He aquí el hombre


Su presencia molestaba. Su pureza y el absoluto desinterés por las nimiedades humanas, Lo habían tornado antipático a los poderosos, y Su autoridad moral aterraba a los débiles que se habían investido de falsa fuerza. A medida que crecía Su realidad entre las personas, más aumentaba la ola de odios y resentimientos contra Él.

No se sometía a los dominadores de Roma y de Jerusalén, y no los respetaba porque conocía sus miserias, pero no los combatía. Ellos eran necesarios para sus contemporáneos, que se les asemejaban. Sería breve el curso de Su realización, y Él lo sabía. Por eso, no se detenía ante nada, dando la impresión de que quería que todo sucediera para que llegase Su Muerte, a fin de que triunfase la Vida. Desde la muerte de Herodes el Grande, Palestina estaba en conflictos que se arrastraban desde su enfermedad. En la demencia del poder, su crueldad se hizo insoportable, y temiendo no ser llorado después de su muerte tanto como él quería que se lo llorase, dio órdenes de que fuesen aniquilados los judíos ilustres que había mandado a apresar en el hipódromo, dejando además instrucciones para que los guardacostas mataran también a su hijo Antípatro.

El reino quedó dividido entre sus otros hijos, incapaces y pusilánimes, a excepción de Herodes Antipas, uno de los hijos de Maltace de Samaria, su cuarta mujer, quien había mandado a degollar a Juan Bautista a instancias de su sobrina Salomé.

Se sucedieron entonces, interminables actos de violencia, perpetrados también por Arquelao, etnarca de los territorios de la Judea, Samaria e Idumea. Éste, incapaz de frenar los acontecimientos en Jerusalén, convocó al ejército, y en un baño de sangre, segó tres mil vidas. Después fue exiliado a Viena, aproximadamente en el siglo VI a. C. por orden de Augusto... En medio de tanto desorden, Palestina comenzó a ser administrada por procuradores militares, de entre los cuales, se destaca Poncio Pilatos, que se tornó famoso debido a los acontecimientos que marcaron su período, con la prisión, juzgamiento y muerte arbitrarios de Jesús.

El poder religioso, confundiéndose con el civil y el militar, creaba en el país una indefinible red de intrigas, sospechas y persecuciones que tornaban insoportables las vidas de personas brillantes.

Los triunfadores de un momento, eran en otro instante combatidos, por temor a que derrotaran a sus jefes, y las amenazas se sucedían formando tramas peligrosas.

La Fortaleza Antonia, al noroeste del monte del Templo, vigilaba inquieta a Jerusalén, desafiando el poder del Sanhedrín y la prosapia exagerada de los sacerdotes. Es en este escenario de perturbación y pasiones que se encontraba Jesús. Después de haber sido apresado sin culpa formal, y vendido traicioneramente por el amigo imprudente, Él fue llevado ante Poncio Pilatos, quien desconocía las intrigas y astucias religiosas de ese pueblo apasionado y vengativo. Aguardando a un Mesías que le concediese el mundo, repudiaba a Jesús que le ofrecía paz. Prefería la transitoriedad terrena a la donación eterna, y para conseguirla, se valía de todos los instrumentos imaginables.

Después de dialogar con el prisionero y de deslumbrarse con Su altivez, Pilatos no encuentra en Él ninguna conducta o pensamiento pasible de punición que Lo desacredite. Por eso, intentó negociar Su vida con la del asaltante Barrabás, sin tener éxito.

La alucinación que se había apoderado de la masa, sustentada por profesionales instigadores del odio que se mezclaban entre ella, quería al Justo, no al criminal; al Sabio, no al salvaje. Para la multitud, era mejor matar a quien le daba la vida, que al que le insuflaba odio, porque sintonizaba en esa vibración...

El héroe provoca envidia, mientras que el réprobo que inspira desprecio, es aceptado, porque sirve de base a otros semejantes suyos más astutos, que se destacan gracias a ellos...

Jesús no debía continuar vivo, pensaban los célebres del poder temporal, y Pilatos no sabía cómo solucionar honradamente la cuestión.

Pusilánime, no impuso la autoridad que la Lex Romana le concedía. Quiso negociar con el crimen organizado, y se tornó en un crísticida. Antes, ordenó que Lo azotaran y Lo flagelaran para calmar a la turba que se nutre de sangre inocente.

