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La filosofía espiritista, sin cualquier posibilidad de dudas, informa que
el ser humano debe vivir y ser útil dentro de la sociedad a la cual
pertenece. No hace parte de sus enseñanzas el alejamiento de un miembro de
la sociedad por cualquier razón que sea, pues entiende el Espiritismo que
es en la misma sociedad que el hombre tiene la oportunidad de aprender y
vivir el que ha aprendido en contacto con sus semejantes, al enfrentarse
con los desafíos que le harán desarrollar sus potencialidades y
capacidades.
Ese uno de los motivos del Espiritismo no poseer una jerarquía sacerdotal
con destaque de algunos hombres especiales en relación a otros. Los que se
dedican al estudio, práctica y divulgación de la Doctrina Espiritista son
seres humanos comunes, sin privilegios o distinciones, pues no pertenecen
a una clase especial. El que les caracteriza es su dedicación al prójimo
por amor fraternal y al estudio serio y continuado. Como cristianos, saben
que solamente serán reconocidos como discípulos de Jesús por mucho se amar
unos a otros. Saben que el verdadero espiritista es reconocido por el
perfume de caridad que esparce por donde pasa. Por eso hacen todo el
esfuerzo para domar sus inclinaciones malas a la vez que buscan su
constante transformación moral.
Así, no pueden dejar de trabajar por ser útiles a la sociedad donde han
recibido la oportunidad de estar en esta vida que comprenden ser tan solo
una etapa de una Vida más amplia y espiritual. Con la visión de que todo
en la Tierra es transitorio, buscan contribuir para el perfeccionamiento
de todo a comenzar de la mejoría de si mismos para ser, cada vez mas,
ciudadanos útiles y productivos en las comunidades a las cuales
pertenecen.
Delante de los problemas que agobian a los demás, se olvidan de sus
propios dolores para se dedicar al bien de aquellos que no han tenido la
oportunidad de conocer la realidad que ya conocen. Saben callar los
desentendimientos entre familia, compañeros de trabajo y entre los
hermanos de ideal. Saben también trabajar en silencio por la unión de
todos en el ideal de la fraternidad que debe empezar entre los que
profesan el mismo ideal y, después, esparcir por entre todos aquellos con
quienes conviven.
No están preocupados en hacer prosélitos del Espiritismo porque saben que
si las palabras convencen, los ejemplos arrastran y no adelanta recomendar
a los demás aquello que no hacen. Serian como palabras tiradas al viento
que pueden llamar la atención por un momento, pero que pasan breves sin
dejar marcas. Al revés, si viven las enseñanzas que saben ser las mejores
para todos, tienen la seguridad que, aún que no sea de inmediato, pero con
el tiempo, sus vidas dejaran señales indicativos del camino que los demás
pueden seguir, si lo desearen.
Tienen la certeza de que ese camino no es siempre de flores, pero que vale
la pena herirse momentáneamente en las púas, pues el producto del esfuerzo
será un inigualable perfume deseado por todo aquel que ya puede vislumbrar
la sociedad del futuro, cuando los hombres, bajo la inspiración y
asistencia de los Espíritus superiores, hubieran construido, en la Tierra,
el mundo imperecedero que es el reino del Espíritu, venidero después de la
digna y productiva vida en la sociedad actual que se transforma
progresivamente en el sentido de la mas amplia fraternidad. Para esos no
importan las creencias, razas, posiciones sociales, grados de
intelectualidad de los demás, todos utilizados como instrumentos para
separar y alejar a las gentes del ideal de comprensión y entendimiento.
El verdadero espiritista sabe que ni toda la sociedad será espírita, pero
tiene la convicción de que los conceptos de esa Doctrina, porque son los
mismos enseñados por Jesús, o sea, están inseridos en el contexto de la
propia Ley de Dios, esos si alcanzaran a todas las gentes. Trabaja, por lo
tanto, por su propia transformación moral y para vivir cada vez más
ampliamente el bien. Camino ese seguro que lo llevará a la perfección, por
le hacer ciudadano útil a si mismo, a la familia y a la sociedad. Al revés
de alejarse, su impulso es siempre de ampliar su circulo de relaciones
dentro de la sociedad aumentando el campo de actuación de los buenos
Espíritus que tienen en él un instrumento para la concretización del bien
del semejante. Empero, todo eso solamente es posible, si el espiritista
supera sus perjuicios personales y grupales y se une a los demás del mismo
ideal para la potencialización de las fuerzas actuantes que pueden así
ejercer más amplia influencia social.
Artículo de: Carlos Campettí
Nota Biográfica: El Señor Carlos Roberto Campettí Nació en hogar
espiritista, en el interior del Estado de São Paulo - Brasil, y empezó a
leer libros espíritas con nueve años de edad. A los 15 años empezó sus
primeros estudios de las obras de Allan Kardec.
Es médium de psicofonía y expositor espiritista. Participó activamente en
eventos espíritas en Argentina, Brasil, España, Estados Unidos, Francia,
Portugal, Puerto Rico, Suiza y Venezuela.
Imparte seminarios y cursos para preparación de trabajadores para los
centros espiritistas, o sea, expositores, orientadores del Estudio
Sistematizado, mediums, colaboradores del atendimiento fraterno, pasistas.
Vivió en Uruguay y España. Actualmente vive en Estados Unidos.
Fue miembro de la Junta Directiva de la Federación Espírita Brasileña del
1982 al 1992.
Actualmente es miembro de su Consejo Superior.
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