Ideoplastias


El vocablo “ideoplastia” fue creado por el Dr. Durans de Gros, en 1860, para designar los principales caracteres de la sugestión. Más tarde, en 1864, el Dr. Ochorowicz lo empleó para designar los efectos de la sugestión y de la auto-sugestión, cuando ella faculta la realización fisiológica de una idea, como se da en los casos de la estigmatización. Finalmente, el profesor Richet lo propuso, cuando las experiencias con las señoritas Linda Gazera y Eva C… (1912-1914), cuyas experiencias demostraron, de forma nítida e incontestable, la realidad de la materialización de semblantes humanos, que eran, a su vez, reproducciones objetivas y plásticas de retratos y diseños vistos por los médiums. Claro es que, de esos hechos, se debería lógicamente concluir que la materia viva exteriorizada es plasmada por la idea. Y he ahí la exacta significación del término “Ideoplastia”, aplicado a los fenómenos de materialización mediúmnica.

El Espiritismo no inventó nada. Todas sus enseñanzas, reposan en los conocimientos que adquirió en la comunicación con los Espíritus, y es para sus adeptos una inigualable alegría ver como cada punto de la Doctrina se confirma, a la medida que se va extendiendo el razonamiento, comenzado hace medio siglo. Cada paso al frente, dado por la investigación independiente, conduce fatalmente para nosotros. Antes, era la negación total, obtenida, absoluta de las manifestaciones espíritas, bajo todas sus formas, desde los simples movimientos de mesa y escritura automática hasta los transportes y las materializaciones. En nuestros días, bajo los indiferentes, los ignorantes, son los que contestan, aun, la realidad de los hechos. En virtud de la ley de progreso que da a toda alma la posibilidad de adquirir el bien que le falta, como, despojarse de lo que tiene de malo, conforme el esfuerzo y la voluntad propia, tenemos que el futuro es franco, a todas las criaturas. Dios no repudia a ninguno de sus hijos, es más los recibe en Su seno a la medida que alcanzan la perfección, dejando a cada cual el mérito de sus obras.

El Espiritismo, teniendo por objetivo y estudios de uno de los elementos constitutivos del Universo, toca forzosamente en la mayor parte de las ciencias; sólo podía, por tanto, venir después de la elaboración de ellas; nació por la fuerza misma de las cosas, por la imposibilidad de explicarse todo con el auxilio apenas de las leyes de la materia.

Con la reencarnación desaparecen los preconceptos de las razas y de las castas pues el mismo espíritu puede volver a nacer rico o pobre, capitalista o proletario, jefe o subordinado, libre o esclavo, hombre o mujer. El amor, profundo como el mar, infinito como el cielo, abraza a todas las criaturas. Dios es su foco. Así como el Sol se proyecta, sin exclusiones, sobre todas las cosas y reaparece la naturaleza entera, así también el amor divino vivifica todas las almas; sus rayos, penetrando a través de las tinieblas de nuestro egoísmo, van a iluminar con trémulas claridades los recónditos de cada corazón humano.

Todos los seres se crearon para amar. Las partículas de su moral, los gérmenes del bien que en sí reposan, fecundados por el foco supremo se expandirán algún día, florecerán hasta que todos sean reunidos en una única comunión del amor, en una sola fraternidad universal. Solamente el progreso moral puede asegurar a los hombres la felicidad en la Tierra, refrenando las pasiones malas; solamente ese progreso puede hacer que entre los hombres reine la concordia, la paz, la fraternidad. Será él que echará por tierra las barreras que separan los pueblos, que hará caer los preconceptos de casta y se callen los antagonistas de sectas, enseñando a los hombres a considerarse hermanos que tienen por deber auxiliarse mutuamente y no destinados a vivir a costa uno de los otros. Si bien que el progreso sólo se hace por grados, que es necesario tiempo para que la opinión pública se acostumbre a las novedades; así, es sin impaciencia que espero la venida de nuevos médiums, con los cuales se podrán continuar esos notables descubrimientos. Desde que los fenómenos son reales y que se verifican ya un tanto por todas partes, es cierto que se producirán, y entonces triunfaremos porque la verdad acaba siempre por imponerse. Nadie nace destinado al mal, porque semejante disposición derogaría los fundamentos del Bien Eterno sobre los cuales se levanta la Obra de Dios.

El espíritu renacido en el origen terrestre trae consigo la prueba expiatoria a que deben ser conducidos o la tarea redentora que él mismo escogió, de acuerdo con los débitos contraídos.

El alma o Espíritu sufre en la vida espiritual las consecuencias de todas las imperfecciones que no consiguió corregir en la vida corporal. Su estado feliz o desgraciado, es inherente a su grado de pureza o impureza. No hay una única imperfección del alma que no aporte funestas e inevitables consecuencias, como no hay una sola cualidad buena que no sea fuente de gozo.

