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Los agéneres
En
varias ocasiones hemos dado la teoría de las apariciones y la hemos
recordado en nuestro último número, a propósito de los extraños fenómenos
que hemos relatado. Para una mejor comprensión de lo que sigue, remitimos
a nuestros lectores a los mismos.(1)
Todos saben que en el número de las manifestaciones
más extraordinarias producidas por el Sr. Home, estaba la aparición de
manos "perfectamente tangibles" que cada uno podía ver y palpar, que
apretaban y estrechaban, y que de repente ofrecían el vacío cuando se las
quería agarrar de sorpresa.(2). Éste es un hecho positivo que
se ha producido en varias circunstancias, atestado por numerosos testigos
oculares. Por más extraño y anormal que parezca, lo maravilloso cesa de
serlo desde el instante en que puede dársele una explicación lógica;
entonces, entra en la categoría de los fenómenos naturales, aunque de un
orden bien diferente de aquellos que se producen ante nuestros ojos y con
los cuales es preciso tener cuidado para no confundirlos.
En los fenómenos usuales podemos encontrar puntos de
comparación, como el ciego que se daba cuenta del resplandor de la luz y
de los colores por el sonido de la trompeta, pero no de las similitudes;
es precisamente la manía de querer asimilar todo a lo que conocemos que
causa tantos desengaños en ciertas personas; imaginan que pueden operar
sobre esos elementos nuevos como sobre el hidrógeno y el oxígeno. Ahora
bien, ahí está el error; esos fenómenos están sometidos a condiciones que
escapan al círculo habitual de nuestras observaciones; ante todo es
preciso conocerlas y ajustarse a ellas si se quiere obtener resultados.
Sobre todo es necesario no perder de vista ese principio esencial
–verdadera clave de la bóveda de la ciencia espírita– de que el agente de
los fenómenos vulgares es una fuerza física, material, que puede ser
sometida a las leyes del cálculo, mientras que en los fenómenos espíritas
ese agente es constantemente una inteligencia que tiene voluntad propia y
que no podemos someter a nuestros caprichos.
¿Había en esas manos carne, piel, huesos y uñas
reales? No, evidentemente; no era más que una apariencia, pero de tal
índole que producía el efecto de la realidad. Si un Espíritu tiene el
poder de volver visible y palpable cualquier parte de su cuerpo etéreo, no
hay razón para que no pueda hacerlo igualmente con otros órganos. Por lo
tanto, supongamos que un Espíritu extienda esta apariencia a todas las
partes del cuerpo, creeremos ver a un ser semejante a nosotros, obrando
como nosotros, mientras que no será sino un vapor momentáneamente
solidificado. Tal es el caso del Duende de Bayonne. La duración de esta
apariencia está sometida a condiciones que nos son desconocidas; sin duda,
depende de la voluntad del Espíritu, que puede producirla o hacerla cesar
a gusto, pero en ciertos límites que no siempre está libre de transponer.
Al ser interrogados sobre este tema, así como sobre todas las
intermitencias de cualquier manifestación, los Espíritus siempre han dicho
que ellos obran en virtud de un permiso superior.
Si la duración de la apariencia corporal es limitada
para ciertos Espíritus, podemos decir que en principio ella es variable y
puede persistir mayor o menor tiempo; que puede producirse en todos los
tiempos y a toda hora. Un Espíritu, cuyo cuerpo fuese enteramente visible
y palpable, tendría para nosotros toda la apariencia de un ser humano;
podría conversar con nosotros, sentarse en nuestro hogar como cualquier
persona, porque para nosotros sería como uno de nuestros semejantes. Hemos
partido de un hecho patente –el de la aparición de manos tangibles– para
llegar a una suposición que es su consecuencia lógica; y sin embargo no la
habríamos expuesto si la historia del niño de Bayonne no nos hubiese
puesto en el camino, al mostrarnos su posibilidad. Interrogado sobre ese
punto, un Espíritu superior ha respondido que, en efecto, se pueden
encontrar seres de esta naturaleza, sin que lo sospechemos; agregó que
esto es raro, pero que es factible. Como para que nos entendamos es
preciso que demos un nombre para cada cosa, la Sociedad Parisiense de
Estudios Espíritas los llama agéneres, indicando así que su origen no es
el resultado de una generación. El siguiente hecho, que ha ocurrido
recientemente en París, parece pertenecer a esta categoría:
Una pobre mujer estaba en la iglesia de Saint-Roch
(San Roque), y oraba a Dios para que la ayudase en su aflicción. A la
salida de la iglesia, en la rue Saint-Honoré (calle San Honorato), ella
encontró a un señor que la abordó diciéndole: «Mi buena señora, ¿estaríais
contenta de encontrar trabajo?» –«¡Ah! Mi buen señor, dijo ella, ruego a
Dios para que me lo haga encontrar, porque soy muy desgraciada». –«¡Pues
bien! Id a tal calle, en tal número; preguntad por la señora T...; ella os
lo dará». Después de decir esto, continuó su camino. La pobre mujer se
presentó rápidamente en la dirección indicada. –«En efecto, tengo un
trabajo para mandar hacer, dijo la señora en cuestión, pero como todavía
no se lo he dicho a nadie, ¿cómo ha sido que me habéis venido a procurar?»
