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De todos los vicios, el más temible es el orgullo, pues siembra tras de sí
los gérmenes de casi todos los demás vicios. En cuanto ha penetrado en un
alma como en una plaza conquistada, se adueña de ella, se acomoda a su
gusto y se fortifica en ella hasta el punto de hacerse inexpugnable. Es la
hidra monstruosa siempre preñada y cuyos vástagos son monstruos como ella.
¡Desgraciado el hombre que se dejó sorprender! No podrá liberarse sino a
costa de terribles luchas, a consecuencia de sufrimientos dolorosos, de
existencias oscuras, de todo un porvenir de envilecimiento y de
humillación, pues este es el único remedio eficaz para los males que
engendra el orgullo.
Este vicio constituye el azote más grande de la humanidad. De él proceden
todos los desgarramientos de la vida social, las rivalidades de clases y
de pueblos, las intrigas, el odio y la guerra. Inspirador de locas
ambiciones, ha cubierto la Tierra de sangre y de ruinas, y es también el
quien causa nuestros sufrimientos de ultratumba, pues sus efectos se
extienden hasta más allá de la muerte, hasta nuestros destinos lejanos. No
solamente nos desvía el orgullo del amor de nuestros semejantes, sino que
hace imposible todo mejoramiento, abusando de nuestro valor y cegándonos
con nuestros defectos. Sólo un examen riguroso de nuestros actos y de
nuestros pensamientos nos permitirá reformarnos. Pero ¿cómo el orgullo se
sometería a este examen? De todos los hombres, el orgulloso es el que
menos puede conocerse. Infatuado de su persona, nada puede desengañarle,
pues aparta con cuidado todo lo que puede esclarecerle; odia la
contradicción, y sólo se complace en la sociedad de los halagadores.
Como el gusano roedor en un buen fruto, el orgullo corrompe las obras más
meritorias. A veces, incluso las torna perjudiciales para quienes la
realizan. El bien, realizado con ostentación, con un secreto deseo de ser
aplaudido y glorificado, se vuelve contra su autor. En la vida espiritual,
las intenciones, los móviles ocultos que nos inspiran reaparecen como
testigos, abruman al orgulloso y reducen a la nada sus méritos ilusorios.
El orgullo nos oculta toda la verdad. Para estudiar con fruto el Universo
y sus leyes, se necesita, ante todo, la sencillez, la sinceridad, la
rectitud del corazón y de la inteligencia, virtudes desconocidas para el
orgulloso. La idea de que tantos seres y tantas cosas nos dominan le es
insoportable y la rechaza. Sus juicios tienen para él los límites de lo
posible; se resuelve difícilmente a admitir que su saber y su comprensión
sean limitados.
El hombre sencillo, humilde de corazón, rico en cualidades morales,
llegará más pronto a la verdad, a pesar de la inferioridad posible de sus
facultades, que el presuntuoso, vano de ciencia terrestre, sublevado
contra la ley que le rebaja y destruye su prestigio. La enseñanza de los
espíritus nos pone de manifiesto, bajo su verdadera luz, la situación de
los orgullosos en la vida de ultratumba. Los humildes y los débiles de
este mundo se encuentran allí más elevados; los vanidosos y los poderosos,
empequeñecidos y humillados. Los unos llevan consigo lo que constituye la
verdadera superioridad: las virtudes, las cualidades adquiridas con el
sufrimiento; en tanto que los otros han de abandonar a la hora de la
muerte títulos, fortuna y vano saber. Todo lo que constituye su gloria y
su felicidad se desvanece como humo. Llegan al espacio pobres, despojados,
y esa súbita desnudez, contrastando con su pasado esplendor aviva sus
preocupaciones y sus grandes pesares. Con una profunda amargura, ven por
encima de ellos, en la luz, a aquellos a quienes desdeñaron y despreciaron
en la Tierra. Lo mismo les ocurre en las encarnaciones siguientes. El
orgullo, la ávida ambición no puede atenuarse y extinguirse sino mediante
vidas atormentadas, vidas de trabajo y de renunciación, en el transcurso
de las cuales el alma orgullosa bucea en sí misma, reconoce su debilidad y
se abre a mejores sentimientos.
Un poco de sensatez y de reflexión nos preservará de estos males. ¿Cómo
podremos dejarnos invadir y dominar por el orgullo, cuando nos basta
contemplarnos para ver lo poco que somos? ¿Son, acaso, nuestro cuerpo y
nuestros placeres físicos los que nos inspiran la vanidad? La belleza es
pasajera: una sola enfermedad puede destruirla. Todos los días, el tiempo
realiza su obra; algunos pasos más en la vida, y todas las ventajas
quedarán mustias, marchitas; nuestro cuerpo no será más que una cosa
repugnante. ¿Acaso se tratará de nuestra superioridad sobre la Naturaleza?
Que el más poderoso, el mejor dotado de nosotros sea transportado a un
desierto, y ello deberá bastarle; que haga frente a los elementos
desencadenados; que, aislado, se exponga a las cóleras del océano. En
medio de los furores del viento, de las olas o del fuego subterráneo,
¡cómo se revelará su debilidad!
En las horas de peligro, todas las distinciones sociales, los títulos y
las ventajas de la fortuna se miden en su justo valor. Todos somos iguales
ante el peligro, el sufrimiento y la muerte. Todos los hombres, desde el
más alto al más miserable, están hechos con la misma arcilla. Revestidos
de harapos o de suntuosos trajes, sus cuerpos son animados por espíritus
del mismo origen, y todos volverán a encontrarse confundidos en la vida
futura. Sólo su valor moral les distinguirá. El más grande en la Tierra
puede convertirse en uno de los últimos en el espacio, y el mendigo puede
vestir un traje resplandeciente. No tengamos la vanidad de los favores y
de las ventajas pasajeras. Nadie sabe lo que le reserva el mañana.
