor y de
la caridad. A pesar de que estos espíritus se encuentren en estaciones
precarias de prueba y expiación, la justicia divina siempre les alcanza,
abriéndoles la posibilidad de restituir sus condiciones equilibradas
mediante la reorganización de sus pensamientos, y sobre todo, de sus
condiciones morales.
La recapacitación de estos hermanos parte de una intercesión proveniente
de seres queridos que les precedieron en la vida orgánica, y que ahora en
mejores condiciones y con mayores meritos, piden hacia Dios la
intervención de los espíritus bondadosos en beneficio de aquel que se
entregara al desatino perdiendo el rumbo que lo llevó a su situación
actual.
Esta intercesión divina ocurre de manera constante en la esfera del
trabajo edificador, pues quien ya alcanzo un nivel mas alto que su
hermano, trata de brindarle a aquel que se ha rezagado, la oportunidad que
el mismo recibiera abriéndole a su prójimo una oportunidad bendita de
redención y avance. Pero a pesar de todo, de la ayuda celeste, de la
intervención del amor y del trato fraterno, solo es posible generar un
rescate siempre que el espíritu, objeto de todas estas atenciones, se abra
a la posibilidad del auxilio mostrando en su corazón el arrepentimiento y
las ganas de mejorar, pues es este sentimiento lo que permite el vinculo
que podrá alejarlo de las sombras a las que se encontraba sumergido. Vemos
también que la ayuda fraterna no se limita al plano de los desencarnados,
los que aun permanecemos en la franja de la carne somos continuamente el
centro de la bondad de algún espíritu afín que trabaja a favor de nuestra
mejoría y del cumplimiento de ciertos compromisos que nos ayudará a ser
mejores redimiéndonos frente a la ley divina.
Dentro de la doctrina espirita denominamos a estos queridos benefactores
“Espíritus Familiares”, definidos por el Maestro Kardec, como seres afines
que nos quieren auxiliar, y que generalmente interceden ante Dios para que
podamos recibir algún beneficio, estos hermanos dedicados al bien quieren
que nosotros podamos avanzar de forma definitiva evitando el desvío y
consiguiendo la superación de las pruebas.
La asistencia divina se viste ante nuestros ojos con las mas variadas
posibilidades, permitiéndonos comprender que los mecanismos del rescate
siempre están al alcance, pero que depende de la capacidad de modificación
que tengamos ante el reconocimiento de nuestras faltas y de las
deficiencias que poseemos, el arrepentimiento como factor primordial es el
paso importante para el desenvolvimiento de la humildad, pues quien se
reconoce deudor e imperfecto, podrá siempre elevar su corazón y su mente
hacia Dios estableciendo de inmediato la conexión necesaria con nuestros
benefactores para que puedan así recogernos en su regazo y alejarnos de
las sombras.
La fe, la humildad y el amor a nuestro Padre, son los ingredientes básicos
para poder ser beneficiarios de la dulce compañía de quienes nos quieren
bien, y de quienes siempre nos auxiliarán en el direccionamiento correcto
de nuestros esfuerzos en la tarea de regeneración.
Por: Edann
Revista Espirita El Consolador |