Entonces la pobre mujer, al ver un retrato colgado en la pared, dijo:
–«Señora, ha sido ese señor quien me ha enviado.» –«¡Ese señor! Replicó
espantada la señora; pero no es posible: ése es el retrato de mi hijo,
muerto hace tres años». –«Yo no sé cómo esto ha sucedido, pero os aseguro
que es ese señor que acabé de encontrar al salir de la iglesia, donde yo
había ido a orar a Dios para que me asistiera; me abordó y fue él mismo
quien me envió aquí».
Según lo que acabamos de ver, nada habría de
sorprendente en que el hijo de aquella señora, en Espíritu, haya aparecido
con su forma corporal a la pobre mujer para prestarle un servicio –cuya
plegaria sin duda él había escuchado– y para indicarle la dirección de su
madre. ¿En qué se transformó después? Indudablemente en lo que era antes:
un Espíritu, a menos que haya juzgado oportuno mostrarse a los otros bajo
la misma apariencia, al continuar su paseo. Esta mujer habría así
encontrado a un agénere con el cual había conversado. Pero entonces, se
dirá, ¿por qué no se presentó a su madre? En esas circunstancias los
motivos determinantes de los Espíritus nos son completamente desconocidos;
ellos obran como mejor les parece o, mejor dicho, como ya lo dijeron: en
virtud de un permiso sin el cual no pueden revelar su existencia de una
manera material. Además, se comprende que su visión hubiera podido causar
a la madre una peligrosa emoción; ¿y quién sabe si no se presentó a ella
durante el sueño o de otro modo? Y, por otro lado, ¿no era ése un medio de
revelarle su existencia? Es más que probable que él haya sido un testigo
invisible de la conversación entre ambas damas.
El Duende de Bayonne no nos parece que deba ser
considerado como un agénere, por lo menos en las circunstancias en que se
ha manifestado, porque para la familia él siempre ha tenido el carácter de
un Espíritu, carácter que nunca ha buscado disimular: ése era su estado
permanente, y las apariencias corporales que ha tomado sólo eran
accidentales, mientras que el agénere propiamente dicho no revela su
naturaleza, y a nuestros ojos no es más que un hombre común; si fuera
necesario, su aparición corporal puede ser de larga duración para poder
establecer relaciones sociales con uno o con varios individuos. Hemos
pedido al Espíritu san Luis para que consienta esclarecernos sobre esos
diferentes puntos, respondiendo a nuestras preguntas.
1.El Espíritu Duende de Bayonne ¿podría mostrarse
corporalmente en otros lugares y a otras personas como lo ha hecho con su
familia?
–Resp. Sí, sin duda.
2. ¿Depende esto de su voluntad?
–Resp. No exactamente; el poder de los Espíritus es limitado: sólo
hacen lo que les está permitido hacer.
3. ¿Qué habría sucedido si él se hubiera presentado
ante una persona desconocida?
–Resp. Habría sido tomado por un niño común. Pero os diré una cosa:
a veces existen en la Tierra Espíritus que han revestido esta apariencia,
y que se los toma por hombres.
4. ¿Pertenecen esos seres a los Espíritus inferiores
o superiores?
–Resp. Ellos pueden pertenecer a ambas categorías; estos son hechos
raros, de los cuales tenéis ejemplos en la Biblia.(3)
5. Raros o no, basta que sean posibles para merecer
atención. ¿Qué ocurriría si, al tomar a un ser semejante por un hombre
común, le hicieran una herida mortal? ¿Sería muerto?
–Resp. Desaparecería súbitamente, como el joven de Londres. (Ver el
número de diciembre de 1858: Fenómenos de bicorporeidad.)
6. ¿Tienen ellos pasiones?
–Resp. Sí, como Espíritus, tienen las pasiones de los Espíritus
según su inferioridad. Si algunas veces toman un cuerpo aparente es para
gozar las pasiones humanas; si son elevados, lo hacen con un objetivo
útil.
7. ¿Pueden procrear?
–Resp. Dios no lo permitiría; sería contrario a las leyes que Él ha
establecido en la Tierra; éstas no pueden ser alteradas.
8. Si un ser semejante se presentase ante nosotros,
¿habría un medio de reconocerlo?
