. Así es como el
Espíritu inmortal, se sirve de la materia animalizada, desde su estado más
primitivo, para empezar su evolución desde un átomo. Pasando por el largo
y extenso período de la vida animal, en este estado el alma está
adormecida, no puede imaginar su situación, no tiene idea de su
existencia; no alcanza a comprender la diferencia existente entre la vida
y la muerte. Para ella sólo existe un instinto, que sin duda puede ser
inteligente, pues independiente de su voluntad, se manifiesta según las
necesidades, como pueden ser: la naturaleza de las especies, el clima o la
difícil situación a la que cada especie tiene que sobrevivir.
En esta compleja y ardua situación, el alma se forma, se
ensaya y lentamente se prepara, hasta que al fin, comienza a sentir de
forma confusa, un impulso nuevo y desconocido; siente por primera vez la
aspiración y el deseo de individualizarse. En esta circunstancia, es
cuando se produce la gran metamorfosis, y el alma animal emprende un nuevo
período, para convertirse en alma humana. Todo esto realmente maravilloso,
cuenta con la ayuda de los buenos espíritus que están al servicio de Dios.
Somos creados por Dios, y Él dirige nuestro destino, hasta que nosotros
estamos preparados para asumir la responsabilidad y el control del mismo.
La materia en su estado primitivo, está dispersa por todo
el Universo, en realidad es el principio de todo, el principio de la vida.
Con sus continuas transformaciones, crea los elementos necesarios para la
evolución del Universo, siendo éste una creación de Dios.
En nuestro planeta la evolución de la materia, empieza en
un átomo como partícula organizada. Siguiendo el proceso de evolución nos
centramos en la materia inerte, emprendiendo su desarrollo en los
elementos minerales, que tras un laborioso proceso inconsciente, cuando
aparece el ambiente y el medio adecuados, atrae al principio vital,
dándose la transformación hacia la materia animada, que tras
circunstancias mucho más sofisticadas y el medio propicio para
animalizarse, el principio inteligente que espera la oportunidad para el
comienzo de su evolución, utiliza la materia orgánica, junto con el fluido
vital, para el comienzo de la evolución animal.
El principio inteligente, desde su estado más primitivo,
empieza su larga e interminable carrera evolutiva en la escala animal, sin
pasar por la escala mineral o vegetal. A través de los tiempos, pasando
por distintas especies, sin conciencia de su existencia, sigue
adelante por un impulso divino que despierta en él un instinto primario,
pero necesario para sobrevivir en el ámbito que se encuentra. Este
instinto, lentamente y a través de los considerables periodos evolutivos,
de especies diferentes, también se transforma en una inteligencia animal,
limitada; porque no puede saber ni sentir la razón de su existencia, ni
distinguir la vida de la muerte. Su inteligencia instintiva, es el medio
que posee de subsistencia.
Durante estos prolongados e incontables períodos, el alma
se está consolidando y preparando para el gran futuro que le espera. No
está dormida, sino aturdida, porque puede sentir pero no tiene la
capacidad de manifestar lo que siente, y paciente espera hasta poder
reunir las condiciones para hacerlo. Desde el primer momento que el alma
tiene contacto con la materia animalizada, lo hace envuelta en su cuerpo
astral, pues sería imposible que el principio inteligente, pudiera
utilizar la materia sin un cuerpo fluídico o intermediario. El alma
revestida de los fluidos más animalizados, de los instintos más vulgares y
primitivos, tiene que vivir y sentir, caminando valientemente a través de
los tiempos; ignorando su identidad pero conservando en lo más íntimo de
su ser, la partícula divina, que un día, cuando esté en disposición para
formar parte de la humanidad y asumir la responsabilidad de sus actos, se
individualizará, y conseguirá la elevación y redención de su Espíritu.
