Percepciones, sensaciones y sufrimientos de los espíritus
237 – De regreso al mundo de los Espíritus, ¿conserva aún el
alma las percepciones que tenía durante su vida física?
– Sí, y otras que no poseía; porque su cuerpo era como un velo que las
obscurecía. La inteligencia es un atributo del Espíritu, pero se manifiesta más
libremente cuando no tiene trabas.
238 – ¿Las percepciones y los conocimientos de los Espíritus
son indefinidos; en una palabra, saben ellos todas las cosas?
– Mientras más se aproximan a la perfección, más saben; si son superiores, saben
mucho. Los Espíritus inferiores están más o menos ignorantes de todas las cosas.
239 – ¿Conocen los Espíritus el principio de las cosas?
– Lo conocen según su elevación y su pureza. Con respecto a esto los Espíritus
inferiores, no saben más que los hombres.
240 – ¿Comprenden los Espíritus la duración del tiempo como
nosotros?
– No, y por esto no los comprendéis siempre, cuando se trata de fijar fechas o
épocas.
Los Espíritus viven fuera del tiempo, tal como lo comprendemos;
el tiempo para ellos se anula, por decirlo así, y los siglos, tan largos
para nosotros, no son a sus ojos más que instantes que se desvanecen en la eternidad,
como las desigualdades del suelo para los que se elevan en el espacio.
241 – ¿Los Espíritus tienen del presente una idea más
precisa y exacta que nosotros?
– De la misma manera que el que ve claramente tiene más exacta idea de las cosas que el ciego. Los Espíritus ven lo que
vosotros no veis y juzgan por lo tanto, de diferente modo; pero, volvemos
a repetirlo, siempre según su elevación.
242 – ¿Cómo adquieren los Espíritus el conocimiento del pasado? ¿Este conocimiento es limitado en ellos?
– Cuando nos ocupamos de él, el pasado se nos convierte en presente; de manera tan precisa como te recuerdas de algo que te impresionó durante tu exilio terrestre. Entretanto, como no
tenemos ya el velo material que obscurece la inteligencia, recordamos
cosas que se han borrado de la memoria; pero los Espíritus no lo
conocen todo, comenzando por su misma creación.
243 – ¿Conocen los Espíritus el futuro?
– También depende esto de su perfección. Con frecuencia sólo lo entrevén; pero no siempre les es permitido revelarlo. Cuando lo ven les parece presente. El Espíritu ve más claramente el futuro cuanto más se aproxima a Dios. Después de
la muerte el alma ve y abarca de una ojeada sus emigraciones
pasadas, pero no puede ver lo que Dios le reserva; para lo cual es
necesario que esté integrado en él, después de muchas existencias.
– Los Espíritus que han alcanzado la perfección absoluta, ¿tienen completo conocimiento del porvenir?
– Completo no es la palabra; porque Dios es el señor soberano y nadie lo puede igualar.
244 – ¿Ven los Espíritus a Dios?
– Sólo los Espíritus superiores lo ven y lo comprenden; los inferiores lo sienten y lo adivinan.
– Cuándo un Espíritu inferior dice que Dios le prohíbe o le permite alguna cosa, ¿cómo sabe que la orden procede de Dios?
– No ve a Dios; pero siente su soberanía y cuando una cosa no debe ser hecha o una palabra no debe ser dicha, lo presiente
como una intuición, como una advertencia invisible que le prohibe
hacerla. ¿No tenéis vosotros mismos presentimientos, que son como una advertencia secreta, de hacer o no, tal o cual cosa? Ocurre lo
mismo con nosotros, pero en mayor grado; porque comprenderás que,
siendo más sutil que la vuestra la esencia de los Espíritus, pueden
percibir mejor las advertencias divinas.
– ¿La orden le es transmitida directamente por Dios o por intermedio de otros Espíritus?
– No la recibe directamente de Dios; pues, para comunicarse con él es preciso ser digno de ello. Dios les transmite sus
órdenes por Espíritus más elevados en perfección y en instrucción.
245 – ¿Está circunscripta la vista de los Espíritus como la
de los seres corporales?
– No; reside en ellos.
246 – ¿Los Espíritus tienen necesidad de la luz para ver?
– Ven por sí mismos y no tienen necesidad de la luz exterior; para ellos no existen las tinieblas, a no ser aquellas en las
que puedan encontrarse por expiación.
247 – ¿Tienen necesidad los Espíritus de trasladarse de un
lugar a otro, para ver lo que pasa en dos puntos distintos? ¿Pueden,
por ejemplo, abarcar lo que ocurre en los dos hemisferios del globo?
– Como el Espíritu se traslada con la rapidez del pensamiento, puede decirse que ve a la vez lo que sucede en todas partes. Su pensamiento puede irradiar y fijarse al mismo tiempo en muchos puntos diferentes; pero esta facultad depende de su pureza: de
modo que, mientras menos puro es, más limitada tiene la vista y sólo
los Espíritus superiores pueden abarcar el conjunto.
La facultad de ver es en los Espíritus una propiedad inherente a
su naturaleza y reside en todo su ser, como reside la luz en todas
las partes de un cuerpo luminoso. Es una especie de lucidez universal que a todo
se extiende, que abarca a una sola vez, el espacio, el tiempo y las cosas,
ante la cual desaparecen las tinieblas y los obstáculos materiales. Se comprende que debe
ser así; pues en el hombre la visión se realiza a través del funcionamiento de un
órgano impresionado por la luz y sin luz permanece en la oscuridad.
Pero siendo la facultad de ver en el Espíritu un atributo propio, abstracción
hecha de todo agente exterior, la visión en ellos es independiente de la luz. (Véase: Ubicuidad,
núm. 92).
248 – ¿El Espíritu ve las cosas tan claras como nosotros?
– Más claras aún, porque su vista penetra lo que no podéis penetrar; pues nada la obscurece.
249 – ¿Percibe el Espíritu los sonidos?
– Sí, y percibe otros que no pueden percibir vuestros sentidos obtusos.
– ¿La facultad de oír, así como la de ver, están en todo su ser?
– Todas las percepciones son atributos del Espíritu y forman parte de su ser. Cuando se encuentra revestido del cuerpo
material, sólo por conducto de los órganos las recibe; pero en estado de
libertad no las tiene localizadas.
250 – Siendo las percepciones atributos del Espíritu, ¿es
posible que deje de usarlas?
– El Espíritu sólo ve y oye lo que quiere. Esto de una manera general y sobre todo, para los Espíritus elevados; los
imperfectos oyen y ven con frecuencia, quiéranlo o no, lo que puede ser útil
a su mejoramiento.
251 – ¿Son sensibles los Espíritus a la música?
– ¿Queréis hablar de vuestra música? ¿Qué es ella ante la música celeste? ¿Con esta armonía que nada sobre la Tierra os
puede dar una idea? Una es a la otra lo que el canto del salvaje a las
suaves melodías. No obstante, los Espíritus vulgares pueden
experimentar un cierto placer en oír vuestra música, porque no son capaces
aún de comprender otra más sublime. La música tiene para los Espíritus infinitos encantos en razón de estar sus cualidades sensitivas
más desarrolladas. Me refiero a la música celestial, que es todo lo
que la imaginación espiritual puede concebir de más bello y más suave.
252 – ¿Son sensibles los Espíritus a las bellezas de la Naturaleza?
– Las bellezas naturales de los diversos mundos son tan diferentes que se está lejos de conocerlas. Sí, son sensibles a
ellas de acuerdo con su aptitud en apreciarlas y comprenderlas. Para los Espíritus elevados existen bellezas de conjunto, ante las cuales desaparecen, por decirlo así, las bellezas de los detalles.
253 – ¿Experimentan los Espíritus nuestras necesidades y sufrimientos físicos?
