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El divorcio es un ley humana que tiene por objeto separar legalmente a los
que estaban separados de hecho; no es contrario a la ley de Dios, puesto
que sólo reforma lo que los hombres han hecho, y solo es aplicable en los
casos en que no se ha tomado en cuenta la ley divina.
Del Item 5, del Cap. XXII , de “ El Evangelio Según el Espiritismo”.
Partiendo del principio de que no existen uniones coincidenciales, el
divorcio, no debe ser rigurosamente aceptado entre las criaturas. Es ahí,
en los lazos matrimoniales definidos ante la ley, donde se operan
correcciones y reconciliaciones dirigidas a la elevación del alma.
El matrimonio será siempre un instituto benéfico, donde se recibirá en
flores de alegría y esperanza, a aquellos que la vida aguarda para el
trabajo de su propio perfeccionamiento y elevación. Con el progreso
consigue nuevos horizontes y la ley de la reencarnación consigue los fines
para los cuales fue destinada. Ocurre mientras tanto, que la
Sabiduría Divina jamás instituye principios de violencia, y el espíritu,
en muchas situaciones aumenta sus deudas, disponiendo de sus facultades,
para interrumpir, rechazar, modificar, discutir o adelantar
transitoriamente el desempeño de los compromisos que abraza.
En muchos casos, es la propia individualidad, en la vida de espíritu,
antes de reencarnar quién señala el matrimonio difícil, llamando para así
al compañero o la compañera de existencias pasadas para los ajustes que
pacificarán su conciencia, en vista de los errores causados en épocas
pasadas.
Nuevamente conducida, a la costra terrestre y dirigida a la unión
matrimonial que atrajo sobre si misma, se ve entristecida frente a los
problemas que se le presentan. Algunas veces el compañero o la compañera
caen de vuelta en el ejercicio de la crueldad de otro tiempo, ya sea a
través del menosprecio, el irrespeto, la violencia o la infidelidad, y el
cónyuge perjudicado no siempre haya recursos para sobreponerse a los
procesos de desgaste moral de los cuales es victima. Llamados,
muchas veces, a la resistencia, es muy natural que el esposo o la esposa
relegados a un sufrimiento indebido, se escuda en el divorcio para no caer
en el suicidio, el homicidio u otras calamidades que complicarían más su
destino. En esos momentos surge la separación, como una bendición
necesaria y el cónyuge perjudicado encuentra en el tribunal de su propia
conciencia el apoyo moral de auto- aprobación, para renovar el camino que
le corresponde acogiéndose o no a una nueva compañía para su trajinar
correspondiente.
Es obvio que no nos es lícito estimular el divorcio en ningún momento,
compitiéndonos solamente en este sentido, reconfortar y reanimar a los
hermanos en lucha, en los matrimonios de prueba, a fin de que se
sobrepongan a sus susceptibilidades venciendo las duras etapas de
regeneración o expiación que pidieron antes de su reencarnación, en ayuda
para sí mismos; aún así, es justo reconocer que la esclavitud no proviene
de Dios y que nadie tiene el derecho de torturar a nadie, frente a las
Leyes Eternas. El divorcio basado en razones justas, es providencia
humana y claramente comprensible en los procesos de evolución pacífica.
Efectivamente nos enseño Jesús: “ No separéis lo que Dios ha unido” y no
es justo intervenir en la vida de ningún cónyuge en el intento de
apartarlo de la obligación a que se comprometió. Ocurre además, que si no
nos cabe separar aquello que la ley de Dios unió para determinados fines,
son, ellos mismos, los amigos, que se unieron por vínculos del matrimonio,
quienes deben buscar su separación, correspondiéndonos únicamente la
obligación de respetar su libre escogencia, sin atacar su decisión.
Extraído del libro "Vida y Sexo"
Dictado por el espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier.
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