El alma del animal, es un alma animalizada, con su
inseparable cuerpo astral compuesto de fluidos primitivos; tiene vida
animal pero no vida espiritual, sobrevive a la muerte sin tener
consciencia de su existencia. Recorre los largos caminos de su evolución,
sin tener responsabilidad de ello. El animal esté donde esté, continúa
siendo animal, porque tiene unas limitaciones que nunca podría superar por
vía directa. El alma animal no puede convertirse en alma humana, aunque
tenga latente en su interior, el principio divino del ángel. Para salir de
esta situación, tiene que pasar por la gran transformación.
Cuando llega el momento se produce el cambio, como la
completa metamorfosis de las mariposas; convirtiéndose el alma animal, en
alma humana. El alma animal, después de esta metamorfosis, se siente
confundida, como si acabara de nacer o despertara de una terrible
pesadilla; no recuerda nada pero lentamente, con recelo y por primera vez,
siente el deseo incesante de superarse para salir de la oscuridad y
liberarse de la envoltura animal. Desde este momento, aún tiene un período
muy largo de ensayos en la escala animal, para reafirmar su
individualidad, recomponer su cuerpo fluídico o periespíritu, despojándose
gradualmente de todas las impurezas animalizadas, que su mente espiritual,
inconscientemente, ha tenido que alimentar durante tanto tiempo vivido en
el mundo inferior. Una vez que rehace su estructura mental y fluídica, ya
se encuentra en condiciones para empezar un nuevo ciclo evolutivo como ser
pensante de la humanidad. Es preciso aclarar que en nuestro planeta, salvo
alguna excepción extraordinaria, el animal no tiene ninguna posibilidad de
alcanzar el estado de evolución que acabo de describir. Este proceso es
propio de otros mundos inferiores a éste; en la Tierra, el animal siempre
es animal. En “El Libro de los Espíritus” nos dice:
“hay entre el alma de los irracionales y
la humana tanta diferencia, como la existente entre el alma del hombre y
Dios”. Aquéllos que afirman que en un principio, la vida en
este planeta fue por generación espontánea, están diciendo algo muy
cierto, que ni ellos mismos comprenden el significado de lo que dicen.
Allan Kardec definió al periespíritu con una forma
vaporosa; él sabía en aquellos momentos, hace ciento cincuenta años, que
tocar este punto en profundidad, en lugar de conseguir instruir a los
lectores, los llevaría a la confusión. Hoy podemos afirmar que en su
estado natural, podría muy bien ser un cuerpo vaporoso, porque se compone
de una combinación de fluidos semimateriales, extraídos o tomados del
fluido Universal.
El Espíritu para nosotros es inmaterial, no tiene forma,
lo podemos sentir, pero no lo vemos. Es tan sensible que para poder
dirigir nuestro cuerpo o tener contacto con él, es imprescindible disponer
de un cuerpo intermediario y semimaterial, como es el periespíritu. Cuando
el Espíritu reencarna para una nueva existencia, lo hace a través de su
cuerpo astral; se protege con él y no llega a tener contacto directo con
su cuerpo físico. La unión del Espíritu con el cuerpo se efectúa por medio
de su envoltura fluídica. Por su naturaleza sutil, el periespíritu sirve
de unión entre el Espíritu y la materia. El alma queda unida al germen por
este mediador fluídico, que se va adaptando y estrechando lentamente,
siguiendo las fases progresivas de la gestación, hasta completar la
formación del cuerpo físico. Desde la concepción hasta el nacimiento, la
unión se lleva a cabo con cierta lentitud, molécula a molécula; bajo el
flujo creciente de los elementos materiales y la fuerza vital que es
facilitada por los movimientos vibratorios del periespíritu infantil, que
se reduce al mismo tiempo que la conciencia del alma queda adormecida.
Durante el periodo de gestación, el periespíritu se impregna de fluido
vital, para convertirse en el regulador de la energía que necesitan los
elementos materiales del cuerpo en formación. La individualidad y la
memoria del Espíritu, se conservan y a su debido tiempo, se manifiestan en
el plano físico.