– Los conocen, puesto que los han soportado, pero no los sienten materialmente como vosotros, pues son Espíritus.
254 – ¿Sienten los Espíritus cansancio y necesitan de
descanso?
– No pueden sentir cansancio tal como lo entendéis vosotros y por lo tanto, no tienen necesidad de vuestro descanso corporal,
puesto que no tienen órganos cuyas fuerzas deban ser reparadas. El
Espíritu descansa en el sentido de que no está en constante actividad. Su
acción no es material sino intelectual y su reposo es moral. Hay
momentos en que su pensamiento deja de ser tan activo y no se fija sobre
un objeto determinado, lo cual constituye un verdadero reposo,
pero, que no puede ser comparado al reposo del cuerpo. La especie de cansancio, que pueden sentir los Espíritus está en proporción de
su inferioridad; porque mientras más elevados son, menos necesitan
el descanso.
255 – Cuándo un Espíritu dice que sufre, ¿cuál es la
naturaleza de los sufrimientos que experimenta?
– Angustias morales que le atormentan más dolorosamente que los sufrimientos físicos.
256 – Entonces, ¿por qué algunos Espíritus se quejan de
sufrir de frío o de calor?
– Recuerdo de lo que habían padecido durante la vida, tan penoso a veces como la realidad. Con frecuencia es una
comparación que hacen para expresar mejor su situación. Cuando se acuerdan
de su cuerpo, experimentan cierta impresión, como cuando se quita
uno la capa y por un tiempo se cree llevarla aún.
Ensayo teórico sobre la sensación en los espíritus
257 – El cuerpo es el instrumento del dolor; si no su causa
primera, por lo menos, su causa inmediata. El alma tiene la percepción del
dolor, pero esa percepción es un efecto. El recuerdo que de él conserva puede
ser muy penoso, pero, no puede tener acción física. En efecto, ni el frío, ni el
calor pueden desorganizar los tejidos del alma, que no puede helarse ni
quemarse. ¿No vemos cada día que el recuerdo o temor de un mal físico produce el
mismo efecto que la realidad, ocasionando hasta la muerte? Todo el mundo sabe
que las personas a las que se les ha amputado un miembro continúan sintiendo
dolor de él, aunque no exista ya el miembro. Seguramente, no es en ese miembro
donde está localizado o donde parte el dolor, sino que es el cerebro el que
conserva la impresión. Puede creerse, pues, que sucede algo análogo en los
sufrimientos del Espíritu después de la muerte. Un estudio más profundo del
periespíritu, que tan importantes funciones desempeña en todos los fenómenos
espíritas, como las apariciones vaporosas o tangibles, el estado del Espíritu en
el momento de la muerte, la idea tan frecuente de que aún está vivo, el cuadro
tan conmovedor de los suicidas, de los ajusticiados, de los que se dejaron
absorber en los placeres materiales y otros muchos hechos, han venido a hacer
luz sobre este asunto, que dan lugar a las explicaciones que damos aquí
resumidas.
El periespíritu es el lazo que une el Espíritu a la materia del
cuerpo, él lo toma del medio ambiente, del fluido universal; contiene a la vez,
de la electricidad, del fluido magnético y hasta cierto punto de la materia
inerte. Se podría decir que es la quinta esencia de la materia. El principio de
la vida orgánica, pero no de la vida intelectual, ya que ésta reside en el
Espíritu. Es, por otra parte, el agente de las sensaciones externas. Semejantes
sensaciones están localizadas, en el cuerpo, en los órganos que le sirven de
conductos. Destruido el cuerpo, las sensaciones se generalizan.
He ahí porque el Espíritu no dice que sufre más de la cabeza que
de los pies. Es preciso, además, no confundir las sensaciones del periespíritu,
independiente ya, con las del cuerpo, que sólo podemos tomar como término de
comparación y no como analogía. Liberado del cuerpo, el Espíritu puede sufrir,
pero ese sufrimiento no es corporal, aunque no sea exclusivamente moral como un
remordimiento, puesto que se queja de frío y de calor. No sufre más en invierno
que en verano, y puesto que hemos visto a algunos atravesar las llamas sin
experimentar ningún sufrimiento; la temperatura no les causa, pues, ninguna
impresión. El dolor que siente no es propiamente un dolor físico, sino un vago
sentimiento íntimo que el mismo Espíritu no siempre entiende, precisamente
porque el dolor no está localizado y no es producido por agentes externos; es
más bien un recuerdo que una realidad, pero un recuerdo tan penoso como ésta.
Sin embargo, a veces, es más que un recuerdo, según vamos a ver.
La experiencia nos enseña que en el momento de la muerte, el
periespíritu se desprende más o menos lentamente del cuerpo. Durante los
primeros instantes, el Espíritu no entiende su situación: no se cree muerto
porque se siente vivo; ve su cuerpo a un lado, sabe que le pertenece y no
comprende que esté separado de él. Este estado perdura mientras existe un lazo
entre el cuerpo y el periespíritu. Un suicida nos dijo: No, no estoy muerto –y
añadía– y sin embargo, siento como me roen los gusanos. Ciertamente, los
gusanos no roían el periespíritu, y mucho menos el Espíritu; tan sólo roían el
cuerpo. Pero, como la separación del cuerpo y del periespíritu no era aún
completa, resultaba de ello una especie de repercusión moral que le transmitía
la sensación de lo que pasaba en el cuerpo. Quizá repercusión no sea la palabra
adecuada, pues, haría suponer un efecto muy material; era más bien la visión de
lo que pasaba en el cuerpo, unido aún a su periespíritu, lo que producía en él
una ilusión que tomaba por la misma realidad. Así, pues, no era un recuerdo,
porque, durante la vida, no había sido roído de gusanos, sino el sentimiento de
un hecho actual. De este modo se ven las deducciones que se pueden hacer de los
hechos, cuando son observados atentamente. Durante la vida, el cuerpo recibe las
impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por mediación del
periespíritu, que probablemente constituye, lo que se llama fluido nervioso.
Muerto el cuerpo, nada siente, porque carece de Espíritu y de periespíritu. El
periespíritu, desprendido del cuerpo, experimenta la sensación, pero, como no la
recibe por conducto limitado, se hace general la sensación. Luego, como en
realidad no es más que un agente de transmisión, pues en el Espíritu es donde
está la conciencia, resulta que, si pudiese existir un periespíritu sin
Espíritu, no sería más sensible que un cuerpo muerto. De la misma forma, si el
Espíritu no tuviese el periespíritu, sería inaccesible a toda sensación penosa,
como ocurre con los Espíritus completamente purificados. Sabemos que, cuanto más
se purifican, más etérea se hace la esencia del periespíritu, de donde se sigue
que la influencia material disminuye a medida que el Espíritu progresa, es
decir, a medida que el mismo periespíritu se hace menos grosero. Pero, se dirá,
las sensaciones agradables son transmitidas al Espíritu por el periespíritu, de
la misma forma que las sensaciones desagradables; ahora bien, si el Espíritu
puro es inaccesible a unas, debe serlo igualmente a las otras. Indudablemente
que sí, respecto de las que provienen únicamente de la influencia de la materia
que conocemos: el sonido de nuestros instrumentos y el perfume de nuestras
flores no le causan impresión alguna. Entre tanto, experimenta sensaciones
íntimas, de un encanto indefinible, que no podemos ni imaginar, porque sobre ese
punto somos como ciegos de nacimiento respecto de la luz: sabemos que existe,
pero, ¿de qué modo? Hasta aquí llega nuestra ciencia.