Toda falta cometida, todo mal realizado es una deuda contraída que deberá ser pagada; si ella no fuera en una existencia, se dará en la siguiente o siguientes, porque todas las existencias son solidarias entre sí. Aquello que se quita en una existencia no tendrá necesidad de pagar por segunda vez.

Los reflejos mentales, según su naturaleza, nos favorecen el estacionamiento o nos impulsan a una jornada al frente, porque cada criatura humana vive en el cielo o en el infierno que edificó para sí misma, las entrada del corazón y de la conciencia, independientemente del cuerpo físico, porque, observando la vida en su esencia de eternidad gloriosa, la muerte vale sólo como transición entre dos tipos de la misma experiencia, en el “hoy imperecible”.

Cuan raros en la Tierra se capacitan de que traemos con nosotros las señales de nuestros pensamientos, de nuestras actividades y de nuestras obras, y el túmulo nada más hace que el baño revelador de las imágenes que escondemos del mundo, ¡bajo las vestiduras de la carne!...

El espiritismo ofrece la llave de las relaciones existentes entre el alma y el cuerpo, y prueba que hay reacción incesante de uno sobre el otro; de esta forma, abre para la ciencia un camino nuevo; apuntando la verdadera causa de ciertas afecciones, les ofrece los medios de combatirlas. Cuando tenga en cuenta la acción del elemento espiritual en la economía, la ciencia se equivocará menos.

Los espíritus ejercen incesantemente acción sobre el mundo moral e incluso sobre el mundo físico. Actúan sobre la materia y sobre el pensamiento y constituyen una de las potencias de la naturaleza, causa eficiente de una multitud de fenómenos hasta entonces inexplicados o mal explicados y que no encuentran explicación sino en el Espiritismo.

La responsabilidad de las faltas es toda personal, nadie sufre por errores ajenos, salvo si a ellos dio origen, sea provocándolos por el ejemplo, sea no impidiéndolos cuando podría hacerlo.

No hay quien no pueda hacer el bien. Solamente el egoísta nunca encuentra ocasión de practicarlo. Basta que se esté en relaciones con otros hombres para que se tenga ocasión de hacer el bien, y no hay día de la existencia que no ofrezca, a quien no se encuentre ciego por el egoísmo, oportunidad de practicarlo. Porque, hacer el bien no consiste, para el hombre, ser sólo caritativo, sino en ser útil, en la medida de lo posible, todas las veces que su concurso venga a ser necesario.

El túmulo es el punto de reunión de todos los hombres. Ahí terminan ineduliblemente todas las distinciones humanas. En vano intenta el rico perpetuar su memoria, mandando erigir fastuosos monumentos.

El tiempo los destruirá, como le consumirá el cuerpo. Así lo quiere la Naturaleza. Menos perecible que su túmulo será el recuerdo de sus acciones buenas y malas. La pompa de los funerales no lo limpiará de sus torpezas, ni lo hará subir un grado que sea en la jerarquía espiritual.

Una vez que el periespíritu organiza la materia, y como esta resucita de las formas desaparecidas, parece lógico concluir que él conserva trazos de ese pasado, porque la hereditariedad, como vemos, es importante para hacernos comprender lo que pasa; parece legítimo suponer, por tanto, que el propio periespíritu envuelve a través de estadios inferiores, antes de llegar al punto más elevado de la evolución.

Si la reencarnación es una verdad, bastante lógico es que los recuerdos referentes a una vida anterior se revelen, como ya lo dije muchas veces, más frecuentemente entre los niños, ya que el periespíritu, antes de la pubertad, posee aun un movimiento vibratorio que, en ciertas circunstancias especiales, puede adquirir bastante intensidad, para hacer renacer recuerdos de la existencia anterior. Mejor aun: los niños prodigios nos prueban, con evidencia irresistible, que la inteligencia es independiente del organismo que la sirve, y esto es porque las más altas formas de actividad intelectual se muestran entre aquellos cuya edad no alcanzó la madurez plena. Es esta una de las mejores objeciones que se pueden oponer a la teoría materialista.

Porque el periespíritu es indestructible, conservamos, después de la muerte, la integridad de todas nuestras adquisiciones terrestres, y la memoria despierta, entonces, completa, en los seres suficientemente envueltos, de manera que podamos abrazar el panorama de nuestra pasada existencia. Se ve, indiscutiblemente, de las investigaciones hechas en medio siglo, por los sabios más notables del mundo entero, que existe en el hombre un principio trascendental, desconocido de los cuadros de a fisiología oficial, porque a nosotros nos es revelado con facultades que lo vuelven muchas veces independiente de las condiciones de espacio y de tiempo, que rigen el mundo material.

Todo evoluciona, tanto las naciones como los individuos, así los mundos como las nebulosas. Todo parte de los simples para llegar al compuesto; de la homogeneidad primitiva se va a la prodigiosa complejidad de la Naturaleza actual, realizada por leyes que sólo piden tiempo para producir todos sus efectos.

Artículo de Gabriel Delanne
Publicado en el Anuario Espírita (edición brasileña) año 1965
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