Cuando se completa la vida uterina, se produce el
nacimiento, siendo en este momento cuando el Espíritu, a través del
periespíritu toma el control de su cuerpo. El periodo de crecimiento será
largo, durante el cual el Espíritu tiene que modelar su nueva envoltura y
hacer de ella un instrumento capaz de manifestar sus cualidades y
sentimientos. Durante el sueño, en el transcurso de la vida infantil, el
Espíritu recibe la ayuda espiritual necesaria, para recuperar fuerzas y
seguir el curso de su nueva reencarnación. Durante su estancia en el plano
espiritual, el Espíritu, para manifestarse lo hace con su cuerpo fluídico;
sin él sólo sería una especie de ser invisible. El Espíritu nunca puede
separarse de su cuerpo astral, con él se convierte en un ser real,
reflejando la imagen del Espíritu; es el archivo de sus memorias, es
además una especie de conciencia que a través de su imagen, recuerda al
Espíritu los aciertos o desatinos que ha practicado con su forma de vida.
Cuando el Espíritu está en el plano físico, fácilmente
puede engañarse a sí mismo y engañar a los demás, porque un espíritu
malévolo, puede tener un cuerpo bello, proporcionando una apariencia falsa
de la realidad. Cuando después de la muerte se regresa al mundo de la
verdad, donde cada uno se sitúa en el lugar que le corresponde, donde no
existen los favores, ni las influencias, pero sí existe el cielo y el
infierno que llevamos con nosotros, como creación propia, encontrándonos
allí atrapados por un mundo de sombras o un mundo de luz, según la imagen
que predomine con más fuerza en nuestra mente. En esta situación es cuando
podemos contemplar el verdadero aspecto del Espíritu, que según la
conducta seguida en el plano físico, volverá con un cuerpo más luminoso o
menos, o con un cuerpo plagado de heridas, envuelto por las sombras,
implorando una ayuda que nadie le puede dar, porque sólo él a través de su
arrepentimiento, la podrá obtener.
El mundo espiritual
“superior” aún continúa siendo para nosotros el gran
desconocido, pero el mundo incorpóreo más cercano a nosotros, podemos
decir que es muy semejante al nuestro. No obstante, existe una parte
completamente diferente; el Más Allá es un mundo de sentimientos, y
nuestra humanidad, se desenvuelve entre pasiones y sensaciones.
Los espíritus “comunes” viven entre nosotros, y tienen un
cuerpo tan semejante al nuestro, que algunos se confunden y en
determinadas circunstancias, piensan que aún tienen el mismo cuerpo que
tenían antes de morir. Estos espíritus están en todas partes, en nuestra
casa, en el campo, en las ciudades, en los medios de transporte, en
lugares de ocio... Es un mundo que se agita alrededor nuestro, y se acerca
a nosotros por afinidad. Los hay de todas clases y en situaciones
diferentes; cada uno tiene sus dificultades y persigue su objetivo. La
apariencia del Espíritu cambia según el estado mental en el que se
encuentra. Su aspecto se refleja con claridad en su cuerpo astral, y los
fluidos que le recubren, causan malestar o bienestar cuando se aproximan a
nosotros.
La lectura de este libro no está dedicada a los analistas
ni a los científicos, sino a los humildes y necesitados que han vivido
engañados por los dogmatismos fanáticos de las religiones del pasado y del
presente. Lo que escribo aquí no es un tema nuevo, ya se ha publicado en
otros libros, pero la actual publicación pretende ser más directa y
sencilla; comprensible para aquéllos que desconocen el tema por falta de
estudio, y puedan comprender con menos dificultad, esta verdad que es la
única realidad de nuestra vida. Todas las revelaciones nuevas, han sido
rechazadas sin mostrar algún interés por conocerlas, pero esta realidad
tiene una contestación lógica para todas las preguntas.
Mi querido lector, acepta estos enseñamientos que llegan
gratuitamente a tus manos, y nunca tendrás que hacerte preguntas sin
obtener la respuesta adecuada.