Sabemos que existen en ellos percepciones, sensaciones, audición
y visión; que estas facultades son atributos de todo el ser y no como en el
hombre de una parte del ser; pero, volvemos a preguntarlo; ¿por qué medio? Eso
es lo que no sabemos. Los mismos Espíritus no pueden explicarlo, porque nuestro
idioma no está en condiciones de expresar ideas que no tenemos, como la lengua
de los salvajes carece de términos para expresar las de nuestras artes, ciencias
y doctrinas filosóficas.
Al decir que los Espíritus son inaccesibles a las impresiones de
nuestra materia, queremos hablar de Espíritus muy elevados, cuya envoltura
etérea no tiene analogía en nuestro mundo. No sucede lo mismo con los de
periespíritu más denso, que perciben nuestros sonidos y nuestros olores, aunque
no lo hagan por una parte de su individualidad, como cuando vivían. Se podría
decir que las vibraciones moleculares se hacen sentir en todo el ser, llegando
así a su sensorium commune, que es el propio Espíritu, aunque de un modo
diferente y puede ser también con una impresión diferente, lo que produce una
modificación en la percepción. Oyen el sonido de nuestra voz, sin embargo, nos
comprenden sin el auxilio de la palabra, por la sola transmisión del
pensamiento. Esto viene en apoyo de lo que dijimos: esa penetración es tanto más
fácil cuanto más desmaterializado está el Espíritu. En cuanto a la vista, es
independiente de nuestra luz. La facultad de ver es un atributo esencial de
nuestra alma; para ella no hay obscuridad y se presenta más vasta y penetrante
en los que están más purificados. El alma o Espíritu tiene, pues, en sí misma la
facultad de todas las percepciones. Durante la vida corporal están limitadas por
la tosquedad de sus órganos y en la extracorporal disminuyen a medida que se
hace menos compacta la envoltura semimaterial.
Esta envoltura tomada del medio ambiente, varía según la
naturaleza de los mundos. Al pasar de un mundo a otro, los Espíritus cambian de
envoltura como nosotros de vestido, al pasar del invierno al verano, o del polo
al ecuador. Cuando los Espíritus más elevados vienen a visitarnos, revisten,
pues, el periespíritu terrestre, realizándose entonces sus percepciones como las
de los Espíritus vulgares; pero todos ellos, tanto los inferiores como los
superiores, no oyen ni sienten sino lo que quieren. Sin tener órganos
sensitivos, pueden a su gusto hacer que sus percepciones sean activas o nulas y
solo se ven obligados a oír los consejos de los buenos Espíritus. La vista es
siempre activa en ellos, pero pueden hacerse invisibles los unos a los otros.
Según la categoría que ocupen, pueden ocultarse a los que le son inferiores;
pero no a los superiores. En los momentos subsiguientes a la muerte, la vista
del Espíritu está siempre turbada y confusa y se aclara a medida que se
desprende y puede adquirir la misma lucidez que durante la vida,
independientemente de su penetración a través de los cuerpos que son opacos para
nosotros. En cuanto a la extensión a través del espacio infinito, así en el
futuro como en el pasado, depende del grado de pureza y elevación del Espíritu.
Toda esta teoría, se dirá, no es muy tranquilizadora. Pensábamos
que una vez desprovistos de nuestra grosera envoltura, instrumento de nuestros
dolores, no sufriríamos más y nos informáis que aún sufriremos, y sea de una
manera o de otra, siempre es sufrimiento. ¡Ah! Sí, aún podemos sufrir y mucho y
por mucho tiempo; pero, también podemos dejar de sufrir, hasta desde el momento
en que dejamos la vida corporal.
Los sufrimientos de este mundo, son a veces independientes de
nosotros, pero en muchas ocasiones son consecuencia de nuestra voluntad.
Remontando a su origen se verá que en su mayor parte son consecuencia de causas
que podríamos evitar. ¿Cuántos males y cuántas enfermedades no debe el hombre a
sus excesos, a su ambición, a sus pasiones? El hombre que siempre haya vivido
sobriamente, sin abusar de nada, sencillo en sus gustos, modesto en sus deseos,
se ahorraría muchas tribulaciones. Lo mismo sucede al Espíritu, cuyos
sufrimientos son siempre producto del modo como ha vivido en la Tierra. Sin
duda, no padecerá de gota y reumatismo, pero tendrá otros sufrimientos que no
serán menores. Vimos que estos sufrimientos son el resultado de los lazos que
aún existen entre el Espíritu y la materia, y que cuanto más se libera de la
influencia de la materia, cuanto más se desmaterializa, menos sensaciones
penosas sufre. Por tanto, depende de él liberarse de esa influencia desde esta
vida. Tiene su libre albedrío, y, por consiguiente, la facultad de escoger entre
hacer y no hacer. Que domine sus pasiones animales; que no sienta odio, ni
envidia, ni celos, ni orgullo; que no se deje dominar por el egoísmo; que
purifique su alma con buenos sentimientos; que haga el bien y dé a las cosas de
este mundo la importancia que se merecen; entonces, aun estando encarnado, ya
estará purificado, liberado de la materia y cuando abandone su cuerpo no tendrá
que soportar más su influencia.
Ningún recuerdo doloroso, ninguna impresión desagradable, le
quedará de los sufrimientos físicos que experimentó, porque éstos habrán
afectado al cuerpo y no al Espíritu. Se sentirá feliz de haberse librado de
ellos y la tranquilidad de conciencia lo emancipará de todo sufrimiento moral.
Interrogamos a millares de Espíritus, que pertenecieron a todas las categorías
de la sociedad terrena, a todas las posiciones sociales, los estudiamos en todos
los períodos de su vida espírita, a partir del momento en que dejaron el cuerpo;
los seguimos paso a paso en la vida de ultratumba, para observar los cambios que
se operaban en ellos, así en sus ideas como en sus sensaciones, y bajo este
aspecto no son los hombres vulgares los que nos han proporcionado los puntos de
estudio menos preciosos. Y siempre constatamos que los sufrimientos tenían
relación con la conducta, cuyas consecuencias soportaban y que esa nueva
existencia era origen de inefable felicidad para los que siguieron el buen
camino. Se deduce de esto que los que sufren, sufren porque así lo quisieron y
sólo de ellos mismos pueden quejarse, tanto en este como en el otro mundo.
Elección de las pruebas
258 – En estado errante y antes de reencarnarse, ¿tiene el
Espíritu conciencia y previsión de lo que le sucederá durante la vida?
– El mismo elige el género de pruebas que quiere soportar y en esto consiste
su libre albedrío.
– ¿No es, pues, Dios quien le impone como castigo las
tribulaciones de la vida?
– Nada sucede sin el permiso de Dios, pues, es él quien establece todas las
leyes que rigen el Universo. Preguntad, entonces ¿por qué ha hecho tal ley y no
tal otra? Dando al Espíritu la libertad de elegir, le deja toda la
responsabilidad de sus actos y consecuencias, de manera que nada entraba su
futuro; tanto el camino del mal como el del bien permanecen abiertos para él. Si
sucumbe le queda el consuelo de que no todo acabó para él; Dios, en su bondad,
le brinda la oportunidad de volver a empezar lo que ha hecho mal. Además, es
necesario, distinguir lo que es obra de la voluntad de Dios y lo que procede de
la del hombre. Si os amenaza un peligro, no sois vosotros sino Dios, quien lo ha
creado, pero es por vuestra propia voluntad que os exponéis a él porque lo
consideráis un medio de progreso y Dios lo ha permitido.
259 – Si el Espíritu elige el número de pruebas que ha de
soportar, ¿se sigue de ello que todas las tribulaciones que experimentamos en la
vida fueron previstas y escogidas por nosotros?