–Resp. No, a no ser por su desaparición, que se hace de una manera
inesperada. Es el mismo hecho que el del transporte de muebles desde la
planta baja hasta el desván, hecho que habéis leído al principio.
Nota – Alusión a un hecho de esta naturaleza
relatado al comienzo de la sesión.
9. ¿Cuál es el objetivo que puede llevar a ciertos
Espíritus a tomar este estado corporal? ¿Es preferentemente para el mal o
para el bien?
–Resp. A menudo para el mal; los Espíritus buenos se valen de la
inspiración; ellos obran sobre el alma y por el corazón. Vosotros lo
sabéis: las manifestaciones físicas son producidas por Espíritus
inferiores, y éstas son de este número. Sin embargo, como lo he dicho, los
Espíritus buenos también pueden tomar esa apariencia corporal con un
objetivo útil; he hablado en general.
10. ¿Pueden en este estado volverse visibles o
invisibles a voluntad?
–Resp. Sí, ya que ellos pueden desaparecer cuando quieren.
11. ¿Tienen un poder oculto superior al de los demás
hombres?
–Resp. Ellos no tienen más que el poder que les da su categoría
como Espíritus.
12. ¿Tienen necesidad real de alimentarse?
–Resp. No; el cuerpo no es un cuerpo real.
13. Sin embargo el joven de Londres no tenía un
cuerpo real, y entretanto almorzó con sus amigos y les dio un apretón de
manos. ¿En qué se convirtió la alimentación ingerida?
–Resp. Antes de darles un apretón de manos, ¿dónde estaban los
dedos que estrechan? ¿Comprendéis que el cuerpo desaparezca? ¿Por qué no
podéis concebir que la materia también desaparezca? El cuerpo del joven de
Londres no era una realidad, puesto que él estaba en Boulogne; era, por lo
tanto, una apariencia; sucedía lo mismo con el alimento que parecía
ingerir.
14. Si se tuviese a un ser semejante entre nosotros,
¿sería un bien o un mal?
–Resp. Sería preferentemente un mal; además, no se pueden adquirir
grandes conocimientos con esos seres. Nosotros no podemos deciros
demasiado; esos hechos son excesivamente raros y nunca tienen un carácter
de permanencia, especialmente las apariciones corporales instantáneas,
como la de Bayonne.
15. El Espíritu familiar protector, ¿toma algunas
veces esta forma?
–Resp. No; ¿no dispone él de las cuerdas interiores? Las toca más
fácilmente de lo que lo haría bajo una forma visible y si lo tomásemos
como uno de nuestros semejantes.
16. Preguntan si el conde de Saint-Germain no
pertenecía a la categoría de los agéneres
–Resp. No; era un hábil mistificador. La historia del joven de Londres
–relatada en nuestro número de diciembre– es un hecho de bicorporeidad o,
dicho de otro modo, de doble presencia, que difiere esencialmente de aquel
que abordamos. El agénere no tiene cuerpo vivo en la Tierra; solamente su
periespíritu toma una forma palpable. El joven de Londres era
perfectamente vivo; mientras que su cuerpo dormía en Boulogne, su Espíritu
–envuelto por el periespíritu– fue a Londres, donde tomó una apariencia
tangible.
Un hecho casi análogo nos es personal. Mientras
estábamos apaciblemente en nuestra cama, uno de nuestros amigos nos vio
varias veces en su casa, aunque con una apariencia no tangible, sentado a
su lado y conversando con él como de costumbre. Una vez nos vio con bata,
otras veces con gabán. Transcribió nuestra conversación y nos la comunicó
al día siguiente. Ésta era, como bien se lo supone, concerniente a
nuestros trabajos predilectos. Con miras a hacer una experiencia nos
ofreció refrescos, y he aquí nuestra respuesta: «No tengo necesidad de
ellos, ya que no es mi cuerpo que está aquí; vos lo sabéis, por lo tanto
no hay ninguna necesidad de produciros una ilusión». Una circunstancia
bastante singular se presentó en esta ocasión. Ya sea por predisposición
natural o como resultado de nuestros trabajos intelectuales –serios desde
nuestra juventud, y podríamos decir desde la infancia–, el fondo de
nuestro carácter (4) siempre ha sido de una extrema seriedad, incluso en
la edad en la que no se piensa sino en los placeres. Esta preocupación
constante nos da un aspecto de frialdad, incluso de mucha frialdad; es al
menos lo que a menudo se nos reprocha; pero bajo este aparente aspecto
glacial, el
Espíritu siente quizá más vivamente que cuando se
encuentra expansivo exteriormente. Ahora bien, en nuestras visitas
nocturnas a nuestro amigo, éste se quedó sorprendido por vernos bastante
diferente: éramos más efusivo, más comunicativo, casi alegre. Todo
respiraba en nosotros la satisfacción y la calma del bienestar. ¿No es
esto un efecto del Espíritu desprendido de la materia?