Si Jesús prometió a los humildes y a los pequeños la entrada en el reino
celestial, es porque la riqueza y el poder engendran con demasiada
frecuencia el orgullo, en tanto que una vida laboriosa y oscura es el
elemento más seguro del progreso moral. En la realización de su tarea
diaria, las tentaciones, los deseos y los apetitos malsanos asedian menos
al trabajador; puede entregarse a la meditación y desarrollar su
conciencia; el hombre de mundo, por el contrario, es absorbido por las
ocupaciones frívolas, por la especulación o por el placer.
La riqueza nos liga a la Tierra con lazos tan numerosos y tan íntimos, que
rara vez consigue la muerte romperlos y librarnos de ellos. De aquí las
angustias del rico en la vida futura. Sin embargo, fácil es de comprender
que nada es nuestro en este globo. Los bienes a los cuales nos consagramos
a toda costa no nos pertenecen más que en apariencia. Otros cien, otros
mil, antes que nosotros creyeron poseerlos; otros mil, después de
nosotros, se arrullarán con las mismas ilusiones, y todos los abandonan,
tarde o temprano. Nuestro cuerpo mismo es un préstamo de la Naturaleza, y
ella sabe muy bien recobrarlo cuando le conviene. Nuestras únicas
adquisiciones duraderas son de orden intelectual y moral. Del amor a los
bienes materiales nace la envidia. El que lleva en si este vicio puede
despedirse de todo reposo y de toda paz. Su vida se convierte en un
perpetuo tormento. Los éxitos, la opulencia del prójimo despiertan en él
ardientes codicias y una fiebre de posesión que le consumen. El envidioso
no piensa más que en eclipsar a los demás, en adquirir riquezas de las
cuales no sabe siquiera gozar. ¿Existe una vida más lamentable? Perseguir
sin cesar una felicidad quimérica, poner toda el alma en las vanidades
cuya pérdida nos desespera, ¿no es hacer un suplicio de todos los
instantes?
La riqueza no es, sin embargo, un mal por sí misma. Es buena o mala,
según el empleo que se hace de ella. Lo importante es que no inspire
orgullo ni dureza de corazón. Es preciso que seamos dueños de nuestra
fortuna y no sus esclavos; es preciso que nos mostremos superiores a ella,
desinteresados y generosos. En estas condiciones, la prueba peligrosa de
la riqueza se hace más fácil de soportar. No ablanda los caracteres, no
despierta esa sensualidad casi inseparable del bienestar.
La prosperidad es peligrosa por las tentaciones que da, por la fascinación
que ejerce sobre los espíritus. Puede, sin embargo, ser la fuente de un
gran bien cuando se dispone de ella con sensatez y mesura. Con la riqueza
se puede contribuir al progreso intelectual de los hombres, al
mejoramiento de las sociedades, creando instituciones benéficas o
escuelas, haciendo participar a los desheredados de los descubrimientos de
la ciencia y de las revelaciones de la belleza. Pero, sobre todo, la
riqueza debe verterse sobre aquellos que luchan contra la necesidad, en
forma de trabajo y de socorro.
Por el contrario, consagrar los recursos a la satisfacción exclusiva de la
vanidad y de los sentidos es perder la existencia y crearse penosas
dificultades. El rico deberá dar cuenta del depósito que se ha hecho en
sus manos para bien de todos. Cuando la ley inexorable, cuando el grito de
su conciencia se eleven contra él en ese mundo futuro en el que el oro no
tiene ya influencia, ¿qué responderá ante la acusación de haber empleado
en su único provecho lo que debía apaciguar el hambre y los sufrimientos
de los demás? Cuando el espíritu no se considera suficientemente armado
contra las seducciones de la riqueza, debe apartarse de esa prueba
peligrosa y buscar con preferencia una vida sencilla, lejos de los
vértigos de la fortuna y de la grandeza. Si la suerte le destina, a pesar
de todo, a ocupar un puesto elevado en este mundo, que no se regocije por
ello, pues su responsabilidad y sus deberes serán mucho más extensos.
Colocado en las categorías inferiores de la sociedad, que no se avergüence
nunca de ello. El papel de los humildes es el más meritorio; son los que
soportan todo el peso de la civilización; de su trabajo es de lo que se
alimenta y vive la humanidad. El pobre debe ser sagrado para todos, pues
pobre fue como Jesús quiso nacer y morir; la pobreza fue lo que escogieron
Epicteto, Francisco de Asís, Miguel Ángel, Vicente de Paúl y tantos otros
nobles espíritus que vivieron en este mundo. Sabían que el trabajo, las
privaciones y el sufrimiento desarrollan las fuerzas viriles del alma, en
tanto que la prosperidad las aminora. En el desprendimiento de las cosas
humanas, unos encontraron la santificación y otros el poder que
proporciona el genio.
La pobreza nos enseña a compadecemos de los males de los demás,
haciéndonos conocerlos mejor, nos une a todos los que sufren; da valor a
mil cosas para las cuales son indiferentes los dichosos. Los que no han
conocido sus lecciones ignoran siempre uno de los aspectos más
conmovedores de la vida. No envidiemos a los ricos, cuyo esplendor
aparente oculta tantas miserias morales. No olvidemos que bajo el cilicio
de la pobreza se esconden las virtudes más sublimes, la abnegación y el
espíritu de sacrificio. No olvidemos tampoco que con las labores y la
sangre, con la inmolación continua de los humildes, viven las sociedades,
se defienden y se renuevan.
Extraído del libro "El Camino Recto"
Léon Denis
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