– Todas no es la palabra, pues no se puede decir que escogisteis y previsteis
todo lo que os pasa en el mundo, hasta las cosas más ínfimas; escogisteis el
género de pruebas, los detalles son consecuencia de la posición y con frecuencia
de vuestros propios actos. Si el Espíritu quiso nacer entre malhechores, por
ejemplo, sabía a qué peligros se exponía, pero no cada uno de los actos que
practicaría, pues estos son resultado de su voluntad y de su libre arbitrio. El
Espíritu sabe que escogiendo tal camino habrá de soportar tal género de lucha;
sabe también la naturaleza de las vicisitudes que enfrentará, pero no sabe
cuáles acontecimientos le aguardan. Los detalles de los acontecimientos nacen de
las circunstancias y de la fuerza de las cosas. Sólo están previstos los grandes
acontecimientos que influyen en su destino. Si tomas un camino lleno de
atolladeros, sabes que debes tomar grandes precauciones para no caer y no sabes
en cuál de ellos caerás; también puede ser que no caigas si eres prudente. Si
pasando por la calle te cae una teja en la cabeza, no creas que estaba escrito
como vulgarmente se dice.
260 – ¿Cómo puede el Espíritu querer nacer entre gentes de
mal vivir?
– Es necesario que sea enviado a un medio donde pueda soportar la prueba que
pidió. ¡Pues bien! Es preciso que haya analogía en las situaciones. Para luchar
contra el instinto del robo es necesario que se encuentre entre personas de esa
calaña.
– Si no hubiese personas de mal vivir en la Tierra, ¿el Espíritu
no podría encontrar el medio adecuado a ciertas pruebas?
– ¿Y os quejaríais de ello? Eso es lo que sucede en los mundos superiores donde
no tiene acceso el mal, puesto que son habitados por Espíritus buenos. Procurad
que pase pronto lo mismo en la Tierra.
261 – En las pruebas que ha de sufrir para llegar a la
perfección, ¿debe el Espíritu experimentar todos los géneros de tentaciones?
¿Debe pasar por todas las circunstancias que pueden excitar su orgullo, envidia,
avaricia, sensualidad, etc.?
– Ciertamente que no, pues sabéis que hay Espíritus que desde el comienzo, toman
un camino que los libra de muchas pruebas; pero el que se deja arrastrar hacia
el mal camino, corre todos los peligros de éste. Un Espíritu, por ejemplo, puede
pedir riquezas que le son concedidas, y siguiendo entonces su carácter, puede
ser avaro o pródigo, egoísta o generoso, o bien entregarse a todos los placeres
de la sensualidad. Pero esto no quiere decir que forzosamente deba pasar por
todas estas inclinaciones.
262 – ¿Cómo el Espíritu, que en su origen es sencillo,
ignorante e inexperto, puede elegir una existencia con conocimiento de causa y
ser responsable de esta elección?
– Dios suple su inexperiencia trazándole el camino que debe seguir, como lo
hacéis vosotros con un niño desde que nace. A medida que su libre arbitrio se
desarrolla, lo va dejando poco a poco en libertad para escoger y entonces es
cuando a menudo se extravía tomando el mal camino, si no escucha el consejo de
los buenos Espíritus. A eso es lo que puede llamarse la caída del hombre.
– Cuándo el Espíritu disfruta de su libre albedrío, ¿la elección
de la existencia corporal depende siempre exclusivamente de su voluntad, o esa
existencia puede serle impuesta como expiación por la voluntad de Dios?
– Dios sabe esperar y no apresura la expiación. Pero, puede, sin embargo,
imponer una existencia al Espíritu, cuando éste, por su inferioridad o mala
voluntad, no es apto para comprender lo que podría serle más saludable y cuando
ve que esa existencia además de servirle de expiación, contribuye a su
purificación y adelanto.
263 – ¿Hace el Espíritu su elección inmediatamente después
de la muerte?
– No; muchos creen en la eternidad de las penas, lo cual según se ha dicho, es
un castigo.
264 – ¿Qué es lo que dirige al Espíritu en la elección de
las pruebas que quiere soportar?
– Elige las que pueden ser para él una expiación, según la naturaleza de sus
faltas y que pueden hacerle progresar más pronto. Algunos se imponen una vida de
miserias y privaciones para intentar soportarlas con valor. Otros pueden querer
probarse con las tentaciones de la fortuna y del poder, mucho más peligrosas por
el abuso y mal uso que puede hacerse de ellas y por las malas pasiones que
engendran. Otros quieren probarse con las luchas que han de sostener con el
contacto del vicio.
265 – Si hay Espíritus que eligen como prueba el contacto
con el vicio, ¿los hay también que lo eligen por simpatía y deseos de vivir en
un medio a su gusto, o para poder entregarse materialmente a sus inclinaciones
materiales?
– Sin duda que los hay; pero sólo entre aquellos cuyo sentido moral está poco
desarrollado aún; la prueba viene de ellos mismos y la soportarán por más
tiempo. Tarde o temprano, comprenderán que la satisfacción de las pasiones
brutales les trae deplorables consecuencias, que soportarán durante un tiempo
que les parecerá eterno. Dios podrá dejarles en ese estado hasta que comprendan
sus faltas y pidan por sí mismos los medios de rescatarlas con pruebas
provechosas.
266 – ¿No parece natural que los Espíritus escojan las
pruebas menos penosas?
– Para vosotros, sí; pero no al Espíritu. Cuando se libera de la materia, la
ilusión desaparece y piensa de otra manera.
El hombre en la Tierra y bajo la influencia de las ideas
carnales, no ve en sus pruebas sino el aspecto penoso; es por eso que le parece
natural elegir las que desde su punto de vista pueden coexistir con los placeres
materiales. Pero, en la vida espiritual, compara esos placeres fugitivos y
groseros con la felicidad inalterable que entrevé, y entonces ¿qué le importan
algunos sufrimientos pasajeros? El Espíritu puede, pues, elegir las pruebas más
rudas, y por lo tanto, la existencia más penosa con la esperanza de alcanzar más
pronto un mejor estado, como el enfermo escoge con frecuencia, el remedio más
desagradable para curarse con mayor rapidez. El que desea unir su nombre al
descubrimiento de un país desconocido, no escoge un camino sembrado de flores;
sabe los peligros que corre; pero también la gloria que le espera, si tiene buen
éxito. La doctrina de la libertad en la elección de nuestras existencias y de
las pruebas que hemos de soportar deja de parecer extraordinaria si se considera
que los Espíritus desprendidos de la materia aprecian las cosas de muy distinto
modo que nosotros. Vislumbran el fin, fin mucho más grave para ellos que los
placeres fugitivos del mundo. Después de cada existencia, evalúan el paso que
dieron y comprenden lo que les falta purificarse aún para alcanzar tal
finalidad. He ahí porque se someten voluntariamente a todas las vicisitudes de
la vida corporal, pidiendo, ellos mismos, las pruebas que le permitan llegar más
pronto. No hay, pues, motivo de asombro en el hecho de que el Espíritu no dé
preferencia a la elección de una existencia más suave. Esta vida exenta de
amarguras, no puede gozarla en su estado de imperfección; la entrevé y para
conseguirla procura mejorarse.
¿Acaso no se ofrecen todos los días a nuestros ojos ejemplos
de semejantes elecciones? ¿Qué hace el hombre que trabaja una parte de su vida,
sin tregua ni descanso, para reunir haberes que le garanticen su bienestar, sino
imponerse una tarea con la mira de buscar un mejor futuro? El militar que sufre
por una misión peligrosa, el viajero que desafía peligros no menores, en interés
de la Ciencia o de su fortuna, ¿no se someten a pruebas voluntarias que deben
proporcionarles honra y provecho, si logran el éxito? ¿A qué no se somete y
expone el hombre por interés o gloria? Todos los certámenes, ¿no son acaso
pruebas voluntarias a las que se somete el hombre con tal de ascender en la
carrera que eligió? No se llega a una posición social trascendental en las
artes, o en la industria sin haber pasado por una serie de posiciones inferiores
que son otras tantas pruebas. La vida humana es una copia de la vida espiritual,
donde encontramos, aunque en pequeño, las mismas peripecias que en esta. Luego,
si en esta vida elegimos las pruebas más duras para lograr un objetivo más
elevado, ¿por qué el Espíritu, que ve más lejos que el cuerpo y para el cual la
vida del cuerpo no es más que un incidente fugitivo, no escogería una existencia
penosa y laboriosa, si debe conducirle a una felicidad eterna? Los que dicen que
si los hombres eligen la existencia pedirán ser príncipes o millonarios, son
como los miopes que solo ven lo que tocan, o como niños glotones que, al ser
preguntados acerca de la profesión que más les gusta, responden: pastelero o
confitero.
