El Espiritismo


El intenso trabajo de Kardec permitió que en menos de dos décadas la Doctrina de los Espíritus esté codificada, anunciando una nueva era para la humanidad

 

Catorce años fue el período que dispuso Allan Kardec para adquirir el conocimiento de los fenómenos espiritas; observar, analizar, verificar y finalmente codificar las informaciones que recibió de los Espíritus. Durante este poco tiempo, escribió millares páginas, entre libros y ediciones de La Revista Espírita. Su enorme capacidad de trabajo incluía la presidencia de la Sociedad Parisiense y una intensa correspondencia con lectores y admiradores de diversos países.

El 1 de enero de 1867, registró la extensión de los desafíos que venció: fue blanco del odio de enemigos obstinados, de la injuria, de la calumnia, de la envidia y de los celos. Los periódicos eran campo fértil donde los adversarios del Espiritismo difundían infamias y agresiones, muchas dirigidas a su persona directamente. Recibía cartas ferinas, agresiones gratuitas. Sus palabras fueron distorsionadas, sus libros quemados. Fue traicionado por aquellos en quien depositó una gran confianza y paradójicamente recibió la ingratitud por el bien que propagó. Inclusive la sociedad parisiense le rindió sinsabores: intrigas y celos mal disfrazados nacían entre aquellos que deberían ser sus compañeros de trabajo en la práctica del bien. Expuesto al ridículo, fue blanco de sospechas de los que creían que el Espiritismo lo volvía rico. «Nunca más conocí el reposo; más de una de vez sucumbí bajo el exceso de trabajo, mi salud fue alterada y mi vida comprometida», narró. Pero -como diría más tarde- el futuro estaba escrito con caracteres irrebatibles y, por esta razón, el Espiritismo se convirtió en la obra de su vida. Jamás se dejó abatir. El desestímulo no hacía parte de su carácter firme: «Perseguí mi tarea con el mismo ardor, sin preocuparme con la malevolencia de que era objeto»: Conoció con anticipación, por su espíritu protector, de las vicisitudes que le aguardaban y ni siquiera así desfalleció.
 

Libros quemados
 

Una de las más violentas reacciones contra la naciente Doctrina Espírita ocurrió a las 10:30 horas del día 9 de octubre de 1861, en la plaza de la ciudad de Barcelona, España. En el sitio donde eran ejecutados los criminales condenados a muerte y por orden del Obispo de la ciudad fueron quemados 300 libros sobre el Espiritismo. Entre ellos: El Libro de los Espíritus, La Revista Espirita; El Libro de los Médiums; Qué es el Espiritismo; Fragmento de sonata, dictado por el Espíritu de Mozart; Carta de un Católico sobre el Espiritismo, por el Dr. Grand, La Historia de Jeanne d Ar , dictada por ella misma a la Srta. Ermance Dufaux; y La realidad de los Espíritus demostrada por la escritura directa, por el barón de Guldenstubbé. Los principales periódicos de España informaron el hecho, lamentando el regreso del autoritarismo, pero en Francia, los periódicos liberales se limitaron a mencionar el hecho sin comentarios.

 

El diario Siécle, que Kardec registró ser «tan ardiente en estigmatizar los abusos de poder y los menores actos de intolerancia del Clero», no publicó una sola palabra de reprobación y algunos periódicos de menor importancia encontraron en el episodio motivo para burla. Kardec protestó contra la indiferencia: «No callan la censura cuando se trata de una simple recusa de estampilla para la venta de un libro materialista; ahora, la Inquisición irguiendo sus hogueras con la antigua solemnidad, a la puerta de Francia, tenía mucho más gravedad. ¿Por qué, pues, esta indiferencia? Porque se trataba de una doctrina cuyos progresos era vistos con terror por los incrédulos; reivindicar la justicia en su favor era consagrar su derecho a la protección de la autoridad, y aumentar su crédito.» Subrayó el Codificador que el auto de fe de Barcelona, por la repercusión que tuvo, contribuyó poderosamente para propagar las ideas espiritas. Kardec recibió, desde Barcelona, un dibujo representando la escena del auto de fe. Además, guardó en una urna de cristal las cenizas recogidas de la hoguera, entre las cuales se encontraban fragmentos legibles de hojas quemadas.

 

El Guía Espiritual

 

Si hubo dolores, también le llegaron suaves compensaciones. La protección y la ayuda de los buenos Espíritus jamás le faltaron. El Espíritu de Verdad lo asistía, solicito y bueno. Inclusive, orientaciones sobre su salud le fueron dadas. En diversas comunicaciones los Espíritus le pedían prudencia, discreción y dedicación, a fin de que su misión pudiese ser concluida. «No hables jamás de tu misión, ese sería el medio de hacerla fracasar», le recomendó el Espíritu de Verdad. Obedeció a las recomendaciones: sus libros y la Revista Espírita fueron elaborados en el más riguroso silencio.

El Espíritu de Verdad demostró desear protegerlo, ocultando su propia identidad, cuando Kardec indagó, el 25 de marzo de 1856, en la casa del Sr. Baudin: «Mi Espíritu familiar, quien quiera que seáis, os agradezco por haber venido a visitarme; ¿Queréis decirme quién sois?» En respuesta, escuchó: «Para ti, yo me llamaré La Verdad» Exactos quince días después, en el mismo local, este espíritu le brinda una emocionante prueba de afecto cuando Kardec indaga:«Dijisteis que serías para mi un guía, que me ayudarías y me protegerías; concibo esta protección y su objetivo en un cierto orden de cosas, pero ¿Te gustaría decirme si esa protección se extiende también a las cosas materiales de la vida?». Y la tierna respuesta: «En este mundo, la vida material importa mucho; no ayudarte a vivir, sería no amarte» Tiempo después, Kardec señala que de hecho la protección de este Espíritu -del cual estaba lejos de deducir su superioridad- jamás le faltó.

En diversas ocasiones el Espíritu de Verdad registró su felicidad al ver el prodigioso crecimiento del Espiritismo. «¡Con cuántas dulces consolaciones mis tribulaciones fueron pagas! ¡Cuántas bendiciones! ¡Cuántos testimonios de real simpatía recibí por parte de los numerosos afligidos que la Doctrina consoló! Ese resultado no me fue anunciado por el Espíritu de Verdad que, sin duda, deseó no mostrarme sino las dificultades del camino. ¡Cuánta sería mi ingratitud si me quejase!», apuntó. Además, decía que cuando le llegaba una decepción o una contrariedad cualquiera, se elevaba con el pensamiento por sobre la Humanidad. «Me colocaba, por anticipación, en la región de los Espíritus y, desde este punto culminante, las miserias de la vida se deslizaban sobre mí sin afectarme. Hice de esto un há­bito para que los gritos de los malos jamás me perturbaran».

Revista Espírita

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