Cicerón consideraba que la crucifixión, era la más cruel y repugnante de la penas que los romanos aplicaban a los esclavos rebeldes y a los criminales bárbaros. En Jerusalén, estaba reservada a los criminales comunes.

Parece haber sido originada entre los persas, con el objetivo de limitar la acción de impiedad de los criminales, y de coartar la onda expansiva del crimen, a través del terror. Pero jamás la pena de muerte tendrá efectos benéficos en la sociedad o evitará la criminalidad. Donde se desarrolle, a su sombra se esparcirá la violencia, el vicio, los delitos más viles. Sólo la educación puede prevenir el mal y corregir el error.

Posteriormente, se cree que fue Alejandro-Magno quien, en su expansionismo, difundió la crucifixión por el Oriente Medio, siendo perfeccionada y más refinada a través de los métodos romanos.

La víctima debía antes ser desnudada y atada a un poste para recibir los azotes, que normalmente eran treinta y nueve o más, con el flagrum, un chicote de cuero con varias tiras o correas en cuyas extremidades había bolas de plomo o afilados trozos de huesos de carnero, para desgarrar las carnes. Dos sicarios aplicaban los golpes en la espalda y en las piernas sucesivamente, hiriéndolas y despedazándolas, para que las hemorragias debilitasen la resistencia de la víctima, y le quitaran la posibilidad de sobrevivir o que se demore más el desenlace en la cruz...

Jesús había sido mandado de un lado a otro y estaba exhausto; había recorrido aquella noche siniestra más de cuatro kilómetros entre un palacio y otro...Al ser retirado del madero donde fue flagelado, fue envuelto en una túnica púrpura escarlata y coronado con espinas, para ultrajar a Su persona y como ironía a Su reino, siendo escupido y objeto de las burlas de los soldados.

En la más terrible soledad humana, Él aceptó el fardo cruel de la ingratitud de los amigos, uno de los cuales Lo había negado poco antes tres veces consecutivas...

La sangre y el sudor abundantes, se mezclaban en los rebordes de las carnes desgarradas.

Empujado hacia el centro del patio donde estaba Pilatos, éste le gritó a la turba:

-¡He aquí al hombre!

No hubo ninguna emoción entre los enemigos, príncipes de los sacerdotes y soldados, sino odio y rencor.

Al unísono decretaron y sellaron, no el destino de Él, sino el propio:

- Crucifícalo! ¡Crucifícalo!

-¡Pero, yo no encuentro culpa alguna en Él! ¡Tomadlo vosotros y crucificadlo vosotros!

Un reino en desafío y un Rey en juzgamiento, en una noche de horror que nunca más sucederá en la historia de las tinieblas de la humanidad.

-¡Nosotros tenemos una Ley - bramaron los enloquecidos adversarios de la Luz- y según esa Ley, debe morir porque se llamó a sí mismo, Hijo de Dios!

Él jamás dijo ser Dios, sino que afirmaba ser Su Hijo, como todos nosotros, tornándose el camino hacia el Padre.

Pero, era necesario demostrarlo.

La luz ciega a los que se aprisionan durante mucho tiempo en las tinieblas, y será aceptada y bien recibida, lentamente. De ese modo, era necesaria Su muerte para que, de las sombras del sepulcro surgiese la claridad de la inmortalidad que encontraría a Sus asesinos en el largo camino de las reencarnaciones, irguiéndolos hacia los altiplanos de la Verdad.

El proceso era ya irreversible. Se había instalado la hora dolorosa en la conciencia terrena. Las criaturas se sumergirían en un abismo de insensatez, demorándose en él durante milenios, en peregrinación de retornos.

En Jerusalén, prefirieron a Barrabás y rechazaron a Jesús.

Pilatos prosiguió lavándose las manos sin limpiar su conciencia culpable, sin olvidarlo jamás, el que tuvo la oportunidad máxima. Suicidándose después, perturbo aún más su futuro, en vez de solucionarlo.

En la sucesión de los siglos, la conciencia humana procura la vida, la liberación, mientras oye la voz confusa del procurador romano gritándole a la masa esa noche sórdida:

-¡He aquí al hombre!

Por el Espíritu Amélia Rodrigues
Médium Divaldo Pereira Franco
Extraído del libro "TRIGO DE DIOS"

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