Así le ocurre al viajero que se encuentra en medio de un
valle obscurecido por la bruma, no ve ni la anchura, ni los extremos del camino,
pero llega a la cumbre del monte, descubre lo que ha recorrido y lo que le falta
por recorrer, distingue el fin y los obstáculos que todavía le restan por
vencer, y puede entonces planear con mayor seguridad los medios de llegar al
final. El Espíritu encarnado está como el viajero que se encuentra al pie de la
montaña: pero desprendido de los lazos físicos, domina el escenario como el que
está en la cima de la montaña. Para el viajero, el objetivo es el descanso
después de la fatiga, pero, para el Espíritu, es la felicidad suprema después de
las tribulaciones y las pruebas.
Todos los Espíritus dicen que en estado errante, buscan,
estudian y observan para hacer su elección. ¿No tenemos un ejemplo de este hecho
en la vida corporal? ¿No buscamos con frecuencia durante años, la carrera que
libremente elegimos, porque la creemos la más apropiada para los objetivos de
nuestro camino? Si fracasamos en una, buscamos otra. Cada carrera que abrazamos
es una fase, un período de la vida. ¿No empleamos el día en planear lo que
haremos al día siguiente? Pues bien, ¿qué son las diferentes existencias para el
Espíritu, sino fases, períodos y días de su vida espírita, que, como ya sabemos,
es la normal, puesto que la vida corporal no es más que transitoria y pasajera?
267 -–¿Podría el Espíritu hacer la elección durante el
estado corporal?
– Su deseo puede tener influencia, dependiendo de la intención; pero, como
Espíritu ve con frecuencia las cosas de muy diferente modo, y es en ese estado
que el Espíritu hace su elección. Pero, lo repetimos, puede hacerla en su vida
material, porque el Espíritu tiene siempre momentos que es independiente de la
materia que la habita.
– Muchas personas desean la grandeza y la riqueza, y ciertamente
no lo hacen ni como expiación, ni como prueba.
– Sin duda la materia es la que desea esa grandeza para disfrutarla, así como el
Espíritu las desea para conocer sus vicisitudes.
268 – ¿Soporta el Espíritu constantemente pruebas, hasta
alcanzar el estado de pureza perfecta?
– Sí, pero no son como las comprendéis vosotros, pues, llamáis pruebas a las
tribulaciones materiales. Pues, alcanzando cierto grado el Espíritu, sin ser
perfecto, ya no tiene más pruebas que soportar, pero, tiene siempre deberes que
lo ayudan a perfeccionarse y que no le son nada penosos, pues a falta de otros,
tendría el de ayudar a sus semejantes a perfeccionarse.
269 – ¿Puede equivocarse el Espíritu acerca de la eficacia
de la prueba que eligió?
– Puede escoger una que sea superior a sus fuerzas y entonces sucumbe; puede
también elegir una que no le aproveche, como, por ejemplo, un género de vida
ocioso e inútil. En este caso, cuando regresa al mundo de los Espíritus, percibe
que nada ganó y pide otra existencia para reparar el tiempo perdido.
270 – ¿A qué se deben las vocaciones de algunas personas y
su voluntad de seguir una carrera con preferencia de otra?
–Me parece que vosotros mismos podéis responder a esta cuestión. ¿Acaso no es
consecuencia de todo lo que dijimos sobre la elección de las pruebas y sobre el
progreso realizado en una existencia anterior?
271 – Estudiando el Espíritu, en estado errante las diversas
condiciones con qué podrá progresar, ¿cómo piensa realizar su progreso naciendo,
por ejemplo, entre caníbales?
– Los Espíritus adelantados no nacen entre caníbales, sino los de la misma
naturaleza que éstos, o que le son inferiores.
Sabemos que nuestros antropófagos no están en el último grado
de la escala evolutiva y que existen mundos donde el embrutecimiento y la
ferocidad no tienen analogía en la Tierra. Semejantes Espíritus, son, pues,
inferiores a los más inferiores de nuestro mundo y encarnar entre nuestros
salvajes es para ellos un progreso, de la misma forma que sería un progreso para
nuestros antropófagos ejercer entre nosotros una profesión que no los obligase a
derramar sangre (*). Si no tienen más altas miras es porque la inferioridad
moral no les permite la comprensión de un progreso más completo. El Espíritu no
puede avanzar sino gradualmente; no puede salvar de un salto, la distancia que
separa la barbarie de la civilización, y en este hecho vemos una de las
necesidades de la reencarnación, que está verdaderamente conforme con la
justicia de Dios. Pues de otra forma, ¿qué sería de esos millones de seres que
mueren cada día en el último estado de degradación, si no tuviesen medios de
alcanzar la superioridad? ¿Por qué Dios los desheredaría de los beneficios
concedidos a los otros hombres?
(*) – En el original que usamos, se lee: “... d’exercer parmi
nous une profession qui les obligerait à verser le sang.” Ahora bien, “ una
profesión que los obligase a derramar sangre” no se corresponde con la enseñanza
que Kardec pretendió suministrar, puesto que no representaría un progreso. Debió
ocurrir una mutilación en el texto original que nos permitimos reparar para
completar el razonamiento. (Nota del traductor).
272 – Los Espíritus que proceden de un mundo inferior a la
Tierra, o de un pueblo muy atrasado, como los caníbales, por ejemplo, ¿podrían
nacer entre pueblos civilizados?
– Sí, los hay que se extravían queriendo subir muy alto; pero, entonces se
encuentran desajustados entre vosotros, porque tienen costumbres e instintos
contrapuestos a los vuestros.
Esos seres nos ofrecen el triste espectáculo de la ferocidad
dentro de la civilización. El regresar junto a los caníbales no será para ellos
una caída, pues no harán otra cosa que volver a su lugar, tal vez con mayor
provecho.
273 – Un hombre perteneciente a una raza civilizada, ¿podría
por expiación encarnar en una raza salvaje?
– Sí; pero esto depende del género de expiación. Un amo que fue duro con sus
esclavos, podrá a su vez ser esclavo y sufrir los malos tratos que hizo soportar
a otros. El que mandaba en cierta época puede, en una nueva existencia, obedecer
a los que se humillaban ante su voluntad. Será una expiación si abusó de su
poder y Dios puede imponérsela. Un Espíritu bueno puede también, escoger una
existencia influyente entre esos pueblos, para ayudarles a progresar y entonces
desempeña una misión.
Relaciones de ultratumba
274 – Los diferentes órdenes de Espíritus, ¿establecen entre
sí jerarquías de poderes? ¿Existe entre ellos subordinaciones y autoridad?
– Sí, y muy grande. Unos Espíritus tienen sobre otros una autoridad relativa a
su superioridad, la cual ejercen por un ascendiente moral irresistible.
– Los Espíritus inferiores, ¿pueden substraerse a la autoridad
de los que le son superiores?
– Hemos dicho: irresistible.
275 – El poder y la consideración del que disfrutó un hombre
en la Tierra, ¿le dan supremacía en el mundo de los Espíritus?