Enrique Eliseo Baldovino
1.La teoría de las apariciones a la que Kardec alude se
encuentra, entre otras referencias, en la RE dic. 1858–I: Apariciones,
págs. 321-324. Los fenómenos extraños a los que el Codificador también
remite están referidos en la RE ene. 1859–III: El Duende de Bayonne, págs.
11 a 18, y tb. en la RE dic. 1858–IV : Fenómenos de bicorporeidad, pág.
328. (RE feb. 1859 –II : Los agéneres, pág. 36.)
2 RE abr. 1858 –V +: El Sr. Home – Tercer artículo, págs.
117-119. (RE feb. 1859–II : Los agéneres, pág. 36.)
3 Sobre este asunto véanse, en el conmovedor volumen de El
Evangelio según el Espiritismo, los capítulos XXV, 5º, y XXVII, 8º. Allan
Kardec, en su extraordinario libro La Génesis, cap. XIV: Los fluidos –
Apariciones - Transfiguraciones, realiza sobre el tema amplias referencias
a la Revue Spirite en dos Notas de su Autoría (ítems 36 y 37), que a
continuación transcribimos [colocando entre corchetes el nombre de los
artículos que no constan en el original francés de La Génesis]. Nota de
Kardec al ítem 36: «Ejemplos de apariciones vaporosas o tangibles y de
agéneres: Revista Espírita de enero de 1858, pág. 24 [Visiones ]; –octubre
de 1858, pág. 291 [ Fenómeno de aparición]; –enero de 1859, pág. 11 [El
Duende de Bayonne]; –febrero de 1859, pág. 36 [Los agéneres]; –marzo de
1859, pág. 80 [Plinio el Joven – Carta de Plinio el Joven a Sura]; –agosto
de 1859, pág. 210 [ Un Espíritu servicial]; - noviembre de 1859, pág. 303
[Advertencias del Más Allá – El oficial de Crimea]; –abril de 1860, pág.
117 [Variedades – Aparición tangible]; – mayo de 1860, pág. 150
[Variedades – El bibliotecario de Nueva York]; –julio de 1861, pág. 199
[Una aparición providencial]; –abril de 1866, pág. 120 [Una visión de
Pablo I], y los detalles completos de El labrador Martin, presentado a
Luis XVIII, diciembre de 1866, pág. 353 [El labrador Thomas Martin y Luis
XVIII].» Nota de Kardec al ítem 37: «Ejemplos de apariciones de personas
vivas: Revista Espírita, diciembre de 1858, págs. 328 a 331 [Fenómenos de
bicorporeidad]; – febrero de 1859, pág. 41 [Mi amigo Hermann]; – agosto de
1859, pág. 197 [Objetos en el Más Allá], y noviembre de 1860, pág. 356
[María de Ágreda – Fenómeno de bicorporeidad]». Cf. tb. la N. del T. 290
del año 1858. (RE feb. 1859 –II: Los agéneres, pág. 39.)
4 Estas palabras históricas, proferidas por el propio Allan
Kardec, expresan su noble e inconfundible carácter [cf. las N. del T. 17,
32, 59, 65, 68, 109, 198 y 294 del año 1858 y la N. del T. Nº 54 de 1859]
y sus elevados ideales de vida. Es de notarse que son muy raras las veces
en que el Codificador habla de sí mismo, y cuando lo hace es siempre con
un claro objetivo de estudio doctrinario, como lo es en este caso personal
de aparición de personas vivas [cf. N. del T. Nº 23 de 1859, 2º]. Es por
eso que remitimos más específicamente a la N. del T. 59 (de 1858), y en
especial al segundo párrafo, donde se encuentra un relato similar a éste,
en el cual P.-G. Leymarie –amigo, discípulo y fiel colaborador y
continuador de la Obra del maestro de Lyon– describe en otro contexto el
carácter de afectuosa bonhomía, gentileza y bondade Allan Kardec,
cultivado en la intimidad de su convivencia. Posiblemente sea aquél el
amigo visitado en Espíritu, a quien el Codificador se refería en este
hecho particular. La fuente bibliográfica de dicha nota del traductor es
la Biographie d’Allan Kardec (Biografía de Allan Kardec) [86 a], de Henri
Sausse (Lyon, Francia, 1852 – Étoile [Drôme], 26/02/1928) [6 n] – su
primer biógrafo –, que transcribe emocionantes pasajes escritos por
Leymarie sobre Kardec, encontrados por Sausse entre la antigua
correspondencia (documentos manuscritos) de Pierre-Gaëtan Leymarie,
después de su desencarnación en 1901. (RE feb. 1859–II´:Los agéneres, pág.
41.)
Extraído de la “Revista espirita” Nª15
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