– No; porque los pequeños serán ensalzados y los grandes humillados. Lee los
salmos.
– ¿Cómo debemos entender esa elevación y humillación?
– ¿No sabes que los Espíritus pertenecen a diferentes órdenes según sus méritos?
¡Pues bien! El potentado de la Tierra puede ocupar la última categoría entre los
Espíritus, mientras que su servidor puede estar en la primera. ¿Comprendes esto?
¿No dijo Jesús: “Todo el que se humille será elevado y todo el que se eleve será
humillado?”
276 – El que era grande en la Tierra y se encuentra en
situación de inferioridad entre los Espíritus, ¿siente por ello alguna
humillación?
– Con frecuencia, muy grande, sobre todo si era orgulloso y envidioso.
277 – El soldado que después de la batalla encuentra a su
general en el mundo de los Espíritus, ¿le reconoce aún como su superior?
– El título nada significa; la superioridad real lo es todo.
278 – ¿Están mezclados los Espíritus de diferentes órdenes?
– Sí y no, es decir, se ven, pero se distinguen los unos de los otros. Se evitan o se aproximan según la analogía o la antipatía
de sus sentimientos, como sucede entre vosotros. Forman un
mundo del cual el vuestro es apenas un reflejo obscurecido. Los
Espíritus de la misma categoría se reúnen por una especie de afinidad y forman grupos o familias de Espíritus unidos por la simpatía y por el
objetivo que se han propuesto: los buenos por el deseo de hacer el bien, los malos por el deseo de hacer el mal, por la vergüenza de sus
faltas y por la necesidad de encontrarse entre seres semejantes a ellos.
Tal como en una gran ciudad donde los hombres de todas las
categorías y de todas las condiciones se ven y se encuentran sin
confundirse; donde las sociedades se forman por analogía de gustos; donde el vicio y la
virtud conviven sin relacionarse.
279 – ¿Tienen todos los Espíritus acceso recíproco, pudiendo ir unos con otros donde quieran?
– Los buenos van a todas partes, y preciso es que así sea, para que puedan ejercer su influencia en los malos. Pero las regiones habitadas por los buenos están vedadas a los Espíritus
imperfectos, con el fin de que no puedan llevar a ellas la perturbación de
sus malas pasiones.
280 – ¿Cuál es la naturaleza de las relaciones entre los
Espíritus buenos y los malos?
– Los buenos se empeñan en combatir las malas inclinaciones de los otros, con el fin de ayudarles a ascender. Es una misión.
281 – ¿Por qué se complacen los Espíritus inferiores en inducirnos al mal?
– Por envidia de no tener méritos de estar entre los buenos. Su deseo no es otro que impedir, tanto como puedan, a los Espíritus inexpertos el llegar al bien supremo. Quieren que los otros
sufran lo mismo que ellos. ¿No observáis lo mismo entre vosotros?
282 – ¿Cómo se comunican entre sí los Espíritus?
– Se ven y se comprenden. La palabra, reflejo del Espíritu, es material. El fluido universal establece una comunicación
constante entre ellos, pues aquél es el vehículo de la transmisión del pensamiento, como para vosotros el aire es el vehículo del
sonido; una especie de telégrafo universal que enlaza a todos los mundos
y permite a los Espíritus la mutua correspondencia de un mundo a
otro.
283 – ¿Pueden los Espíritus simularse mutuamente sus pensamientos y ocultarse unos de los otros?
– No, para ellos todo está al descubierto, sobre todo a los que son perfectos. Pueden alejarse, pero siempre se ven. Sin
embargo, esta no es una regla absoluta, pues ciertos Espíritus pueden perfectamente hacerse invisibles a otros Espíritus, si
consideran útil hacerlo así.
284 – ¿Cómo los Espíritus, no teniendo cuerpos, pueden evidenciar su individualidad y distinguirse de los otros seres espirituales que los rodean?
– Constatan su individualidad por medio del periespíritu que los constituye en seres distintos unos de otros, como el cuerpo
entre los hombres.
285 – ¿Se conocen los Espíritus por haber vivido juntos en
la Tierra? ¿Reconoce el hijo al padre y el amigo a su amigo?
– Sí, y así de generación en generación.
– ¿Cómo se reconocen en el mundo de los Espíritus los hombres que se conocieron en la Tierra?
– Vemos nuestra vida pasada y leemos en ella como en un libro, y viendo el pasado de nuestros amigos y de nuestros enemigos,
vemos su paso de la vida a la muerte.
286 – Dejando el alma sus despojos mortales, ¿ve inmediatamente a sus parientes y amigos que la precedieron en el mundo de los Espíritus?
– Inmediatamente no es siempre la palabra; pues como os dijimos, necesita cierto tiempo para reconocerse y sacudir el
velo material.
287 – ¿Cómo es acogida el alma a su regreso al mundo de los Espíritus?
– La del justo, como a un hermano muy amado, a quien de mucho tiempo se esperaba; la del perverso, como un ser que se equivocó.
288 – ¿Qué sentimiento experimenta un Espíritu impuro cuando llega otro Espíritu malo?
– Los perversos quedan satisfechos en ver seres semejantes privados de la dicha infinita; como sobre la Tierra, un bellaco
entre sus iguales.
289 – ¿Salen a veces a nuestro encuentro nuestros parientes
y amigos, cuando dejamos la Tierra?
– Sí, salen al encuentro del alma que estiman; la felicitan como al regreso de un viaje, si se libró de los peligros del camino,
y la ayudan a desprenderse de los lazos corporales. Es un privilegio para los buenos Espíritus cuando los que estiman vienen a su
encuentro, al paso que es un castigo para el impuro el que permanezca en el aislamiento, o rodeado únicamente por los que le son semejantes.
290 – ¿Los parientes y amigos se reúnen siempre después de
la muerte?
– Esto depende de su elevación y del camino que siguen para su progreso. Si uno está más adelantado y camina más aprisa que
el otro, no podrán estar juntos; podrán verse a veces, pero sólo
podrán estar reunidos para siempre cuando puedan alcanzar la igualdad
en la perfección. Así la privación de ver a sus parientes y amigos
es a veces un castigo.
Relaciones simpáticas y antipáticas de los espíritus.
Mitades eternas
291 – Aparte de la semejanza general de la afinidad, ¿hay
entre los Espíritus afectos particulares?
– Sí, del mismo modo que entre los hombres; pero el lazo que une a los Espíritus es más fuerte en ausencia del cuerpo, porque
ya no están expuestos a las vicisitudes de las pasiones.
292 – ¿Existe odio entre los Espíritus?
– Sólo existe odio entre los Espíritus impuros y son ellos los que suscitan vuestras enemistades y disensiones.
293 – Dos personas que hayan sido enemigas en la Tierra, ¿se guardan resentimientos, en el mundo de los Espíritus?
– No, pues comprenden que el odio era estúpido y el motivo pueril. Sólo los Espíritus imperfectos conservan una especie de animosidad, hasta que se han purificado. Si los ha enemistado el interés material, no piensan más en él por poco
desmaterializados que estén. Si no existe antipatía entre ellos, concluido el
motivo de la discusión, pueden volverse a ver hasta con placer.
Como dos escolares que, llegados a la edad de la razón,
reconocen la puerilidad de las desavenencias que tuvieron en la infancia y
dejan de tenerse mala voluntad.
294 – El recuerdo de las malas acciones que dos hombres se hayan hecho, ¿es obstáculo a su simpatía?
– Sí, y los induce a alejarse.
295 – ¿Qué sentimientos experimentan después de la muerte aquellos a quienes hemos hecho mal en este mundo?
– Si son buenos, perdonan de acuerdo con vuestro arrepentimiento. Si son malos, pueden conservar resentimientos y
a veces hasta perseguiros en otra existencia. Dios puede
permitirlo como un castigo.
296 – Los afectos de cada Espíritu, ¿son susceptibles de alteración?
– No, porque no pueden engañarse; ya no tienen la máscara bajo la cual ocultan las hipocresías. Por eso sus afectos,
cuando son puros, son inalterables. El amor que les une es para ellos
origen de suprema felicidad.
297 – El afecto que dos personas se han profesado en este mundo, ¿continuará siempre en el mundo de los Espíritus?
– Sin duda que sí, si está fundado en una verdadera simpatía; pero si las causas físicas fueron mayores que la simpatía, cesa
con la causa. Los afectos entre los Espíritus son más sólidos y
duraderos que en la Tierra; porque no están subordinados al capricho de
los intereses materiales y del amor propio.
298 – Las almas que han de enlazarse, ¿están predestinadas a este enlace desde su origen, y cada uno de nosotros tiene, en
alguna parte del Universo, su mitad, a la cual se unirá
fatalmente un día?
– No; no existe unión particular y fatal entre dos almas. La unión existe entre todos los Espíritus, pero en grados
diferentes según la categoría que ocupan, es decir, según la perfección que han adquirido: mientras más perfectos son, más unidos están. De la discordia nacen los males humanos; de la concordia resulta la felicidad completa.
299 – ¿En qué sentido debe tomarse la palabra mitad
de que se valen ciertos Espíritus para designar a los Espíritus
simpáticos?
– La expresión es inexacta, pues si un Espíritu fuese la mitad de otro, separado de él, sería incompleto.
300 – ¿Una vez reunidos dos Espíritus perfectamente simpáticos, lo serán eternamente, o bien pueden separarse y
unirse a otros Espíritus?
– Todos los Espíritus están unidos entre sí; hablo de los que alcanzaron la perfección. En las esferas inferiores, cuando un
Espíritu se eleva, no tiene la misma simpatía por los que dejó atrás.
301 – Dos Espíritus simpáticos, ¿son complemento uno del otro o esa simpatía es el resultado de una perfecta identidad?
– La simpatía que atrae un Espíritu a otro es resultado de la perfecta concordancia de sus inclinaciones, de sus instintos. Si
uno debiese completar al otro, perdería su individualidad.
302 – La identidad necesaria para la simpatía perfecta,
¿consiste sólo en la semejanza de pensamientos y sentimientos, o también,
en la uniformidad de conocimientos adquiridos?
– En la igualdad de grados de elevación.
303 – Los Espíritus que hoy no son simpáticos, ¿pueden
llegar a serlo más tarde?
– Sí, todos lo serán. Así el Espíritu que se encuentra hoy en una esfera inferior, perfeccionándose, alcanzará la esfera donde
reside tal otro. Su encuentro se verificará más pronto, si el Espíritu
elevado, soportando mal las pruebas a que se ha sometido, permanece en el mismo estado.
– ¿Dos Espíritus simpáticos pueden dejar de serlo?
– Seguro, si uno de ellos es perezoso.
La teoría de las mitades eternas es una figura que representa la
unión de dos Espíritus simpáticos; es una expresión que se usa hasta en
el lenguaje vulgar y que no debe tomarse literalmente. Ciertamente, los Espíritus
que la han empleado no pertenecen al orden más elevado. La esfera de sus ideas está
necesariamente limitada y por ello expresan sus pensamientos con los mismos
términos que se sirvieron durante la vida corporal. Es preciso, por tanto,
rechazar esa idea de que dos Espíritus creados el uno para el otro, deben reunirse en la
eternidad, después de estar separados durante un lapso de tiempo más o menos largo.
Recuerdo de la existencia corporal
304 – ¿Recuerda el Espíritu su existencia corporal?
– Sí; es decir, que habiendo vivido muchas veces como hombre, recuerda lo que ha sido, y te aseguro que a veces se ríe con
lástima de sí mismo.
Como el hombre que, llegado a la edad de la razón, se ríe de las
locuras de la adolescencia o de las puerilidades de su infancia.
305 – El recuerdo de la existencia corporal, ¿se presenta al Espíritu, después de la muerte, de un modo completo e
inesperado?
– No, le aparece poco a poco, como algo que sale entre las brumas y a medida que fija en ello su atención.
306 – ¿Recuerda el Espíritu detalladamente todos los sucesos de su vida, o abraza el conjunto de una ojeada retrospectiva?
– Recuerda las cosas en proporción a las consecuencias que producen a su estado de Espíritu; pero comprenderás que hay circunstancias de su vida a las que no da importancia alguna y
de las cuales ni siquiera procura acordarse.
– ¿Podría acordarse de ellas si quisiera?
– Puede recordarse de los detalles y de los incidentes más minuciosos, bien sea de los acontecimientos o hasta de los pensamientos; pero cuando eso no trae utilidad, no procura recordarse.
– ¿Entrevé el Espíritu la finalidad de la vida terrena en
relación con la vida futura?
– Ciertamente que la ve y le comprende mucho mejor que cuando estaba encarnado; comprende la necesidad de purificarse para alcanzar el infinito y sabe que en cada existencia se libra
de algunas impurezas.
307 – ¿Cómo se plasma la vida pasada en la memoria del Espíritu? ¿Por un esfuerzo de su imaginación o como un cuadro
que tiene ante los ojos?
– De una y otra manera; pues todos los actos cuyo recuerdo le interesa viven en él como si estuviesen presentes. Los otros
permanecen más o menos en la vaguedad de su mente o totalmente olvidados. Cuanto más se desmaterializa, menos importancia atribuye a las
cosas materiales. Con frecuencia, evocas a un Espíritu errante, que
acabó de dejar la Tierra y que no recuerda los nombres de las personas
que amó, ni los detalles que te parecen importantes; es que poco le interesan y caen en el olvido. Lo que recuerda muy bien son los
hechos principales que lo ayudan a mejorarse.
308 – ¿Recuerda el Espíritu todas las existencias
precedentes a la última que acaba de vivir?
– Todo su pasado se descorre ante él como etapas del camino que ya recorrió el viajero. Pero dijimos que no se recuerda de
manera absoluta de todos sus actos, sino en razón de la influencia que
tienen sobre su estado presente. Respecto a las primeras existencias,
las que pueden considerarse como la infancia del Espíritu, se
pierden en la vaguedad y desaparecen en la noche del olvido.
309 – ¿De qué manera considera el Espíritu el cuerpo que
acaba de dejar?
– Como un vestido incómodo que le molestaba, sintiéndose feliz, por estar libre de él.
– ¿Qué sentimiento le despierta el espectáculo de su cuerpo descomponiéndose?
– Casi siempre de indiferencia, como por una cosa que ya no tiene.
310 – Al cabo de cierto tiempo, ¿reconoce el Espíritu los
huesos u otros objetos que le han pertenecido?
– Algunas veces, lo que depende del punto de vista más o menos elevado bajo el cual considera las cosas terrestres.
311 – El respeto que se tiene de las cosas materiales que
quedan del Espíritu, ¿llama su atención acerca de ellas y ve con gusto semejante respeto?
– Siempre se considera feliz el Espíritu de que se acuerden de él. Las cosas que de él se conservan le recuerdan a vuestra
memoria; pero el pensamiento es lo que le atrae a vosotros y no sus
objetos.
312 – ¿Conservan los Espíritus el recuerdo del sufrimiento
que han experimentado durante su última existencia corporal?
– Con frecuencia, conservan ese recuerdo que les hace apreciar mejor el valor de la felicidad que pueden disfrutar como
Espíritus.
313 – El hombre que fue feliz en este mundo, ¿echa de menos sus placeres, cuando deja la Tierra?
– Sólo los Espíritus inferiores pueden echar de menos alegrías que se armonizan con su imperfección y que expían con sus sufrimientos. Para los Espíritus elevados es mil veces
preferible la dicha eterna a los efímeros placeres de la Tierra.
Como el hombre adulto que desprecia lo que encontraba delicioso
en su infancia
314 – El que con un fin útil ha empezado grandes trabajos
que ha visto interrumpidos por la muerte, ¿siente en el otro mundo
no haberlos acabado?
– No, porque ve que otros están destinados a terminarlos. Por el contrario, procura influir en otros Espíritus humanos
para que los continúen. Su objetivo en la Tierra era el bien de la Humanidad; pues bien, ese objetivo es el mismo en el mundo de
los Espíritus.
315 – El que dejó obras de arte o de literatura, ¿conserva
por ellas el mismo amor que durante la vida?
– Según su elevación, las juzga bajo otro punto de vista y con frecuencia condena lo que antes más admiraba.
316 – ¿Se interesa aún el Espíritu por los trabajos que se
ejecutan en la Tierra por el progreso de las artes y las ciencias?
– Eso depende de su elevación o de la misión que pueda desempeñar. Lo que os parece magnífico, es con frecuencia insignificante para ciertos Espíritus y lo admiran como el sabio
la obra de un escolar. Examinan lo que puede probar la elevación de los Espíritus encarnados y su progreso.
317 – ¿Conservan los Espíritus, después de la muerte, el
amor a la patria?
– Es siempre el mismo principio: para los Espíritus elevados, la patria es el Universo; en la Tierra lo es el lugar donde hay
más personas que le son simpáticas.
La situación de los Espíritus y su modo de apreciar las cosas
varía hasta lo infinito, en proporción al grado de su desarrollo moral e
intelectual. Los Espíritus de orden elevado, generalmente, se detienen por poco
tiempo en la Tierra. Todo lo que en ella se hace es tan mezquino en
comparación con la magnificencia de lo infinito y son tan pueriles a sus ojos las
cosas a que los hombres dan la mayor importancia, que pocos atractivos
encuentran, a menos que sean llamados con la mira de que cooperen al progreso de la
Humanidad. Los Espíritus de orden intermedio vienen a la Tierra con más
frecuencia, aunque consideran las cosas desde más elevado punto de vista que
durante la vida. Los Espíritus vulgares son en cierto modo sedentarios en ella y
constituyen la masa de la población ambiente del mundo invisible; conservan, con
poca diferencia, las mismas ideas, los mismos gustos y las mismas inclinaciones
que tenían bajo su envoltura corporal; toman parte en nuestras reuniones, en
nuestras ocupaciones y en nuestras diversiones, en las que participan más o menos
activamente, según su carácter. No pudiendo satisfacer sus pasiones, gozan con los que se
entregan a ellas y los excitan. Entre ellos, los hay más graves que miran
y observan para instruirse y perfeccionarse.
318 – ¿Se modifican las ideas de los Espíritus en estado de desencarnados?
– Mucho. Pues sufren modificaciones muy grandes a medida que el Espíritu se desmaterializa. Puede a veces conservar por
largo tiempo las mismas ideas; pero la influencia de la materia
disminuye poco a poco y ve las cosas más claramente. Entonces es cuando
busca los medios de mejorarse.
319 – Puesto que el Espíritu ha vivido ya la vida espírita,
antes de su encarnación, ¿de dónde procede su admiración al entrar en
el mundo de los Espíritus?
– No pasa de ser efecto del primer momento y de la turbación que sigue al despertar; pero más tarde se reconoce
perfectamente, a medida que se le presenta el recuerdo del pasado y se borra la impresión de la vida terrestre. (163 y siguientes).
Conmemoración de los difuntos. Funerales
320 – ¿Son sensibles los Espíritus al recuerdo de aquellos a quienes amaron en la Tierra?
– A veces más de lo que podéis creer; si son felices, ese
recuerdo aumenta su felicidad; si son infelices, les sirve de alivio.
321 – El día de la conmemoración de los difuntos, ¿tiene
algo de más solemne para los Espíritus? ¿Se preparan para venir a
visitar a los que van a orar cerca de sus restos?
– Los Espíritus atienden al llamado del pensamiento, lo mismo aquel día que los otros.
– Semejante día, ¿significa para ellos una ocasión de permanecer junto a sus sepulturas?
– Ese día acuden en mayor número, porque son más las personas que los llaman; pero cada uno viene por causa de sus
amigos y no por la multitud de los indiferentes.
–¿Bajo qué forma comparecen y cómo les veríamos, si pudiesen hacerse visibles?
– Bajo la que eran conocidos como encarnados.
322 – Los Espíritus olvidados y cuya tumba nadie visita, ¿acuden, a pesar de esto y sienten alguna pesadumbre al ver que
nadie se recuerda de ellos?
– ¿Qué les importa la Tierra? No se vinculan sino por el corazón. Si no hay amor ahí, no hay nada que retenga al
Espíritu, pues tiene todo el Universo para sí.
323 – La visita a la tumba, ¿causa más satisfacción al
Espíritu que una oración hecha para él?
– La visita a la tumba es un modo de manifestar que se piensa en el Espíritu ausente: es una imagen. Ya os lo he dicho es la
oración la que santifica el acto de recordar; poco importa el lugar, si
ésta se hace de corazón.
324 – Los Espíritu de las personas a quienes se erigen
estatuas o monumentos, ¿asisten a la inauguración y los miran con satisfacción?
– Muchos, cuando pueden, acuden; pero, son menos sensibles a los homenajes que al recuerdo que se les tributa.
325 – ¿De dónde proviene el deseo de ciertas personas, que quieren que se las entierre más bien en un lugar que en otro?
¿Vuelven a ese lugar con mayor satisfacción después de la muerte? ¿Y esa importancia atribuida a una cosa material, es señal de
inferioridad del Espíritu?
– Afecto del Espíritu por ciertos lugares; inferioridad moral. ¿Cómo puede valer un pedazo de tierra más que otro para un
Espíritu elevado? ¿No sabe que su alma se unirá a los que ama, aunque sus huesos estén desparramados?
– La reunión de los restos mortales de todos los miembros de una misma familia, ¿debe considerarse como cosa fútil?
– No; es una costumbre piadosa y un testimonio de simpatía por los seres amados y si semejante reunión importa poco a los Espíritus, es útil a los hombres, pues los recuerdos están más concentrados.
326 – Al regresar a la vida espiritual, ¿es sensible el alma
a los honores hechos a sus despojos mortales?
– Cuando el Espíritu alcanzó cierto grado de perfección, ya no tiene vanidad terrestre y comprende la futilidad de todas esas cosas. Pero, se entiende que algunos Espíritus en los primeros momentos
de su muerte material sienten gran placer con los homenajes que le rinden, o disgusto por el abandono de sus despojos, porque
conservan aún algunos prejuicios de este mundo.
327 – ¿Asiste el Espíritu a su entierro?
– Con mucha frecuencia; pero a veces, no comprende lo que ocurre, si se encuentra aún turbado.
– ¿Se alegra por la concurrencia de asistentes a su entierro?
– Más o menos, de acuerdo con el sentimiento que los anima.
328 – El Espíritu del que acaba de morir, ¿asiste a la
reunión de sus herederos?
– Casi siempre. Dios lo permite para su propia instrucción y castigo de los culpables, pues entonces juzga el valor de las manifestaciones que le hacen. Para él todos los sentimientos
están al descubierto y la decepción que experimenta viendo la codicia de
los que se reparten sus ahorros, le ilustra sobre los sentimientos
de éstos; pero ya les llegará su hora.
329 – El respeto instintivo que en todos los tiempos y entre todos los pueblos siente el hombre por los muertos, ¿es efecto
de la intuición que tiene de la vida futura?
– Es la consecuencia natural de esa intuición; pues sin ella ese respeto no tendría sentido.